Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¿Va todo bien?

Se me tensaron los hombros incluso un poco más, casi llegando hasta las orejas.

Jackson se sentó a mi lado en la pequeña sala de reuniones. En unos segundos, las notas de olor de su colonia me llegaron hasta los pulmones, aturdiéndome un poco.

Le di al botón del boli y abrí el cuadernillo de la entrevista.

—Todo va bien. ¿Por qué? —Me había mostrado cordial con él durante toda la mañana.

Empecé a notar que el calor me inundaba la piel mientras él observaba mi perfil. Mantuve la atención en las preguntas que tenía frente a mí.

—Bueno —empezó a decir con delicadeza—, son casi las doce del mediodía, llevamos juntos desde las cinco de la mañana y no me has mirado una sola vez.

Y eso lo sabía porque él ya se había encargado de mirar suficiente por los dos. Aunque no lo dije en alto, porque era consciente de que estaba canalizando mal mi irritación.

Estaba enfadada conmigo misma, no con él.

—Solo estoy cansada —dije—. Anoche no dormí bien.

Se movió en la silla como si fuera a hacerme alguna pregunta más, pero, tras una breve pausa, solo cogió el móvil y se puso a teclear.

—¿Estás listo para empezar? —Yo seguía repasando las hojas, aunque no hacía ninguna falta. A esas alturas ya me había memorizado el cuestionario—. Y te recuerdo que, por petición de tu tía, esta sesión se grabará y la revisará…

—¿Desde cuándo?

—Desde que firmaste el contrato y accediste a ello.

—La entrevista no va a ser la estándar que autoricé para grabarse —argumentó—. Ahí hay preguntas sobre mis relaciones pasadas y mis preferencias sexuales.

—Porque tu equipo no nos facilitó dicha información y la necesitamos para poder hacer nuestro trabajo.

—Mantuve un tono tranquilo y neutral, ciñéndome a los hechos.

Para ser sincera, estaba de acuerdo con él.

No podía ni imaginarme compartir las respuestas a alguna de esas preguntas con alguien de mi familia.

De hecho, cuanto más tiempo tenía para procesar la situación de Jackson, más desagradable me parecía. Todo ese proceso debía de haber sido muy invasivo para alguien a quien habían obligado a hacerlo en contra de su voluntad.

El consentimiento era esencial ahí. Todos nuestros otros clientes del programa Inmersivo habían aceptado que alguien los siguiera a todas partes durante catorce horas al día y observara todas sus rutinas, hábitos e interacciones.

Jackson no solo no quería eso; además, lo estaban obligando a aceptar ese resultado inevitable.

Y yo estaba desempeñando un papel importante en todo aquello.

Como la noche anterior no fui capaz de dormir, tuve mucho tiempo para pensar. Y tanto pensar me había hecho sentir un montón de culpa.

—No estoy de acuerdo con que se grabe esta entrevista —dijo sin más.

Sabía que él esperaba que yo ignorara su petición porque cuando cogí el móvil y lo puse en pausa, cambió de postura y parpadeó.

Lo que, a su vez, hizo que me sintiera todavía peor.

—¿Algún otro asunto que te preocupe? —pregunté.

Soltó un suspiro.

—Sí. Sigues sin mirarme, Jamie. ¿Es por lo de ayer? ¿Estabas…?

Lo interrumpió Savannah, que asomó la cabeza por la puerta.

—Ya ha llegado su pedido, señor.

¿Había pedido más comida? Acabábamos de almorzar… ah.

El delicioso aroma del café recién hecho invadió la sala cuando Savannah entró en ella. Dejó una maravillosa taza humeante con un líquido celestial frente a Jackson, además de un poco de nata, miel y macarons .

Cafeína y azúcar. Mi cerebro falto de sueño se volvió loco al verlo y me maldije a mí misma por no haber pensado en prepa­rarme un café antes de sentarnos. El diminuto café americano que me había tomado esa mañana bien temprano ya lo tenía por los pies.

—Gracias —dijo Jackson—. Eso es todo.

Savannah desapareció con una sonrisa y yo volví a centrarme en el cuadernillo, mientras se me hacía la boca agua.

—Si no te preocupa nada más ahora mismo, podemos empezar.

En lugar de responder, Jackson deslizó la taza de la tentación hacia mí.

—Para ti.

Levanté la mirada hacia él y se me aceleró el corazón cuando la clavé en esos penetrantes ojos azules. ¿Cómo era posible que cada vez que lo miraba fuera más atractivo? ¿Acaso no tenía límite?

—Gracias —dije con voz ronca al tiempo que rodeaba la apetecible taza con los dedos. Estaba delicioso. Intenso y oscuro, con una leve nota de cacao.

Que fuera tan considerado no ayudaba con la culpa que me estaba asfixiando.

Jackson me birló un macaron de color púrpura y le dio un mordisquito, esperando mientras yo me tomaba mi tiempo, saboreando los primeros sorbos del café. Ya me estaba empezando a mejorar el mal humor.

—Vale, bueno…, como hay tanta información pertinente que falta en nuestros datos originales, me gustaría que empezáramos completando eso —dije por fin, dejando la taza en la mesa—.

Tendré que combinar tus respuestas con mis propias observaciones, de las que también hablaremos, para crearte un perfil nuevo y más preciso.

Después de eso, podemos pasar al formulario estándar. ¿Alguna pregunta?

Negó con la cabeza.

Mientras jugueteaba con el boli, decidí salirme del guion por un momento.

—Soy consciente de que tu situación actual no es lo que se dice ideal, pero creo que… si me respondes con sinceridad, podría ayudarte de verdad. Puede que casarse no sea tan malo si encuentras a alguien que te guste, alguien con quien de verdad seas compatible, ¿me entiendes?

Me arriesgué a levantar la mirada hacia él, pero no fui capaz de descifrar su expresión.

—¿Qué te parece? —probé a decir. Era mi forma de expresar que estaba de su lado, pero no tenía claro si lo había entendido.

Al no saber qué más hacer o decir, decidí interpretar su silencio impasible como un «sí».

—Genial. —Repasé la primera pregunta de la primera página… tres veces.

Dejé el boli en la mesa, lo volví a coger, bebí un poco de café.

—¿Vamos a empezar? —preguntó Jackson.

No. Sí. Claro. Tenía la primera reunión con Minerva al día siguiente, así que tenía que hacerlo.

Abrí la boca para articular la pregunta que llevaba un rato mirando. En vez de eso, sin querer, me volví a salir del guion.

—Esta semana me has comentado que algunos de estos temas te parecían invasivos. Si es así, si te pregunto algo que te haga sentir incómodo, entonces no tienes por qué responder.

No me hacía falta verlo para notar el cambio en su rostro, para sentir cómo ladeó la cabeza con curiosidad.

Me aclaré la garganta.

—Creía que era obligatorio que respondiera a todo —dijo.

Sí, bueno.

—Se me ha concedido el control creativo de todo el proceso y te estoy diciendo que no tienes que contestar las preguntas con las que te sientas incómodo.

Trabajaré con los datos que tenga. —Después de una breve pausa, Jackson se inclinó hacia mí.

De nuevo. Suspiré—. De verdad que tenemos que trabajar en lo de tu aversión a respetar el espacio personal de los demás.

—A ver qué opinas. Te daré una respuesta sincera a cualquier cosa que me preguntes.

Lo miré levantando una ceja.

—Pero…

—Pero algunas de esas secciones se dejaron en blanco por un motivo. Así que ¿qué te parece si te respondo a todo pero las privadas se quedan entre nosotros?

Maldito Jackson Sinclair y su voz seductora. Te juro que habría podido ponerme a tono con solo escucharlo hablar. Sobre todo si no había dormido nada.

—¿Y qué se supone que hago yo con la información si no puedo utilizarla para encontrarte una esposa?

—Seguro que ya se te ocurrirá algo. —Me guiñó un ojo y sentí un torbellino de mariposas estallarme en el pecho.

Volví a clavar la mirada en el cuestionario. De forma permanente, en esa ocasión.

—De acuerdo. Última pregunta de esta sección. No apuntaste ningún instrumento en el primer formulario, pero tienes varios pianos de cola. ¿Sabes tocar?

Jackson señaló el macaron de fresa que había puesto frente a él. Era nuestro sistema: verde, se podía grabar; rojo, la respuesta era solo para mí.

—Sí —dijo—. Lo toco desde que tenía seis años.

Fruncí el ceño.

—¿Seguro que no quieres incluir eso? Todavía no tengo mucho con lo que trabajar con respecto a tus aficiones e intereses.

A Jackson le gustaba hacer dinero. Y luego le gustaba gastár­selo.

Eso era, en esencia, todo lo que tenía.

—No es relevante. No toco para otras personas.

—De acuerdo. Vale. —Le di la vuelta a la página, solo para volver hacia atrás y asegurarme de que no me había saltado nada. ¿Ya estábamos en la sección de «Relaciones pasadas»? Qué rápido.

Jackson fue a por el macaron rojo en cuanto vio el título.

Suspiré.

—¿Hay alguna posibilidad de que pueda utilizar aunque sea una sola pregunta de aquí?

—Lo dudo.

Lancé el boli a la mesa y estiré los brazos por encima de la cabeza. Llevábamos allí sentados más de cinco horas. Tenía todo el cuerpo agarrotado.

—Pues entonces nos la saltamos —propuse.

Solo porque no quería perder el tiempo. No porque hablar sobre la larga lista de impresionantes y exitosas exnovias de Jackson me apeteciera tanto como comerme un montón de chinchetas.

Se me hizo un nudo en el estómago cuando se inclinó sobre mí para echar un vistazo al cuadernillo. Mientras estaba atento a las páginas, mis ojos rebeldes decidieron que tenían vía libre para repasar sus rasgos y lo hicieron sin pudor.

Era, sin lugar a dudas, perfecto. Incluso con la sombra vespertina cubriéndole esa mandíbula afilada y las leves ojeras bajo los ojos, era irresistible.

Entendía por qué se habían derramado tantas lágrimas por él.

Ahora que ya no tenía tanta rabia ni estaba tan quemada, podía entender cómo podía resultar tan destructivo.

El impulso de apartarme se enfrentaba con el que suplicaba el contacto. Quería pasarle los dedos por los pómulos, la mandíbula…, enroscarme la corbata en el puño y obligarlo a mirarme.

No hice nada de eso. Tan solo me quedé en esa zona gris intermedia como una cobarde indecisa.

Una cobarde indecisa a la que le encantaba su carrera y no podía arriesgarla por un beso.