Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Eso… eso me provocó algo en el cerebro. Consiguió activar otro lugar profundo y oculto que había estado dormido y reprimido hasta ese mismo momento. Se me puso la piel de gallina. Me estremecí.

Volvió a tirar de la cadena y me rozó los labios con los suyos.

—Te he hecho una pregunta. —Tragué saliva, negándome a responder. Sonrió contra mi boca antes de darme un beso suave y tierno—. Ya veo.

—Estás siendo cariñoso otra vez.

Otro beso tierno.

—Por desgracia, esta norma tuya no va a valer.

—No es algo negociable.

—El afecto es uno de los aspectos que más me preocupan. Me temo que vas a tener que asesorarme sobre el tema.

Menuda mentira.

—Jackson.

Me calló la boca con un intenso beso de esos que hacen que se te retuerzan hasta los dedos de los pies. Me abrasó por dentro, incendió cada parte de mi ser. Cuando intentó apartarse, perseguí las llamas con la lengua.

Le retumbó el pecho de puro placer y cuando lo provoqué con un pequeño lametazo en la lengua, metió los dedos entre mi melena. Ya no eran delicados.

Él tampoco estaba siendo delicado ya.

Jurando entre dientes, me apretó contra su cuerpo, tan duro como para hacerme daño.

Era perfecto.

—Joder, no deberías hacerme sentir tan bien, Jamie. —Llevó la boca a mi mandíbula, a mi cuello. Me ardía todo.

¿Yo lo hacía sentir bien? ¡¿Yo?!

Se apartó y me miró, deslizando la mano entre mis muslos sin avisar. Solté un grito ahogado.

Tenía los ojos clavados en los míos mientras me pasaba los dedos por los labios, por la entrada de mi sexo, por los muslos. Por todas partes, salvo una excepción: no llegaban a tocarme el pequeño botón de nervios hipersensible que suplicaba y palpitaba por su atención.

A juzgar por su siniestra sonrisa, lo hacía a propósito.

—¿Quieres saber con qué otro aspecto tengo problemas? —Volvió a pasarme la mano por la húmeda entrada y me arrancó un suspiro trémulo y entrecortado—. ¿Recuerdas aquel diagrama que me dibujaste?

¿El qué?

—¿Qué diag…? —Ah.

Jo. «No me jodas».

Sonrió.

—¿Dónde, dónde podría estar el escurridizo clítoris?

Mierda. Me iba a calentar hasta que llorara.

—Te odio —dije entre jadeos. Suplicar no serviría de nada. Podía verlo en su mirada despiadada y malévola.

—Me hiciste un dibujo, pero nunca te molestaste en enseñarme dónde estaba.

—No. De verdad. Te odio.

Esa sonrisita de cabroncete era lo único que necesitaba para saber lo bien que se lo estaba pasando con todo aquello. Qué pedazo de monstruo.

—Como mi consultora de citas que eres, creo que estarás de acuerdo en que es tu responsabilidad asegurarte de que al menos pueda dar placer a mi futura mujer.

—Dijiste que no tenías previsto acostarte con tu mujer, ¿no te acuerdas?

No me estaba escuchando.

—¿Está aquí? —Me presionó en un punto que me hizo dar un gritito. De frustración, no de placer—. ¿O tal vez aquí?

—El karma es muy cabrón, Jackson. Ten cuidado.

—¿Eso es un sí? ¿Por fin lo he encontrado?

Dejé escapar una pequeña carcajada entre dientes. No pude evitarlo.

—Me sacas de quicio.

Llevó esos sonrientes labios a mi boca para darme otro beso tierno.

—Y a ti es facilísimo calentarte, ¿te lo habían dicho alguna vez?

Hubo un instante de silencio mientras a los dos nos costaba un poco procesar lo que acababa de preguntarme.

Él se dio cuenta primero. Reculó.

—Olvídalo.

Pero era demasiado tarde. Mi cerebro perverso ya había ideado un plan perverso y las palabras perversas ya estaban saliendo disparadas por mi perversa boca.

—Sí. Me lo habían dicho un montón de veces, un montón de hombres muy atractivos quemmmpfpfm.

Nunca antes me habían besado mientras nos reíamos los dos. Era una sensación peligrosamente buena. Como si hubiera estado besando a la gente incorrecta toda mi vida.

El supuesto pánico que debería haber hecho acto de presencia tras darme cuenta de aquello lo borraron de un plumazo los tiernos golpecitos de la lengua de Jackson.

No sentía nada más que un deseo profundo y ardiente hirviendo a fuego lento en lo más hondo de mí.

Ni siquiera me había percatado de que me había levantado hasta que di con el culo en el colchón y Jackson se apartó.

—Date la vuelta.

Por fin.

Por fin, por fin, por fin…

Al parecer, reaccioné demasiado despacio, así que decidió darme la vuelta él mismo.

Y… sip. Estaba claro que me ponía bastante que me manejaran con cierta rudeza.

Me estremecí y gemí cuando me agarró de las caderas, las colocó bien y me separó un poco más los muslos con las rodillas.

Quedé del todo expuesta a él, completamente a su merced con las manos atadas a la espalda, el culo al aire y la mitad de la cara presionada contra el colchón.

Me encantaba, joder. Por lo visto, era un poco más guarrilla de lo que me había permitido creer hasta ese momento.

—La hostia, estás chorreando, Jamie. —Me tembló el muslo cuando me rozó la piel con un dedo, recorriendo la humedad que me caía por el interior—. ¿Tantas ganas tienes de que te folle y utilice?

Hundí la cara en el edredón y amortigüé un gemido.

—Sí que eres un juguetito sexual perfecto. —Deslizó las manos por los cachetes de mi culo, separándolos—. Mira qué agujeros tan preciosos. Están rogando que se los follen, ¿verdad? Lo necesitan.

Ahogué un grito contra el edredón cuando presionó la parte gruesa de la lengua contra mi clítoris y luego, despacio, despacio, despacio, fue lamiendo hacia arriba del todo.

Hacia. Arriba. Del todo.

Luego me dio un beso muy tierno en la parte inferior de la espalda, que estaba temblando.

—Aunque hay un problemilla —murmuró en tono sombrío—. Me gusta cuidar bien de mis juguetes. Esa parte me gusta casi tanto como jugar con ellos. Si no lo hago, el proceso me parece incompleto, por así decirlo. Y de qué serviría todo el juego si no lo completamos, ¿no te parece?

Sabía muy bien adónde quería ir a parar con todo aquello y no iba a consentirlo. No iba a cambiar de opinión.

—No necesariamente —dije entre jadeos—. Yo no llego al orgasmo solo con la penetración, pero eso no significa que no sea divertido o placentero.

Una larga pausa. Y luego:

—¿Nunca te has corrido solo con la penetración?

—No. —Era algo común y juro que si estaba a punto de decirme que sería diferente con su polla milagrosa…

—¿Así que te puedo follar todo lo que quiera y no podrás correrte hasta que lo permita?

Se me paró el corazón de golpe.

—Es… una forma de verlo.

Soltó un juramento entre dientes y luego oí el inconfundible sonido de una cremallera abriéndose. Me temblaban los músculos.

—¿Cuál es tu palabra de seguridad?

—Fresa —dije con la voz entrecortada—. ¿Y ahora podemos dejar de hablar y…?

Me quedé sin aire en los pulmones y se me tensó todo el cuerpo por la inesperada sensación de verme llena de golpe. Dolió lo justo como para que me vibrara el clítoris de placer.

No había sido delicado ni tierno y era tan grande que… que… Gemí, apretando los ojos con fuerza. Era la hostia de perfecto.

Yo no era la única que sufría la agonía. El gemido que se le escapó me retumbó en los oídos, haciendo que se me estremeciera todo. Él también había sentido placer.

—Joder. —Tenía de nuevo las manos sobre mis caderas, y me clavaba esos despiadados dedos en la piel—. Tienes un coño pequeñito, ¿no?

No. Es solo que él era enorme, pero en ese momento no tenía la capacidad de rebatírselo.

Movió las caderas, empujando hasta el fondo. Volví a gemir. ¿Cómo iba a poder con más de él? Otro medio centímetro y me ahogué. No podía hacerlo. Era demasiado grande. Era demasiado placer. Era demasiado dolor. Lo anhelaba con demasiada desesperación.

—Jackson… —Estaba sin aire, no era capaz de llevar oxígeno a mis pulmones—. No puedo… —Respira. Piensa. Tómalo—. Eres demasiado… No puedo…

—Sí puedes. —Su tono era sombrío y agónico—. Te va a entrar hasta el último centímetro como el juguetito que eres.

La sacó, la volvió a meter con suavidad. Sacar, meter. Sacar y empujar.

No sé quién de los dos gritó más, si él o yo. Se me nubló la vista y vi estrellitas bailando de puro éxtasis. El resto de mí estaba ardiendo por completo.

La hostia.

Puta.

Jackson soltó una retahíla de juramentos con la voz entrecortada, mientras se hundía en mí hasta el fondo.

—¿Estás bien?

—Muy bien. Muy bien. —«Sigue, por favor».

—¿Sigues queriendo que sea duro?

Sí. Tanto que hasta me dolía.

—Por favor.

Apenas había pronunciado la súplica antes de que la satisficiera.

Jackson la sacó y la volvió a meter e hizo justo lo que le había pedido. Siguió agarrándome las caderas con implacable firmeza mientras me embestía una y otra y otra vez, follándome de forma salvaje hasta que una presión conocida empezó a crecer y a enroscarse en lo más hondo.

No iba a correrme, pero eso no evitaba que me provocara un placer agónico. No evitaba que soltara gritos ahogados y gimiera cada vez que me golpeaba el clítoris con las pelotas y me enviara una corriente de placer que me recorría todo el cuerpo.

Estaba en el paraíso.

Y cuanto más escandalosa era, más despiadadas e intensas eran sus embestidas. Ya no me dolía. Ya solo era una masa trémula que gemía de puro deseo.

—Joder, Jamie. Mira qué bien te entra la polla. A tu coño le encanta.

¿Cómo era capaz de formar frases completas? Yo me estaba muriendo.

Lo único que podía hacer era seguir con las piernas abiertas y resistir la embestida, sabiendo que no me dejaría correrme enseguida. O que tal vez no me dejaría correrme, punto. Tal vez me tuviera suplicando todo el día. Con solo pensarlo me deshice de puro placer.

—Qué gusto… Joder, Jackson…

Se había estado conteniendo. Porque en cuanto dije su nombre, con ese tono almibarado en medio del éxtasis, sus movimientos se volvieron más bruscos, más arrítmicos y más erráticos.

Dejé escapar entre jadeos más gemidos, más sollozos, más lamentos y gritos y alabanzas por lo bien que me estaba follando. Nunca había sentido algo así de intenso, y no quería que se terminara.