Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Se topó con los dedos con una de las horquillas que me sujetaban el recogido, se quedó parado un instante y luego tiró. Un pequeño mechón de rizos cayó suelto sobre mi hombro. Vi cómo su mirada seguía el movimiento con la mano paralizada en el aire.

Me moví en el sofá, sintiendo un extraño calor de golpe.

—Si no estás contento con el grado de participación que hemos tenido durante la evaluación, lo tendré en cuenta.

No es que me hiciera falta. Había aprobado de sobra.

—O… —Soltó otro montón de rizos y juro que vi un brillo fugaz en sus pupilas—. Podríamos volverlo a intentar.

Parpadeé.

—¿Quieres hacer otra evaluación?

De nuevo ese gesto en la boca.

—Una tercera cita, sí.

Se me aceleró el pulso. «Evaluación» era un término más correcto; no tenía por qué seguir diciendo «cita».

No eran citas. Charmed tenía una política muy estricta de tolerancia cero respecto a las citas con los clientes. Suponían un grave conflicto de intereses.

—Algo un poco más íntimo esta vez —siguió diciendo Jackson—. Para que podamos hablar de verdad. Así, tendrás datos más precisos con los que trabajar.

Soltó la última horquilla. Toda la melena cayó suelta.

Entreabrió los labios y entrecerró los ojos un poco. Me levanté, cohibida, con ganas de alisarla y ahuecarla para ponerla bien, pero me cogió de la muñeca antes de que pudiera tocar ni un solo rizo. No me agarraba con fuerza o violencia, pero desde luego que era un gesto… autoritario.

—Déjame que te quite todos los trocitos de cristal antes. No quiero que te cortes.

—¿Desde cuándo te importa si me hago daño?

Lo más probable es que pudiera sentir en la muñeca lo acelerado que tenía el pulso. Tal vez por eso fruncía el ceño.

—Soy un imbécil, no un monstruo. —Lo dijo con suavidad, sin un ápice de veneno en la voz. Luego me puso la mano en el regazo y volvió a concentrarse en la tarea que estaba haciendo.

Jackson Sinclair me estaba pasando los dedos con delicadeza por el pelo para que no me cortara con un trocito de cristal. ¿Qué estaba pasando? La cita se había terminado. No tenía ninguna necesidad de continuar con la farsa.

—Jamie —dijo, y yo volví a clavar los ojos sin querer en su boca—, tómate una copa conmigo mañana por la noche. Después del trabajo.

El nivel de oxígeno de la habitación se había reducido de manera considerable desde que habíamos entrado en ella.

—¿No deberías esperar hasta tener los resultados? Si apruebas, no tiene sentido hacer otra evaluación.

Chasqueó la lengua.

—Apenas hemos hablado. Los resultados estarán basados en datos incompletos y no querrás que pase eso, ¿no?

—Ya, pero ya he tenido dos citas falsas contigo hasta ahora y en ambas he terminado con lo que podrían llamarse daños físicos. Sin lugar a dudas el universo trata de decirnos algo y me dan ganas de hacerle caso.

Se rio entre dientes de nuevo.

—De acuerdo, pues digamos que esta es una cita real. Ya sabes, para así poder apaciguar al poderoso universo.

Entrecerré los ojos.

—Te estás riendo de mí.

—Ni se me ocurriría, señorita Paquin. Creo firmemente que el cosmos está conspirando para que no tengamos más citas falsas y está expresando sus quejas por medio de espantosos intentos de asesinato.

Creo que eso tiene toda la lógica del mundo y por eso digo que deberíamos tener una cita de verdad, a ver si así le gusta más.

Me crucé de brazos.

—Si no te conociera, pensaría que quieres tener una cita conmigo.

—Menuda tontería. —Seguía pasándome los dedos por el pelo, aunque ya no sacaba más cristales—. Solo quiero asegurarme de que tienes todos los datos necesarios para hacer tu trabajo.

—Tú no quieres que haga mi trabajo —señalé—. Es más, durante los últimos nueve meses has hecho todo lo posible para dificultarme al máximo hacer mi trabajo.

—Otro error de cálculo.

¿Y eso qué significaba?

—¿Qué tiene que ver un error de cálculo con que no hayas hecho nuestros test de personalidad?

Suspiró.

—¿Qué te parecería si alguien te estuviera chantajeando para que participaras en citas a ciegas? ¿Le facilitarías las cosas?

Apreté los dientes. Ahí tenía razón.

—No trataba de complicarte la vida. Solo estaba…

—Se quedó callado, frotándose la mandíbula con la mano—.

Te pido perdón por mi comportamiento de aquella noche, pero solo quiero que sepas que tenía mis motivos.

Y estoy dispuesto a asumir parte de la responsabilidad por haberte complicado la vida laboral, pero tu jefa también tiene la culpa.

Yo no te obligué a trabajar todas esas horas extra, Jamie.

De nuevo, tenía razón.

Arrastré los dientes por el labio superior, reflexionando.

—Yo también lo siento —dije por fin. Era lo justo—. Estaba… quemada y frustrada, y creo que te he culpado un poco más de lo que te merecías.

Asintió.

—Te lo agradezco.

Míranos, siendo maduros y civilizados.

—Bien. —Y no sé por qué motivo, me acordé justo en ese momento de lo que me había pedido Molly.

«Le vendría muy bien un amigo. Alguien de su edad. Alguien a quien no tenga a sueldo».

Así, que tras un largo y denso silencio, durante el que cruzamos las miradas en otra competición que nos dejó sin aliento, dije:

—Oye, ¿te gustaría… tal vez quisieras que rebajáramos un poco, eh, esta hostilidad que nos traemos y quizá… podríamos intentar ser amigos o algo así?

Ese era el nivel de elocuencia al que podía llegar para expresar una idea que tenía muchas posibilidades de ser rechazada al momento.

Como era de esperar, observé un pequeño gesto de sorpresa en la ceja de Jackson.

—Quieres ser mi «amiga».

No entendí el énfasis que puso en esa palabra ni por qué entrecerró los ojos al decirla, pero dije:

—No sé. ¿Por qué no?

No respondió. No era una buena señal.

—A ver, para ser sincera, esto de odiarnos ya está empezando a cansar, ¿no crees? —Al parecer, no tenía una personalidad del todo adecuada para la venganza. Estar en una guerra emocional con otro ser humano era agotador.

No estaba segura de si iba a ser capaz de hacerlo durante todo un mes.

—Y entonces, te gustaría que fuéramos… «amigos».

Quedaba claro que le parecía una idea terrible.

—Bueno, tal vez podríamos empezar por ser un poco más civilizados.

En ese momento ya tenía los ojos tan entornados que parecían cuchillas.

—¿Te ha animado Molly a hacer esto?

Tiré de la cabeza hacia atrás.

—¿Qué? No. Claro que no. ¿Por qué ibas a… pensar que…?

Lo sabía. Me miraba como si lo supiera con certeza.

—Tal vez… —admití con un suspiro.

Jackson se apretó el puente de la nariz, indignado. Aunque también parecía como si estuviera tratando de contener una sonrisa. Antes de que pudiera echarme atrás, me lancé de lleno.

—No pasa nada, a nadie le sorprende que no tengas amigos.

Soltó una risita por lo bajo, pero seguía con los ojos cerrados.

—Joder, ¿qué voy a hacer con esas dos?

Sonreí.

—Se preocupan mucho por ti. La verdad es que es muy tierno.

Cuando por fin dejó caer la mano y abrió los ojos, relucían.

—Tengo amigos, Jamie —afirmó, con un leve rubor en las mejillas.

—Claro que sí, colega.

—De verdad —insistió.

Sonreí con más ganas, elevando las mejillas.

—Entonces ¿eso significa que no quieres ser amigo mío?

Me estudió durante un instante.

—¿Qué implicaría exactamente?

Enarqué una ceja, pero antes de que se me ocurriera una respuesta ingeniosa, dijo:

—Te he mentido. No tengo amigos. Vas a tener que guiarme durante todo el proceso.

Se me escapó una risita antes de poder evitarlo. «Mierda». A Jackson se le marcaron las arrugas de los ojos mientras contemplaba cómo me reía.

—Creo que puedo hacer eso —dije por fin—. Ya soy tu consultora de citas, así que ¿por qué no?

—Entonces supongo que tenemos un trato.

El corazón se me puso a dar saltitos ante la idea de ser amiga de Jackson Sinclair. Era excesivo.

—Genial.

Carraspeó un poco y se puso derecho, con las palmas sobre las rodillas.

—Entonces ¿ahora qué? ¿Quieres que pasemos el rato o…?

—Sí, claro. Pero lo primero es lo primero —dije—. Como amigo, necesito de forma oficial que cumplas lo que has dicho antes y me quites la ropa.

Se puso recto. Parpadeó.

—Lo digo en serio —dije—. Estoy atrapada.