Capítulo 29
Había perdido el control de la situación, de la semana y de mí misma. Había perdido el control, punto.
Pensaba que lo había solucionado. Pensaba que si le daba a la lujuria lo que quería, acabaría por rendirse y dejarme en paz. Pero no fue eso lo que ocurrió.
Había pasado toda una semana y la «espinita» seguía allí.
Se había convertido en un Goliat voraz que me consumía y estaba indefensa ante él.
Jackson no dejaba de tocarme y yo no podía dejar de querer que lo hiciera, lo necesitaba, lo ansiaba.
Todas las noches, todas las mañanas, y seguía sin ser suficiente.
El lunes, después de comer, apenas había cerrado la puerta de su despacho antes de que me empujara contra ella y se arrodillara.
Me ordenó que estuviera «calladita como un buen juguetito» cuando me remangó la falda, me puso la pierna sobre su hombro y me comió como si fuera su último día en la Tierra y yo su última comida.
El martes, me colocó en su mesa, me ató las muñecas con el cinturón, me rodeó la boca con la corbata y me lamió y chupó las tetas hasta que me convertí en un manojo indefenso de deseo que no dejaba de retorcerse, completamente a su merced.
Luego me provocó tres orgasmos tortuosos con los dedos antes de embestirme para terminar.
El miércoles, me empotró contra la pared, me levantó la falda y me folló por detrás. Dos veces.
El jueves y el viernes fue aún peor.
Ni siquiera llegamos al despacho antes de sucumbir al deseo.
Lo monté en el asiento trasero de su limusina y conseguí lo que quería.
No hubo ninguna cosa rara, ni palabras subidas de tono, ni ataduras ni provocaciones ni tormentos.
Le rodeé el cuello con las manos, me recorrió la espalda con las palmas y fue…
tierno. Besos profundos, caricias delicadas, jadeos compartidos, latidos acelerados y una cantidad alarmante de contacto visual.
El domingo todo me empezó a pasar factura.
Alice: Ey.
¿Podemos hablar un segundo?
Lo siento. Sé que es pronto
Parpadeé entrecerrando los ojos hacia la luminosa pantalla y escribí despacio una respuesta.
Jamie: Te llamo dentro de 5 m.
Bloqueé el teléfono y, muy lentamente, traté de deslizarme bajo el brazo de Jackson sin despertarlo. No lo conseguí.
Balbuceó alguna incoherencia en mi pelo y me pasó esa fuerte y pesada pierna por la cadera, inmovilizándome con eficacia.
—Tengo que hacer una llamada —susurré—. De trabajo.
—Llama desde aquí —farfulló.
—No puedo. Mi móvil solo me deja llamar con manos libres.
—¿En serio? ¿Por qué?
—La piscina.
Murmuró, pero no me soltó.
—Te compraré uno nuevo.
—Jackson.
—Estoy durmiendo. No te oigo.
Suspiré. Era difícil fingir que no estaba sonriendo, pero creo que lo conseguí.
Jamie: ¿Es un tema confidencial? Hay gente.
Alice: No. No pasa nada. Hablaré con nombres
en clave para los clientes.
Carraspeé para aclararme la garganta antes de darle al botón de llamada. Contestó al momento.
—¡Ey! Perdona, ya sé que es domingo.
—Da igual. ¿Qué pasa?
—Un par de cosas. Primero, ya hemos seleccionado cuatro candidatas de acuerdo con el nuevo perfil del Destripador. Buen trabajo, por cierto. Ni siquiera Vivian pudo decir nada negativo cuando lo revisó. Y tu informe era tan detallado que creo que en realidad hasta le fastidió un poquito.
—Gracias —murmuré incómoda. No ayudaba que el cumplido hiciera que Jackson me sonriera en el pelo antes de plantarme un beso en la coronilla. Casi como si estuviera orgulloso de mí.
Teníamos que volver a tener la charla sobre el afecto. No había prestado ninguna atención.
—Quiere que para mañana por la mañana confirmes una hora y un lugar para la primera cita y también dice que tiene que ser el miércoles de esta semana o antes. La tía del Destripador llamó para exigirlo. Creo que su nosequé espiritual le puso la fecha límite.
—Lo haré —dije, ignorando la dolorosa puñalada que me atravesó las entrañas hasta el pecho—. Primero tengo que presentarle las candidatas, pero tendrás toda la información para entonces.
Jackson ya no sonreía.
—Fantástico. Segundo, ¿conoces a un tipo que se llama Daniel Omori?
Se me paró el corazón un segundo al tiempo que Jackson se quedaba tieso a mi lado.
—¿Puedes repetirlo?
Era posible que los dos la hubiéramos entendido mal.
—Daniel Omori —repitió—. Es un célebre chef de sushi que trabaja en Tokio. A su restaurante acuden todos los famosos, no deja de salirme en las redes sociales.
—¿Qué pasa con él? —Me latía el pecho con fuerza contra el bíceps de Jackson. Él, mientras tanto, había dejado de respirar.
—Llamó y pidió una reunión contigo.
Me quedé en blanco. No supe qué decir o hacer durante un buen rato muy incómodo. Cuando por fin puse en marcha el cerebro otra vez, traté de zafarme del brazo de Jackson. Aunque fue inútil.
—¿Hola? ¿Sigues ahí?
—Eh, sip. Aquí estoy. —Estaba mirando al techo, así que no podía ver el gesto de Jackson, pero juro que podía sentir su mirada letal.
—¿Sabes quién es?
Me humedecí los labios, para entonces ya despierta del todo.
—Me lo han presentado.
—Vale, claro, eso parecía —dijo—. En cualquier caso, llamó y tenía un montón de preguntas sobre el programa Inmersivo y preguntó si estabas disponible.
¿Los seres humanos podían rugir? Porque a Jackson le vibraba el pecho contra mi brazo y emitía un sonido estruendoso que parecía salido de un depredador.
También estaba empezando a tensar los músculos, reduciendo de forma considerable la cantidad de aire que me llegaba mientras arrimaba mi cuerpo al suyo.
—¿Qué le dijisteis? —pregunté, haciendo como si pudiera seguir respirando sin problema.
—Yo no hablé con él, fue Vivian. Le dijo que estarías disponible el mes que viene.
No debería haber llamado desde allí. Si no hubiera estado tan adormecida, lo habría pensado mejor. Jackson presionaba la boca contra mi coronilla como si solo así pudiera mantenerse callado.
Pero antes de que pudiera decirle a Alice que la llamaría más tarde y colgar, ella dijo:
—Insiste en reunirse contigo antes, y por eso te llamo. ¿Estás disponible mañana por la noche? Está en Nueva York grabando de nuevo un anuncio, pero si estás libre no le importa coger un avión cuando termine el rodaje. Solo le hace falta saberlo ya para poder reservar el vuelo.
—¿Quiere volar a Toronto solo para hablar conmigo un par de horas?
—Eso parece. —Pareció animarse como si estuviera compartiendo un cotilleo muy jugoso—. Le propusimos una reunión virtual, pero no dejaba de insistir en la cena. Dijo que sería más fácil tratar en persona los pormenores de tu mudanza a Tokio.
La cabeza me daba vueltas tratando de encontrar una excusa para librarme de aquello.
Pero… ¿por qué? En teoría, eso no significaba nada.
En teoría, solo era una reunión de trabajo y si decidía aceptarlo como cliente, tampoco podría pasar nada entre los dos.
Por no mencionar que estaría muy bien poder añadir a mi currículo otro Inmersivo.
En realidad no tenía motivos para decir que no.
Salvo tal vez uno.
—Ya estoy en medio de un Inmersivo. No puedo aceptar una reunión con un cliente nuevo. —Me estaban pagando para que me centrara únicamente en el expediente Sinclair. Esa era la idea.
—Vivian va a hacer una excepción.
«Mierda».
—¿Ah, sí?
—Por lo que he entendido, Minerva lo va a permitir, así que si al Destripador le parece mal, puedes decirle que hable con ella directamente.
Lo intenté, de verdad. La única otra excusa que podía poner era que tenía previsto dimitir a final de mes, pero, como ya he dicho, añadir otro Inmersivo a mi currículo y ganarme otro bonus tampoco me vendría mal, la verdad. Por una vez tendría cierta holgura económica.
Lo que me llevaba a decir «no» eran mis sentimientos, no mi cabeza.
—Vale —dije—. Si ya se han puesto de acuerdo, entonces, claro, me reuniré con él.
—Genial. Reservaré algún sitio cerca del hotel en el que se aloje y te enviaré los datos.
Colgamos.
Seguí con los ojos clavados en el techo mientras se me aceleraba el pulso. La culpa me corroía por dentro, sin motivo alguno. Podía tener reuniones de trabajo. E incluso aunque no fuera una reunión, Jackson y yo no estábamos juntos, así que, en cualquier caso, tampoco debería importar.
Dejé pasar un par de minutos, esperando a que él rompiera el silencio para así al menos hacerme una idea de lo que pensaba. Cuando no vi indicios de que él fuera a hablar, me volví a aclarar la garganta con suavidad otra vez.
—Bueno… Creo que nuestros planes para hoy han cambiado. Tenemos que echar un vistazo a las candidatas y comentar algunas observaciones que he hecho en las dos últimas semanas. Pero antes necesito un poco de tiempo para prepararlo.
No respondió. Tampoco me soltó.
—¿Podemos quedar sobre el mediodía? —Así tendría bastante tiempo para acabar el trabajo y poder dormir una o dos horas más.
Jackson no me había dejado descansar demasiado esa última semana.
Estaba agotada, también dolorida, y ya sabía por lo poco que me había movido hasta ese momento que me iban a crujir las articulaciones en cuanto intentara salir de la cama.
Aunque había merecido la pena.
Me mordí el labio inferior, concediéndole otro minuto más antes de preguntar:
—¿Te va bien a esa hora? Si no, podemos…
—¿Por qué te gusta tanto?
Me quedé muda y pestañeé. ¿Cómo se suponía que iba a responder a eso?
—¿Qué es lo que tiene?
No era capaz de recordarlo. Tampoco lograba descifrar ese nuevo matiz en su tono. Era algo nuevo.
—¿Es porque tiene perro?
No era capaz de recordarlo.
—¿Es por sus tatuajes?
No era capaz de recordarlo.
—¿Es porque es chef de sushi ?
Seguía sin poder acordarme.
Debía de haber sido una combinación de todas aquellas cosas en algún momento, pero, por más que lo intentara, no podía recordar las razones concretas. Ni siquiera conocía al tipo. No tenía ningún sentido.
—¿De verdad crees que Imogen hablaba de él? —me preguntó.
—Tú no crees que nada de eso sea real, ¿te acuerdas?
—Le recordé con delicadeza—. Dejando de lado el tarot y la espiritualidad, no crees en las almas gemelas ni en el amor romántico.
Dices que son chorradas. —Estrujé el edredón con los dedos, moviendo la boca en silencio un instante—.
¿O es que has cambiado de opinión sobre ese tema?
Contuve el aliento.
Durante un par de segundos de tonta ilusión, creí que su silencio significaba que se lo estaba pensando.
Puede que hasta planteándoselo. No me hacía falta que creyera lo mismo que yo ni que sintiera nada de aquello que yo estaba empezando a sentir por él.
Solo necesitaba saber que existía la posibilidad, por pequeña que fuera, de que algún día él…
—No.
Fue firme. Definitivo. Sin espacio para la interpretación.
De una forma estúpida, e hilarante, se me hizo un nudo en la garganta y noté que algo se me partía en el pecho. Como si no hubiera esperado del todo esa respuesta.
La esperanza era a veces una cosa despiadada y cruel.
«Cuando la gente te dice quién es, cuando te dice lo que quiere, créetelo. Créetelo siempre».
—Entonces, no importa, ¿no? —dije.
Era oficial. Cenar con Daniel sería bueno para mí, era justo lo que me hacía falta. Al menos, sería un recordatorio muy necesario de que ahí fuera había hombres que querían lo mismo que yo.
Esa vez Jackson no me detuvo cuando traté de zafarme de su brazo. La grieta en mi pecho se extendió y no podía culpar a nadie más que a mí. Con la cabeza gacha y apartando la mirada, recogí mi ropa en silencio y me vestí.
—Te veo a las doce.
No esperé a que me respondiera. Me marché sin más.