Capítulo 31 #2
Cuando no obedecí, me rodeó con los brazos, me levantó y me colocó con cuidado en la encimera. Entonces, como el hombre estaba decidido a arruinarme la vida, me volvió a poner las manos en la cara y empezó a besarme las lágrimas mientras caían.
Como es obvio, eso solo empeoró, y muchísimo, las cosas.
Porque ¿cómo cojones podía ser tan tierno después de todo, de todo el maltrato y el abandono por el que sus repugnantes padres lo habían hecho pasar?
¿Cuántas veces habíamos hecho bromas sobre su falta de amigos cuando…? Si hubiera sabido la verdad, si hubiera sabido lo aislado y solo que estuvo el pobre durante tanto tiempo… Nunca le hubiera vacilado con eso.
¿Cómo era posible que un padre no permitiera que su hijo tuviera amigos? ¿Cómo podían castigarlo por intentar hacer amigos?
—Dime qué es lo que va mal.
Todo iba mal.
Había preparado sushi y era todo un detalle, y su padre lo había obligado a estudiar en casa cuando tenía ocho años y no lo dejaba celebrar los cumpleaños con niños de su edad y todo eso me había dejado hecha polvo.
—Respira, cariño.
Y tenía sentido. Tenía todo el puto sentido, ¿sabes?
Lo único que le importaba a su padre era el dinero.
El único motivo por el que su madre lo quiso conocer fue por el dinero.
Y las únicas personas que le habían demostrado algo de amor o afecto verdadero eran las que estaban a sus órdenes o a las de su padre.
¿Pensaría que no seguirían formando parte de su vida si no les pagara? ¿Creía que lo querrían menos? ¿O solo me estaba dejando llevar demasiado por mis emociones?
—Jamie. —Me presionó la frente con la suya.
Comprendía por qué Molly y Mabel estaban tan preocupadas. Era algo que me quemaba en el pecho. ¿Qué iba a hacer él cuando ellas ya no estuvieran?
—Sea lo que sea, se va a solucionar. Solo respira.
Tardé un par de minutos, pero, al final, empecé a dejar de sollozar. Al final, me dejó de temblar el cuerpo y comencé a respirar con normalidad. Al final, recuperé el control de mí misma lo bastante como para que apareciera la vergüenza. Y lo hizo con fuerza.
—L-lo siento —tartamudeé—. Ha sido… demasiado.
Me secó la mejilla con el nudillo, ignorando el hormigueo que dejaba tras de sí.
—Dime lo que ha pasado.
—Nada. —Me sorbí la nariz—. Es solo que ahora también me huele la cara a pescado, qué mal.
Esbozó una sonrisita a regañadientes, pero sonrisa al fin y al cabo. Se apartó de mí y se acercó al fregadero para lavarse las manos.
—Seguro que Damian huele todo el rato a pescado. Un daño colateral del oficio. ¿De verdad es eso lo que te quieres encontrar cuando vuelvas a casa cada día?
Ahogué una carcajada mientras me secaba las mejillas, agradecida por haber cambiado a un tema más ligero.
—Merecerá la pena si Daniel me hace sushi todos los días.
—Yo puedo hacerte sushi todo el rato.
—Me acabas de decir que no te gusta cocinar.
—Lo odio. Es una pérdida de tiempo total. —Dejó el trapo que había utilizado para secarse las manos a un lado y se volvió a colocar entre mis rodillas, que colgaban de la encimera—. Pero si te hace feliz, lo haré.
Esas palabras provocaron que se me hinchara el corazón hasta cuatro veces su tamaño y amenazara con explotar. Entonces dijo «Lo podemos añadir al contrato» y se me deshinchó como un globo, cayéndoseme hasta los pies.
Vale.
Claro.
Volví a sorberme la nariz y me sequé las mejillas. Aparté la mirada de él, parpadeando. Tenía las emociones tan a flor de piel que la mera mención del estúpido contrato hizo que me volviera a doler el pecho.
—Jamie, por favor, solo dime lo que te pasa.
—No es nada. Solo tengo un mal día.
Cuando se me escapó otra lágrima, se inclinó y la besó. Era terrible. Estaba luchando en una batalla perdida y solo era cuestión de tiempo que le sirviera mi propio corazón en bandeja yo misma, sabiendo que lo haría pedazos.
—¿Recuerdas todo aquello que te dije sobre el afecto? —probé a decir.
—También dijiste que éramos amigos —murmuró mientras me daba otro beso tierno en la piel—. ¿No puedo consolarte cuando estás triste?
Tragué saliva mientras intentaba con todas mis fuerzas contener el nudo de emociones que tenía en la garganta.
—Ya sé… ya sé que te crees que todo eso de la amistad entre los dos es una broma, sé que no te lo tomas para nada en serio, pero solo para que lo sepas, yo no lo veo así.
—Y justo en ese momento, en ese lugar, para mí era importantísimo que entendiera eso—.
Me preocupo por ti, ¿vale? —dije con la voz temblorosa—.
Muchísimo. Quiero que seas feliz y te sientas realizado y…
de verdad que creo que eres asombroso. Eres divertido, encantador y amable.
Intentas ocultarlo, pero eres todas esas cosas y lamento haberte juzgado mal al principio.
Lamento lo cruel que he sido, lo… ah, y todo aquello del disfraz.
No fue para nada profesional ni agradable, y comprendo muy bien por qué actuaste como lo hiciste en aquella cita.
Y nunca te di las gracias por haberme salvado la vida, aunque, a ver, podrías haberme empujado a esa piscina y no sé si te hubiera podido culpar por ello.
Porque a nadie deberían obligarlo a casarse si no quiere y también siento que te esté pasando a ti, pero te prometo que, como amiga tuya que se preocupa por ti, haré todo lo que esté en mi mano para encontrarte a alguien que sea genial.
Me recorría los ojos con la mirada, con el ceño fruncido siempre presente. Abrió la boca para hablar, pero negué con la cabeza. No había acabado.
—De verdad que creo que si ella tiene el mismo sentido del humor y un estilo de vida compatible, podría no ser tan malo.
Pero tiene que ver el amor romántico del mismo modo que tú, porque de otro modo, no sería justo para ella y acabaría provocando un terrible caos emocional para cuando acabara el año fijado en el contrato porque, para ser sincera, creo que es mucho más fácil enamorarse de ti de lo que crees, y tenemos que asegurarnos de hacer todo lo que esté en nuestra mano para que no acabe roto ningún corazón… y… sabes…
Me quedé callada, al darme cuenta de lo que había dicho.
Nada bueno salía de mi boca cuando empezaba a hablar sin pensar, y debería haberme callado cuando me había percatado de que estaba divagando.
Por otro lado, había dicho tantísimas palabras en tan breve espacio de tiempo que era muy posible que no se hubiera…
—¿Crees que es fácil enamorarse de mí? —Lo dijo en bajito, con voz ronca.
Se me encendieron las mejillas y sentí un hormigueo en diversas zonas de la piel, haciendo que me picara. Tuve la tentación de fingir que estaba de broma, darle un puñetazo en el brazo y llamarlo «colega» para que viera que todo aquello No Era Para Tanto.
Pero ¿y si… y si era algo que necesitaba escuchar de verdad? ¿Y si parte de él creía lo contrario? ¿Y si solo le hacía falta que alguien a quien no tuviera en nómina y al que no le interesara su dinero le dijera lo fantástico y maravilloso y adorable que era?
¿Qué era más importante? ¿Eso o mi estúpido orgullo?
—Mucho —dije—. Es una auténtica locura lo fácil que es enamorarse de ti, Jackson.
Por todas las razones que he mencionado y por muchas más.
Mira qué considerado eres. Mira esto. —Señalé el sushi.
Era un desastre, estaba mal cortado y se iba deshaciendo poco a poco, y me estaba matando—. ¿Sabes lo adorable que es esto?
Pero no lo miró. No apartaba los ojos de mí.
—Y ahora escúchame bien. —Lo agarré de la cara y lo arrimé a mí, presionando mi frente contra la suya.
Necesitaba que prestara atención a todo lo que estaba a punto de decir—: Eres todo lo encantador que se puede ser, Jackson Sinclair.
Eres perfecto tal cual eres ahora, en este momento.
Estaba. Equivocada. Lo admito de todo corazón.
Estaba tan equivocada contigo que hasta me da vergüenza.
¿Y quieres saber algo más? Si alguna vez cambias de opinión sobre todo eso del amor romántico, creo que es muy importante que entiendas lo facilísimo que sería encontrar a alguien que se enamorase hasta la médula de ti para toda la vida. Hasta ese punto eres adorable, Jackson.
»Y solo para que quede bien claro, nada de esto, absolutamente nada de esto tiene que ver con cuánto dinero tienes o con tu apellido.
A ver, ¡¡que le regalaste a mi gato todo un palacio de cartón!
! ¡Está como loco con él! E hiciste todo eso solo para que él estuviera más cómodo contigo.
Y sabes escuchar. Prestas atención. Eres considerado.
Listo. Ingenioso. Divertido. Guapo. Y eso es solo la punta del iceberg, ¿no es cierto?
Te conozco desde hace menos de un mes. ¡Imagina cuántas cosas maravillosas más quedan por descubrir!
—Me callé un instante para recuperar el aliento, pasándole los pulgares por las mejillas como él había hecho conmigo—.
Y como amiga, porque soy tu amiga, Jackson, creo que es esencial que sepas todo esto, ¿vale?
No dijo nada. Tenía los hombros en tensión y la mandíbula apretada, pero me agarraba de la cintura con delicadeza y cariño.
—Creo que eres estupendo de verdad —susurré—.
Y te prometo que haré todo lo posible para encontrarte a alguien que te guste.
Siento mucho que Minerva te haga pasar por todo esto y siento mucho que tu padre le dejara las acciones a su estúpido gato para empezar.
Me dijiste que creías que él y yo nos habríamos llevado bien y…
siento si alguna vez dije que eras muy deficiente. Fue muy cruel y para nada cierto.
Era lo que su padre le decía todo el rato, según el diario de Molly. Nada de lo que hiciera era nunca suficiente para Richard Sinclair, y las consecuencias que había tenido que sufrir por ello habían sido crueles. Sin saberlo, había echado sal en una herida enorme y me sentía fatal por ello.