Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

—Jamie.

Seguía con los ojos cerrados, respirando con placidez, relajada del todo.

Jackson me apartó un mechón de pelo de la cara y me acarició la sien con los dedos mientras me besaba con suavidad en el hombro. Teníamos las piernas enredadas bajo las sábanas y mi espalda estaba contra su pecho, ya que me envolvía de forma posesiva con el brazo.

No me había vestido después del baño que me dio la noche anterior, así que, a diferencia de él, estaba completamente desnuda. Era el paraíso y en cuanto abriera los ojos, se acabaría.

—Sé que estás despierta. —Otro beso suave y tierno. Este en el cuello, justo sobre mi pulso agitado.

—No lo sabes. Es solo una teoría.

La calidez de su risa me alcanzó lugares a los que no debería ser capaz de llegar. Con un suspiro hondo de satisfacción, presioné el culo contra la tremenda erección que se apreciaba bajo su chándal.

Soltó un gruñido, yo sonreí. Me mordisqueó la oreja, empujé con más fuerza y me contoneé…

En un segundo ya estaba otra vez de espaldas, riendo nerviosa mientras Jackson me inmovilizaba las muñecas, me apartaba los muslos con las rodillas y me atacaba el cuello.

—Abre los ojos —me exigió con voz ronca—. Tenemos que hablar.

—Cinco minutos más —le supliqué en bajito.

Me concedió el deseo. Mantuve los ojos cerrados mientras me mimaba con besos tiernos por el cuello, la clavícula, el pecho, el estómago, los muslos…

—Jamie. —Justo cuando terminaron los cinco minutos. Estaba segura de ello—. Estás despatarrada y desnuda frente a mí y no tengo tanto autocontrol. Tenemos que hablar antes de que vuelva a bucear con la lengua en ese coñito dulce otra vez.

Cerré los puños en torno al suave algodón egipcio cuando su lengua trazó una excitante línea por el hueso de mi cadera, logrando que me estremeciera.

—No veo cuál es el problema —susurré.

—No tenemos tiempo. Hemos quedado con Minerva dentro de un rato.

Abrí los ojos de golpe.

«Mierda. Mierda mierda mierda mierda mierda».

—¿Qué hora es?

Había puesto la alarma. ¿Por qué no había sonado? ¡¿Dónde tenía el móvil?!

Me incorporé tan rápido que hasta me mareé un poco y empecé a ver puntitos negros. Parpadeé un par de veces tratando de enfocar.

—¿Qué hora es? —volví a preguntar. ¿Y por qué tardaba tanto en responder?

Tenía la primera reunión de seguimiento con Minerva a las nueve y por esas ventanas entraba demasiado sol. Había una claridad alarmante.

—Las ocho y media —dijo Jackson en el preciso momento en que pude volver a enfocar la vista. Apenas le presté atención con esa cara tan ridículamente preciosa. ¿Cómo era posible que estuviera más guapo esa mañana de lo que lo había estado la noche anterior? Estúpida oxitocina.

Cuando cruzamos las miradas me quedé sin aliento. Él estaba vestido y aprisionándome contra la cama y yo estaba completamente desnuda y vulnerable…

Otra vez eso del desequilibrio del poder. A mi libido le encantaba ese rollo, de verdad.

No. Era mentira. A mi libido le encantaba ese rollo con Jackson. No era lo mismo.

—Esta noche —su voz era ronca, grave y prometedora— te follaré en cuanto lleguemos a un acuerdo.

—¿Sobre? —Tenía la respiración entrecortada.

—El contrato de matrimonio que firmarás. Supongo que querrás negociar una reducción en tu compensación, dada tu aversión visceral al confort y a la seguridad financiera.

Se me paró el corazón.

—No me voy a casar contigo. Lo de anoche no cambia nada. —Lo de anoche ni siquiera debería haber pasado. Desde luego que esa noche no iba a pasar.

—Ahórratelo para las negociaciones.

No.

Ni de coña. Celebrar un matrimonio por conveniencia con Jackson Sinclair sería una idea terrible y catastrófica que no podía acabar en otra cosa que no fuera un desastre para mí. No iba a pasar.

Aparté la mirada y agarré una almohada que había detrás de mí para llevármela al pecho.

—¿Puedes cerrar los ojos un segundo?

Una pausa.

—¿En serio?

—En serio. —Tenía que vestirme y salir pitando para mi suite y sabía la pinta que iba a tener cuando me agachara para subirme la falda.

Sonrió, pero obedeció. Cerró los ojos para que pudiera salir de la cama.

—Sigue con los ojos cerrados hasta que te lo diga.

La reunión iba a tener lugar en la casa de Minerva, que estaba a unos quince minutos en coche.

Tenía justo once minutos para volver corriendo a mi suite, dar de comer a Tobigote, lavarme los dientes, desenredarme el pelo revuelto por la noche de sexo, hacerme un moño semipresentable y vestirme.

Era un poco justo, pero factible siempre y cuando no me distrajera.

—El matrimonio solo tiene que durar un año, pero creo que el contrato debería incluir una cláusula de plazo flexible, solo por si a Minerva se le ocurre un cambio de última hora.

Un momento, ¿dónde estaba mi ropa? Giré sobre mí misma tratando de ver dónde la había dejado Jackson… Ah, en la otomana.

—También tenemos que hablar sobre tu compensación. Se me ocurren cincuenta millones como paga base y otros cincuenta por cada hijo, de haberlos. Tú decides.

Volví a intentar agarrar el cierre del sujetador. Se me había resbalado de la mano sudada cuando Jackson dijo la palabra «hijo».

¿Eso es lo que esperaba? ¿Que sería capaz de casarme con él, tener a su hijo y luego… marcharme después de un año?

—Aunque ahí tendrás todo el poder de negociación —siguió diciendo—. Te sugiero que lo aproveches.

Me puse la falda, ignorándolo. Podríamos discutirlo cuando no tuviera que salir corriendo.

—Me tomo tu silencio como algo positivo.

—No deberías.

Se rio entre dientes como si estuviera de broma.

—¿Puedo abrir ya los ojos?

—Adelante. —De todas formas, ya tenía media camisa puesta. Seguía concentrada en los dedos ocupados en la tarea cuando Jackson se puso de pie.

—¿Me puedes hacer un favor? No sé dónde está mi móvil, ¿puedes llamarme a un taxi?

Dio un paso para meterse justo en mi espacio personal.

—¿Para qué necesitas un taxi?

—Porque te negaste a dejarme acceder al garaje, así que dejé el coche en mi casa.

—No, quiero decir, ¿por qué no vamos juntos?

—¿Adónde?

—A casa de mi tía. No tiene sentido ir en dos coches.

¿De qué estaba hablando?

—¿Por qué ibas a venir conmigo?

—Porque ayer por la mañana me escribió un correo electrónico para pedirme que te acompañara.

—¿Qué? ¿Por qué? —Pensaba que el objetivo de la reunión era ponerla al día de cómo iba todo con sinceridad y sin tapujos. ¿Cómo se suponía que iba a hacer eso si Jackson estaba ahí, supervisándolo todo?

—Yo he desistido de intentar comprender los caprichos de Minerva —dijo—. Pero si quieres saber lo que creo, diría que su decisión viene motivada por Imogen, teniendo en cuenta que me llamó después de su lectura quincenal.

Lo miré con el ceño fruncido.

—Imogen es su tarotista —me explicó Jackson.

—Ya, ya sé quién es. —No estaba perpleja por eso, pero no tenía tiempo para hablar de por qué estaba perpleja—. Vale, vamos juntos. Pero no podemos llegar tarde, así que te veo abajo dentro de…

—¿Ocho minutos?

—Ocho minutos.

Fui directa a la puerta, la abrí de un tirón y solté un grito al tiempo que me doblaba hacia delante estirando la mano para evitar el choque inminente.

—¡Ah!

El carrito negro decorado retumbó al recibir el choque de mi peso y se me quedó la cara a menos de un centímetro de la humeante cafetera, pero conseguí mantener el equilibrio justo a tiempo.

—¿Está bien, querida? —Molly, o tal vez era Mabel, me puso una mano con delicadeza en el hombro mientras su hermana me ayudaba a ponerme recta.

—Sí, lo siento. —Parpadeé mirando el carrito que casi tiro. Dos tazas, dos juegos de cubiertos, dos tapas de plata cubriendo dos platos de desayuno…

«Mierda».

Me llevé las manos a la falda, comprobando con disimulo que estuviera bien puesta, algo que tendría que haber hecho antes de abrir la puerta.

—Buenos días, Molly, Mabel. —Traté de hablar con la mayor serenidad posible, teniendo en cuenta las circunstancias. Si actuaba como si no me hubieran pillado en un comportamiento muy inapropiado y nada profesional, tal vez me creerían.

Entonces llegó él. Jackson apareció a mi espalda y decidió acercarse lo bastante como para rozarme la espalda con su pecho. Lo vi en tiempo real: la alegría pura y sin filtros que se reflejó en la cara de las gemelas.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Jackson inclinando la cabeza sobre mi hombro para mirar. Ahora se apretaba completamente contra mí.

No sabía si él se había dado cuenta de lo vidriosos y tiernos que se le estaban poniendo los ojos a Molly mientras nos observaba, pero yo desde luego sí que me había fijado. La culpa me iba a comer viva en cuanto lo asimilara.

Fue Mabel la que respondió. Parecía mantener la compostura mejor que su hermana.

—Solo algo para desayunar. Volved adentro. No pretendíamos interrumpir.

Utilizó el carrito para pastorearnos hacia el dormitorio de nuevo, interrumpiendo cada uno de mis intentos de protesta.

—Lo íbamos a dejar fuera, pero así es mucho mejor. No queremos que la comida se enfríe, ¿no? Sentaos, sentaos. Molly y yo os dejaremos tranquilos enseguida.

La distancia entre la puerta y yo aumentaba con cada paso atrás que me veía obligada a dar. Por mucho que agradeciera el gesto, de verdad, de verdad que no tenía tiempo.

—Mabel, lo siento mucho, pero tengo que…

—Siéntese.

No me dejó ninguna opción al respecto. Tan solo me agarró del hombro y me empujó para que me sentara en el sofá contra el que me había arrinconado.

—Mabel, tenemos que irnos —probó a decir Jackson. Al contrario que yo, él seguía de pie. No podría llegarle al hombro sin un taburete.

—Qué tontería. Al fin y al cabo es sábado, ¿no? —Se colocó los puños en esas caderas rollizas y lo miró con el ceño fruncido como una madre regañando a su hijo—. Lo que sea que tengáis que hacer seguro que puede esperar hasta después del desayuno. Y ahora, siéntate. —Chasqueó los dedos.

Él se sentó.

—Bien. —Tras asentir con decisión con la cabeza, se dio la vuelta y se marchó, llevándose con ella a una encandilada Molly cuando se iba.

Yo me quedé con la mirada fija en la puerta, con la culpa y la ansiedad arañándome el pecho. Era mi culpa. Yo era la responsable de ese desastre.

—Ey.

Pestañeé hacia Jackson.

—¿Ya habías hablado con ellas? —pregunté, sabiendo el poco tiempo que nos quedaba—. ¿Qué les dijiste?

—Luego. —Echó un vistazo al reloj—. Nos quedan seis minutos para llegar a la puerta. Dime qué tienes que hacer antes de irnos.

—Lavarme los dientes, la cara, vestirme, dar de comer a Tobigote, arreglarme el pelo y coger el portátil —enumeré—. Ah, y encontrar mi móvil.

—De acuerdo. —Se puso de pie y señaló el baño—. Te puedes arreglar aquí, hay artículos de sobra en los armarios que hay a la izquierda según entras. Lo más probable es que el móvil esté en mi despacho. Yo puedo ir a por él.

Un momento.

—Pero…

—Tardarías tres minutos en llegar a tu suite y otros dos en ir hasta la puerta. Y eso si no te encuentras con nadie por el camino.

Mierda.

—Pero Tobigote…

—Desayunará dos horas más tarde. Sobrevivirá. Si no quieres que el personal sepa que has pasado aquí la noche, iré corriendo a por tu ropa en cuanto me cambie. Solo dime lo que te hace falta.

Cuando vacilé, volvió a mirar el reloj.

—Vale. De acuerdo. Blusa amarilla con vaqueros claros, los dos están colgados en el armario. Ah, y ropa interior limpia, por favor. El primer cajón de la mesita de noche. —Me quede paralizada, acordándome de una cosa—. Y no… no mires en el último cajón.

Sabía que la había cagado incluso antes de que sonriera.

Sin duda alguna iba a mirar en el último cajón.