Capítulo 27
Puede que Jackson Sinclair no tuviera tatuajes, pero Daniel Omori desde luego que sí. Los dos brazos repletos, de hecho. Tal vez hasta más. También era alto, tenía una mascota mimada, acento australiano y era un chef de sushi.
Ah, y sin duda sabía quién era mucho antes de conocernos. Muchísimo antes.
—No es él. —Jackson se metió en el asiento trasero de su limusina, arrimándose a mí al tiempo que cerraba la puerta tras él.
—Siempre he querido vivir en Japón. —Suspiré con melancolía.
Puede que estuviera provocándolo un poquito, pero se había puesto de tan mal humor por toda aquella historia que no pude evitarlo.
Jackson me frunció el ceño y yo lo miré haciendo un puchero, fingiendo que me había tragado el cuento—. ¿Tienes algún tatuaje? —pregunté.
Arrugó el entrecejo como si estuviera molesto. Vaciló un instante.
—No.
—¿Un nombre que empiece con D y que no conozca?
Apretó la mandíbula.
—Entonces tiene que ser él porque no he conocido a nadie más en el último mes que encaje con esa descripción exacta.
—No es él.
Le puse la mano en la mejilla.
—Y pensar que fuiste tú el que nos presentó… —dije con cariño, haciendo que me temblara el labio inferior. Su mirada era letal—. Danny y yo siempre te estaremos agradecidos. Por supuesto, podrás hacer un brindis en nuestra boda.
Expulsó aire caliente por la nariz. Qué bien me lo estaba pasando.
—Por encima de mi puto cadáver, Jamie.
—Ni siquiera crees en el tarot ni en nada relacionado con el ocultismo —le recordé, bajando la mano y dejando de fingir—. ¿Por qué estás tan cabreado?
—Tú crees en ello.
—Nunca he dicho que creyera en el tarot. Aunque de verdad asusta el nivel de detalle que me ha dado. Lo ha descrito a la perfección.
—No ha sido tan precisa. Por lo que sé, Omori no te ha propuesto nada que te pudiera desviar del camino que te habías propuesto seguir.
—Error. Iba a buscar otro trabajo en cuanto se acabara el Inmersivo. Si acepto a Daniel como cliente, me tendré que quedar en Charmed. Ahí lo tienes: el desvío del camino.
Él iba a cuestionar cada paso de todo ese asunto, podía verlo en cómo apretaba la mandíbula con obstinación. No es que tuviera importancia. Me daba igual a quién se refería Imogen cuando me leyó las cartas o qué datos me diera. Nunca iba a acabar con Jackson.
Quería amor, conexión, una pareja con la que compartir mi vida. Jackson necesitaba una esposa temporal que firmara un contrato, tal vez darle un hijo y que se fuera feliz cuando terminara su acuerdo. Él no quería un «felices para siempre» y yo no me casaría sin uno.
Nos haríamos desdichados el uno al otro.
Levanté la mano cuando volvió a abrir la boca.
—No voy a discutir de esto contigo. Tenemos cosas más importantes de las que hablar.
—No sé por qué, pero lo dudo.
—¿Citas supervisadas, Jackson? ¿Un paquete de asesoramiento completo? Ahora, de pronto, ¿te parece bien todo esto?
Por primera vez desde que había salido hecho una furia del despacho de Minerva sin despedirse siquiera, relajó un poco el ceño.
—He cambiado de opinión.
—¿En serio? —Me crucé de brazos—. ¿Quieres que vaya a todas tus citas y critique cada mínimo movimiento que hagas?
—Sí —dijo sin más—. Si yo tengo que sufrirlas, entonces tú también. Además, dijiste que si me preocupaba algún aspecto en particular, me ayudarías a trabajarlo.
Estaba tramando algo. Sin duda alguna.
Se arrimó más a mí, presionándome con su enorme muslo.
—Podemos repasar luego los detalles. Pero primero, tenemos que darle de comer a Gato.
¿Tenemos?
—¿Por qué íbamos a hacer eso?
Me miró con el ceño fruncido como si acabara de preguntarle una estupidez.
—Porque todavía no ha desayunado.
No me refería a eso y él lo sabía.
—No sé qué estás tramando, pero casi seguro te puedo garantizar que terminará con un mordisco —lo avisé—. Y sangre.
Dejó escapar una sonrisita.
—Ya veremos.
Tobigote estaba sentado junto a su comedero vacío cuando abrí la puerta de mi suite, rabiando por dentro por culpa del hambre. Me soltó un gruñido en cuanto me vio, porque ¿cómo osaba hacerle eso a él?
—Hola, chiquitín. Perdona por llegar tarde…
Jackson me agarró de la muñeca en cuanto puse un pie en la suite, haciendo que me detuviera de golpe. ¿Cómo era posible que una persona generara tanta electricidad? Un pequeño roce y ya sentía su hormigueo por toda la piel.
—¿Dónde tiene la comida? —preguntó.
—Eh… en la parte de arriba del armario. Al fondo a la izquierda.
—¿Me puedo encargar yo?
Vacilé.
—A ver…, puedes intentarlo. —Pero ¿por qué querría hacer eso?
—Gracias.
Por norma general, Tobigote ya estaría entre mis pies, maullando con dramatismo por lo abandonado y hambriento que se sentía y al mismo tiempo haciendo todo lo posible para que me costara muchísimo llegar a su comedero.
Por otro lado, por norma general, Jackson Sinclair no estaría acompañándome a darle de comer.
Cuando Jackson dio un paso en su dirección dejó de sacudir la cola y soltó un gruñido de advertencia. No iba a funcionar. Jackson no iba a poder llegar hasta el armario antes de verse obligado a recular.
—Cuidado con los tobillos —le avisé.
Jackson se paró a unos dos metros de su objetivo. Y entonces, despacio, con cuidado, se agachó.
Mala decisión. Tobigote sacó los colmillos, aplanó las orejas y se le dilataron las pupilas.
Ay ay ay.
—Jackson…
—Hola, Gato.
Tobigote se quedó paralizado. Retiró los colmillos. Volvió a subir las orejas de golpe.
—Muy bien —murmuró Jackson—. Reconoces la voz, ¿no?
Me mordí el labio inferior mientras Tobigote y su única neurona trataban de encajar todas las piezas del puzle. ¿Por qué ese medio gigante agachado frente a él sonaba igual que el señor todopoderoso de su palacio? ¡No tenía sentido!
—Hagamos un trato —siguió diciendo Jackson a la vez que se atrevía a dar un paso adelante.
Tobigote lo observó con recelo, pero no mostró ningún otro signo nuevo de agresión—.
Voy a utilizar esta mano para abrir el armario que hay a tu lado y te lo agradeceré de todo corazón si no me arañas mientras lo hago.
Otro pasito más.
No sabía qué era más divertido, si mi gato pasmado y ojiplático o el medio gigante que caminaba como un pato y estaba a su merced. Pero sí que sabía cuál de los dos resultaba más adorable. ¿Cómo no, si estaba consiguiendo que se me saliera el corazón del pecho?
—Puedes olerme, si quieres. —Jackson estiró con cautela una mano al dar el siguiente paso, pero Tobigote no se movió.
Tardó casi un minuto que aguantó inmóvil y paciente, pero… funcionó. Abrí la boca cuando Tobigote dio un pasito vacilante hacia el frente. Y luego otro. «Pero ¿qué cojones?».
—Vamos, pequeñín. Muy bien. —Lo decía con tanta ternura y dulzura que hasta me dolía el pecho.
Se me cortó la respiración cuando Tobigote inclinó la cabeza hacia delante, pero en lugar de clavar los dientes en el brazo de Jackson, le olisqueó los dedos con cuidado.
—Buen chico. Bien hecho. —Jackson sonrió y se me partió un poco el corazón—. ¿Ves? No soy tan malo.
Mientras Tobigote estaba ocupado tratando de descifrar por qué ese hombre sonaba y olía justo igual que su nuevo lugar favorito del mundo, Jackson estiró la otra mano, abrió el armario que le había indicado antes y consiguió sacar una pequeña lata de comida para gatos.
—Aquí está. —Mientras Tobigote observaba, le quitó la tapa con movimientos suaves, lentos y firmes.
Tobigote lo miró, intentando calcular el nivel exacto de amenaza que suponía mientras le servía el desayuno.
Pero Jackson no lo presionó. En vez de eso, se sentó al lado del comedero, estiró las piernas, apoyó la espalda en los armarios de la cocina y fingió estar concentrado en la etiqueta de la lata vacía.
Tobigote siguió mirándolo con cautela, esperando a ver qué hacía. Cuando Jackson siguió sin prestarle atención, soltó un «miau» suave y curioso.
—Atún, mejillón y quinoa.
—Miau.
—Parece bastante asqueroso. ¿Por eso no te lo comes? —Jackson se volvió hacia mí—. ¿Ha probado alguna vez la carne wagyu ?
Apreté los labios, que se esforzaban por no sonreír, y negué con la cabeza.
Levantó la lata y miró a Tobigote con el ceño fruncido.
—Esto no es gourmet ni nada, Gato. Adolf te ha engañado.
—Adrien —lo corregí—. Y no es por eso por lo que no come.
—¿Por qué no comes?
—Miau.
Me acerqué y me senté al lado de Jackson, mirándolos a los dos.
—Vamos, chiquitín. Yo vigilo.
Seguía dudando, todavía un poco inquieto por la presencia de Jackson.
Pero, al final, ganó el hambre. Al principio empezó a comer despacio, sin apartar los ojos de la potencial amenaza.
Pero una vez que quedó claro que Jackson no tenía ningún interés en robarle su atún machacado, comió más deprisa, moviendo la tupida cola con alegría.
—No me puedo creer que lo hayas conseguido —le dije a Jackson—. Es impresionante, de verdad. Aparte de Adrien, nunca antes habíamos conseguido que le cogiera cariño a un hombre. Ni siquiera a mi padre. —Y desde luego no había sido por falta de intentos.
—Que me mande una grabación con su voz. Conseguiré que Gato se obsesione con él en menos que canta un gallo.
Solté una carcajada justo cuando Tobigote saltó a mi regazo para recibir sus arrumacos obligatorios posdesayuno. Le rasqué el cuello y las orejas y le hice una serie de preguntas absurdas mientras le daba besitos en las orejas.
Muac. ¿Quién es el chico más guapo de todo el planeta? Muac. ¿Quién ha sido un chico bueno y paciente por esperar toda la mañana para desayunar? Muac. ¿Quién es el gatito más majestuoso con el palacio de gatitos más majestuoso que nunca se haya visto? Muac. Muac. Muac.
Todo iba genial hasta que, por el rabillo del ojo, vi que Jackson movía la mano. Y, joder, se me partió otro trocito de corazón.
Con un leve suspiro, extendí la palma.
—Dame la mano.
Ni siquiera intentó ocultar su emoción cuando puso su enorme mano en la mía. Reprimí una sonrisa y acerqué sus dedos para que Tobigote pudiera olerlos de nuevo. Como no bufó ni le dio un zarpazo, dije:
—Prueba a rascarle por detrás de la oreja izquierda.
Funcionó.
Increíble, pero funcionó. Tobigote estaba dejando que lo acariciara un casi desconocido y lo único que había hecho falta era un inmenso palacio de cartón empapado del aroma de Jackson, una grabación de su voz en bucle y… ah, sí, los retratos. Cómo iba a olvidarme.
—Qué suave es.
—Mmm —coincidí. Era supersuave. Y una auténtica zorrita mimosa cuando tenía ganas de arrumacos.
—No me puedo creer que te esté dejando tocarlo.
—Y ya verás —murmuró Jackson—. Para cuando termine la semana que viene, lo tendré relajado y ronroneando en mi regazo.
Un remolino de mariposas se me abrió paso en el pecho cuando me imaginé la escena. Me quedé sin aire en los pulmones. Se me aceleró el pulso.
Tal vez no fuera tan mala idea hacerle a Daniel esa llamada que me había pedido, ya que me había dado su tarjeta y todo…
—¿Estás bien?
—¿Eh? —Mirar directamente a los ojos inquisitivos de Jackson fue un error. Solo me aceleró aún más el corazón—. Estoy bien. ¿Por qué?
—De repente te has quedado inmóvil —señaló—. Y tienes la respiración entrecortada.
¿Ah, sí?
—Solo trataba de acordarme de dónde puse la tarjeta.
Dejó de rascar a Tobigote y entrecerró los ojos peligrosamente. Casi como un depredador clavando la mirada en su presa. Hizo que se me estremeciera el clítoris.
Me aclaré la garganta y aparté los ojos. Cuando me miraba así no podía pensar con claridad, y cuanto antes tuviéramos La Conversación, mejor.
—Oye, con respecto a lo de anoche… —Me quedé callada. ¿Por qué me quedé callada?
Mi vacilación le dejó el espacio necesario para decir:
—Me gustaría hacer el asesoramiento lo antes posible.
Claro, desde luego.
—Pero antes deberíamos… De verdad que creo…
Tenía la frase en la punta de la lengua, concisa y al grano: «No puede volver a pasar».
Eso era todo. Solo tenía que decir eso.
Si no terminaba con aquella historia en ese momento, si permitía que esa… cosa entre los dos llegara más lejos, acabaría sufriendo. Sabía lo que sentía y sabía cómo iba a acabar. Sería una idiota, una auténtica idiota, si continuaba por ese camino.
Tanto para mi bienestar emocional como para mi carrera.
Jackson esperó a que lo dijera, observándome en silencio mientras yo me esforzaba por encontrar las palabras. El silencio se prolongó y prolongó… hasta que empezó a parecer un reto.
Me humedecí los labios secos.
—Lo que trato de decir es que anoche no deberíamos haber… y que no podemos…
En esa ocasión lo iba a decir, lo juro. Pero justo cuando estaba a punto de pronunciar las palabras, un Tobigote hiperestimulado se giró en mi regazo y me clavó los dientes en la mano.
—Ay —dije sin más. Había sido, eh, bastante más fuerte que sus mordiscos habituales. Por norma general solía darme un mordisquito juguetón o un arañazo rápido para indicarme que ya no quería más mimos.
Lo habitual no era que me hiciera sangre. Ni que gruñera de esa manera.
—¿Qué pasa? —Jackson había dejado de mover los dedos y ahora fruncía el ceño de su preciosa cara.
—Nada. Es su forma de decirnos que ya no quiere más mimos.
Jackson apartó la mano al momento y se me derritió otro poquito más el corazón. Tobigote saltó de mi regazo y se fue trotando hacia la puerta, moviendo la cola mientras se relamía, satisfecho. Era la hora de ir al palacio.
Estiré la mano mientras Jackson se levantaba.
—No sé cómo, pero te juro que con la edad, cada vez es más mimoso y gruñón. Es casi… ¿Qué estás haciendo?
Sacudió el pequeño kit de primeros auxilios que había sacado del armario de la ropa de cama antes de volver a sentarse a mi lado.
—Dame la mano.
Bum bum.
—Estoy bien.
—Estás sangrando.
—No es nada. —Era una pizquita mínima y diminuta de sangre. Como si me hubiera pinchado con un alfiler sin querer.
… Vale, puede que fuera un poco más que eso, pero no demasiado.
En cualquier caso, me tomó la muñeca con delicadeza y luego me tuve que quedar ahí sentada mientras veía cómo me limpiaba y desinfectaba con cuidado la herida, me ponía una pomada y la cubría con una gasa. Una reacción muy exagerada. Apenas necesitaba una tirita.
Pero el daño ya estaba hecho. Mientras lo observaba, se me desbocó el corazón, noté un cosquilleo en todo mi ser y me sentí flotar.
—Ya está. —Jackson pasó el pulgar por la gasa y luego la besó—. Mucho mejor.
… La besó.
Estaba mareada, no podía respirar y juro que si no me abalanzaba sobre él y unía nuestras bocas de forma permanente para toda la eternidad, iba a estallar en un torbellino de mariposas y me iba a morir.
Aparté la mano de la suya y me puse de pie a toda prisa.
—Discúlpame un segundo.
Entré en modo de lucha o huida. Se me encendió el piloto automático. Cogí a Gato —no, perdón, Tobigote— en brazos y me fui de la suite.
Estaba metida en un buen lío.