Capítulo 16
Mi insana obsesión rayana en la locura por la séptima temporada de Guerra de chefs - Edición internacional había empezado hacía justo cuatro años y medio, y todo por culpa de Ria.
Llevaba ya tres días con un espantoso virus estomacal que me había dejado para el arrastre, reduciéndome a un bulto de vómito y sudor frío tirado en el sofá que contemplaba cómo Ria perdía el tiempo con el móvil cuando sucedió.
Le dio a un vídeo de Otro Programa Más de Cocina (en serio, ¿no había ya demasiados?) en el que se servía una pata de pulpo cruda que todavía se retorcía.
En circunstancias normales, habría sentido curiosidad. Pero esas no eran circunstancias normales. Estaba a merced de un virus microscópico que consideraba que una pata de pulpo cruda que se retorcía era tan apetitosa como un queso mohoso con olor a pies.
Apenas pude llegar al baño a tiempo.
Entonces ¿por qué fue eso, de todas las experiencias posibles, lo que generó una obsesión enfermiza con esa temporada concreta de un programa de televisión que no me podría haber importado menos hasta ese momento en particular?
Por él.
Daniel Omori.
Segundos antes de que me saliera hasta el alma del estómago vacío, había atisbado, por un instante, el hoyuelo más sexi que jamás hubiera adornado barbilla alguna, justo bajo la sonrisa juvenil más adorable que había visto en la vida.
No me pude resistir. La romántica incurable que había en mí tomó las riendas y, en cuanto pudo soportarlo mi estómago, me vi del tirón toda la temporada.
Tres veces. En el transcurso de cuatro semanas.
Era el participante más joven de aquel año, el que llevaba las de perder en cuanto a formación y experiencia, y aun así, logró ganar. Ah, y su mejor amiga y el amor de su vida era Maple, una golden retriever ciega de tres patas.
A ver…, ¿cómo no iba a enamorarme sin remedio de él?
Hasta ese mismo momento, la foto viral de él celebrando su victoria con Maple en brazos era mi fondo de pantalla del ordenador, lo que…
si es así como se había enterado Jackson, también tenía que añadir «con una sorprendente capacidad de observación» a su perfil, porque era de ser muy observador haberse fijado en eso.
Sonreí a Jackson, ya pasando de controlar la expresión de mis emociones.
—¿Cómo…? Pero… ¿cómo?
Estábamos en el plató del programa, tal cual.
O, lo más probable, en una recreación perfecta de él.
Estaba todo: las estaciones de cocina, la mesa del jurado, la imagen de marca del programa.
La única diferencia real era la enorme plancha teppanyaki al fondo, los dos servicios de mesa y un altísimo y muy real Daniel Omori cortando algo detrás de la barra.
Estaba aquí.
No en Tokio, dirigiendo su famosísimo restaurante.
Estaba aquí. En Toronto.
Respirando el mismo aire que yo.
Se me salía el corazón por la garganta.
Jackson hinchó el pecho, orgulloso, cuando vio mi reacción. Se irguió un poco más.
—¿Qué te parece? Mucho mejor que haya sido sorpresa, ¿no?
Sí. Claro. Desde luego. Era, sin lugar a dudas, la cosa más genial que me había pasado en la vida.
—¿Solo estamos nosotros? —pregunté en voz baja, desviando la mirada hacia los antebrazos tatuados de Daniel. Se había hecho muchos más desde la emisión del programa. Me moría de ganas de preguntarle por ellos.
—Sí. Lo tenemos para nosotros toda la noche. O, en tu caso, otros treinta y ocho minutos, ya que insistes en que nuestra cita no dure más de una hora.
Sabía que me estaba vacilando, pero no me importaba. Estaba a escasos segundos de conocer al famoso que era mi amor platónico y, por un azar del destino, llevaba un vestido que me hacía parecer una auténtica princesa. No podría ser más perfecto.
Ignorando el vacile de Jackson, me pasé las manos por la parte delantera del vestido y me ajusté los estrechos tirantes, echando miraditas nerviosas hacia la plancha teppanyaki .
Sentí la tentación de salir corriendo al baño para comprobar cómo tenía el maquillaje y asegurarme de que no tenía nada entre los dientes.
Pero luego volví a mirar a Jackson y me lo encontré observándome con menos arrogancia y un velo de inseguridad en su gesto.
—¿Qué? —pregunté.
Vaciló un instante.
—Te gusta el programa, ¿no?
—Sí. Claro. —El programa. El hoyuelo de la barbilla y los bíceps tatuados de Daniel. Lo mismo daba—. ¿Vamos?
Me agarró del brazo haciendo que me detuviera.
—Y tienes una foto de ese tío en el ordenador… porque ganó. Y es un chef de sushi famoso… y te gusta el sushi . Eso es todo.
Parpadeé, confundida por su tono. ¿Por qué parecía que trataba de convencerse a sí mismo del razonamiento que había seguido para elegir mi fondo de pantalla?
—Eh, claro. Sip. ¿Podemos ir ya? —Lancé otra miradita de deseo hacia Daniel, agotando la poca calma que quedaba en mí.
Y. Madre. Mía.
Levantó la mirada al mismo tiempo que yo y me sonrió. Fue increíble. Increíble como para ponerme el corazón a mil. Le devolví la sonrisa, saludando con la mano…
—¡Ey! —Mi sonrisa se desvaneció cuando Jackson tiró de mi brazo, arrastrándome hacia el mismo camino por el que habíamos llegado—. ¿Adónde vamos?
—Nos marchamos —soltó, presionando con fuerza el botón del ascensor.
Hundí los hombros con todo el peso de la decepción. Se me cayó el alma a los pies.
—¿Qué? ¿Por qué? Acabamos de llegar.
Se ajustó la pajarita y me fijé en el tic de su mandíbula.
—Un error de cálculo.
¿Qué? Eché un vistazo al móvil.
—No, qué va. Todavía nos queda más de media hora, como has dicho.
Por mucho que lo intentara, no lograba descifrar el gesto que me gané con esa respuesta. Jackson me sostuvo la mirada mientras las puertas del ascensor se abrían… y se cerraban de nuevo. Otra vez la alergia.
Y el hormigueo.
Aparté el brazo de su mano.
—Vale. —Me rendí, pasando de nuevo las palmas de las manos por el vestido—. ¿Adónde te gustaría ir entonces?
No respondió al momento. Y luego:
—No lo tengo claro todavía.
¿Iba en serio?
—¿Qué hay de malo en este sitio? —pregunté—. Es evidente que te has tomado muchas molestias para conseguirlo. No ha tenido que ser fácil hacer que Daniel Omori estuviera aquí con tan poca antelación.
Yo había accedido a lo de la evaluación hacía menos de ocho horas. Daniel era un chef famoso que vivía en la otra punta del mundo. Lograr todo esto me parecía mucho más que imposible.
—¿Cómo narices has conseguido que llegue aquí a tiempo? —pregunté. ¿No tardaba el vuelo desde Japón como unas catorce horas o algo así?—. ¿Cómo lo has convencido?
—Dinero —dijo Jackson sin más—. La mayoría están dispuestos a hacer cualquier cosa si les ofreces lo suficiente. Y viene de Nueva York, no es para tanto.
Eso tenía todavía menos sentido. ¿Por qué trataba de quitarle importancia?
Me crucé de brazos.
—Así que te has gastado toda esa pasta en un chef famoso ¿y ahora quieres que nos marchemos sin ni siquiera llegar a probar la comida? —Algo no me cuadraba. ¿Qué era lo que no sabía?
Apretó los labios.
—Como te he dicho, un error de cálculo.
Y como estaba claro que no hablaba del tiempo, no tenía ni idea de…
—Hola, ¿estáis listos para cenar?
A juzgar por cómo giramos la cabeza de golpe, Jackson tampoco había oído a Daniel acercarse con sigilo a nosotros. Se me aceleró el pulso y se me quedó la boca seca mientras trataba de recordar qué era adecuado hacer cuando saludabas a alguien a quien acababas de conocer.
Porque, ¡madre mía!, ese acento. Era todavía más australiano y adorable en persona.
La sonrisa amable de Daniel se acentuó cuando vio mi mirada de fascinación, y ese precioso hoyuelo de la barbilla se hizo aún más profundo. Le devolví la sonrisa, intentando recuperar la conexión entre el cerebro y la boca mientras le tendía la mano.
—¡Hola! —¿Eso había sido mi voz? No sonaba como mi voz. Era unos cuatro tonos más aguda de lo que recordaba—. ¿Soy Jamie?
Nop.
Se suponía que era una afirmación. No una pregunta.
—Danny —dijo con modestia. Como si no fuera el puñetero Daniel Omori, la sensación en internet y en mi corazón. Como si el hoyuelo de su barbilla no tuviera su propia cuenta fan en Instagram con medio millón de seguidores.
—Es un placer conocerte, Danny. —De verdad que lo era. De verdad, de verdad…
Respiré hondo y se me borró la sonrisa cuando una enorme mano se deslizó con delicadeza por la parte inferior de mi espalda.
No fue el gesto lo que me hizo quedarme sin aliento (aunque me había sorprendido bastante), fue la corriente eléctrica que me recorrió la columna como respuesta a ese gesto en apariencia posesivo.
Jackson separó los dedos sobre la fina tela de mi vestido, cubriendo una zona de una amplitud extraordinaria que me hizo quedarme en blanco.
Hasta tal punto que no me enteré de lo que fuera que se dijera después. Escuché las palabras, pero no las registré por la enorme cantidad de electricidad que sentí por todo el cuerpo, activada por la suave caricia del pulgar de Jackson.
¿Qué narices había sido aquello?
Pestañeé, tratando de aclarar la mente mientras Daniel hacía otra pregunta de la que tampoco me enteré.
No, en serio, pero ¿qué cojones?
¿Qué le pasaba a mi cuerpo? Notaba el sonrojo, el corazón acelerado de nuevo, y antes incluso de saber lo que estaba haciendo, presioné el hombro contra el ancho pecho de Jackson, inclinándome para apoyarme en él.
Se puso tenso cuando ocurrió, pero en cuanto fui a corregir la postura, deslizó la mano por mi cintura y me apretó contra él.
Ah, mmmmvaaale. Ese hombre era tan blando como el mármol ¿y esa electricidad de la que hablaba antes? Ahora estaba por todas partes. Me calaba hasta la piel.
Antes de que pudiera intentar, de nuevo sin éxito, poner distancia entre nuestros cuerpos, Daniel se dio la vuelta con una sonrisa amable y se puso a andar.
¿Adónde iba? ¿Nos íbamos a marchar?
La palma de Jackson me presionó un poco la cadera antes de poder preguntar y mi cuerpo siguió por instinto esa orden silenciosa, caminando despacio junto a él. Me senté en un taburete curvo mientras Daniel se colocaba detrás de la barra. Estaba pasando. Estaba pasando de verdad.