Capítulo 22
¡¿ QUÉ ?!
Los segundos de atónito silencio se convirtieron en minutos y luego en horas, probablemente. ¿Estaba de broma? Tenía que estar de broma.
Era tan sarcástico, con un humor tan sutil, que de verdad no sabía qué decir. Pero Jackson Sinclair no podía estar pidiéndome matrimonio en ese momento. La mera idea era como para reírse. Así que abrí la boca para reírme.
Pero lo que salió fue:
—¿Es una broma?
—No —dijo—. Es, eso sí, la conclusión más lúcida a la que he llegado en años. Tiene todo el sentido.
Notaba cómo me latía el corazón en la garganta.
—¿Qué?
—Procésalo como consideres y necesites.
¿De qué cojones estaba hablando?
—¿De qué cojones estás hablando?
—Piénsatelo. —Y luego se quedó en silencio. Como si el razonamiento fuera tan evidente que no necesitara más explicación.
—No nos podemos casar, Jackson. —Era increíble que tuviera que decirlo—. Apenas nos conocemos.
—Nos quedan tres semanas de Inmersivo. Eso es mucho tiempo.
La cabeza me daba vueltas.
—¿Qué tipo de acrobacias mentales…? ¿Cómo cojones crees que podríamos enamorarnos tú y yo en un periodo de tres semanas? ¿O alguna vez?
Torció el gesto, confundido.
—¿Qué tiene que ver el amor con todo esto?
Respiré hondo, tratando de centrarme.
—Te lo juro, si esto es lo que tú consideras una broma…
—No lo es.
Tenía los brazos como un peso muerto a ambos lados del cuerpo cuando levanté la mirada hacia él, sin lograr encajar las piezas.
Me había pasado la mayor parte del año tratando de encontrarle una pareja a ese hombre.
Dos aspirantes por semana durante ocho meses y todas cumplían cada uno de los requisitos de su larga lista de exigencias.
¿Yo? No cumplía ni uno.
Ni uno.
Era demasiado baja. Demasiado joven. Demasiado rubia.
No tenía un máster de una de las mejores universidades del país ni tenía mi propia empresa con ingresos anuales de siete cifras, nunca había competido en ninguno de los deportes que incluían su lista, no hablaba otro idioma.
Y eso solo era la punta del iceberg. Ni siquiera me acercaba a lo que él buscaba en una esposa.
—Explícamelo como si fuera un niño —le dije—. Desmenuza el razonamiento paso a paso.
Jackson se metió las manos en los bolsillos y me observó durante un instante.
—Me tengo que casar —dijo—. Si quiero seguir siendo el CEO, cosa que sí que quiero, así que ya no es algo opcional. Minerva no me está dejando otra opción.
—Vale. —Hasta ahí, lo entendía.
—El problema es que tengo cero ganas de casarme, y que me pongan entre la espada y la pared tampoco ayuda.
Solté un bufido por la nariz.
—¿Y por qué no… no sé, contratas a alguien con quien casarte? ¿No son los matrimonios de conveniencia algo habitual en los círculos donde te mueves?
No tenía ni que preguntarlo, porque era verdad. Charmed ofrecía un paquete de servicios para esos clientes, pero era todo muy discreto. No tenía la experiencia suficiente como para encargarme de esos casos, así que en realidad no sabía en qué consistían.
Ladeó la cabeza.
—Si te ofreciera cincuenta millones a cambio de un año de matrimonio de conveniencia, ¿lo harías?
—Desde luego que no.
Me dedicó una sonrisa arrebatadora.
—Cien millones.
—No.
—Doscientos.
—No.
Soltó una risita grave desde el fondo del pecho.
—Entonces esa idea no me sirve. ¿Qué más propones?
Me estaba empezando a sudar la nuca.
—No me refería a mí. Encuentra a alguien que esté dispuesta. No tiene que ser muy difícil. —No con esas sumas de dinero tan considerables—. Mejor todavía, ¿por qué no le haces esa oferta a una de las sesenta y siete mujeres que te habíamos propuesto antes de llegar a esto?
Sabía que su trato con Minerva había cambiado después de todo el incidente de la piscina; hasta ese momento solo tenía que presentarse a las citas. Pero no era demasiado tarde. Seguro que ahora podía llegar a un acuerdo con alguna de ellas.
—Puede que no sea difícil encontrar a una mujer dispuesta a hacerlo —dijo con cautela—, pero encontrar a una mujer con la que pudiera soportar pasar tanto tiempo es casi imposible.
—Odias tenerme por aquí.
No comprendía por qué lo estaba divirtiendo tanto la conversación. No dejaba de retorcer la sonrisa con un tic.
—Te he cogido cariño. —Tic—. Al fin y al cabo somos amigos, ¿no? Se dice que los matrimonios más felices se basan en una amistad sólida.
Un argumento válido, salvo porque:
—Somos amigos desde hace un día.
—Y aun así parece toda una vida, ¿no?
Apreté los dientes contra el labio inferior. Un castigo por sonreír.
—Te odio.
—Eso dices. —Bajó la mirada a mi boca.
Sentí la súbita y retorcida tentación de humedecerme los labios y avivar lo que fuera que fuese aquel fuego que ardía en su mirada. Entonces, de pronto, me di cuenta de que tenía muchísimas ganas de que me volviera a besar.
Ni siquiera me percaté de que me había movido hasta que di con la espalda en la pared.
No me había fijado en lo cerca que estábamos hasta que las puntas de sus zapatos se dieron con los míos.
Tenía la mano apoyada junto a mi cuello y yo ladeaba muy ligeramente la cabeza hacia un lado, y podía sentir el calor de su aliento en la piel, pero no recordaba cómo habíamos llegado hasta ahí.
Tenía que apartarlo.
—Y luego está… esto —murmuró Jackson—. Me levantó la barbilla y se me aceleró la respiración—. Sin duda creo que deberíamos explorar esto.
—Hoy no haces más que tener unas ideas terribles —dije con la respiración entrecortada.
Me estaba acariciando otra vez. Qué confuso era todo.
—¿No sientes curiosidad? —Me rozó el labio con el pulgar y, la hostia. Sentí mariposas en el estómago—. Ha sido un beso increíble, Jamie.
«Páralo».
PÁRALO .
—Me los han dado mejores —dije con la mayor calma posible. Era una mentira descarada, con el objetivo de desalentarle de seguir tonteando. Fracasé estrepitosamente.
—Qué cruel. —Sonreía—. No me lo he creído ni por un momento, pero qué cruel.
—Madre mía, sí que eres arrogante. —Y, joder, por cómo lo dije entre susurros pareció más un halago que otra cosa. Le lancé una mirada asesina, desafiante, porque odiaba ese brillo juguetón que le suavizaba la mirada.
—Podría ser divertido, ¿no crees? —me provocó—. Tú, yo, la tensión sexual abrasadora y doce meses de un matrimonio que no quiere ninguno de los dos.
—Lo de «abrasadora» es un poco exagerado —dije justo cuando esa quemazón me alcanzó la punta de los dedos, consumiéndome por completo—. No me voy a casar contigo, Jackson. Seríamos un matrimonio falso terrible y lo sabes.
—No lo creo. Estaríamos genial juntos. Incluso me estás empezando a gustar, y a mí no me gusta nadie salvo mi personal.
—No te gusto —dije con firmeza.
—Que sí. Puede que incluso me guste que me gustes.
Incorrecto.
—Jackson, escúchame. No te gusto. Crees que sí porque no quiero tu dinero y soy un poco cruel contigo.
—No es eso para nada.
—Si cambiara de golpe y empezara a lamerte el culo y a mostrar interés en tu dinero, volverías a odiarme a muerte.
—¿Lo comprobamos? —Sonreía de un modo tan engreído que casi era lascivo—. Dime algo bonito.
—Bueno, así no va a funcionar. No si sabes lo que estamos haciendo.
Se encogió de hombros.
—Inténtalo.
—Solo quieres que te haga un cumplido.
—Puede ser. —La sonrisa le llegó a los ojos—. Pero si tu teoría es correcta, entonces al menos disminuirá parte de la atracción. Por mi parte, quiero decir. A ti te seguiré pareciendo irresistible.
Casi pico el anzuelo. La réplica ingeniosa y cruel me llegó hasta la punta de la lengua antes de que me la mordiera. Fingir que no me impresionaba era lo que nos había metido en ese lío, para empezar. Controlé las ganas de ponerle el ego en su sitio y en vez de eso pestañeé mirándolo.
Ya me estaba pareciendo una estupidez.
—Admito que no eres… poco atractivo.
Tragó saliva para contener una risita.
—Eso es bastante más generoso de lo que creía que ibas a decir, para ser sincero.
—¿Ha funcionado? ¿Ya te provoco repulsión?
—Me resultas un poquito menos atractiva que hace un minuto, así que sí.
¿Solo un poquito?
—¿Cuántos cumplidos crees que harán falta para que sientas arcadas con solo mirarme a la cara?
Jackson se apartó y apoyó ese hombro fornido contra la pared. Incluso con el traje de tres piezas era evidente que ese hombre estaba muy fuerte.
—Vamos a probar con otros cuatro —dijo—. Para ver lo que pasa.
«¿Cuatro?».
—No creo que se me ocurran… —Dejé la frase en el aire cuando se le llenaron los ojos de lujuria y solté un suspiro—. Vale, de acuerdo. Tienes… por así decirlo, una voz agradable.
—¿En serio? —bromeó Jackson—. ¡Qué repugnante!
Me mordí las mejillas y crucé las manos con delicadeza en la espalda mientras me apoyaba contra la pared. Le rocé sin querer el pecho con el hombro y él se lo tomó como una invitación para arrimarse más.
—Y no me hagas hablar de tus ojos —dije—. Porque no sabría qué decir. Son azules, lo que supongo que es mejor que, no sé, beis.
—Estás siendo demasiado amable, señorita Paquin. Se me están revolviendo las tripas.
Esbocé una sonrisa, a pesar de no querer hacerlo. Me sentía ligera, con mariposas en el estómago.
—Hueles a limpio de una forma adecuada —le dije.
—Me das asco.
Solté una risita mientras las mariposas se expandían por todo mi cuerpo, aleteando bajo mi piel.
—Aunque hay una cosa en particular en ti que me parece excepcionalmente sexi. ¿Te digo lo que es?
Se le dilataron las pupilas.
—Puede que vomite si lo haces.
Ya me había olvidado por completo del propósito del ejercicio. Me puse de puntillas y susurré:
—Siento decírtelo, señor Sinclair, pero pareces el tipo de hombre con unos antebrazos impresionantes. —Ni siquiera trató de contener la sonrisa—. Con solo imaginármelos ya siento un escalofrío por todo el cuerpo. —Bajé de nuevo a mi altura normal—. ¿Qué te ha parecido?
—Perfecto —dijo—. Puede que nunca más en la vida tenga otra erección.
Estallé en carcajadas.
—Lo más probable es que me hayas dejado flácido para el resto de mis días sin sexo, señorita Paquin. Bien hecho.
Me llevé las manos a la cara. Me estaba muriendo de risa.
—¿Sabes lo que lo empeoraría? Si me pidieras que te llevara de compras en nuestra tercera cita. Odiaría estar comprándote cosas mientras vas hablando de lo atractivos que te parecen mis antebrazos.
—¡Para ya! —dije entre carcajadas.
—Teoría confirmada con éxito. Ahora solo tenemos que ejecutarla como es debido. Le diré a Savannah que agende una cita con mis asistentes de compras para mañana.
Me sequé las lágrimas que me caían por las mejillas.
—Eso no va a pasar. Volvemos a mi plan original. Vete a hablar con Mabel y Molly, yo me voy a preparar nuestra entrevista y fingiremos que esto nunca ha ocurrido.
—No.
—¿Por qué narices dices que no? Me has dicho que querías hablarlo y eso hemos hecho.
Se encogió de hombros.
—Tú puedes fingir lo que quieras, pero yo no voy a hacerlo.
Ya no me reía.
—¿Se lo vas… a contar a la gente?
Frunció el ceño.
—No tenía previsto hacerlo. No hasta que tú y yo lleguemos a un acuerdo, al menos.
Así que, si no llegábamos a un acuerdo, ¿no se lo diría a nadie? Podría funcionar.
—Pero hablarás con las hermanas Harrison, ¿no? —pregunté. Yo también hablaría con ellas en privado en algún momento para pedirles discreción.
Menudo lío.
—Sí. Sospecho que no me quedará otra opción.
Entorné los ojos con recelo.
—¿Y qué les vas a decir?
—La verdad —soltó impasible—. Que tenía muchas ganas de besarte, así que lo hice, y que no reaccionaste con violencia como creí que podrías hacer.
—Para serte sincera, llegué a pensarlo.
Soltó una risita entre dientes.
—Si quieres, también les puedo decir que no estás interesada. Que esta atracción es solo por mi parte. —Esperó un segundo antes de añadir—: ¿Sería eso una valoración precisa?
Solo había una forma correcta de responder a esa pregunta. No tenía que vacilar, ni hacer una pausa ni pensar mi respuesta.
Pero me quedé ahí plantada, aguantándole la mirada, mientras esperaba con paciencia mi rechazo.
—Yo… nunca me voy a casar contigo.
Tras decirlo, salí a toda prisa del palacio de cartón que Jackson Sinclair le había construido a mi gato.