Capítulo 26
Lo conseguimos.
Muy justos, pero lo conseguimos.
Y, por lo visto, Imogen también. Minerva había invitado a su tarotista a la reunión, lo que significaba que la teoría de Jackson sobre por qué asistía él también no iba tan desencaminada.
—Llegáis tarde —dijo Minerva en cuanto nos llevaron hasta su despacho. Estaba sentada a un lado de una mesa cuadrada de roble, con Harry ronroneando contra su pecho. Imogen ocupaba la silla a su lado y mezclaba una baraja de cartas. No nos prestó atención.
No habíamos llegado tarde, pero no iba a discutir con ella.
—Culpa mía —dijo Jackson en cuanto fui a abrir la boca para disculparme—. Me estaba ocupando de un asunto de trabajo urgente y perdí la noción del tiempo.
Sentí un vuelco en el corazón cuando retiró una silla y me hizo un gesto para que me sentara, a la vez que me guiñaba un ojo con disimulo. La acepté y susurré «gracias», y noté algo cálido expandirse por mi pecho. No hacía falta que asumiera la culpa por mí así.
—¿En serio? —El tono de Minerva era cortante y casi sarcástico—. Porque por lo que he oído, no has trabajado mucho en toda la semana.
Jackson no dijo nada cuando se sentó a mi lado. Se me desvaneció la sonrisa.
Esa información no se la había dado yo.
—Corrígeme si me equivoco, Jamie, pero ¿el objetivo de que lo sigas de cerca por la oficina no es observar su día a día, hábitos e interacciones?
—Sí, una parte sí que es eso.
—¿Y? ¿Ha estado colaborando?
Me revolví en la silla y lancé una breve miradita a mi izquierda. Jackson estaba con el rostro impasible.
Como no respondí de inmediato, Minerva dijo:
—Voy a reformular. ¿En la última semana, Jackson ha tenido alguna entrevista en persona a la que tú hayas asistido?
Mierda. Así no es como debería empezar esa reunión.
—No —dije por fin—. Pero no pasa nada. De todas formas, he podido recopilar la información que necesito para nuestra base de datos.
A su lado, Imogen hizo una mueca con la boca. No había dicho nada, ni siquiera había levantado la mirada, desde que habíamos llegado. Solo estaba ahí sentada, mezclando y barajando las cartas.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Minerva.
Me encogí de hombros.
—Ha tenido reuniones por teléfono y he consultado los datos corporativos públicos.
—Todo eso contaba—. Y lo que es más importante, he sido testigo de cómo actúa con el personal doméstico.
Eso me ha dicho casi todo lo que necesito saber sobre qué clase de jefe es.
Doy por hecho que gran parte de los datos que recopilaría en una semana laboral normal serían redundantes, aunque podría estar equivocada.
Podía ver por el rabillo del ojo que Jackson me observaba, pero yo continué con la mirada clavada en su tía.
—¿Qué datos corporativos? —preguntó con curiosidad.
—En concreto, las tasas de rotación y otra información pública relacionada con la satisfacción de los empleados con el CEO.
Un año antes de que Jackson asumiera el cargo, el Grupo Sinclair se enfrentaba a una brutal tasa de rotación del veintisiete por ciento, un uno por ciento más que el año anterior.
Se habían notificado problemas de descontento generalizado entre los empleados con respecto a la dirección, la cultura corporativa y las oportunidades de crecimiento interno.
Tras ocho meses con Jackson en el cargo, esa cifra se redujo al veinte por ciento.
El año que llevó a cabo una revisión en profundidad de los equipos directivos y destituyó a las personas que tenían un impacto general negativo sobre la moral y la cultura empresarial, cayó al catorce por ciento.
El año pasado logró bajarlo hasta un ocho por ciento.
Ahora los tres me miraban. Minerva con esas cejas finas enarcadas, Imogen con esa sonrisita entre cómplice y divertida aún jugueteando en sus labios pintados y Jackson, no estaba segura, la verdad. Notaba que me observaba, pero eso era todo.
Me aclaré la garganta y me puse recta.
—Al principio me cuestioné su falta de productividad en la oficina.
No podía entender cómo el CEO de una compañía de inversión tan importante podía delegar todo el trabajo de un mes solo porque se sintiera un poco incómodo.
Sin embargo, después de enterarme de las iniciativas que Jackson ha puesto en marcha para conservar el talento y priorizar el bienestar y la satisfacción de los empleados, diría que es impresionante.
La mayor parte de las empresas tienen problemas para cubrir un mes de trabajo con su plantilla habitual, ya no digamos las responsabilidades de un CEO.
Delegar las tareas de forma eficaz y asegurarse de que no hay interrupciones en el flujo de trabajo cuando un empleado está de baja son competencias muy valiosas.
No creo que sea indolencia, creo simplemente que es extremadamente bueno en su trabajo.
Empezaba a sonar a la defensiva incluso para mí.
Por la forma en la que Minerva había acusado a Jackson de hacer el vago la semana anterior parecía como si lo que se cuestionara fuera su capacidad para dirigir la empresa.
Puede que no lo hubiera visto trabajar de forma activa, pero los números no mentían.
Desvió su atención hacia Jackson, y ahí se quedó un buen rato, valorándolo. Me pregunté qué era lo que había visto para que enarcara las cejas de aquel modo. A menos que mi visión periférica me estuviera mintiendo, él no había apartado los ojos de mí durante todo mi discurso.
Me desconcentraba un poco. Me moría de ganas de mirarlo.
—Si me permitís. —Fue Imogen la que habló. Tenía la voz ronca, extraña y, para mi sorpresa, serena—. ¿Qué tiene todo eso que ver con lo de encontrarle una esposa?
Dejó de barajar cuando una carta se le escapó de las manos.
Le dio la vuelta y la colocó al lado de otra que ya había en la mesa.
Un hombre con corona sujetando una espada, una mujer con corona sujetando una copa.
Desde donde estaba sentada Imogen, el hombre estaba bocabajo.
Desde mi sitio, estaba boca arriba. Un chico guapetón. Con un impresionante ceño de autoridad.
Imogen volvió a hacer una mueca con la boca.
Me pasé las palmas de las manos por los vaqueros. Había algo en esa actitud burlona y enigmática que hacía que se me encogiera el estómago.
—En el fondo, Jackson es una persona cuidadora y mucho más cariñosa de lo que sugerían nuestros datos originales, aunque no tengo claro si él ve esas cualidades en sí mismo.
—Si lo hacía, entonces trataba por todos los medios de ocultarlas a la gente en la que no confiaba.
Pero los hechos no mentían—. Su primer objetivo como CEO fue corregir una cultura corporativa que había resultado en un descontento generalizado entre los empleados.
Todo su personal doméstico recibe un trato inmejorable y la mayoría lleva trabajando para él más de una década.
Todo esto además de mi propia experiencia con él durante la última semana.
Mi opinión como profesional es que es más probable que esté más a gusto en una relación en la que se reconozca y aprecie esa parte silenciosa de él como cuidador, pero que no se aprovechen de ella.
Eso último era imperativo.
—Tu propia experiencia —repitió Minerva despacio. No sabía a ciencia cierta si era una afirmación o una pregunta.
—Eso es.
—Desarróllalo.
Imogen estaba a punto de echarse a reír sola mientras sacaba carta tras carta, y eso me estaba minando la seguridad que sentía. ¿Qué narices era tan gracioso? ¿Qué estaba viendo?
—Hummm… —Parpadeé para apartar la vista de la mesa, volviendo a ordenar mis pensamientos.
No tenía claro si creía en el tarot ni en nada relacionado con el ocultismo, así que su comportamiento no debería haberme molestado tanto—.
La semana pasada hubo un incidente con un cristal roto —dije siendo lo más vaga posible—.
La forma en la que Jackson gestionó la situación, lo rápido que se dispuso a ayudar, todo eso reafirmó mis observaciones.
Ahí estaba. Un breve resumen de lo que había ocurrido sin entrar en detalles íntimos. A Minerva no le hacía falta saber que me había sacado en brazos de la habitación y que me había quitado las esquirlas del pelo una a una.
Sentí una opresión en el pecho y se me aceleró el corazón al recordarlo, y tuve que contener una sonrisa.
Minerva no parecía satisfecha con los pocos detalles que incluía mi historia, y antes de que pudiera presionar para que contara más, traté de cambiar de tema soltando lo primero que me vino a la cabeza:
—También es mucho más divertido de lo que habíamos…
Imogen estalló en una carcajada ronca, interrumpiéndome. Murmuró algo a Minerva en un idioma que no reconocí, con un tono de puro júbilo.
Volví a mirar las cartas que había frente a ella, tratando de encontrar aunque fuera una pizca de significado.
Pero lo único que veía era gente con coronas, dos perros aullando a la luna, un joven con un zurrón colgado del hombro y dos cálices de oro.
No había etiquetas ni descripciones ni palabras.
No tenía ni idea de lo que significaba ninguna de ellas.
—Continúa —dijo Minerva, haciendo que volviera a prestarle atención.
De pronto, me moría de ganas de que terminara esa reunión. Quería salir de allí antes de que Imogen viera un montón de cosas que yo no quería que viera. Qué humillante sería si las cartas le mostraran todos los sentimientos secretos que se suponía que no debía sentir. Madre mía, ¿y si decía algo?
No era para tanto.
Lo tenía todo bajo control.
Ese estúpido cuelgue iba a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Volví a carraspear. Cuanto antes le proporcionara a Minerva la información que necesitaba, antes podría salir corriendo de allí.