Capítulo 24 #2
—Vamos a volver a repasar las normas, ¿vale? —Jugueteaba con los dedos por el interior de mis muslos, que ya estaban húmedos, dejándome una línea de fuego sobre la piel—. ¿Qué tienes que decir si quieres que deje de hacer lo que estoy haciendo?
—Fresa —logré responder.
—¿Y qué pasa si en vez de eso me dices «no»? ¿Qué ocurre si me ruegas que pare sin utilizar tu palabra especial?
Tragué saliva con los muslos temblando.
—Que seguirás haciéndolo.
—¿Estás de acuerdo con esos términos? —me provocó, besándome en la mandíbula.
No debería haber querido. No solo era un cliente, sus «términos» deberían haberme asustado y hacer que quisiera alejarme de su regazo y salir corriendo. En realidad era una enorme red flag andante.
Pero nunca en mi vida había estado tan excitada.
—Sí.
Se le aceleró el pecho contra mi mano y soltó un fuerte suspiro.
—Buena chica.
Pestañeé.
—¿Sabes lo que he querido saber desde la primera vez que me insultaste? —Seguía recorriéndome los muslos con los dedos, estimulando la piel sensible con ligeros roces—. A ver si lo adivinas.
No tenía la lucidez ni la coherencia suficientes ni de lejos como para hacer eso.
—Dímelo.
Se volvió a humedecer los labios y casi me desmayo.
—Me moría por saber si tu coño es tan precioso como el resto de ti.
Tenía un acento tan sexi, una voz tan grave. Me volvía loca.
Tuve que cerrar los ojos un instante para recuperar la compostura. Cuando los volví a abrir, me observaba con esa sonrisita malvada y burlona dibujada en su preciosa boca.
—¿Me lo enseñarás? —murmuró.
No podía ir en serio. Quería que… En realidad, no sabía bien lo que quería que hiciera.
—Levántate —me ordenó en voz baja.
—Podría entrar alguien.
—Le he pedido al personal que se mantenga alejado de esta ala y se han apagado las cámaras de seguridad. Ya te dije que no me gusta compartir, Jamie. Eres solo para mis ojos. Y ahora… levántate. Enséñame lo bien que se te da seguir instrucciones.
El corazón me latía con tanta fuerza que me sentía mareada. Tras unos segundos de indecisión, me levanté despacio, temblando, y me quedé de pie entre sus rodillas.
—Buena chica. —Se le movió la garganta cuando tragó saliva mientras me repasaba con la mirada. Puso la mano en el generoso bulto de sus pantalones—. Súbete la falda.
Sus órdenes estaban empezando a activar un botón muy concreto de mi subconsciente y la excitación que me provocaban no se parecía a nada de lo que hubiera experimentado hasta entonces. Hice lo que me dijo, remangando la falda con dedos temblorosos hasta que la tela me llegó a la cadera.
Jackson se apretó por encima de los pantalones con la mirada turbia y el pecho subiendo y bajando por los jadeos. Como si le afectara todo eso lo mismo que a mí. Aquello era, con toda probabilidad, lo más excitante que yo había presenciado hasta la fecha.
—Ahora… apártate las bragas a un lado y muéstrame lo preciosa que eres.
La Jamie no cachonda me iba a odiar. Me avergonzaría y renegaría de eso durante el resto de mi puta vida. Estaba segura de ello y aun así seguí adelante y lo hice.
Con la respiración entrecortada, aparté la oscura tela empapada a un lado.
Se le dilataron las pupilas.
Estaba bastante segura de que esperaba que le dijera que no, que me resistiera. Mi docilidad le arrancó un gruñido de placer del fondo del pecho y se acarició otra vez el bulto, sacando de nuevo la lengua para humedecerse los labios.
—Enséñamelo bien, Jamie. Déjame ver ese precioso clítoris.
Se nos había ido de las manos. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo ni de por qué lo hacía.
Solo sabía que me estaba encantando. Había un poder real en eso, en tener a alguien mirándote…
así. Puede que Jackson fuera el que daba las órdenes, pero estaba tan indefenso como yo ante todo aquello.
Parecía perdido, aturdido, del todo concentrado y distraído al mismo tiempo.
Cuando con delicadeza me separé los labios para él, gruñó, moviéndose en el sofá mientras un pequeño punto de sus pantalones hechos a medida se oscurecía con lujuria.
Yo tenía las rodillas a punto de desmoronarse.
«Como tu carrera».
Parpadeé, mientras el pánico me invadía el pecho. Pero mis pies seguían firmes en su sitio.
—Joder, sí que estás siendo una chica buena. —Su voz era grave, firme y sin aliento. Casi como si le doliera—. ¿Quieres que siga con mis argumentos mientras sigues ahí de pie fingiendo que no es todo lo que deseas? ¿O crees que te delatará tu coño?
No era capaz ni de formar una sola palabra, ya no digamos una frase entera.
—Me gustaría que me respondieras. ¿Hablamos de cuánto te mimaría si fueras mi mujer?
¿De cómo te compraría diamantes solo para poder follarte con ellos puestos?
—Si se humedecía los labios una vez más me iba a dar un ataque al corazón—.
Haría que fueras la envidia de todas las mujeres del mundo, Jamie, incluso en contra de tu voluntad.
Y con un clítoris tan dulce… La de maneras con las que podría torturarte.
Estarías tan preciosa maniatada para mí, ruborizándote y suplicando piedad con todos esos diamantes alrededor del cuello. Te volvería loca de placer.
Me contraje por dentro. Y fue evidente, por la sonrisita diabólica que me gané.
—¿Te gustaría eso? ¿Te gustaría que te atara y que estuvieras a mi merced?
—Como no respondí, dijo—: ¿Y si te obligara a elegir el juguetito con el que te torturaría cada noche?
¿Y si te hiciera esperarme en la cama, tenerte al teléfono mientras te llevas al borde del orgasmo y ruegas a tu marido que vuelva pronto de trabajar?
Otro gemido. Otra contracción. Me estaba mojando los muslos.
Se dio cuenta.
—¿Debería ofrecerte un avance de cómo serían las cosas si fueras mi esposa? ¿Qué opinas?
Cada vez que decía «esposa», se me contraía el estómago. No dejaba de decirlo con un tono posesivo y eso le encantaba al monstruito lujurioso que había despertado en mí.
Entonces se inclinó hasta que tuvo la cara a escasos centímetros de mi clítoris palpitante.
—Joder, es que mírate, abriéndote para mí. Eres preciosa por todos lados. —En su voz había suficiente fascinación y alabanza como para que me durara toda una vida—. Te estás mojando todos los muslos, preciosa. Menuda agonía.
Tenía el cerebro tan cargado de una electricidad ardiente que mi nivel de comprensión se había reducido al puto mínimo, pero estaba bastante segura de que me acababa de llamar «preciosa».
Y todavía estaba más segura de que al oírlo me había vuelto a contraer por dentro. Me abrasaba por dentro.
Jackson pasó dos nudillos por el interior de mi muslo, recogiendo la viscosa evidencia de mi lujuria.
—Lo que daría por que fuera mi esencia la que se derramara de ti de esta forma… No tienes ni puñetera idea. Se está convirtiendo a pasos agigantados en otro de mis fetiches.
La imagen me golpeó como una bola de fuego y me empezó a dar vueltas la cabeza.
—¿Qué opinas, preciosa? ¿Quieres saber lo que se siente al recibir toda una carga de mi esencia en tu coñito perfecto?
—Ladeó la cabeza cuando gemí, volviendo a pasar los nudillos sobre mi piel resbaladiza—.
Como sigas haciendo esos ruidos, van a ser dos cargas, cariño.
A mi polla le gustan demasiado. ¿Crees que tu precioso coñito aguantará si me lo follo dos veces en una sola noche?
Antes de que siquiera pudiera pensar en convencerme de que no, ya estaba moviendo la boca:
—Estoy tomando anticonceptivos. Me he hecho pruebas y todo eso. —Traducción: SÍ. POR FAVOR .
A él no le hizo falta responderme. Charmed exigía a sus clientes que se hicieran pruebas cada tres meses. Los resultados de Jackson figuraban en su expediente. Limpio hacía dos semanas.
—¿Y si soy un poco duro contigo? —me provocó—. ¿Crees que soportarás que te inmovilice y te folle con fuerza? ¿Podrá tu coño con ello?
Era como si fuera transparente. Estaba dándoles a todos mis botones secretos, uno por uno.
—Sí.
—Buena chica.
El poco oxígeno que había conseguido introducir en los pulmones salió de golpe cuando se metió los nudillos en la boca y se lamió mi excitación.
Y el cabrón gruñó al hacerlo, cerrando los ojos un momento como si estuviera en éxtasis.
—A puto melocotón —murmuró con voz grave, volviendo a por más.
¿Me iba a morir allí? Porque esa era la sensación que tenía.
—Joder, me muero de ganas de lamerte el clítoris. —Se recolocó mientras volvía a pasarse la lengua por los dedos, limpiándolos de nuevo. El pequeño punto que le calaba los pantalones se había extendido—. Estás toda hinchada y húmeda para mí, cariño, casi rogándome que te torture.
Perfecto.
Genial.
Entonces ¿por qué no lo estaba haciendo?
—¿Quieres eso? ¿Quieres mi lengua en tu coño, un pequeño avance de todo lo que te mimaría si fueras mi mujer?
—Mmm —dije en lugar de responder. No estaba segura del todo de seguir siendo capaz de hablar.
Jackson chasqueó la lengua.
—Tienes que responder las preguntas si quieres que te vuelva a tocar.
Tragué saliva en un intento de evitar que se me quebrara la voz al responderle.
—Sí.
—¿Sí qué, cariño? ¿Qué es lo que quieres? Dímelo.
¿En qué universo se imaginaba que sería capaz de hilar tantas frases seguidas mientras me miraba de esa manera?
Traté de centrarme, de ordenar mis pensamientos para poder crear algo coherente con ellos, pero mi cuerpo quería un montón de cosas diferentes al mismo tiempo.
Jackson había roto una especie de presa de perversión en mi mente que ahora barría todo mi ser.
Quería demasiadas cosas y no sabía cómo expresarlas.
«Entonces, ¿por qué no se lo muestras?».
Eso… Eso podía hacerlo.
Me mordí el interior de la mejilla y me arrodillé frente a él. Dejó escapar un suspiro al verme, con los ojos vidriosos de puro deseo.
—¿Y si en vez de eso te lo muestro? —susurré.
Me levantó la barbilla y esbozó media sonrisa con el lateral de esa boca tan preciosa.
—Puedes hacer lo que quieras. Las esposas mimadas no suelen escuchar la palabra «no» demasiado a menudo, Jamie. Más vale que te acostumbres.