Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—No quiero que se grabe ninguna de estas —murmuró Jackson con su suave acento, felizmente inconsciente de la confusión que causaba en mi ser—. De esta sección ni de las dos siguientes.

—Entonces solo nos queda… el formulario estándar…

Me quedé muda cuando me miró a los ojos. Fue como si se me apagara el cerebro y no fuera capaz de encontrar el interruptor para ponerlo en marcha otra vez.

Alarmante.

En un montón de niveles fundamentales, era alarmante.

—Aun así, creo que deberíamos echarles un vistazo —dijo en voz baja. Como si eso, también, fuera solo para mí.

—¿Por qué?

—Puedes utilizarlo. Cuando estés… eligiendo a la siguiente candidata, puedes tener todo esto en cuenta. Es solo que no quiero meterlo en la máquina.

Estaba tan distraída que ni siquiera sabía si eso tenía sentido. En cuanto mencionó lo de emparejarlo con otra persona, formé un puño con los dedos y se me volvió a encoger el estómago como si algo en lo más profundo de mi ser gruñera de forma posesiva.

Muy alarmante.

—De acuerdo —dije, mientras esa Cosa que gruñía se hacía más grande, le salían garras y colmillos y desarrollaba la capacidad de escupir fuego—. Solo… comparte conmigo lo que quieras que tenga en cuenta para elegir a la próxima. Ya que, eh, ya has leído las preguntas.

Cuando me tembló la voz, perdí el último atisbo de profesionalidad que con tanto esfuerzo había intentado mantener.

Aunque, por otro lado, teníamos la cara tan cerca el uno del otro que tampoco es que estuviéramos respetando ningún límite profesional.

Tampoco en la forma en la que me miraba.

Como si yo fuera algo que quisiera comerse.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó con delicadeza—. ¿Estarás cómoda si hablamos de todo esto?

—Es mi trabajo. —Me había pasado años tratando esos temas con clientes. Ese no debería ser diferente.

—A ver qué te parece esto. —Inclinó la cabeza hacia los macarons rojo y verde que había en la mesa, aunque sin apartar sus ojos de los míos—. Si en algún momento quieres parar, tan solo di «fresa».

Un montón de músculos al sur de mi profesionalidad se tensaron.

—¿Me estás adjudicando una palabra de seguridad?

Más tensión.

—No me importa si es tu trabajo. Si quieres parar, paramos.

—Vale —respondí con un susurro.

Y fue justo en ese momento cuando mi cerebro decidió recordarme que hacía un año que no me acostaba con nadie. Deslicé las manos por debajo de los muslos y carraspeé, para indicarle que debería empezar a hablar en vez de seguir mirándome. Captó la indirecta.

—En lo que respecta a mi historial de relaciones, dejarlo en blanco es correcto. —Hizo una pausa. Yo pestañeé—. Nunca he tenido una.

Quizá no debería haberme sorprendido.

Quizá eso debería haber tenido sentido, teniendo en cuenta lo que sabía sobre su aversión al amor romántico.

Aun así, me pilló por sorpresa y, en un instante de pánico, se me desencajó la cara. Ya había tratado con otros clientes que no habían tenido pareja en la vida, por supuesto. No era tan raro como cabría esperar. Sin embargo, esa información se facilitaba en las primeras fases del proceso.

Y, además, ninguno de esos clientes había sido el puñetero Jackson Sinclair.

—Vale. —Logré controlar mi expresión con una capacidad de reacción impresionante, dado lo cerca que estaba de mí.

En esa estúpida y atractiva cara se dibujó una estúpida y atractiva sonrisa.

—Vamos. Sé que tienes preguntas.

Un montón. Muchísimas.

Ni siquiera sabía por dónde empezar.

—Crees que el amor romántico es una milonga emocional. Me cuadra.

En algún momento, había girado la silla en su dirección y él había girado la suya hacia mí. Estábamos cara a cara, con las piernas casi rozándose.

—¿Qué hay de ti? —Me rozó con suavidad la rodilla con la suya—. ¿Cuándo fue tu última relación?

—Esta entrevista no trata de mí.

—Pero me gustaría saberlo —dijo—. Si quieres contármelo.

¿Quería contárselo? Me daba la sensación de que estábamos peligrosamente cerca de cruzar otro límite profesional y no estaba segura de cuántos más podríamos cruzar sin que todo eso nos estallara entre las manos.

—Fue hace poco más de dos años —dije.

Insatisfecho con los pocos detalles que di, Jackson no dijo nada.

—No estaba listo para una relación estable, así que decidí que cada uno se fuera por su lado. —Algo sencillo y habitual. Nada muy emocionante. Oh, salvo que—: Él se comprometió con otra seis meses después, así que…

—¿No has salido con nadie desde aquello? —Parecía sorprendido de veras.

—No es que haya tenido un montón de tiempo libre en los últimos ocho, nueve meses. Y antes de eso… no sé. Supongo que no me interesó nadie.

—¿Cómo se llamaba? Tu exnovio.

—Lee.

—Lee es un idiota.

—Venga, por favor. —Solté una risita amarga.

—Lo digo en serio. —Se puso recto, un poco ofendido por mi reacción.

Puse los ojos en blanco.

—Vale. El hombre que cree que toda mi profesión es una broma y no cree en las relaciones también cree que mi ex es idiota por romper conmigo.

—Es que lo es.

Le lancé una miradita tan sarcástica que se puso hasta tenso.

—De acuerdo, mira. —Se pasó la mano por el pelo, arrimándose más a mí—. Te pido perdón por lo que dije sobre tu trabajo. En serio, fue de mala educación e inapropiado. Lo lamento. Para que quede claro, de verdad que no creo que tu profesión sea una broma.

Solté un bufido.

Solo echó más leña al fuego.

—Jamie, ayer te pedí que te casaras conmigo.

Se me aceleró el pulso.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque uno, desde luego no ibas en serio. Y dos, era por conveniencia, no por amor.

Se le crispó la cara a medida que se sentía cada vez más insultado por mi certera valoración de la situación.

—Iba en serio —insistió—. Y, te repito, no tengo muy claro lo que tiene que ver el amor con el hecho de que nos casemos.

Levanté las manos.

—Tiene todo que ver. ¿Me estás vacilando? ¿Te haces una puñetera idea de lo horrible que es estar atrapado en un matrimonio sin amor? La verdad, preferiría morirme.

Arrugó la frente.

—Preferirías morirte que casarte conmigo.

—No, a ver, no literalmente. Solo quiero decir… Ya sabes a lo que me refiero.

—No sé a lo que te refieres.

Suspiré.

—Tú y yo no queremos lo mismo. No vemos las relaciones del mismo modo. Yo amo el amor, Jackson. Tanto que lo he convertido en mi profesión. Si alguna vez me caso, será porque amo a esa persona lo suficiente como para querer compartir mi vida con ella. Eso es todo.

Es lo único que he querido desde que tuve la edad suficiente como para entenderlo. Aunque él seguía sin comprenderlo, a juzgar por cómo me miraba con el ceño fruncido.

—Vamos a continuar —probé a decir.

Había algo de obstinación en su postura que había aprendido a descifrar como que estaba dispuesto a presentar batalla hasta el final.

—No tengo claro si entiendes lo que supondría que nos casáramos.

—Así, de primeras, se me ocurre soledad, arrepentimiento, aburrimiento, insatisfacción, falta de realización. —«Perder mi carrera»—. ¿Se me pasa algo por alto?

La clara falta de entusiasmo al decirlo era para disuadirlo. Tuvo justo el efecto contrario.

Un brillo juguetón empezó a bailarle de pronto en los ojos, a juego con la boca.

—Te voy a dibujar una imagen más precisa, ¿vale? Solo para que decidas con toda la información necesaria.

—¿Si te digo que nada de lo que me digas hará que cambie de opinión, me escucharás?

—No creo.

—Vale, entonces, hagamos un trato. —Lancé el boli a la mesa, me crucé de brazos y me recosté en la silla—. Escucharé tu oferta, siempre y cuando escuches mi respuesta.

—Vale, pero vamos a hacerlo más interesante, ¿te parece? Seguiré adelante hasta que utilices tu palabra de seguridad. Si dices «fresa», me paro. Cualquier otra cosa me lo tomaré como una luz verde.

—¿Por qué no puedo decir tan solo «no»?

El poco sutil destello en su mirada me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Lo que yo propongo puede ser mucho más divertido.

Era dominante, entonces. Entendido.

—Vale. —A mí me daba igual qué palabra utilizar para que parara, siempre y cuando lo hiciera—. Trato hecho, entonces.

¡Para qué dije nada!