Capítulo 21
—¡Sorpresa!
Con un aspecto desquiciado y con los ojos con un brillo más salvaje del que jamás hubiera creído posible en él, Jackson abrió la puerta doble para revelar…
—La. Hostia. Puta —dije con un susurro, pasmada como una idiota.
—Lo sé.
—Jackson…
—Lo sé.
—Esto es…
—Lo sé.
Miré boquiabierta el colosal… palacio. Era todo un palacio embutido en una suite vacía que había al final del pasillo donde estaba la mía.
Un palacio de cartón.
—La. Hostia. Puta —repetí. Tobigote se iba a poner como loco.
—Sí —dijo Jackson casi como un ronroneo—. Es precioso.
Yo seguía con la boca abierta.
—¿Cómo lo has…?
—Pasta.
—En menos de seis horas…
—Pasta.
—Eso es… La leche, eso es un trono. —Lo que significaba que para cuando acabara el día, Tobigote Maguire se habría sentado en tres tronos distintos, todos hechos a medida para él.
Jackson se pavoneó por la suite, todo arrogante.
—Puede que Adrenalino le haya preparado a Gato una habitación llena de juguetes y accesorios, pero si Gato se parece aunque sea un poquito a Harry, entonces seguro que le interesan más las cajas en las que vienen dichos juguetes.
—Sabes que se llama Adrien.
Jackson me miró con el ceño fruncido.
—Entonces ¿por qué me dijiste que era Tobigote?
Me apreté el puente de la nariz al tiempo que se me escapaba una carcajada. Tenía un sentido del humor muy concreto, uno que me debería haber sacado de quicio, y que cada vez, a un ritmo alarmante por cierto, me gustaba más.
—No me puedo creer… —Me quedé callada, incapaz de dar con las palabras adecuadas.
Era increíble. Había una torre del reloj (con un reloj real en funcionamiento que a la vez servía como dispensador de premios), establos (con rascadores en forma de caballo), una mazmorra (con ratones de cartón atrapados tras las barras de acero) y… muchísimo más.
¡Había incluso arte! Imágenes y formas talladas en las paredes de cartón, ventanas en arco con vidrieras y un precioso jardín de colores con ¡mariposas a pilas!
Era la hostia de mágico.
—¿De dónde has sacado el tiempo para preparar todo esto? —pregunté.
—He estado sentado en la mesa toda la tarde. ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo?
Lo miré parpadeando.
—Trabajar.
—No seas ridícula, Jamie.
Madre mía. De verdad que no podía con ese hombre.
Pero al mismo tiempo, a ver, ¿no era muy tierno lo que había hecho? Estaba tratando de evitar con todas mis fuerzas que eso me derritiera el corazón, pero no podía. Quería abrazarlo. No lo hice, pero quería hacerlo.
Jackson se frotó las manos.
—¿Traemos a Gato? ¿A ver qué le parece?
Levanté una mano para que se detuviera.
—Un par de preguntas antes de eso. —Aunque la verdad es que me daba un poco de miedo hacerlas—. Primero, ¿por qué aquí dentro huele a ti?
Es como si alguien lo hubiera restregado por toda la habitación.
—Ah, sí, te va a encantar esto.
Reprimí una sonrisa.
—Me dijiste que a Gato le gustaba Adrien por su olor, ¿no?
Se me paró el corazón.
—Es solo una teoría. En realidad no estamos seguras…
Movió una mano como para quitarle importancia.
—En cualquier caso, que mi olor esté asociado a todo esto seguro que sirve para ganármelo.
Crucé los brazos sobre el pecho, donde se me salía el corazón, como si eso me sirviera para protegerlo.
—¿Y lo de las fotos?
En las paredes del palacio había fotos enmarcadas de la cara de Jackson, con diferentes expresiones y de diferentes tamaños.
—Brillante, ¿verdad? Es la misma idea que lo del olor.
—Estás trastornado. Esto —agité una mano en el aire— es una locura.
Sonrió.
—¿Quieres escuchar la mejor parte?
Lo adiviné al momento. Fue el énfasis que puso en la palabra «escuchar» lo que me dio la pista.
Jackson dio dos palmadas.
«Hola, Gato. Soy Jackson Sinclair, tu humano favorito. Me quieres y te encanta mi voz. No bufas cuando estoy cerca, sobre todo en mi casa…».
Di una palmada para apagar la grabación. No podía aguantar mucho más. Eso era… Yo estaba… Todos los datos que habíamos recopilado para el perfil de Jackson eran incorrectos. Nada de eso encajaba con la información que nos había facilitado su equipo.
Era mucho más… De verdad, nunca había conocido a nadie tan…
—¿Qué te parece? —me preguntó antes de poder acabar de desarrollar mis pensamientos. Poco a poco se fue poniendo serio—. Sé que es una locura, pero… ¿te gusta?
Dio un paso hacia mí. Yo quería dar un paso atrás.
—Es… —Dejé la frase en el aire y noté cómo me latía el corazón cuando su mirada se cruzó con la mía y se suavizó—. La verdad es que… no entiendo por qué has hecho esto.
Hubo una pausa larga, densa.
—Quiero caerle bien a Gato.
Me clavé los puños en las costillas al tiempo que se me aceleraba el pulso.
—¿Y eso por qué?
—Porque sí. —Ladeó la cabeza un poco—. He decidido que me cae bien… Gato.
Cualquiera que fuera la respuesta que había elaborado mi cerebro se murió en la garganta cuando Jackson me levantó la barbilla, acariciándome con el pulgar.
—Gato me parece interesante —murmuró, y yo estaba segura de que se me iba a salir el corazón del pecho—. Nunca antes me había odiado nadie tan abiertamente. La gente siempre finge.
Con la esperanza de que no se me quebrara la voz, dije:
—Así que… ¿solo te gusta porque no cae rendido a tus pies como el resto del mundo?
Jackson dejó caer la mano.
—No te haces una idea de lo raro, lo agradable que es, joder, ese nivel de honestidad cuando te has pasado toda la vida sin saber si la gente que estaba contigo lo hacía por ti o por tu dinero.
—Tragó saliva y me miró a los ojos—. Me gusta que no aguante mis chorradas solo por mi apellido.
Que se niegue a que lo compre con mi dinero.
Seguíamos hablando de Tobigote.
Sip. Sin lugar a dudas seguíamos hablando de mi gato, así que si mi corazón hubiera dejado de intentar provocarse un paro cardiaco, de verdad que se lo habría agradecido.
—¿Quieres saber el verdadero motivo por el que fui tan maleducado contigo en nuestra primera cita, Jamie? —Ahora hablaba con un tono grave, que me subía serpenteando por el cuerpo como una hiedra—. Quería ver hasta dónde podía llegar antes de que alguien por fin me mandara a la mierda.
Se me aceleró la respiración cuando me volvió a acariciar la barbilla con el pulgar y entreabrí los labios, algo que captó su mirada.
—Sesenta y siete posibles candidatas —dijo, con los ojos entornados clavados en mi boca—. Y todas y cada una de ellas querían algo de mí: dinero, estatus, conexiones. Pero ninguna me quería a mí.
Cada vez que se me ocurría algo que decir, las palabras se evaporaban antes de llegar a mi boca.
—En esas citas podría haber salido indemne hasta de un asesinato. Me habrían ayudado a enterrar el cadáver a cambio de un anillo y una boda sin acuerdo prenupcial.
Torcí el morro.
—Qué arrogante eres.
Esos ojos pálidos se le arrugaron un poco por las comisuras.
—No son solo las mujeres —susurró—. ¿Por qué crees que Molly está tan preocupada por mi falta de amigos?
—Di por hecho que el que no tuvieras amigos se debía en gran parte a tu personalidad —dije en broma.
Se mordió el labio, que sonreía, y me recorrió otra oleada de calor.
—Te dije que me gusta cuando eres cruel conmigo. Empiezo a pensar que lo estás haciendo a propósito.
—Eso es porque tu ego no conoce límites de verdad.
Me seguía sujetando la barbilla, todavía acariciándola. Y yo se lo seguía permitiendo.
¿Por qué se lo seguía permitiendo?
Saqué la lengua para humedecerme los labios y, otra vez, eso captó su atención al momento. Esta vez se le oscureció la mirada y se le desvaneció la sonrisa.
Fui testigo de todas las señales. De todas. Los ojos vidriosos, la boca medio abierta, la inclinación.
Y aun así me pilló por sorpresa.
Aun así solté un grito ahogado cuando sus labios rozaron los míos, de una forma casi imperceptible. Aun así parpadeé asombrada cuando me recorrió un hormigueo en ese punto exacto. Pero no me aparté.
Jackson esperó, separándose tan solo un poquito para ver si salía huyendo. Pero me quedé clavada en el sitio, del todo embelesada. Lo hizo de nuevo, un ligero roce de sus labios en los míos, y cuando cerré los ojos, él…
Oh.
Uf. Ostras.
El primer acercamiento de los labios fue suave, como probando. El segundo me arrancó un débil gemido de la garganta. Moví las manos, recorriendo los bíceps con los que me envolvía. Me apretó contra él, justo antes de que se me levantaran los pies del suelo.
Le rodeé el cuello con los brazos y cualquier mínimo de coherencia que me quedara se derritió en una masa informe cuando me recorrió los labios con la lengua.
Se me escapó otro ruidito cuando abrí la boca.
Me aferré a él con más fuerza, tensando todo el cuerpo mientras cobraba vida.
Sabía a menta y a azúcar fundido, y cuando, con timidez, le di un lametón en la lengua, le vibró el pecho con un gemido de placer.
No podía respirar. Entre las chispas ardientes que me recorrían los pulmones y que Jackson me apretaba con fuerza contra él, me faltaba el aire. Y no parecía importarme.
¿Se suponía que así te hacían sentir los besos? Porque, la leche, lo había estado haciendo mal…
—Uy.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Y ahora qué, Mabel? Seguro que… ¡uy!
«Mierda».
«Mierda mierda mierda mierda mierda».
Se me paró el corazón cuando me llegaron las voces. Intenté apartarme de Jackson, pero él no cedía. Además, tenía en ese momento el labio superior atrapado entre sus dientes.
Hay que joderse.
—Fuera. ¡Fuera fuera fuera fuera! —dijo entre dientes una de las hermanas mientras yo me liberaba de los brazos de Jackson.
Ese hombre parecía una puta estatua de mármol.
Me había levantado más de treinta centímetros del suelo y aun así no mostraba ningún signo de haber hecho esfuerzo físico alguno.