Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 26 #2
63%

Capítulo 26 #2

—Lo que trato de decir es que el perfil original de Jackson contenía tantos fallos que trabajaba en contra nuestra y por eso nos estaba costando tantísimo encontrarle una pareja adecuada.

Hemos preparado un nuevo perfil que se actualizará con frecuencia a medida que recopile más datos en las próximas semanas.

Por el momento, nos centraremos en encontrarle a alguien compatible con lo que tenemos ahora mismo en el expediente y, lo que es más importante, a alguien que también comparta su punto de vista sobre el amor y las relaciones o que al menos esté abierta a ello.

Jackson no iba a ser feliz con alguien que creyera en los finales de cuento, las almas gemelas o cualquier otro aspecto idealizado del amor y las relaciones.

Obligarlo a enamorarse no iba a funcionar.

Estaría mucho mejor con una gran amiga, una cómplice con la que quisiera pasar el rato, alguien que compartiera sus creencias y no tuviera expectativas a largo plazo que no se iban a cumplir.

Que Jackson se casara con alguien que creyera en todo eso sería una auténtica pesadilla.

Era encantador, atractivo, divertido, cariñoso y otras muchas cosas secretas y maravillosas.

Sería muy fácil que su mujer se enamorara de él y creyera de forma estúpida y desesperada que algún día, si se esforzaba muchísimo y le mostraba lo buena que podía ser para él, él también se enamoraría.

Entonces se terminaría el contrato de un año y se vería obligada a dejarlo.

O peor aún, le rogaría y suplicaría para que siguiera casada con ella y él la obligaría a firmar un acuerdo posnupcial en el que se detallara su plan de «satisfacer sus necesidades en otra parte».

Porque doce meses bastaban para que el deseo y la atracción se desvanecieran.

Doce meses bastaban para que él se aburriera de ella.

Él le rompería y pisotearía el corazón y ella no podría culpar a nadie que no fuera ella misma. Porque él le habría explicado bien quién era y qué quería exactamente, y cuando la gente hacía eso, se suponía que debías escucharla.

No podías obligar a nadie a que cambiara por ti.

Yo no era idiota.

—Creo que eso es lo más importante —reiteré—.

Como tiene un enfoque tan concreto y poco convencional sobre el amor, los dos tienen que tener claras cuáles son las expectativas y lo que esperan sacar de la relación.

De lo contrario, los estaríamos condenando al desengaño a largo plazo. No funcionaría.

Jackson me estaba agujereando con la intensidad de su mirada. Puede que yo tuviera la vista clavada en Minerva, pero solo lo veía a él.

Era consciente de todos sus movimientos, el intenso subir y bajar de su pecho, cómo había cerrado los dedos despacio hasta formar un puño en su regazo. Aunque no podía descifrar su rostro y cada vez me estaba resultando más insoportable no mirar.

—Todo esto figura en el informe de seguimiento semanal que he preparado.

La copia final se enviará por correo electrónico tanto a tu equipo como al de Jackson el lunes a primera hora.

Pero hay otro tema urgente que me gustaría hablar en persona —seguí diciendo—.

Sé que mi recomendación inicial fue que Jackson recibiera un asesoramiento intensivo sobre cómo comportarse en las citas.

No obstante, creo que ya no está justificado ni es necesario.

Hay un par de cosas que tendremos que repasar, pero son de poca importancia y se pueden tratar en menos de una hora.

Sugiero encarecidamente que no demos más pasos hasta después de su primera cita.

Minerva apretó los labios, estudiándome.

—¿Y entonces qué? Habíamos hablado de citas supervisadas para asegurarnos de que él… Para que todo vaya sobre ruedas.

Una niñera. Le preocupaba que volviera a sabotear las citas.

—Puedo acompañarlo a la primera. —En realidad no quería, pero lo haría—.

Si todo va como sospecho, ya no hará falta que alguien lo siga de cerca a no ser que él mismo lo solicite.

De hecho, si mi presencia sigue siendo una distracción para Jackson en la oficina, también podemos acabar con el seguimiento en la oficina una semana antes, y yo podría abandonar su piso para el…

—No.

Entonces lo miré. Su tono lo exigía.

—¿Disculpa? —dijo Minerva.

Jackson me sostuvo la mirada, entrecerrando los ojos.

—No. Quiero el asesoramiento, la supervisión y toda esta vigilancia excesiva con la que me amenazasteis cuando empezó toda esta pesadilla. No te vas de casa hasta que acaben los treinta días que acordamos.

Conmoción. Silencio.

Imogen había dejado de barajar y sacar cartas, Minerva miraba boquiabierta a su sobrino como si este hubiera invocado un rayo por arte de magia y yo apenas podía respirar. Él me lo impedía.

—¿Quieres… quieres que se quede? —preguntó Minerva.

—Me estás obligando a casarme. —No se esforzó en ocultar el amargo resentimiento que empapaba su voz cuando apartó los ojos de mí—.

Y luego me estás obligando a que esté un año casado y estoy bastante seguro de que, en algún momento, me obligarás a tener un hijo que garantice el preciado linaje familiar que tanto te preocupa.

Ya no tengo ni puta voz ni voto sobre el tema, así que mi única opción es, por lo menos, tratar de encontrar a una mujer con la que no quiera suicidarme.

Cuanta más información tenga Jamie, más posibilidades de éxito habrá. ¿No estás de acuerdo?

Ese era el listón que se había marcado. Esa era la expectativa que tenía del matrimonio. Solo quería a alguien que no le diera ganas de suicidarse.

Aparté los ojos de él, ignorando ese dolor punzante en el pecho.

—Vamos, deja de ser tan dramático —lo regañó Minerva, quien apenas pudo evitar poner los ojos en blanco.

Harry se removió en su brazo, sacudiendo las orejas—.

Has llevado una vida llena de privilegios y la verdad es que no me importa qué más crees que se te debe sin que te sacrifiques a cambio.

Has tenido los mejores tutores, asistido a las mejores instituciones de educación superior que se podían pagar con dinero e incluso se te ha dado todo lo material que pudieras querer.

Millones de personas sacrificarían muchísimo más que un solo año de matrimonio por intercambiar su vida por la tuya.

Creo que es razonable que pida que tengas un heredero y…

—Puedo tener un hijo sin…

—No vas a tener un hijo fuera del matrimonio —soltó—.

Tú más que nadie deberías saber qué ocurre cuando los hombres de esta familia intentan criar a un niño sin la ayuda de una madre adecuada y cariñosa.

El círculo termina contigo, Jackson. No te dejaré repetir lo que aquella zorra vanidosa y repulsiva y Richard…

—¡Yo no soy mi padre! —gritó Jackson, cortando el aire con la voz y haciéndolo vibrar. Tenía todos los músculos del cuello y la cara tensos, y los labios apretados de pura rabia.

Imogen chasqueó la lengua en tono de reproche.

—Qué traviesas —dijo en tono cantarín, sonriendo hacia la mesa.

Minerva la miró parpadeando.

—¿Disculpa?

—Las cartas —respondió Imogen. Yo no sabría decir si ella no era consciente de la tensión que reinaba en la habitación o si simplemente no le afectaba—. Quieren jugar. Empiezo a entender por qué la presencia de tu sobrino hoy aquí se ha… alentado tanto.

Minerva relajó un poco los hombros. Eso le había despertado la curiosidad.

—¿Qué significa eso? ¿Qué dicen las cartas?

Jackson se reclinó en la silla con un fuerte suspiro y se pasó la mano por la cara como si no se pudiera creer que su vida se hubiera visto reducida a semejante tontería sin sentido.

Tuve la tentación de estirar los dedos y pasárselos por el ceño para suavizárselo, así que cerré las manos formando un puño y las puse debajo de los muslos.

Imogen emitió un sonidito ambiguo que solo consiguió que Minerva quisiera conocer la respuesta con más desesperación.

—¿Qué pasa? ¿Estoy equivocada con esto?

—No quieren hablar sobre eso —dijo Imogen, apartando una baraja para coger otra—. No quieren hablar de ti. No quieren hablar de él. —Hizo una pausa, sonriendo—. Solo quieren hablar de ella.

Todos los ojos se clavaron en mí.

—¿De mí? —¿Por qué? Yo era la que tenía una energía menos interesante de toda la habitación en ese momento.

—De ti.

Una carta se salió del mazo que estaba barajando y aterrizó en mitad de la mesa. Esta tenía nombre. En gruesas letras blancas grabadas sobre un fondo negro mate, la carta gritó: muerte .

Ay, la leche.

—¿Te gustaría saber lo que tienen que decir?

—¿Me van a decir el poco tiempo que me queda de vida? Porque preferiría no saberlo.

Sonrió con más fuerza.

—No. Se trata de tu vida amorosa.