Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 28 #3
71%

Capítulo 28 #3

—Joder, Jamie. Joderjoderjoderjoder… —Se calló con una última y dolorosa embestida y un gruñido gutural y profundo. Noté cada espasmo mientras su polla se derramaba dentro de mí. Gruñó y tembló durante todo el orgasmo, clavándome los dedos en la piel como si quisieran dejarme marcas permanentes.

Estaba tan tensa que me temblaba el cuerpo.

Al final, se le empezó a estabilizar la respiración y aflojó los dedos. Pero no me soltó ni salió de mí. En vez de eso, se frotó contra mí, estimulándome el clítoris hasta que solté un gemido ahogado.

—¿Qué tal? —preguntó con voz ronca—. ¿Esto te ha quitado la espinita? ¿Te desato y me marcho?

Si hacía eso, iba a llorar.

Volvió a mover las caderas y me bajó un estremecimiento por todos los muslos.

—La hostia, estás hecha para que te follen, la verdad. Mira qué bien te estás portando.

—Jackson… —Apenas era un susurro. No tenía fuerzas para hablar más alto—. Por favor.

Sabía muy bien lo que le estaba pidiendo. Su polla medio dura se retorció en mi interior, delatándolo. Le encantaba que le suplicara, el desequilibrio de poder consentido, casi tanto como a mí.

—¿No te corriste bastante anoche? —me provocó—. ¿No crees que ahora me toca a mí?

Tragué saliva, aferrándome a la última pizca de cordura que me quedaba.

—Lo siento —murmuré.

Hubo una pausa larga antes de que él dijera:

—¿Por qué dices eso?

—Porque… no sé si has terminado y debería haberlo comprobado antes de quedarme rendida. —A ver, estaba bastante segura de que había terminado, pero no al cien por cien.

Una carcajada grave y siniestra le retumbó en el pecho.

—Desde luego que he terminado. Así de bien sabes, Jamie. Me has hecho correrme como un adolescente.

Se me acaloraron las mejillas y me mordí el labio, reprimiendo otro gemido.

—Deberías incluirlo en mi expediente. —Me estaba desafiando—. Cuando elijas a mi esposa, deberías decirle que lo que más me gusta es comerte entera. Decirle que me encanta el sabor de tu coño, tanto que es en lo único en lo que podré pensar cuando «satisfaga mis necesidades».

¿Qué estaba haciendo?

¿Y por qué me hacía palpitar en torno a él?

—Decirle que si hubieras aceptado casarte conmigo te habrías despertado cada puta mañana con mi cabeza enterrada entre tus muslos.

Decirle que mientras que ella tendrá que suplicarme que la toque, tú tuviste que suplicarme que parara.

Hasta ese punto me siento atraído por ti, hasta ese punto me encanta comerte entera y quiero asegurarme de que lo sepa.

Volvía a estar duro de nuevo, algo que, hasta ese momento, no sabía que pudiera pasar. Apreté los puños al tiempo que salió un par de centímetros de mí para volver a entrar.

—¿Crees que lo entenderá, Jamie? ¿Que el motivo por el que no le lameré el coño es porque sé que no sabrá como tú?

La hostia. Cerré los ojos y se me aceleró el corazón. Por mera estupidez, quería creerlo. Por egoísmo, quería ser la única a la que deseara. Por lógica, sabía lo incompatibles que éramos.

Y aun así, me encantaba oírle decir eso.

La siguiente embestida fue mucho más fuerte. Podría haberme dolido si no estuviera tan húmeda y empapada de su esencia.

—Quiero volver a hacerlo, joder. Quiero atarte las muñecas a la cama y lamerte ese dulce coñito hasta que me ruegues y finjas que no quieres que siga. Me muero de putas ganas de hacerlo, Jamie.

Tensé los músculos a medida que aceleraba, follándome con más y más intensidad, hasta que a los dos nos volvió a faltar el aire.

—¿Qué tal, cariño? ¿Esa espinita de la que hablabas ya ha desa­parecido?

Lo odiaba. Muchísimo.

No tenía ni idea de lo que me estaba haciendo. Lo bien que me hacía sentir. Lo confundida que estaba. La facilidad con la que se podían malinterpretar sus palabras.

—Cállate —dije entre jadeos, lo que solo consiguió que se riera.

—Joder. La hostia. Casi estoy. —Me embestía cada vez más y más rápido y daba igual lo mucho que me contrajera por dentro, no era suficiente para llegar al orgasmo. Era una auténtica agonía.

Una agonía dulce y tortuosa que me tenía a punto de las lágrimas cuando Jackson se retorció entre espasmos y gruñidos cuando se corrió de nuevo. Me encantó cada segundo.

El líquido caliente se derramó de mi interior cuando salió despacio de mí y yo gemí, protestando por ese vacío repentino. Me parecía un vacío extraño y ajeno, y quería que lo solucionara. En vez de eso, se subió la cremallera y me desató las manos.

«No». No estaba lista todavía.

—Mírate. —Me pasó la punta de los dedos por la curva del culo y soltó una risita grave y juguetona cuando me estremecí—. Dos cargas completas de mi esencia y ese coñito avaricioso tuyo sigue queriendo más. ¿Quién hubiera dicho que mi dulce chica resultaría ser una zorrita que se muere de deseo?

Con los dedos, ahora libres, apreté el edredón al tiempo que reprimía otro grito vergonzosamente sonoro. Había muchas posibilidades de que llegara al clímax si seguía hablando. Era como si tuviera el mapa de mis botones secretos y estuviera decidido a ir pulsándolos todos, uno tras otro.

Abrió el cajón de la mesita de noche y lo supe. Sí que había mirado por la mañana.

—Ponte de espaldas.

Me giré con toda la gracia que pude teniendo en cuenta lo que me temblaba todo, y se me cerraron las rodillas al ver a Jackson alzándose imponente sobre mí.

Que yo estuviera desnuda por completo mientras que él seguía vestido añadía otra capa más de vulnerabilidad que me ponía un montón.

—¿Los juguetitos sexuales cierran las piernas antes de que acaben de utilizarlos, Jamie? —Encendió mi vibrador morado con tachuelas. Lo volvió a apagar.

Una amenaza.

Ya era oficial: se nos había ido de las manos. Estaba en terreno desconocido. Era abrumador, escalofriante y, ah, superexcitante.

—Abre las piernas —me ordenó—. Enséñame lo zorrita tan buena que eres, lo mucho que necesitas que te follen otra vez.

Se me aceleró el pulso. En terreno muy desconocido.