Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Para que conste, Molly me avisó sobre el contenido antes de que abriera el diario. Solo que… no tenía ni idea de lo duro que sería leerlo.

Por un lado, ahora sabía por qué habían despedido a Bensen y tenía una teoría bastante sólida para explicar la aversión de Jackson al amor romántico. Por otro lado, me había destrozado el corazón y todo me parecía terrible.

Habían despedido a Bensen, al pobre y maravilloso Bensen, por haber llevado a Jackson al hospital después de que «el chico apareció en la clase de música retorciéndose de dolor, incapaz de concentrarse en nada.

Tardamos muchísimo tiempo en convencerlo de que nos enseñara las quemaduras de cigarro.

Llevaba meses haciendo lo imposible por ocultarlas, a juzgar por algunas de las cicatrices más antiguas.

Mabel se cabreó muchísimo, pero Bensen insistió en cargar con la culpa.

Cree que Jackson nos necesita más a nosotras, pero yo no estoy tan segura».

Y la cosa no mejoraba.

¿Esa que se hacía llamar madre de Jackson?

Un parásito superficial y egoísta que tenía una aventura tras otra tras otra tras otra, y que inculcó a Jackson desde su más tierna infancia que cualquier pareja casada que afirmara estar «enamorada» y que su relación no era una «simple transacción» se mentía a sí misma y a todos los demás, «y si alguna vez le cuentas a Richard que me has visto con el tío Ross, me aseguraré de hablarle de tooodos esos dibujitos que has estado haciendo con Gordi Uno y Cosa Dos».

Lo había amenazado enfrente de Molly. Beatrice Sinclair solía ningunear al «servicio», como lo llamaba ella. La mayor parte del tiempo, fingía que ni siquiera estaban en la habitación.

De acuerdo con las entradas del diario, había celebrado la muerte de su marido mudándose a París. Sin decírselo a Jackson. Pero al menos lo llamaba por teléfono, ¿no? No en su cumpleaños ni en los festivos importantes, solo cuando quería algo de él (dinero), «pero al menos llamaba».

Era todo terrible.

Y de verdad que odiaba a los putos Richard y Beatrice Sinclair, los odiaba con todas mis fuerzas. La rabia se iba adueñando de mí mientras seguía leyendo el diario de Molly.

El segundo.

Había cuatro, según los últimos mensajes que había recibido de las hermanas. Cada uno estaba escondido en un sitio diferente. Se me había concedido permiso para leerlos todos, siempre que prometiera pararme cuando fuera «demasiado».

Había roto esa promesa hacía unas cien páginas. No podía parar incluso aunque supiera que tenía que ponerme a trabajar. Todavía no había preparado la reunión con… «Mierda. ¿Qué hora es?».

Cogí el móvil del suelo, toqué la pantalla y… nada. Sin batería.

«Mierda».

Me levanté de un salto, dejé los diarios en su sitio y salí a toda prisa del cuarto. Entonces me di cuenta de que no sabía cómo cerrar la puerta secreta.

Intenté volver a poner la tapa. Nada.

«Ciérrate, Sésamo». Nada.

Froté la lámpara por si las hermanas no me hubieran tomado el pelo y tuviera un sensor o algo que activara la puerta. No ocurrió nada.

«Tranquila, no pasa nada. No entres en pánico, porque si lo haces, no podrás pensar, y si no puedes pensar, no serás capaz de…».

—La orden es «diez espadas, doce mentiras» —dijo una voz masculina detrás de mí—. Pero tiene que abrir la tapa para que el genio la oiga.

Sin mirar hacia atrás, quité la tapa con indecisión y murmuré la orden. En efecto, la estantería se movió, deslizándose con suavidad hacia su sitio otra vez. Me sequé las mejillas antes de darme la vuelta, porque no quería que viera las lágrimas que aún mojaban mi piel.

Bensen estaba de pie en el arco de entrada a la biblioteca, con las manos entrelazadas de forma profesional en la espalda, tan recta como siempre.

—Gracias —dije en voz baja.

Inclinó la barbilla.

—No hay de qué.

Me moví incómoda en el sitio, jugueteando con el borde de la funda del móvil.

—¿Le va a contar que estaba aquí?

Sopesó la pregunta durante un instante.

—Antes de su llegada, se nos ordenó específicamente que informáramos de cualquier actividad sospechosa directamente al señorito.

Asentí.

—Vale. Tiene sentido.

—Contravendría sus órdenes directas si no dijera nada.

—Lo entiendo. —No era culpa suya. Solo estaba haciendo su trabajo.

—Es bastante celoso de este lugar, ¿sabe? Nadie del personal puede entrar aquí, salvo las hermanas Harrison.

—Entiendo por… Un momento. Entonces ¿cómo sabe la orden para cerrar la puerta secreta?

Esbozó una sonrisa.

—Le sorprendería saber de cuánto se entera uno en un puesto como el mío tan solo… estando presente. Además, es el nombre de un cuento que me inventé para el señorito cuando era un niño, no es algo de lo que me olvidaría con facilidad.

Mierda, iba a empezar a llorar otra vez.

—¿De verdad que nunca ha estado ahí dentro?

—Ni una sola vez. —Echó un vistazo a la habitación y juro que sus ojos, hombros, postura… todo se relajó—. Qué preciosidad. No había visto sus dibujos desde hace… Me traen un montón de recuerdos.

Y entonces, acabando por completo con la poca estabilidad emocional que me quedaba, Bensen se emocionó.

—Discúlpeme, señorita Paquin. —Se sacó un pañuelo del bolsillo de la camisa y se secó con delicadeza los ojos mientras los míos volvían a llenarse de lágrimas—.

No esperaba… En cualquier caso, debemos irnos.

—Volvió a doblar el pañuelo en un cuadrado perfecto y soltó un leve sollozo—.

El señorito la espera en la cocina principal para su reunión.

Se me había pedido que la fuera a buscar a su suite, lo que, supongo que estará de acuerdo, es justo lo que acabo de hacer.

Me sequé los ojos mientras me encaminaba hacia la puerta.

—Entonces ¿no se lo va a contar?

Bensen suspiró.

—La confabulación de las gemelas Harrison no es culpa suya, señorita Paquin, aunque le sugeriría que se lleve el móvil la próxima vez que la manden de aventuras.

—Se ha quedado sin batería —murmuré, moviendo ese ladrillo inútil en el aire.

Bensen cerró la puerta detrás de nosotros. Yo la cerré con llave.

—¿Vamos? —dijo.

Jugueteé con el collar multicolor en las manos, retorciéndolo con los dedos.

—Antes de irnos… Voy a hacer algo y no quiero que se asuste por ello.

Parpadeó.

—¿A qué se refiere…?

Le rodeé el cuello con los brazos y le di un fuerte abrazo.

—Es un buen tío, Bensen —dije con un nudo en la garganta—. De verdad.

Tras un instante de vacilación, me dio unos golpecitos en la espalda.

—Gracias, señorita Paquin. Por si sirve de algo, yo también creo que es usted una buena tía.

Fuimos por el camino largo, asegurándonos de entrar en la cocina como si llegáramos desde mi suite. No es que importara demasiado. Jackson apenas se dio cuenta cuando entramos. Tenía la cabeza agachada, las manos ocupadas y el gesto de concentración.

No sabía qué lo tenía tan concentrado. Estaba de pie detrás de una isla de cocina de dos niveles y la encimera de mármol blanco de la parte superior no me dejaba ver lo que hacía.

Tampoco levantó la mirada cuando Bensen se excusó para marcharse, pero cuando intenté acercarme a la encimera, alzó la mano.

—Espera.

Me quedé quieta.

—Llegas tarde —dijo—. Y ahora se están desbaratando y… espera un segundo.

Levanté la barbilla, intentando ver algo por el mostrador superior.

—¿Qué estás haciendo?

Seguía concentrado en la tarea que tenía entre manos.

—La comida. Tengo hambre.

—¿Tú cocinas?

—Por norma general, no. Es tedioso, aburrido y una total pérdida de tiempo. Sin embargo… —Esbozó una sonrisa siniestra mientras daba los últimos toques a su plato—. Hoy quiero demostrar algo.

Levantó lo que al principio pensé que era una tabla de embutidos minimalista y la colocó en la encimera superior. Pero no era eso. Era una tabla de madera con sushi. Sushi chapucero y cortado de forma irregular.

Abrí un poco la boca cuando Jackson sonrió con orgullo hacia su creación, como si fuera la cosa más perfecta que alguien hubiera sido capaz de crear con las manos.

—¿Lo has… lo has hecho tú?

—No es tan difícil, Jamie —dijo justo cuando un trozo de arroz glutinoso se empezaba a despegar de su alga nori. Lo siguieron otros dos—. Cualquiera podría vivir de hacer esto, pero no cualquiera podría… ¿Qué cojones?

Parpadeé para apartar la vista de la tabla y me lo encontré mirándome. Se le esfumó la sonrisa.

—¿Qué? —dije.

—¿Qué le ha pasado a tu cara?

—¿Disculpa?

Di un par de pasos torpes hacia atrás cuando rodeó la isla y se acercó a mí, con el ceño fruncido y un gesto intenso. Me cogió la cara y se la acercó para mirarla bien.

—¿Qué cojones? —repitió.

—Te huelen las manos a pescado.

—¿Has llorado? —Me pasó el pulgar por la mejilla, secando otra lágrima fantasma.

Tragué saliva.

—¿Te acuerdas de lo que te dije sobre el afecto?

—¿Por qué has llorado, Jamie?

—No es nada.

—¿Ha pasado algo?

—La gente llora sin motivo todo el rato.

—Eso es mentira. Dime lo que pasa.

—Te estás poniendo muy dramático por una tontería y te siguen oliendo las manos a pescado.

Volvió a acariciarme las mejillas con el pulgar. Despacio, en voz baja, dijo:

—Dime lo que es para que pueda solucionarlo.

¿Sabes cuando a veces consigues convencerte de que estás bien y de que todo está bajo control cuando, en realidad, apenas pendes de un hilo ajado? ¿Y entonces pasa alguna tontería o alguien dice algo del todo insignificante y te rompe por dentro?

Bueno, yo me rompí por dentro.

El pánico asomó a los ojos de Jackson cuando se me escapó el primer sollozo, a pesar de haber hecho todo lo posible por tragármelo. Luego se me empezaron a escapar las lágrimas a borbotones y no podía pararlas por mucho que lo intentara.

Al cabo de unos segundos era un mar de lágrimas y mocos, y el pobre Jackson no tenía ni idea de lo que me pasaba. No dejaba de preguntármelo, pero yo estaba a un paso de ponerme a hiperventilar como un niño histérico, así que no podía ni balbucear una triste excusa.

Pero cuanto menos decía, más nervioso parecía ponerse él.

—Para —me exigió en un momento dado, como si le estuviera doliendo de verdad. Por desgracia para él, no era un interruptor que pudiera apagar sin más.