Capítulo 17
Podría decirse que el trayecto de vuelta en helicóptero fue hasta más impresionante que el primero, con ese cielo oscuro y las luces de la ciudad. Por desgracia, también fue silencioso a más no poder.
Ninguno dijo nada durante todo el viaje. En lo que respecta a Jackson, lo más probable es que fuera porque la evaluación se había terminado y ya no tenía motivos para hablar conmigo.
En cuanto a mí, fue más… Bueno, en realidad no lo sabía. Me sentía rara.
En un momento dado del vuelo, la mano de Jackson rozó sin querer la mía en el reposabrazos, ¿y sabes lo que ocurrió? Se me cortó el aliento, se me encogió el estómago y se me retorció el dedo meñique como si quisiera que lo hiciera otra vez. Apenas me había tocado.
Después de eso, me pareció ver que se ponía recto de una forma que indicaba que estaba a punto de decir algo, pero por lo visto cambió de opinión. Y cuando aterrizamos, ya no podía aguantar más esa tensión. Era más que asfixiante.
—Podemos hablar de los resultados de tu evaluación mañana —dije en un tono que esperaba que sonara tranquilo y profesional en cuanto entramos al ático—. Gracias por la cena. Que descanses.
Y esa noche tenía una sintonía tan extraña con él que pude sentir su mirada en mi espalda cuando me iba, casi como una leve caricia.
Tras entrar en mi suite , cerré con un portazo más fuerte de lo que había pretendido, haciendo que Tobigote se incorporara, vigilante.
—Lo siento —mascullé mientras me desataba la tira de los zapatos.
Bostezó antes de darse la vuelta en la cama, mirándome con expectación. Me exigía que le frotara la tripa para aceptar mi disculpa.
Solté una suave carcajada mientras desaparecía parte de la tensión que cargaba sobre los hombros.
—Dame un minuto, tengo que quitarme esto…
«Pero ¿qué narices pasa?».
Tiré de la cremallera con más fuerza, sintiendo que el brazo retorcido gemía por la tensión y la presión añadidas. La cremallera no cedía.
—Mierda. —Sacudí el brazo antes de volverlo a intentar otra vez. Y otra.
En el cuarto intento, cuando tenía los músculos en tensión y apretaba los dientes, por fin noté que cedía… para romperse del todo.
«Joder, tiene que ser una broma».
¿Cómo podía tener tan mala suerte con los vestidos caros? No podían ser todos así. Tenía que ser yo.
—Vale, necesito una estrategia —le dije a Tobigote, tratando de no entrar en pánico por lo de la cremallera rota.
A ver, era una cremallera. ¿Cuánto podía costar cambiarla?
Contuve ese nuevo ataque de ansiedad que me decía que me endeudaría por un diminuto trocito de metal, me bajé los tirantes del vestido e intenté quitármelo. Se me quedó la tela atascada a la altura de las caderas, negándose a bajar más.
Así que lo intenté al revés, remangando con cuidado el vestido antes de tratar de sacármelo por la cabeza.
Y podría haber funcionado si no hubiera cometido un minúsculo error garrafal.
Me había olvidado de los zapatos de tacón.
Los tenía junto a los pies, pero en lugar de apartarlos a un lado los había dejado allí mismo.
En medio.
Así que cuando distraída di un paso mientras luchaba con el vestido, cómo no, pisé uno.
Y, cómo no, me torcí el tobillo.
Y, cómo no, me tropecé hacia atrás, cayendo con todo el peso de mi cuerpo sobre el tocador que había tras de mí hasta que rayó todo el suelo de madera.
Y, cómo no, hice todo eso sin poder ver nada de nada porque la mitad del vestido seguía enrollando en mi cara.
El siniestro y escandaloso crac fue mi única advertencia, seguido de dos segundos de completo silencio, que fue suficiente para darme una falsa sensación de seguridad.
Empecé a bajar los brazos, justo antes de que algo duro y muy pesado se estrellara contra mi cabeza y se hiciera añicos.