Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 20
45%

Capítulo 20

El primer día siendo amiga de Jackson Sinclair estaba resultando ser tan inesperado como debería haberme esperado. Y no en el buen sentido.

—Jackson —lo regañé mientras seguía con los ojos clavados en la pantalla del portátil—, ya hemos hablado de esto.

Se giró un poco en la silla, todavía mirándome a la cara.

—¿Ah, sí?

No dejé de mover los dedos.

—Solo porque no tengas nada que hacer no significa que te tengas que quedar ahí sentado mirándome todo el día.

No sabía lo que le pagaban por dirigir esa empresa, pero podía decir con total seguridad que era demasiado.

—Somos amigos —dijo.

—Los amigos no se quedan ahí rondando y se miran fijamente durante todo el día.

Ladeó la cabeza con escepticismo.

—Eso no me cuadra mucho. Pero, por otro lado, no tengo ningún tipo de marco de referencia, así que podrías estar en lo cierto.

Y así, justo así, había sido toda mi mañana.

—¿Qué otras cosas no hacen los amigos? —me provocó.

Traté de ignorarlo mientras terminaba el correo electrónico para Alice y Mitch en el que les pedía que añadieran «muy sarcástico» y «sentido del humor sutil» de inmediato al expediente de Jackson. Lo de quedarme callada no tuvo el efecto deseado.

Apreté los dientes cuando Jackson arrastró su silla por todo el despacho. Los apreté con más fuerza cuando se desplomó en ella a mi lado, invadiendo mi espacio personal con toda su calidez y su aroma embriagador. Otra vez.

Se inclinó hacia mí.

—¿Qué estás haciendo, amiga?

Yo no era una persona violenta de forma innata, pero era bastante probable que para la hora del almuerzo el despacho de Jack­son se hubiera convertido en la escena de un crimen.

—Mi trabajo —dije—. Algunos tenemos que trabajar de verdad para que nos paguen.

—Pensaba que tu trabajo era prestarme atención.

¿Sabes a lo que me recordaba? Me recordaba a cuando Tobigote tenía uno de esos momentos en que solo quería arrumacos. Se sentaba en mi regazo y me maullaba a la cara exigiéndome atención.

—Ese no es mi trabajo. —Ese sí que era, en esencia, mi trabajo.

Incapaz de captar la indirecta, Jackson se inclinó todavía más para poder echar un vistazo por encima de mi hombro. Me volvieron todas las alergias de golpe: frecuencia cardiaca y temperatura corporal elevadas, piel de gallina, dificultad para respirar, náuseas.

—Vaya, qué maja —murmuró en tono de aprobación, añadiendo escalofríos y temblores a mi lista de síntomas que no dejaba de aumentar—. Estás contándoles a tus compañeros de trabajo lo divertido que te parezco.

Parecía. En pasado.

Ya había dejado de teclear.

De verdad, si mi futura pareja oliera la mitad de bien que Jack­son Sinclair, lo más probable es que me pasara la mayor parte de la relación con la cara hundida en el hueco de su cuello. Sobre todo si tenía un cuello bonito.

Seguro que también le obligaría a utilizar un montón de pajaritas.

—Jamie.

«Ya que estás haciendo una lista con lo que quieres que tenga tu futuro marido, añade también la voz de Jackson. Y su acento».

—¿Y ahora qué? —Había pretendido parecer más seca y exasperada al decirlo. ¿Por qué mi voz sonaba tan aterciopelada otra vez?

—¿Qué más te gusta de mí, amiga?

Madre mía. Nunca me había arrepentido de hacerme amiga de alguien tan rápido.

—Nada de nada —respondí, conteniendo una sonrisa—. ¿Y ahora podrías volver a tu propio rincón?

—Creo que estoy bien aquí. —Se acercó más, casi empujándome.

—Jackson —le advertí.

—¿Sí, amiga?

Tuve que tragarme una carcajada.

—Te voy a matar si no paras ya.

Sonrió.

—Ah, ya entiendo, una broma entre dos colegas. Lo he visto en la televisión.

Con esa me pilló. Fue más que nada la forma de decirlo. Lo dijo con tanto entusiasmo sincero que me vine abajo y se me escapó una risita resignada mientras me presionaba los ojos con las palmas de las manos.

Jackson soltó una risa triunfante por lo bajo. Había conseguido justo lo que quería.

«Mierda».

—Te odio —dije sin convicción.

—Solo te recuerdo que te lo has buscado tú solita.

—Para que conste, no sabía que sería así.

—¿Por qué? ¿No es así como funciona la amistad?

—Por favor, para ya. —Me estaban empezando a doler las mejillas.

—¿Puedes ser más clara con tus indicaciones? De verdad que con esto estoy en terreno desconocido.

—¡Jackson! ¡Vete!

—No, ¿ves?, sigues sin ser demasiado clara.

Me derrumbé sobre la mesa y hundí la cara en los brazos mientras se me escapaba otra carcajada de resignación. Al menos un diez por ciento de mis lágrimas eran de pura frustración.

Había creado un monstruo.

Cuando por fin dejé de reírme, me puse recta otra vez y me sequé las mejillas. Seguro que se me había corrido todo el maquillaje.

—No ha sido tan gracioso —dijo Jackson con una sonrisa.

—Suelo llorar con mucha facilidad cuando me río. Y es una maldición. —Tenía una vergonzosa cantidad de maquillaje waterproof y ese día no lo llevaba puesto.

—¿Se me ha corrido el maquillaje? —Me giré en la silla, enseñándole la cara para que lo comprobara. Para qué estaban los amigos, si no.

Jackson deslizó los ojos por mi cara, poco a poco, suavizando un poco la sonrisa cuando me pasó el nudillo por el pómulo para secar una lágrima. La caricia fue tan leve y delicada que apenas la sentí.

Entonces ¿por qué me recorrió un hormigueo por la espalda cuando lo hizo? ¿Por qué provocó que se me encogieran los dedos de los pies?

—No, está bien. —Dejó caer la mano.

Sentí una emoción muy poco apropiada en las entrañas y me di cuenta de que me estaba inclinando hacia delante, reduciendo la ya escasa distancia entre nuestros cuerpos.

Me puse tensa, y esperaba que él no se hubiera dado cuenta.

—Gracias —murmuré mientras me volvía a poner recta. Era su puñetera colonia. Era como hierba gatera para mí. Quería restregarme en ella.

¿Era algo raro? Nunca antes había anhelado restregarme en el aroma de otra persona. Por otro lado, nunca había conocido a nadie con un olor tan increíble y embriagador.

—Jamie.

Mierda, y también me encantaba cómo decía mi nombre. Esa estúpida voz era tan seductora como su estúpida colonia.

—¿Sigue en pie lo de tomar algo esta noche? —preguntó.

¿A qué se refería con lo de «sigue»?

—Nunca dije que sí a lo de tomar una copa.

—Tampoco dijiste que no.

Torcí la boca.

—No nos hace falta una tercera evaluación. Has aprobado. Podemos cancelar lo del asesoramiento y las citas supervisadas.

Esperaba que al menos me dedicara una sonrisita de «te lo dije» (y luego, con suerte, que me dejara en paz). En cambio dijo:

—¿Qué? ¿Los amigos no pueden tomar una copa juntos?

¿Eso era todo?

¿Esa era su reacción después de decirle que no tenía que hacer todo el rollo del asesoramiento por el que llevábamos discutiendo toda una semana?

Lo estudié con los ojos entrecerrados. Eso ya fue la guinda del pastel de su extraño comportamiento.

—¿Qué es lo que te pasa?

Se encogió de hombros, casi con demasiada despreocupación.

—Nada. ¿Por qué? ¿Y a ti qué es lo que te pasa?

—Alergias —murmuré sin pensar. Tenía la cabeza ocupada diseñando una especie de test experimental. Uno que decidí llevar a cabo en ese mismo momento.

»Pero ¿sabes qué? Según mi criterio profesional, sigo pensando que de verdad podrías sacar partido del asesoramiento. Solo porque no sea obligatorio no significa…

Arrugó la frente.

—¿Qué alergias?

«Ein».

—¿Lo has oído?

—Sí. ¿Por qué no me dijiste que tenías alergias antes de mudarte aquí? ¿Son las rosas?

¿Qué?

—No. No me refería a eso.

—¿A qué eres alérgica entonces?

—A nada.

—Jamie, vamos a vivir juntos otras tres semanas. Tal vez deberías decirme a qué eres alérgica.

—No soy alérgica a nada. —Tenía las mejillas ardiendo.

—Pero acabas de decir que…

—No me refería a eso —repetí.

—De acuerdo, entonces dime a qué te referías.

Tenía el corazón a mil.

—Nada. Es solo… Vuelve a tu sitio —dije—. No puedo pensar cuando estás…

Por suerte, me mordí la lengua a tiempo.

Por desgracia, ya era demasiado tarde.

Vi el momento exacto en el que su mente hizo clic; contemplé ese brillo de entendimiento en sus ojos.

—Cuando estoy ¿qué?

Debí mover la garganta cuando tragué saliva porque captó su atención. Y seguro que también podía notar mi pulso acelerado en el cuello. Quizá por eso entreabrió la boca de esa manera.

—Jackson.

Volvió a mirarme a los ojos. Los suyos estaban irreconocibles, apenas les quedaba un poquito de azul.

Volví a tragar saliva.

—¿Sabes cuando has preguntado qué es lo que no hacen los amigos?

Sin respuesta.

—Porque esto estaría de lo primero en la lista. Los amigos no, eh, se sientan así de cerca.

«Hipócrita. Te estás inclinando tú más que él».

Y aun así no hice nada por corregirlo.

—¿Estás segura? —dijo Jackson en tono de broma, esbozando una leve sonrisa.

—Bastante, sí.

No se movió.

—¿Y los amigos suelen evitar las preguntas del otro como tú sigues evitando las mías?

Ese tono seductor hizo que el aire se volviera pesado. Como si no me estuviera costando ya respirar.

—No puedo ir a tomar nada contigo esta noche —dije—. Tobigote sigue cabreado por lo del incidente del espejo y le hacen falta sus buenas cuatro horas de arrumacos para superar el trauma.

Todo mentira. Se había recuperado de toda la historia bastante rápido. A ver, se había medio sentado en mi cara mientras se lamía el culo esa mañana, pero, ya sabes, podría haber sido todo mucho peor.

—¿No se puede ocupar de los arrumacos el cuidador? —preguntó Jackson, y parecía que lo decía en serio—. Adrien, creo que dijiste que se llamaba.

Solté otra carcajada.

—Madre mía, estás obsesionado con él.

—¿No lo está todo el mundo?

—Es bastante encantador.

Jackson resopló con desdén.

—¿Sabes una cosa? La mayoría de las mujeres, y algunos hombres, dirían lo mismo sobre mí.

—Eso no me cuadra mucho.

Casi le brillaron los ojos cuando reflejaron su sonrisa. Soltó una risita.

Ostras, sí que le gustaba cuando era cruel con él. Qué rarito era.

—Adrien no es el cuidador de Tobigote —le aclaré, aunque él ya lo sabía—. Es un amigo.

Una pequeña pausa.

—¿Como tú y yo?

Se me aceleró el pulso. No. No tenía nada que ver en absoluto con eso.

—Está casado con mi mejor amiga —le expliqué, sin saber muy bien qué otra cosa responderle—. Así que es como una especie de cuñado.

—Ah. —Torció la boca con un gesto que, según trataba de convencerme mi cerebro, era de alivio—. ¿Y cómo es que Gato lo quiere tanto?

Me encogí de hombros.

—Sé lo mismo que tú. ¿Puede ser algo relacionado con el olor? Además, Adrien lo mima muchísimo, así que el cariño ha ido aumentando con el tiempo.

Cuando estaban juntos era algo casi ridículo.

—Lo mima ¿cómo exactamente?

—¿Sabes lo mimado que está Harry, el gato calvo de tu tía? ¿Con su collar de diamantes y todo eso? —Cuando asintió dije—: Un juego de niños. No has visto nada.

Jackson soltó una carcajada.

—¿En serio?

—Al día siguiente de haberlo conocido, Adrien le compró el árbol gatuno más enorme y elaborado que hayas visto en tu vida.

Tenía un trono, tal cual, y varias hamacas.

—Levanté la mano cuando abrió la boca para decir algo—.

Y ni siquiera he empezado todavía. Tobigote tiene su propio cuarto en el ático de Adrien desde incluso antes de que Ria y él se comprometieran.

Es más grande que mi apartamento actual y mucho más bonito. También tiene un trono.

—Eso no es nada.

—Le preparan la comida en Suiza, según sus gustos personales. Hicieron falta dos semanas de pruebas para perfeccionar la receta.

—¿Y ya está? ¿Solo hace falta eso?

—Vale, ¿sabes qué? Que no lo entiendas no es culpa mía.

—¿Acaso entiendes lo que significa «mimar»? —Tenía las cejas bien apretadas, como si de algún modo lo hubiera insultado.

Eso ya fue demasiado. Levanté los ojos al techo mientras echaba un poco hacia atrás la silla.

—De acuerdo.

—¿Comida suiza, Jamie?

—Vale.

—¿Eso es para ti el sumun de la alta cocina felina?

—Estás siendo grosero. Vete ya.

Para mi sorpresa, en esa ocasión no me lo discutió. Y lo que me sorprendió aún más, arrastró la silla hasta su mesa, se sentó y empezó a teclear.

Y durante las siguientes seis horas creí que, por primera vez desde que había empezado a perseguirlo a todas partes, Jackson Sinclair estaba trabajando de verdad.

Me equivocaba.