Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Era como si hubiera cruzado una especie de barrera invisible y pasado a una realidad alternativa en algún momento de la semana anterior. No solo era que Jackson Sinclair tratara de convencerme de que me casara con él, es que el que lo hiciera también me estaba empezando a poner.

En plan… muchísimo.

Saqué la lengua mientras recorría esos muslos fuertes con las manos.

Cuando llegué a los abdominales le di un pequeño empujón.

Era como intentar mover una roca. Se rio entre dientes, obedeciendo mi orden silenciosa.

Cuando dio con la espalda en el sofá, me incliné y le planté un dulce e inocente besito en la base de su erección.

Se le escapó del pecho un sonido grave de puro placer. Me apartó un rizo de la frente y se deslizó para arrimarse, facilitándome el acceso.

Cogí confianza y seguí besándolo por encima de la tela, cubriendo el impresionante tamaño de su miembro hasta que llegué a ese húmedo lugar de deseo. Y entonces lo lamí.

Inhaló aire de forma brusca, con fuerza, sorprendido.

Me miró boquiabierto, arrugando el ceño como si no se pudiera creer lo que acababa de hacer. Así que me incliné de nuevo y volví a besar el mismo punto, antes de entreabrir los labios y succionar sobre la tela.

—Joder… —Echó la cabeza hacia atrás y luego, al momento, me volvió a mirar boquiabierto, como si se hubiera dado cuenta de que no quería perderse ni un solo segundo de la escena.

Busqué con los dedos la cremallera con deseo. Quería tomarlo en mi boca y chupársela hasta volverlo loco, pero… ¿y si antes lo calentaba un poco más?

Con una sonrisita traviesa, volví a pasar la boca sobre él, dándole besitos y pequeños lametones hasta que empezó a jadear y tuvo la mirada anegada de deseo.

—Vale, basta, solo… —Se interrumpió con un sonoro gruñido cuando giré la cabeza y le arañé con los dientes todo lo largo que era su pene, provocándolo a través de la tela.

»Jodeeeer.

Cuando llegué a la punta y le presté un poquito más de atención, arqueó las caderas. Tenía los puños blancos apretados contra el sofá de terciopelo oscuro.

Ese no había sido el plan. No tenía previsto calentarlo durante tanto rato.

El objetivo de hacerlo era mostrarle lo que quería, no derretirle el cerebro.

Pero… ¿y si seguía hasta que explotara? ¿Cuánto podría aguantar antes de que me inmovilizara contra el sofá y me follara como si fuera una venganza implacable?

Con solo pensarlo se me contrajeron las entrañas y me subió un escalofrío hasta el pecho.

Estiré la mano hacia el cinturón y lo desabroché mientras seguía besándolo. Tenía los muslos en tensión debajo de mí y respiraba de forma entrecortada. Se quedó sin aliento cuando bajé la cremallera y luego otra vez cuando le bajé los calzoncillos y… «la hostia».

Tenía una polla preciosa.

Sip. Ya era oficial, ya sabía cómo era la polla de Jackson Sin­clair, y era preciosa. Larga, gruesa, con la curvatura perfecta y coronada con una cabeza regia. Como el resto de él, también era enorme. Nunca había estado con nadie así de grande. Lo más probable es que me fuera a doler.

Con esa idea excitante en mente, la agarré con suavidad y la dirigí con delicadeza hacia mi boca. No la sujetaba, no pensaba darle ni eso. Solo un leve roce con los dedos para colocarla donde yo quería.

—Jamie.

Lo ignoré y lo besé con suavidad en ese punto sensible justo debajo del glande, luego lo acaricié con la punta de la lengua.

Suspiró con fuerza. Ya estaba goteando, qué satisfacción.

—Ya sé lo que estás haciendo. —Su voz apenas era humana, de lo grave y ronca que sonaba.

—¿Qué estoy haciendo? —pregunté como si nada, fascinada por el perlado líquido que se escurría por su mango. No quería desperdiciarlo y lo lamí, casi ronroneando cuando su salado sabor masculino me acarició la lengua.

Había perdido la cabeza por completo, tanto que ya ni me reconocía a mí misma.

Más líquido. Esta vez, fui directa a la fuente y se lo chupé de su precioso glande.

—Joder. —Se arqueó por instinto, tratando de obtener más placer en mi boca. No se lo permití, pero le lamí la hendidura que goteaba con la punta de la lengua. Eso le arrancó un sonido de placer que me llegó directamente a la parte primitiva y reptiliana del cerebro.

Las pocas reservas que me quedaban sobre lo que estábamos haciendo se rompieron en mil trocitos como un pedazo de pan seco.

Empecé a darle suaves lametazos y besos con la boca abierta por toda la polla, asegurándome de atrapar hasta la última gota de la esencia que había logrado sacar de él.

Cuando me centré en las bolas, se le agotó la paciencia.

—Basta. —Era una orden.

—Creía que habías dicho que podía hacer lo que quisiera —lo vacilé—. Esto es lo que quiero.

El rugido que se le escapó se convirtió en un jadeo cuando lo volví a chupar con delicadeza. Era la hostia de adictivo. Jackson Sinclair, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo se estaba desmoronando frente a mí y lo único que estaba haciendo era calentarlo con suaves lametones.

—Jamie… —Estaba a punto de perder el control. Tenía las mejillas rojas; los ojos, vidriosos, y cada vez que lo lamía, expulsaba un poquito más de su líquido por mí. La experiencia más excitante de mi vida.

—Por favor, no me obligues a parar —le supliqué con delicadeza—. Me gusta saborearte así.

—Entonces abre la boca y hazlo como hay que hacerlo.

Nop. Así me parecía mucho más divertido.

—¿De verdad que es así como quieres jugar a esto? —preguntó.

Sí. Así era.

—Última oportunidad. Abre la boca. —Su voz había adquirido un peligroso tono sombrío. Me encantaba—. Incluso me correré en tu preciosa garganta como recompensa y te follaré con el doble de fuerza como castigo.

«Nop».

Lo lamí despacio antes de pasar la punta de la lengua por la vena que se asomaba y le recorría…

Con un gruñido entrecortado, Jackson me agarró del pelo y me apartó la cabeza de su polla. No me dolió, pero lo hizo con la fuerza suficiente como para hacerme temblar.

En un abrir y cerrar de ojos ya estaba sobre el sofá, inmovilizada contra los cojines como había querido. Pero en lugar de apartarme las bragas a un lado y embestirme para vengarse, me las quitó, enganchó los brazos por debajo de mis muslos, me sujetó en el sitio y empezó a darme con la lengua.

Solté un grito ahogado, arqueando la espalda por la sensación. No quería perder el tiempo. Para nada.

No me provocó con lametazos ni besos prometedores. Fue directo al clítoris y lo chupó con fuerza con esa boca ardiente, gruñendo de placer cuando consiguió lo que quería.

Enseguida me tuvo jadeando y retorciéndome contra él, entrando en una espiral de placer que me llevó al borde del orgasmo a una velocidad increíble. Necesitaba que bajara el ritmo.

—Jackson. Yo…

Su gruñido de placer vibró contra mi clítoris, haciendo que empezara a ver borroso.

Me lamía y chupaba como un hombre hambriento y…

tardó menos de un minuto. Grité cuando llegó el orgasmo y lo agarré del pelo con los puños bien cerrados mientras se me curvaba la espalda y el mundo no dejaba de dar vueltas.

«Hostia. Hostia puta».

Vi las estrellas. Parpadeaban y bailaban y me recorrían la piel y nunca antes en toda mi vida había sentido un orgasmo de tal intensidad.

Se me estremeció todo el cuerpo al correrme.

Me quedé sin aliento, se me hizo un nudo en la garganta, me sacudió un escalofrío por todo el estómago.

¿ ASÍ es como se suponía que era un orgasmo?

¿Cómo cojones lo había estado haciendo mal tanto tiempo?

¿Y por qué cojones no paraba Jackson?

No bajó el ritmo, no se detuvo para respirar, ni siquiera vaciló. Siguió con los brazos enganchados a mis muslos, abriéndolos bien para poder seguir devorándome sin interrupción.

La hipersensibilidad se notó en cuestión de segundos.

—Jod-Jacks, mierda, paraparapara.

No hizo tal cosa.

Y… me encantó. Ya se había convertido en mi juego favorito.

Me follaba con la lengua, gruñendo como si lo estuviera disfrutando demasiado como para pensar en pararse. En un momento dado, se había bajado del sofá y ahora estaba de rodillas frente a él, moviéndome las caderas para poder follarme mejor con la boca.

Intenté apartarlo, pero era como intentar mover un muro de ladrillo. Incluso arrodillado como estaba, seguía siendo tan intimidante, tan imponente, tan increíblemente poderoso y sexi.

Tenía los ojos clavados en mi rostro, disfrutando de cada pizca de placer y agonía que me infligía con la boca mientras yo no deja­ba de retorcerme y gimotear para quejarme.

Jugaba con mis deseos más oscuros y profundos, ya que sabía que no se iba a parar hasta que yo no utilizara la palabra de seguridad.

Muy pronto, el dolor volvió a convertirse en placer y de mis desganados intentos de apartarlo pasé a cogerlo del pelo otra vez con los puños, arrimándolo más mientras frotaba las caderas contra su boca con un deseo desvergonzado.

Qué bien se le daba. Nunca había estado con un hombre que dominara tanto lo oral.

—La hostia, Jackson, esto es… Voy a… otra vez.

El hormigueo ya se iba extendiendo, estremeciendo todo mi ser mientras trataba de respirar. Fue tan intenso como el primero y me obligó a retorcer y contorsionar mis extremidades en un éxtasis insoportable.

No me podía creer lo que me había estado perdiendo. Me iba a tener que buscar juguetes mejores.

Gritaba su nombre, jadeando y temblando por las incesantes réplicas con las que me atormentaba su lengua.

Pero de nuevo, no paró. Me seguía lamiendo el coño, no dispuesto a desperdiciar ni una gota de mi orgasmo.

Volví a intentar apartarlo, en parte porque físicamente no podía aguantar la tortura y en parte porque sentirme indefensa contra esa firme forma de agarrarme me ponía todavía más cachonda. Por lo visto, me gustaba bastante todo eso del desequilibrio de poder. Quién cojones se lo hubiera imaginado…

Me mordió el clítoris.

Lo chupó.

Lo mordió de nuevo.

Le dio golpecitos con la lengua, gruñó, y yo ya estaba perdida otra vez.