Capítulo 24 #4
Grité, se me llenaron los ojos de lágrimas mientras se me tensaban los músculos, con cierto dolor esta vez.
Era una pasada de la hostia. Incluso el dolor era increíble.
Aumentaba el placer, me derretía por dentro hasta convertirme en un puro estremecimiento, hacía que me faltara el aliento y que suplicara piedad entre gritos ahogados.
Los ruegos solo lo animaron aún más. Hicieron que se volviera más hambriento e implacable, no menos. Así que, como es obvio, seguí rogando.
—Jackson, por favor. Porfavorporfavorporfavor. Joder. Por favor. No puedo. —No podía.
Y aun así, pude.
Me atravesó otro orgasmo, haciéndome llorar con más dolor, más placer y, la hostia, de verdad que esa noche me iba a morir. Por voluntad propia y por los numerosos orgasmos que la retorcida y voraz boca de Jackson Sinclair me había provocado.
Ni siquiera sentía la tentación de utilizar la palabra de seguridad. Había algo tan fascinante y placentero en todo aquello que hacía que mereciera la pena la agonía. Tal vez porque yo no era la única que estaba a merced del placer.
Jackson me devoraba como si lo necesitara. Estaba tan descontrolado como yo y eso era lo que hacía que fuera tan fascinante.
Lo miré parpadeando, tratando de enfocar la vista de nuevo. Me observaba con una concentración tan salvaje e intensa que me quedé sin aliento. Hundí los dientes en el labio inferior, tirando de él mientras empezaba a menear las caderas de nuevo.
Iba a recordar esta misma imagen cada vez que cogiera el vibrador durante los próximos… durante el resto de mi vida. Jackson Sinclair de rodillas, con los bíceps en tensión mientras se enganchaba a mis muslos para abrirme las piernas para poder lamer y chupar a placer.
Gemí su nombre, gozando del sutil efecto que ejercía en su actitud corporal. Empezó a lamer más rápido, me miraba más de cerca obligándome a abrir las piernas aún más. No tenía palabras para describir lo deseada y atractiva que me hacía sentir. Estaba embriagada.
Perdida en la sobrecogedora intensidad del momento, bajé las manos y utilicé los dedos para abrirme para él como lo había hecho antes. Lo hice sin pensar, queriendo que le gustara y haciéndole saber el placer que me estaba dando. Que podía tomar de mí todo lo que quisiera.
Perdió la puta cabeza.
Sacudió las caderas contra el sofá, empujándolo hacia atrás mientras un gruñido indómito le desgarraba los pulmones.
Algo retumbó, algo se hizo añicos y él no pareció percatarse.
Me empujaba con la lengua con un deseo salvaje y me empezaba a agarrar con tanta fuerza como para dejarme algún delicioso moratón en la piel. Merecía la puta pena.
—Jackson…
Se estremeció con un gruñido grave y desgarrador, cerró los ojos un instante y empezó a moverse de una forma salvaje, con más desesperación. Era tan excitante. Estaba a punto otra vez… muy muy cerca. Solo… un poco…
Me corrí contra esa lengua ardiente con un grito entrecortado y él volvió a la carga, tensando los músculos mientras me lamía hasta dejarme sin sentido. Y luego se estremeció de nuevo contra mí, con gruñidos ahogados mientras se retorcía una y otra y otra vez.
Duró una eternidad.
Hasta que, por fin, paró y apartó la boca.
Había acabado conmigo. Ya solo era un montón de carne sin fuerzas que gemía y balbucía aturdida.
—Joder… —dijo con un suspiro, aflojando por fin las manos mientras dejaba caer la cabeza en mi estómago. Estaba jadeando—. La hostia…
Nos quedamos así unos minutos. O tal vez fueron horas. Ya no sabía la diferencia y tampoco es que me importara.
—Jamie.
—¿Mmm?
—¿Estás bien?
No. Me había hecho polvo. ¿Cómo se supone que me iba a poder acostar con otro hombre sabiendo que nunca sería, que nunca podría, estar a la altura de lo que acababa de experimentar?
Un escalofrío desagradable me recorrió los brazos y las piernas cuando Jackson se levantó, llevándose de forma egoísta todo el calor con él. Estaba demasiado dolorida y sensible como para cerrar los muslos, así que se quedaron abiertos mientras él me agarraba la cara y la volvía hacia él.
—¿Estás bien?
Lo miré con languidez, parpadeando, y me costó enfocar la vista. Tenía toda la boca y la barbilla cubiertas de mi excitación, el pelo revuelto, los ojos entornados y vidriosos.
«Qué sexi…».
—Jamie, necesito saber si estás bien.
Ahora iba, joder. Reuniendo hasta la última molécula de energía que me quedaba, me obligué a tragar saliva.
—Muy bien.
Despacio, esbozó una sonrisa arrolladora con esa retorcida y talentosa boca.
—Te ha gustado, ¿no?
—Mmm —confirmé. Era muy probable que no fuera capaz de volver a moverme o a hablar en la vida.
—Vamos, preciosa. Vamos a limpiarte.
Ya, no iba a poder moverme… oh. Daba igual. Estaba haciendo todo el trabajo por mí, cogiéndome en brazos y levantándome del sofá. Qué atento. Se lo agradecería en mi próxima vida, en cuanto recuperara la capacidad de hablar.
Iba hecha un ovillo como un gatito adormilado mientras me subía por las escaleras, abrazándome contra su pecho al tiempo que me susurraba palabras tiernas al oído.
Era una chica tan buena.
Una chica preciosa.
Lo había hecho tan bien.
Estaba tan contento conmigo.
Ahora iba a cuidar muy bien de mí.
Me lo merecía.