Capítulo 24
Jackson insistió en que continuáramos la conversación en el despacho de su casa, mientras tomábamos algo. Dijo que «necesitaba tiempo para ordenar sus pensamientos y reforzar sus argumentos».
Yo le dije que menuda tontería. Sabía muy bien cuáles eran sus argumentos, solo quería cambiar de ubicación a algún sitio más cómodo y borrar mis inhibiciones con whisky, para que estuviera más dispuesta.
No pensaba dejar que funcionase. Pero eran las siete de la tarde, estaba agotada y lo de la copa no sonaba nada mal. Así que acepté.
Ese fue mi primer error.
El segundo fue dejarlo que se sentara a mi lado en el sofá, en vez de en cualquier otro sitio, de verdad, cualquier otro. Tendría que haberlo visto venir. Olía tan bien que me atontaba.
—Toma.
—¿Qué es eso? —Miré el líquido turbio que contenía el vaso que me pasaba. Tenía una impresionante capa de espuma sedosa en la parte superior.
—El mejor whisky sour del país.
En serio, de verdad, el ego de ese hombre no conocía límites. Di un sorbito con recelo.
«Mierda».
Soltó una risita, seguro que sabiendo lo que estaba pensando. No sabía si era el mejor whisky sour del país, pero desde luego sí era el mejor que yo había probado. Lo clavaba.
—Un buen punto a mi favor, ¿no? —bromeó mientras se sentaba a mi lado, demasiado cerca—. Imagínatelo, vuelves a casa tras un largo día de trabajo, agotada, y tu marido te prepara un cóctel mientras te desahogas.
No tendría un trabajo del que volver a casa si me casara con él, pero claro, bien. Asentí.
—Y si yo no estoy, estará tu personal.
Enarqué una ceja.
—Mi personal…
—De verdad que no te lo has pensado bien, Jamie. —Se giró en el sofá para mirarme a la cara, con el brazo colgando por el respaldo—. Un año de matrimonio y no tendrás que volver a mover un dedo en la vida.
Yo también me giré, así que ahora estábamos cara a cara.
—Te recuerdo que he rechazado todas tus anteriores ofertas econó…
—Si yo fuera tú dejaría de recordarme eso.
—¿Por qué?
Se inclinó para susurrar la respuesta como si fuera un secreto.
—Porque has conseguido despertar algo bastante extraño en mí. Cuanto más rechazas mi dinero, más… proclive soy a querer gastarlo en ti.
Parpadeé.
—Eso no tiene ninguna lógica.
—Lo sé. —Le dio un sorbo a la bebida—. ¿No querías una lista de mis gustos sexuales y fetiches? Ahí tienes el primero.
Mi tercer error fue preguntar:
—¿Te pone que la gente rechace tu dinero?
—No, Jamie. Me pone que tú rechaces mi dinero.
Se me colaron mariposas en el pecho. Me quedé sin oxígeno.
—Eso es… —«Absurdo. Inapropiado. Seguro que mentira»—. Para que lo sepas, los amigos no tienen fetiches relacionados con sus amigos, y si los tienen, se guardan esa información para ellos.
Ladeó la cabeza.
—¿Los amigos se besan como lo hicimos ayer?
—Pensaba que no íbamos a hablar más sobre eso.
—Dime que no te gustó y no lo volveré a mencionar nunca.
Abrí la boca. La cerré.
—Que me gustara o no no es la cuestión.
—Ah, bueno, pero en realidad sí que es la cuestión. Es mi siguiente argumento, de hecho. —Nos señaló a los dos—. Esto funciona.
—¿El qué funciona?
—Nuestros cuerpos. Está claro que se atraen.
¿Los sofocos con veintitantos son como para preocuparse? Porque últimamente estaba teniendo un montón.
—No estoy segura de que eso sea del todo preciso.
Solo fue un buen beso, «un» buen beso, en singular. No significaba que los siguientes fueran a ser de los que te dejan temblando.
Con una sonrisita burlona de oreja a oreja, Jackson se terminó el whisky, dejó el vaso vacío y me tendió la palma de la mano.
—Dame tu mano.
—Estoy bien. Los amigos no suelen cogerse de la mano.
Se rio entre dientes.
—Sígueme el rollo un segundo, por favor.
Di un sorbo al cóctel, extrañamente nerviosa, y puse los dedos en su palma.
Ese fue mi cuarto error.
Su mano envolvió la mía, provocándome un cosquilleo en la piel que no tenía nada que ver con el alcohol. Entonces hizo algo que no hubiera previsto en un millón de años.
Jackson Sinclair se llevó mi mano hacia el pecho. Hacia el corazón.
Hacia su corazón acelerado.
—Ahora, siente lo que pasa cuando hago esto. —Sin previo aviso, se inclinó y me dio un suave beso en la mejilla.
Todo mi cuerpo entró en combustión.
Su pulso se aceleró bajo mi palma.
—¿Lo notas? —Su cálido aliento me acarició la piel, provocándome un escalofrío—. Le gustas.
Me puse tensa. Parpadeé.
—Yo… ¿Disculpa?
No sabía lo que estaba diciendo. Desde luego que no entendía cómo se podía interpretar la frase «a mi corazón le gustas».
—Le gustas a todo mi cuerpo.
—Jackson… —Eso ya se pasaba de la raya. Habíamos cruzado otra línea y la verdad es que no sabía cómo íbamos a poder volver atrás.
—Utiliza la palabra de seguridad, Jamie. —Pestañeé cuando me rozó la mandíbula con los labios.
Quería utilizarla, de verdad. Por eso, de entrada, abrí la boca. Pero entonces me mordisqueó el lóbulo de la oreja justo cuando estaba a punto de articular la palabra y lo que me salió fue un gemido.
—Dila —me exigió de forma irracional—. Mándame a la mierda.
Lo habría hecho si hubiera dejado de mordisquearme la piel de esa increíble manera durante un segundo. Era tan… perturbador. Y agradable.
Muy muy muy agradable. ¿Por qué era tan agradable?
Antes incluso de percatarme de lo que había pasado, ya no tenía el vaso vacío en la mano, Jackson me había pasado ese brazo tan fuerte por la cintura y yo estaba sentada cómodamente en su regazo.
Ah, y seguía con la mano pegada a su acelerado pecho.
—¿Tan malo es? —bromeó—. ¿Tan terrible sería un año de esto, Jamie?
—Esto es… tan inapropiado.
—Ya sabes qué hacer para pararlo. —Me rozó la oreja con la nariz y me estremecí contra su cuerpo.
Debería haber insistido en tener esa conversación en su despacho. Había cometido tantos errores, uno tras otro y tan rápido…
—Sigue contándome eso de que no quieres mi dinero, para que pueda explicarte bien cuánto te mimaría si fueras mi esposa.
—Me plantó un beso ardiente en el cuello y luego mordisqueó el mismo punto con los dientes—.
No tendrías elección. Lo incluiría en el contrato matrimonial.
No tendrías permitido decirme que no te comprara cosas.
Para que conste, no había sido mi intención desarmarlo de esa manera.
—Jackson…
—No he terminado. —Cuando se apartó para mirarme, tenía los ojos tan dilatados que parecían negros y el corazón desbocado contra mi mano.
Era la hostia de excitante—. Tendrías tu propio personal, te regalaría apartamentos, ropa, acciones.
Disfrutarías de seguridad financiera para el resto de tu vida. ¿Qué más podrías querer?
—Yo… —No sabía qué decir.
—¿Ves? —Esos ojos oscuros se clavaron en mi boca—. Es un trato fantástico, así que acéptalo.
Tragué saliva.
—No.
Con un gruñido de frustración, me arrimó contra él, justo sobre su erección salvaje. Me provocó una corriente eléctrica en el cerebro.
—¿Qué más quieres?
—Nada. No me voy a casar contigo.
Yo jadeaba. Él jadeaba. No quedaba oxígeno en toda la casa.
Se humedeció los labios, se le enrojecieron las mejillas con… rabia o lujuria. No estaba segura.
—Entonces di la palabra.
—No. —Esta réplica rebelde se me escapó antes de poder evitarlo. Había algo increíblemente emocionante en no darle a Jackson justo lo que quería.
Era como estar al borde de un acantilado sin arnés. O jugando con fuego.
Su mirada era casi salvaje. Aun así, no podía contener del todo la sonrisa por mucho que lo intentara.
—¿Te gusta provocarme, Jamie?
Sin esperar la respuesta, deslizó un poco demasiado arriba la mano por mi falda, arrugando la tela.
«Ostras, vaaale».
Justo entonces, hubiera sido el séptimo momento más perfecto para detener esa espiral destructiva en la que nos habíamos metido.
—Te he hecho una pregunta. —Subió un poco más y más, desarmándome con delicadas caricias—. ¿Te gusta provocarme?
—No sé de lo que estás hablando.
—¿Ah, no?
—Hummm. —Sacudí la cabeza con inocencia, aferrándome con desesperación a su camisa. Las uñas le iban a dejar marcas permanentes en la impoluta tela.
—Decirme que tengo la personalidad de un huevo duro… Llamarme predecible… Negarte a obedecer las órdenes más sencillas…
—Te va lo de ser dominante, lo pillo —dije entre jadeos. Tenía los dedos peligrosamente cerca de descubrir lo mucho que no detestaba todo aquello.
—¿Sí?
—Normal, viendo lo maniático del control que eres.
Soltó una risita sombría.
—Eres tan cruel, joder.
Yo también me habría reído si él no hubiera elegido justo ese momento para rozar el borde de mis bragas empapadas con el dedo. Contuve el gemido que me atravesó el pecho justo a tiempo.
—Abre un poco más las piernas para mí, Jamie. Me gustaría tentarte en condiciones. —Siguió rozando la costura de mi ropa interior con los dedos, inundándome de lujuria oscura y fuego líquido.
Ahí se acababa todo. Si le hacía caso, sería una clara indicación de que quería hacerlo. Sería como decirlo sin decirlo.
—Venga. Enséñame lo buena chica que puedes llegar a ser.
«Joder».
Quién hubiera pensado que a Jackson Sinclair, precisamente, le iba lo de decir guarradas. Y lo de provocar.
Separé un poco los muslos mientras mi último atisbo de racionalidad se convertía en deseo.
—Eso es —ronroneó—. Qué gusto te va a dar cuando por fin te pueda tocar como es debido, ¿no?
Gemí cuando acercó un nudillo a mi hendidura y lo presionó sin piedad contra mi clítoris. Incluso a través de la tela de algodón, la descarga de placer fue lo bastante intensa como para que me estremeciera.
—Chisss —dijo Jackson—. Cosita ansiosa. Si nos casamos, te tendré que follar con frecuencia, ¿no?
Quería señalar que él me había dicho expresamente que no iba a tener relaciones sexuales con su mujer, pero mis palabras se convirtieron en un gemido desesperado cuando me pellizcó el clítoris por encima de las bragas.
Luego lo volvió a hacer, con más fuerza esta vez.
Solté un grito ahogado.
«Madre mía».