Capítulo 28
Dejé a Tobigote en su palacio y me quedé allí tanto tiempo que seguro que pareció sospechoso. Pero necesitaba espacio para pensar.
Resulta que, al parecer, para mí, el lenguaje del amor que me llegaba era, sin lugar a dudas, los actos de servicio.
Tenía el corazón a punto de estallar, repleto de aire, chispas, luciérnagas, calidez y…
y… un montón de otras cosas que me estaban encendiendo las alarmas internas.
De verdad que tenía que poner en orden mis pensamientos y recordarme un par de datos crudos y fríos.
Una parte de mí esperaba que Jackson no estuviera en mi suite cuando regresara. Una parte mucho más grande e importante sintió una alegría inmensa cuando me lo encontré en el sofá, mirando el móvil.
—Me estás confundiendo mucho —lo acusé cuando entré hecha una furia.
Ladeó la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—A esto —levanté la mano que me había curado— y a toda la ternura con la que lo has hecho. Unos niveles inaceptables de confusión.
—Me temo que vas a tener que concretar mucho más.
—¡Me has besado la mano para curármela!
—Pensaba que podría ayudar.
Bueno, pues no.
Chasqueé los dedos y lo señalé.
—¿Sabes qué? Estamos a punto de tener nuestra primera sesión de asesoramiento.
—Fantástico. —Dejó el móvil en la mesa mientras yo me dejaba caer en el sofá a su lado—. Tengo un montón de preguntas…
No le di la oportunidad de terminar. En cuanto mi culo tocó el sofá, tuve esa preciosa cara en mis manos y esa boca insufriblemente atractiva cautiva contra la mía.
El plan era sencillo: enseñarle a Jackson Sinclair una lección besándolo con tanta intensidad como para sacarle el alma de ese enorme cuerpo.
Y eso es justo lo que hice. Aparté las dudas y el miedo paralizante a un lado y me deje llevar por el hambre, la necesidad, el incesante anhelo que sentía por él.
Lo deseaba con todo mi ser y no sabía qué hacer para pararlo. Era horrible y maravilloso y terrorífico, y todo era culpa suya, así que le metí la lengua en la boca para castigarlo.
Él gimió… y se acabó. Salió de su estado inicial de sorpresa y cualquier control que hubiera tenido al principio se hizo añicos con un gemido entrecortado cuando me envolvió entre sus brazos y me colocó sin esfuerzo en su regazo.
Me deshice por dentro. Ese era justo el sitio que me correspondía, a horcajadas sobre Jackson mientras me tocaba, me besaba y me susurraba sucias palabras con esa lengua tan perversa suya.
Del todo inaceptable. Le mordí el labio inferior y tiré de él.
—Lección número uno —dije entre jadeos, empujándolo cuando trató de seguir besándome.
Coloqué la mano firme contra el fuerte latido de su pecho y le clavé los ojos en esa mirada vidriosa—.
Hay una enorme diferencia entre lujuria y afecto.
Esto… —Lo agarré de la camisa con el puño y tiré para darle otro beso intenso y cargado de frustración antes de volver a empujarlo—.
Esto es lujuria. Eso es lo que es. Tú y yo hemos tenido la inoportuna mala suerte de sentirnos atraídos por el otro y hemos sido lo bastante idiotas como para pasar a la acción.
¿Me estaba escuchando? No parecía que me estuviera escuchando.
—Deja de mirarme la boca así —solté—. Estoy hablando.
—Sé muy bien lo que es la lujuria, Jamie —le dijo a mi boca—. La estoy sufriendo mientras hablamos. —Por si hubiera dudas sobre a lo que se refería, me agarró de los muslos y tiró de mí hacia él. Estaba duro como una piedra y me agarraba con una fuerza castigadora.
Se me estremeció el clítoris.
—Así que coincides en que eso es lo que es —dije, casi incapaz de mantener la voz firme—. Solo lujuria.
Un destello de auténtica sorpresa le cruzó el rostro. Titubeó un instante y luego parpadeó para volver a centrarse.
—Por sup… sí.
Sabía que iba a responder eso, sabía que iba a decir que sí, y aun así, se me cayó el alma a los pies, se me hizo un nudo en la garganta y apreté el puño en torno a su camisa al tiempo que levantaba la mano vendada.
—Entonces esto tiene que parar.
Se quedó callado durante un segundo.
—¿Qué?
—Está la lujuria y luego está el afecto —repetí despacio—. Lo uno es solo físico. Lo alimenta la atracción y busca una única cosa: sexo.
—Te he dicho que sé lo que es la lujur…
—El afecto es otra cosa —lo interrumpí—.
El afecto tiene que ver con la conexión y la intimidad emocional.
Las dos cosas son de naturaleza diferente y tienen objetivos y un impacto psicológico distintos.
Mostrar un afecto real y constante a alguien que no rehúye la intimidad emocional como lo haces tú es desconcertante, Jackson.
Daba lugar a la esperanza. Al anhelo y al deseo y, al final, a una decepción demoledora.
Me miró a los ojos mientras aflojaba la fuerza con la que me agarraba de los muslos. Después de una larga pausa, preguntó:
—¿Qué parte es la que te confunde?
Yo también aflojé los dedos que tenía en su camisa. Tragué saliva.
—Todas. —Todo en él me desconcertaba—. Ya no puedes ser dulce ni tierno conmigo, ¿entendido?
—No. Explícate —me pidió—. Con detalle.
¿No había sido lo bastante clara?
—Se llaman límites —dije—. Y estoy estableciendo uno de forma oficial. Lujuria, lo acepto. Eso se pasará dentro de una semana o dos si… le damos lo que quiere. Pero cero muestras de afecto antes, durante o después.
—¿Qué quieres decir? —insistió.
«La hostia».
—Quiero decir que me puedes agarrar y follarme tan duro y salvaje como quieras, pero no te permito que me limpies después.
—Le puse los dientes en el labio inferior y tiré despacio, para después lamérselo—.
Quiero decir, Jackson, que me puedes atar a la cama y utilizarme como tu juguete sexual particular toda la noche, puedes dejarme marcas y moratones en la piel, pero no puedes curarme las heridas cuando acabes. ¿Así te queda más claro?
Se le cortó el aliento de golpe cuando llegué a lo del juguete sexual y noté su pulso acelerarse contra mi puño.
—¿De verdad es eso lo que quieres de mí? —preguntó.
Lo que quería era que ese ardiente deseo que sentía por él se aliviara antes de que me consumiera entera. Y si para aliviarlo tenía que follarme, que así fuera.
—Sí.
El silencio que llegó a continuación no habría sido tan desquiciante si hubiera sido capaz de leer el leve cambio en su gesto mientras me observaba. No tenía ni idea de lo que estaba pensando.
—¿No crees que los dos nos sentiremos mejor después? —probé a decir—. Incluso aunque solo sea una vez…, ¿no crees que al menos nos quitaremos la espinita?
Esos ojos pálidos se entrecerraron y apretó los labios con disgusto. Era una expresión que reconocí al momento. Se había declarado la guerra.
Se me desbocó el corazón. Reprimí una sonrisa.
—¿Lo de anoche no te quitó la espinita, Jamie?
—Así habría sido si hubieras cumplido con tu palabra —repliqué—. Todo ese parloteo sobre agarrarme y follarme salvajemente, rellenarme con tu esencia… qué decepción.
Estaba jugando con fuego y lo sabía.
—«Decepción» —repitió Jackson con tono peligroso. Esbozó una sonrisa y se le afiló la mirada—. ¿Así describirías lo que pasó anoche?
Si le mintiera y dijera que sí, habría consecuencias.
—Sí.
Subió por mis muslos con las palmas dejándomelos en llamas y enganchó los dedos bajo la cintura de mis vaqueros. Un escalofrío me recorrió toda la espalda.
—¿Y qué ocurrirá cuando te folle con tanta intensidad como quieres y te des cuenta de que una vez no te basta? —Pasó el pulgar por el botón de los vaqueros, desatando un estallido de chispas en mi interior—. ¿Y entonces qué?
—Entonces lo repetiremos. —La lujuria acabaría por desaparecer.
Pero cuando llegué al primer botón de su camisa, me agarró de las muñecas.
—Levántate —me ordenó.
Casi me derrito por dentro. Me puse de pie.
—Desnúdate —fue su siguiente orden.
Manipulé con torpeza y con los dedos temblorosos los botones, cremalleras y mangas hasta que me quedé de pie junto a un montón de tela, vistiendo nada más que mi ropa interior.
—Todo —me exigió Jackson cuando vacilé.
Se me encogió el estómago cuando alcancé con las manos la parte posterior del sujetador y me lo desabroché, dejándolo caer al suelo. Luego, con un suspiro trémulo, me quité despacio las bragas.
Te juro que si aquello no acababa con él empotrándome contra la cama, iba a perder la puta cabeza.
Nunca había deseado tanto a nadie antes, y necesitaba pararlo.
Necesitaba no estremecerme entera cuando me repasaba el cuerpo con la mirada de esa manera.
Necesitaba que no se me desbocara el corazón por él y que no ronroneara por dentro cada vez que él entraba en una habitación.
—Preciosa. —Se soltó el cinturón con esa mirada oscura clavada en mi pecho—. Eres la hostia de preciosa, Jamie. Es que no puedo soportarlo, joder.
Y yo no podía soportar que me mirara así. Me iban a fallar las rodillas.
—Llamarme preciosa cuenta como afecto —dije con la voz entrecortada—. No lo vuelvas a hacer.
Apretó la mandíbula y tragó saliva al tiempo que contenía una réplica.
—Vuelve a mi regazo. —Una orden con voz ronca y grave. Se quitó el cinturón y lo enrolló en sus enormes manos.
—Pon las manos en la espalda.
Hice lo que me dijo, colocando una rodilla a cada lado de esos muslos tan fuertes antes de entrelazar las manos en la espalda. Me ató las muñecas con facilidad y eficacia con el cinturón de cuero.
—La verdad es que serías el juguetito sexual perfecto, ¿no te parece?
Me quedé sin aire y estaba bastante segura de que él podía ver cómo se me marcaba el pulso en el cuello.
Aceleró cuando enganchó un dedo por debajo de mi delicada cadena de oro y la utilizó para arrimarme a él.
Como si fuera un collar. Me lamió el labio inferior. Lo mordisqueó con los dientes. Lo besó.
Me ardían las entrañas, la piel, todo.
—Bájate los pantalones —dije. Estábamos perdiendo demasiado tiempo. Necesitaba que me follara como el respirar.
Jackson hizo un gesto de reproche, como si me hubiera portado mal.
—¿Así es como los juguetitos sexuales hablan a su dueño, Jamie?