Capítulo 19
Jackson juró entre dientes mientras agarraba con fuerza la tela y tiraba de ella para intentar, sin éxito, bajar la cremallera rota.
—Te lo he dicho —dije—. Estoy atrapada de verdad.
Me soltó.
—Lo voy a cortar.
—¿Qué? ¡Nooo!
Bordeó la mesa de la esquina de su cuarto y cogió un par de tijeras del primer cajón.
—Date la vuelta.
Crucé los brazos por el pecho en un gesto protector.
—Desde luego que no.
—¿Por qué? ¿Qué problema hay?
—¿Has visto este vestido? No te voy a permitir acercarte a él con eso en la mano.
Me miró de arriba abajo, tomándose su tiempo.
—Ya, es una pena. —Apretó los labios—. Supongo que te tendré que comprar uno nuevo.
Se acercó a mí con grandes pasos, abriendo y cerrando las tijeras de forma amenazadora. Cuando di con la espalda en la pared, inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Prefieres que lo rompa con las manos otra vez?
El recuerdo fugaz de aquel momento consiguió que me diera un vuelco el corazón y que se prendiera una chispa de calor en mi interior. Como no respondí, desistió y lanzó las tijeras a la cama.
—Con las manos entonces.
Me arrimé más a la dura protección que me ofrecía la pared.
—No, espera. Primero dime lo que ha costado.
Frunció el ceño.
—¿Cómo voy a saberlo?
Vale. ¿En qué estaba pensando?
—Pregúntaselo a tu asistente.
Frunció aún más el ceño.
—¿Cómo va a saberlo él?
—¿No guarda las facturas para, yo que sé, enviárselas a tus contables o algo así?
—Lo haría si lo hubiera comprado él.
—¿Y no ha sido así?
—No.
—Entonces ¿quién?
—Yo.
Parpadeé primero hacia él y luego hacia el vestido.
—Un momento, ¿lo elegiste tú?
—Sí. —Y luego—: ¿No estaba claro?
Negué despacio con la cabeza.
—¿Los zapatos también?
Asintió.
—¿Qué crees que estaba haciendo en el ordenador aquella tarde?
—Tu trabajo.
Me miró con cara de disgusto.
—Era después del almuerzo, Jamie.
—Vale, ¿sabes qué? Has pasado de no tener sentido del humor a tener demasiado.
Soltó una risita haciendo un giro con el dedo.
—Date la vuelta.
Otra orden en voz baja pero firme.
Tragué saliva.
—Vale. Vamos a hablar en serio ahora que somos amigos.
Tal vez no pueda pagarte de inmediato si esta cosa cuesta alrededor de lo que me estoy imaginando.
Tendrás que esperar hasta que me llegue el resto del bonus cuando terminen nuestros treinta días.
O tal vez un poco más dependiendo de lo que cueste reemplazar el espejo. ¿Te importa?
Cuanto más hablaba yo, más arrugaba la frente él.
—No vas a pagarme un espejo que se te ha caído en la cabeza porque no estaba bien fijado a la pared.
En cualquier caso, deberías demandarme. —Me dio un golpecito con el nudillo en la sien como si fuera una cabeza hueca—.
Y el vestido es un regalo. ¿Los amigos suelen pagar a sus amigos los regalos que se hacen?
—A ver, no…
—Fantástico. ¿Ahora puedo cortar el vestido para quitártelo?
En realidad, eso debería haberme tranquilizado y resuelto mis dudas. Pero en lugar de bajar los brazos y permitirle que me liberara de otro vestido como si fuera Hulk, los apreté con más fuerza en torno a mí, tratando de proteger la tela por un montón de motivos nuevos.
—De verdad que ahora no te puedo dejar tocarlo.
Jackson soltó un fuerte suspiro, aunque iba acompañado de una sonrisa a regañadientes.
—¿Y eso por qué?
Levanté la barbilla.
—Me lo ha regalado un amigo.
Sacó la lengua para humedecerse los labios, que ahora torcía, y los miré sin querer. Cambiando totalmente de tema, seguía con la pajarita puesta.
—Jamie, llevamos siendo amigos un total de unos seis minutos.
—No me importa.
—Te compraré diez nuevos. Dos en cada color.
Un momento, ¿El Vestido venía en cuatro colores más? ¿Qué colores? ¿Eran todos tonos pastel o…? ¿Sabes qué?, no.
—Este tiene un valor sentimental.
—¿Qué tal si volvemos a lo de odiarnos por un segundo? ¿Entonces me dejarás que lo rompa?
Apreté los labios y negué con la cabeza.
—Lo siento, colega. Así no es como funciona.
—Entonces no se me ocurre nada más.
Me mordí el carrillo por dentro, mirando de nuevo las tijeras.
—¿Qué tal se te da seguir instrucciones?
Nos costó ocho minutos, un montón de tacos cosquilleándome en la nuca y una serie de instrucciones muy concretas, pero Jackson consiguió cortar con cuidado por la costura de la cremallera sin dañar el vestido sin querer.
Contuve el aliento durante todo el proceso.
—Ya está —murmuró—. Hecho.
No sabía cómo de cerca estaba exactamente, pero no hacía más que contenerme para no inclinarme hacia atrás, hacia su calidez. Ese hombre era toda una estufa. Y olía de maravilla, tengo que insistir en ello. Nunca había conocido a un ser humano que oliera tan bien.
—Gracias. —Lo dije con más suavidad de lo que pretendía.
Jackson se apartó.
Lo supe porque se llevó todo el calor con él.
—Ven conmigo.
Traté de salir de esa nueva niebla mental y seguí a Jackson hasta… «Ostras».
—¿Eso es tu armario? —Era el doble de grande que mi estudio y mucho más bonito. Había tres sofás dentro. ¡Tres! Y dos lámparas de araña. ¡Dos!
Las paredes estaban repletas de trajes elegantes, baldas que llegaban hasta el techo llenas de zapatos y expositores de cristal con relojes, corbatas y gemelos.
—Toma. —Mientras estaba mirando todo boquiabierta, Jackson había cogido una sudadera enorme que ahora me tendía. Nunca lo hubiera tomado por un tío que llevara sudadera.
—Se te está cayendo el vestido, así que… —Dejó la frase en el aire para carraspear—. Mejor si te pones esto.
—Gracias.
¿Era yo o estaba haciendo todo lo posible por evitar el contacto visual?
—Entonces te… esperaré fuera —murmuró.
En cuanto me cambié (y admiré todo un poco más), volví corriendo al dormitorio de Jackson, abrazando en el pecho el vestido bien doblado.
—No sé si ya te lo han dicho, pero tu vestidor es un auténtico sueño. ¿Cuántos trajes crees que tienes? Más o menos.
Soltó una risita, quitándose la chaqueta.
—Te puedo dar el número exacto: uno de mis asistentes lleva una hoja de cálculo con… —Se quedó callado al verme. Pestañeó.
—¿Qué? —pregunté, echándome un vistazo. Su sudadera me llegaba hasta los pies. No había nada que mirar, tal cual.
Incluso con la poca luz que había, juro que pude ver cómo se sonrojaba un poco. Durante un instante creí que podía ser rabia, pero tenía los ojos demasiado vidriosos como para eso.
No dijo nada.
Me moví en el sitio, colocándome un rizo tras la oreja, un poco cohibida. Mi cabeza decidió recordarme en ese mismo momento que a Jackson le gustaban las mujeres altas.
Parpadeó para salir del ensimismamiento en el que estaba justo antes de levantar la mirada al techo y decidir dejarla ahí. Se metió los puños en los bolsillos del pantalón (con bastante brusquedad, debo añadir) y apartó el torso de mí.
—Se está haciendo tarde —le dijo al aplique de luz que había encima de su cabeza—. ¿Sabes cómo volver a tu suite?
Vale, supongo que ya no le apetecía pasar el rato.
—Eh… sí —dije, confundida por la repentina incomodidad. Y yo que pensaba que estábamos haciendo progresos—. Memoricé todo el plano después de aquella vez que me perdí, así que… no creo que tenga problema.
Su única reacción fue un breve asentimiento con la cabeza.
Mensaje recibido.
Ignorando la extraña e inesperada punzada de decepción, me dirigí hacia la puerta doble.
—Un segundo, ¿puedo coger antes la escoba?
Estaba tan tenso que me sorprendió que no le rechinaran los hombros cuando se pasó la mano por el pelo, irritado. Sin responderme, se metió en el baño y no volvió a salir. Ni siquiera para darme la estúpida escoba.
Mucho había durado lo de ser amigos.
—Buenas noches para ti también —murmuré entre dientes.
Cuando entré en la suite ya no había cristales rotos. Lo habían limpiado todo.