Capítulo 28 #4
Aun así, obedecí y separé las piernas para él mientras observaba cómo se le oscurecían los ojos y tragaba saliva con esfuerzo.
—¿Tienes idea de lo increíble que estás con mi esencia derramándose por tus muslos, preciosa? —Volvió a encender el vibrador y se acercó—. ¿La de cosas pecaminosas que haría si pudiera tener todo un año de esto?
¿Y si el año se terminaba y no era suficiente? ¿Y si yo quería que durara toda la vida? Entonces ¿qué?
—No me voy a casar contigo. —De todas las veces que había dicho esas palabras, esa fue la vez que sonaron menos convincentes. Me temblaba la voz, era irregular, entrecortada.
—¿Estás segura de eso? —Me puso la palma de la mano sobre la rodilla derecha, obligándola a abrirse un poco más antes de frotarme la entrada con el vibrador.
Gemí. Sonrió—. Tengo tres semanas para convencerte de que firmes el contrato.
Para cuando acaben los treinta días puede que estés suplicando por otros doce meses con mi polla.
—¿Y entonces qué? ¿A cuánta gente puedo meter en la lista?
Frunció el ceño.
—No te sigo.
—Dijiste que animarías a tu mujer a satisfacer sus necesidades en otro lado, ¿no?
Diversos tics le recorrieron la cara con tanta rapidez que tuve que reprimir una carcajada.
—¿Y bien? —lo provoqué—. ¿Cuántos hombres más tienen permiso para atarme y…?
Abrí la boca de golpe cuando me metió el vibrador, pero no emití sonido alguno. Pestañeé, se me tensaron los dedos y si Jackson no me hubiera empujado hacia el colchón y no se hubiera colocado entre mis muslos, habría cerrado las piernas de golpe.
—Dilo otra vez.
—Hostia puta.
—Dilo otra vez.
Con el pecho agitado, parpadeé para poder enfocar su ceño fruncido. Había girado el vibrador para que el estimulador del clítoris no pudiera hacer su trabajo. Cabronazo.
—Seguro que alguno me dejaría correrme —dije jadeando—. Quizá si utilizo esa tarjeta y llamo a mi alma gem…
Estrelló los labios contra los míos, haciéndome cerrar el pico. Me castigó con la lengua, me mordió y me metió el vibrador más adentro. Gemí en su boca, contoneando las caderas. Cuando se apartó, entrecerró esos ojos de un azul gélido para mirarme.
—Por última vez, no eres para él. Y solo para que quede cristalino, no te follarás a nadie más mientras lleves mi anillo en el dedo.
Había empezado a mover la mano, sacando despacio el vibrador con tachuelas para volver a meterlo al momento. Iba a perder la puta cabeza.
—A nadie —dijo—. A nadie excepto a mí.
Seguí gimiendo, arqueando levemente la espalda. Iba demasiado despacio. Necesitaba más.
—Serías mía, Jamie. —Giró despacio el juguete, acercando el estimulador un poquito más al clítoris—. Solo te correrías para mí, por mí.
Otro girito y se me escapó un grito entrecortado. Estaba muy cerca. Solo necesitaba que lo girara una vez más.
Jadeaba, temblaba como una hoja cuando se acercó a mí y colocó una mano junto a mi cabeza.
—¿Cuántas horas de sexo más crees que puedes soportar? —Se inclinó y me mordisqueó el labio—. ¿Lo comprobamos?
Volvió a girar el juguete.
En la dirección incorrecta.
Gemí y sentí cómo se partía en dos mi voluntad.
—No, por favor. Por favor. —No podía soportarlo más.
—Joder, pero qué guapa que estás cuando suplicas. No puedo con ello. —Me repasó la cara con los ojos, disfrutando de cada gramo de placer y sufrimiento que me estaba provocando—. ¿Quieres saber otro secreto?
No. Lo único que quería que hiciera era que girara el puto vibrador.
—Cada una de las cosas que me gusta hacer en la cama, todas de las que hemos hablado, son solo contigo. No quiero hacer nada de esto con nadie más y nunca lo he hecho. ¿Qué es lo que pasa, Jamie? ¿Qué cojones me has hecho?
No lo sabía y no podía dejar de gemir para responderle.
—Joder, qué guapa que eres… —murmuró—. ¿Quieres correrte, preciosa?
—Sí. —No sabía si en realidad había logrado decir la palabra, pero lo intenté—. Por favor… Por favor… No puedo más… Lo necesito…
Me besó justo cuando giró el juguete y se tragó cada uno de los gritos y gemidos que solté cuando las vibraciones me enviaron una ráfaga de fuego y electricidad a través del clítoris, por el pecho y por las piernas.
El orgasmo fue tan intenso que no podía dejar de temblar, no podía respirar, no veía nada más que una luz brillante y puntitos rojos. Era interminable. Duró y duró, empapándome en fuego y deseo.
Fue increíble.
Él no dejaba de besarme, incluso después de haber dejado el vibrador a un lado y de que los espasmos hubieran cesado.
Y en lugar de apartarlo, le metí los dedos entre el pelo y lo agarré con fuerza como si me fuera la vida en ello mientras jugueteábamos y entrelazábamos las lenguas.
Me acarició por todas partes, recorriéndome todo el cuerpo con las palmas como si no pudiera decidir qué era lo que más le gustaba.
No lo entendía. No entendía cómo era posible que deseara más de él después de aquello.
Tampoco podía parar.
Nos giramos sobre la cama, devorándonos hasta que Jackson volvió a bajarse la cremallera a tientas.
La tercera vez no me sacó la espinita. La hizo más afilada.
Estaba jodida. Tanto de forma literal como figurada, estaba bien jodida.