Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 16 #2
37%

Capítulo 16 #2

A ver, parte de mi emoción inicial se había mitigado en cierto modo, pero eso era lo que cabía esperar. Lo que no cabía esperar era que Jackson enganchara los dedos bajo el borde de mi taburete y me acercara casi medio metro a él con un solo movimiento.

—¿Qué estás haciendo? —susurré mientras le fruncía el ceño.

Ni siquiera estaba bien sentado. Tenía el cuerpo vuelto hacia mí, con las piernas abiertas con descaro para acomodar mi taburete, que de hecho estaba encajado entre sus rodillas.

—Tú eres la experta en relaciones —dijo—. ¿Qué crees que estoy haciendo?

En primer lugar:

—Yo busco parejas compatibles, no soy experta en relaciones. —Y en segundo lugar—: Si lo supiera, no te lo habría preguntado.

En tercer lugar: esos ojos eran, eh, hasta más llamativos de cerca. Tenían por lo menos cinco matices diferentes de azul invernal, superpuestos como finas esquirlas de hielo luchando por el dominio…

«Disculpa, ¿de qué cojones estás hablando? ¿Esquirlas de hielo? ¿Luchando por el dominio? ¿Estás bien?».

No. No estaba bien. Sabía lo que era estar bien y no era eso. Respirar era mucho más fácil cuando estaba bien.

—Te daré una pista —murmuró Jackson en tono sombrío. Sus pupilas se habían comido el color que las rodeaba cuando se inclinó para susurrarme al oído—: No me gusta compartir, Jamie.

La electricidad me había llegado al cerebro. No era capaz de razonar.

—Soy un hombre egoísta, muy egoísta. —Me rozó sin querer con la nariz el lóbulo de la oreja y di un respingo.

—Me aseguraré de añadirlo a tu perfil. —Se me quebró la voz.

Jackson se volvió a inclinar con una sonrisa enigmática en los labios.

—Come.

Pestañeé hacia los dos pequeños platos gemelos frente a nosotros. Los mismos que hacía un segundo estaban vacíos.

¿Cuándo había Daniel…? La leche. Me había olvidado de Daniel.

Volví a parpadear, meneando un poco la cabeza. ¿Cómo había sido eso posible? ¿Qué narices llevaba el champán?

Cogí una pequeña pieza de… no podía recordar el nombre.

— Uni —dijo Daniel, leyendo la duda en mi rostro. Estaba preparando una pequeña cantidad de arroz con la mano para el próximo plato.

—Está delicioso. —Apenas pude sentir el sabor.

No era el uni , era yo. Daniel siguió colocando varios platos elaborados con maestría frente a nosotros, explicándonos cada uno con todo detalle. Hasta entonces ya habíamos tomado unos cuantos y ni a punta de pistola hubiera sido capaz de recordar uno solo.

¿Quieres saber por qué?

Porque la rodilla de Jackson rozaba la mía por debajo de la barra, y tenía la mano colocada de forma posesiva en el respaldo de mi silla, y seguía llevando pajarita. Pero al menos ya no me susurraba cosas al oído…

Me quedé paralizada cuando me sonó la alarma, indicando que nuestra hora se había terminado. Cogí con torpeza el móvil y traté de pararlo tres veces antes de que mi inestable pulgar lograra pulsar el botón.

—Lo siento mucho —le dije a Daniel mientras me ponía roja de vergüenza.

Se quedó impasible. Después de haber estado recibiendo durante casi treinta minutos halagos poco entusiastas y distraídos sobre sus platos famosos en todo el mundo, se había sobresaltado con la alarma y por eso se le había caído una lata de caviar de la mano.

Acabó bocabajo en la plancha, chisporroteando y echada a perder.

—No pasa nada.

A juzgar por el tono, sí que pasaba. No me podía creer que hubiera sido tan maleducada o que no se me hubiera ocurrido apagar la estúpida alarma antes.

Me aclaré la garganta y le ofrecí una sonrisa educada mientras él abría con cuidado la tapa de una nueva lata dorada.

—Lo lamento muchísimo —insistí—. Ha sido una grosería por mi parte. Estaba tan nerviosa y emocionada por conocerte que se me olvidó apagarla antes de sentarnos.

Jackson me presionó la rodilla con la suya. Crucé las piernas, rompiendo el contacto de forma eficaz.

Daniel me devolvió la sonrisa. Una pequeña.

—¿Ah, sí?

—No te haces una idea. —Me incliné y apoyé los antebrazos en la barra, prestándole toda mi atención. Cuando Daniel se puso un poco más recto, me obligué a sonreír más.

—¿Te gusta el programa? —preguntó.

—Se podría decir así. Mi favorita es la séptima temporada. ¿Te acuerdas del episodio en el que te llevaron a Maple por primera vez?

Le brillaron los ojos cuando asintió. Estaba funcionando.

Jackson me apretó la rodilla contra el muslo mientras se inclinaba hacia delante. Lo ignoré. Podría volver a tener toda mi atención al cabo de un minuto. Antes tenía que solucionar aquello.

—Puede que sea mi momento favorito de la televisión de todos los tiempos —dije.

Fue tan tierno. Habían llevado a los familiares de los concursantes para que les dieran apoyo moral en el décimo episodio de la temporada, pero como la abuela de Daniel, la única familia que le quedaba, era demasiado mayor para cruzar medio mundo, le llevaron a Maple en su lugar.

La golden retriever ciega de tres patas había entrado en el plató con cierto nerviosismo al principio…

hasta que Daniel, asombrado, la llamó por su nombre medio segundo antes de ponerse de rodillas y desplomarse sobre su pelo mientras ella no dejaba de gimotear de pura emoción.

Ah, y en el collar llevaba una carta de la abuela de Daniel, de su puño y letra.

No había nadie que no se hubiera echado a llorar allí mismo. En cualquier sitio. En cualquier lugar del mundo, lo más seguro.

A Ria y a mí se nos fue de las manos. De tanto y tan fuerte que habíamos llorado, habíamos tenido que rebobinar el vídeo tres veces para poder escuchar bien cómo leía la carta en alto.

—En mi lista de cosas que hacer una vez en la vida está comer en tu restaurante de Tokio —le dije, alentada por su reacción.

Se rio entre dientes, deslizando dos platos idénticos de sashimi frente a nosotros.

— Sashimi de toro con caviar de beluga.

En esa ocasión me obligué a prestar atención a los sabores y… sí, vale.

—Está increíble, de verdad.

—Es el caviar favorito de Maple. —Ahora era todo sonrisas.

Además, me encantaba cómo decía «caviar». Ese acento hacía que la palabra sonara exquisita.

—¿El caviar favorito de Maple?

Negó con la cabeza.

—Ahora está muy mimada. La última vez que intenté darle pienso seco ni lo tocó.

Solté una risita.

—Qué mona.

Jackson carraspeó con toda la intención, y cuando estaba a punto de introducirlo en nuestra conversación, Daniel nos señaló y preguntó:

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

—Ah, no, no estamos juntos.

Lo dije, y luego me arrepentí de haberlo dicho. No porque no fuera verdad, sino porque no lo podría haber soltado más rápido.

Daniel nos miró primero a uno y luego al otro, despacio, con una sonrisa que mostraba confusión.

—Quiero decir que… esto no es… —Hice un gesto señalándonos a Jackson y a mí mientras trataba de dar con las palabras adecuadas—. Es, eh, soy su consultora de citas.

Eso sí que me arrepentí de decirlo.

No podía ver la cara de Jackson desde ese ángulo, pero la oscura nube de descontento que se formaba a su alrededor hizo que se me erizara el vello de la nuca.

—¿Eres su consultora de citas? —Daniel soltó una carcajada incrédula y divertida—. ¿Qué significa eso?

—Eh, es hummm… es largo y aburrido de explicar. Parece más emocionante de lo que es.

—Lo dudo —dijo—. Sashimi de langosta con mantequilla de trufa.

Me percaté de que Jackson no había tocado los dos últimos platos. Tampoco parecía que tuviera intención de probar ese.

—Dime una cosa, ¿cuánto se parece a la película de Will Smith? —preguntó Daniel.

— Hitch, especialista en ligues —le recordé con una risita educada—. No mucho. En realidad trabajo para Charmed Elite. Es una agencia de…

Me callé cuando le mudó el gesto.

—No puede ser. —Se cruzó de brazos y se le iluminaron esos ojos marrones—. Uno de mis inversores conoció a su mujer por vosotros. Lleva un tiempo animándome a que me apunte. —Y luego añadió—: ¿No tendrás una tarjeta?

Eh. Sí. Sí que tenía.

Pero vacilé cuando sentí algo desagradable en las tripas.

En teoría, no era una cita de verdad. E incluso aunque lo fuera… no era como si Daniel me estuviera pidiendo los datos de contacto por motivos personales. Pedir a alguien su tarjeta porque estás interesado en sus servicios profesionales no es lo mismo que pedirle su número.

Así que no pasaba nada. Seguíamos dentro de unos límites respetables.

—No llevo ninguna. Lo siento.

Bajo la barra, la rodilla de Jackson me rozó el muslo con delicadeza. Un agradecimiento.

Me ruboricé un poco sin motivo alguno. Se me había ido la pinza.

—Bueno, entonces quédate con la mía. —Después de secarse las manos, Daniel sacó deprisa una elegante tarjeta blanca de su bolsillo trasero y la puso delante de mí.

Así, sin más, tenía el contacto directo de Daniel Omori mirándome, listo para poder utilizarlo. Ria se iba a morir cuando se lo contara.

—Llámame, ¿vale? Podemos citarnos en mi restaurante si quieres, y así lo tachas de tu lista. Janice me dijo que estáis dispuestos a volar adonde sea, ¿no?

Adonde sea. Cuando sea.

Estaba todo cubierto por la elevada cuota de inscripción que abonaban los miembros.

Cogí la tarjeta.

—Claro. Durante las próximas semanas estoy con un caso a tiempo completo, pero puedo ponerte en contacto con…

Me quedé callada cuando negó con la cabeza.

—No tengo prisa.

Vale, pero yo tampoco tenía previsto quedarme en Charmed una vez que se terminara el Inmersivo.

Aunque, en ese momento, dar más excusas haría que la situación fuera incómoda y parecería que intentaba evitar que un cliente potencial contratara nuestros servicios, algo que en realidad no debería hacer.

Así que metí la tarjeta en la funda de mi móvil con una sonrisa y dije:

—Genial. Ya te llamaré.

Y cambiando de tema, Jackson no dijo una sola palabra más durante el resto de la cena.