Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

«Ay».

Pestañeé contra la tela rosa cuando sentí una punzada de dolor en la coronilla. Bajé los brazos con cuidado, tirando del vestido para poder ver…

Bam. Bam. Bam.

—¿Jamie?

Dos cosas. Una, ese ruido de algo haciéndose añicos había sido el espejo del tocador. El muy grande y ahora muy roto espejo, convertido en millones de trocitos diminutos. Dos, Jackson llamó con tanta fuerza a la puerta que me pegó un susto de muerte.

Se iba a cabrear muchísimo.

—¿Sí? —dije con voz trémula, buscando a Tobigote por toda la habitación. Ya no estaba en la cama.

—¿Estás bien? ¿Qué ha sido ese ruido?

Me mordí el labio, valorando los daños. Había cristales por todas partes. Por todo mi cuerpo, en el suelo, rodeando mis pies descalzos.

—Jamie.

No sabría decir si de verdad parecía asustado o si yo le estaba atribuyendo emociones como si fuera algún tipo de mecanismo de defensa. En ese momento era mejor que estuviera asustado que cabreado.

—Eh… estoy bien.

Una pausa.

—No parece que estés bien.

—Ah.

Eso fue todo. Eso fue todo lo que se me ocurrió responder.

—¿Puedo pasar?

—Espera, déjame… —¿Qué? ¿Cómo se supone que iba a limpiar todo eso sin ayuda? No es que pudiera caminar descalza por encima de todos esos cristales para ir a por lo necesario para limpiarlos.

Además, tampoco sabía dónde se guardaban las escobas en esa casa, pero seguro que no era en mi suite. En cualquier caso, iba a ver todo el desastre.

—Vale —dije por fin—. Entra.

La manilla ya se estaba girando antes incluso de que le acabara de dar permiso con la voz entrecortada. Jackson entró en la habitación decidido y se quedó paralizado al verme.

—Eh, de verdad que tienes que dejar de merodear por mi suite como un acosador, bicho raro.

Jackson estaba evaluando toda la situación, mirándome a mí y luego al suelo.

—Tienes cristales por el cuerpo —dijo sin inmutarse. Era una afirmación. No había ningún tipo de emoción tras esa frase.

—Ah, ya, es porque se me ha caído el espejo en la cabeza.

Le brillaron los ojos y se le tensaron los hombros.

—Creo que puede que tu casa esté tratando de asesinarme —dije con un susurro.

Pero no sonrió. No tenía sentido del humor.

Carraspeé despacio.

—Ya sabes, porque primero todo lo de la piscina y ahora esto —expliqué—. O puede que el universo trate de decirnos que dejemos de tener citas. A ver, ya sé que no crees en todo ese rollo, pero ¿cómo lo explicas si no?

Dos citas de mentira que casi acaban en muerte de verdad.

Parecía que Jackson no me estaba escuchando. Solo se acercó despacio, con el cristal crujiendo bajo sus elegantes zapatos negros.

—¿Estás bien? —me preguntó con amabilidad cuando llegó hasta mí.

—No me podía quitar el vestido. He roto la cremallera al intentarlo. Te lo pagaré, desde luego, pero igual tenemos que acordar un plan de pago si está hecho de colmillos de mamut o algo así. En cualquier caso, acabaré devolviéndotelo…

—Jamie. —Me puso los nudillos con delicadeza debajo de la barbilla y me levantó la cabeza para poder verme bien—. ¿Estás. Bien?

Para mi sorpresa, se me formó un nudo de emoción inesperada en la garganta. No parecía capaz de deshacerlo.

—Eso creo. No estoy sangrando ni nada…

De ser así, me habría dado cuenta.

Jackson asintió, pero no bajó la mano.

—Te voy a levantar, ¿vale?

Me lo pensé, aunque no había mucho en lo que pensar. No podía moverme.

—Vale —acepté después de deliberarlo demasiado sin ninguna necesidad—. Pero ¿antes puedes ver dónde está Tobigote? Puede que esté debajo de la cama o escondido en el baño o algo así. No he visto por dónde se ha escapado.

Por cómo arrugó el entrecejo entendí que estaba a punto de replicarme, así que negué con la cabeza.

—Él primero.

—Estás siendo irracional. Déjame al menos…

Volví a negar con la cabeza.

—Tengo que asegurarme de que no está herido. Hay cristales en la cama.

Jackson apretó los labios con evidente descontento.

—De acuerdo —dijo, pero sin parecer demasiado feliz al respecto.

Más cristales crujiendo bajo sus pies mientras se acercaba a la cama y echaba un vistazo debajo. Luego en el baño. Y por último, en el vestidor.

—Hola otra vez, Gato.

Estiré el cuello.

—¿Está bien?

Jackson ladeó la cabeza.

—Físicamente sí. Pero parece bastante rabioso. Está sacando los colmillos y todo.

Ya. Claro.

—No entres. Solo… cierra la puerta despacio para que no salga hasta que limpie todo esto. —Seguro que estaba demasiado asustado como para salir de ahí en breve, pero por si las moscas.

Jackson me lanzó una mirada, frunciendo el ceño y con un gesto de confusión.

—¿Qué? —pregunté. ¿Qué había dicho?

Cerró la puerta del vestidor y se acercó de nuevo a mí, que solo podía estar ahí esperando como una inútil.

—¿Se te ha metido algo por dentro del vestido?

Una fantástica pregunta. Palpé sobre el vestido en busca de bordes afilados o pinchazos incómodos.

—Creo que no.

Entonces, con un solo movimiento fluido, me cogió en brazos como si fuera más ligera que una pluma.

Puede que soltara un gritito ahogado.

Puede que también me pusiera un poquito roja cuando el gritito captó su atención. Durante un segundo, nuestras miradas se encontraron.

Tal vez dos segundos.

Tres.

—Me puedes dejar cerca de la puerta —dije—. Y si me dices dónde están las escobas te lo agradecería.

Me volvió a mirar confundido y con la frente arrugada, así que decidí aclarárselo.

—Tobigote se pone nervioso con la aspiradora. Será mejor utilizar la escoba hasta que se calme. Y oye, ¿no se te cansan los brazos?

Yo ya estaría agotada.

Aunque en realidad, Jackson estaba muy… mazado.

—¿Gato estará bien si lo dejamos solo un ratito? —preguntó, aún mirándome a través de esas pestañas tan tupidas.

—Sí, no va a querer salir de ahí en un buen rato, supongo.

—Bien. —Me sacó de la habitación.

—Un momento, ¿adónde vamos?

—A buscarte una escoba —respondió con indiferencia.

—Puedo ir andando.

—Ni siquiera sabes dónde está.

Torcí el gesto.

—Eso no te lo puedo discutir.

Resultó que el armario de las escobas estaba en la segunda planta del ático. Solo que no era el armario de las escobas.

Miré a Jackson con la mayor indiferencia y frialdad que pude expresar cuando me dejó en el sofá… de lo que solo podía ser su cuarto.

—Quieta —me ordenó.

Me puse de pie en cuanto entró en el baño de la habitación. No sé lo que tenía pensado hacer, pero seguro que me arrepentía si no me escapaba a hurtadillas mientras tuviera la posibilidad.

Por desgracia, ni siquiera llegué a las escaleras.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —pregunté cuando, de nuevo, me volvió a coger en brazos—. Capacidad de seguir instrucciones sencillas: muy deficiente.

Lo miré con los ojos entornados.

—No puedes ir por ahí levantando a mujeres en brazos sin pedir antes permiso.

—Nadie se ha quejado hasta ahora.

—No sé si ya te he dicho esto, pero te juro que a veces no eres más que una enorme red flag andante.

Se le movió la garganta al reírse entre dientes. Ay, la pajarita.

—Deberías añadirlo a mi expediente —dijo.

Me volvió a dejar sobre el sofá de piel oscura otra vez. Pero en esta ocasión, Jackson se sentó a mi lado, invadiendo mi espacio personal.

—¿De verdad tenemos que estar tan cerca?

—¿En qué parte de la cabeza te has dado? —preguntó, inclinándose un poco más. Su aroma flotaba por todas partes y se me impregnaba en la piel.

—Justo… aquí. —Me palpé la cabeza hasta que encontré el golpe. Ya estaba empezando a salirme un bulto y había unos cuantos cristales enredados entre mis rizos, pero por lo menos no sangraba.

—¿Te duele?

Dejé los dedos quietos.

—¿Por qué? —¿Qué es lo que quería?

Torció la boca en una media sonrisa.

—De verdad que no confías nada en mí.

Ni un poquito.

—Ya hemos pasado por esto.

—Y no te impresiono. Lo más mínimo.

Fruncí el ceño mientras me volvía a pasar los dedos por el chichón. Me dolía cuando lo tocaba. Entonces, ¿por qué seguía tocándolo?

—¿Te escuchas cuando dices cosas así? —pregunté—. En serio, ¿sabes lo arrogante que pareces?

Esa media sonrisa se intensificó.

—Y eso tampoco te gusta. La arrogancia.

Dejé caer la mano. ¿Por qué actuaba de forma tan rara?

—¿Forma parte esto de lo de «hacerme la vida imposible»? —¿O seguía intentando desarmarme?

Soltó una risita y luego estiró el brazo para retirarme un trocito de cristal del pelo.

—¿Y qué tal crees que ha ido nuestra cita? —preguntó, pasando totalmente de mi pregunta.

Me encogí de hombros, un poco distraída por todas las extrañas sensaciones que me anidaban en el pecho mientras él sacaba otra esquirla, que colocó con cuidado en la mesita auxiliar que había a su izquierda.

—Tendrás que esperar a mañana para los resultados de la evaluación. —Jugueteé con la falda del vestido mientras Jackson seguía quitándome con delicadeza trocitos de cristal de mi moño medio deshecho—. ¿Tú cómo crees que ha ido?

No lo preguntaba por mí, como es obvio. No importaba lo que pensara de mí como cita. Pero era un cliente, y la opinión de un cliente era, eh, importante.

«Claro, porque has sido taaan profesional durante todo este proceso Inmersivo. Y te has esforzado taaanto por saber su opinión».

Tuve que contenerme para que no se me notara la vergüenza. Puede que hubiera una pequeña posibilidad de que parte de mi comportamiento estuviera empezando a pasarme factura.

Jackson me miró a los ojos y torció el gesto en una sonrisita irónica.

—Como te he dicho antes, he cometido un error de cálculo.

—De verdad que no sé a lo que te refieres con eso.

Esos labios… Vale, ¿sabes qué?, de verdad que tenía que dejar de prestar tanta atención a esa boca antes de que las cosas se pusieran incómodas.

—Me refiero, señorita Paquin, a que no estoy lo que se dice acostumbrado a competir por la atención de mi cita. —Otro trocito de espejo en la mesa—. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que pudieras estar más interesada en conversar con Damien que conmigo. No hasta que llegamos allí, al menos.

—Se llama Daniel. —Se me estaba empezando a secar la garganta.

Otro tic en los labios. Los estaba mirando demasiado. Era muy poco apropiado.

—Vale.