Capítulo 15
Algo no encajaba.
No con Jackson; sabía muy bien lo que pasaba con él. Estaba siendo todo lo amable y encantador que podía soportar ser porque de verdad que necesitaba librarse como fuera de que lo asesorara alguien a quien no respetaba y que no le caía bien.
Lo que no comprendía era mi reacción a esa falsa personalidad que había adoptado esa noche. Sabía que era mentira, era del todo consciente de que volvería a ser un imbécil insufrible en cuanto terminara la evaluación, y aun así…
Para decirlo sin rodeos, estaba experimentando un hormigueo alarmante por todo el cuerpo.
La sensación nacía en el punto en el que los cálidos y, para mi sorpresa, suaves dedos de Jackson se entrelazaban con los míos y me subía despacio por el brazo, me cruzaba el pecho y llegaba hasta la punta de los dedos de los pies.
Casi como una reacción alérgica.
Eso explicaba el hormigueo, el sutil rubor en mi piel cuando me rozó los nudillos con el pulgar y el hecho de que estaba a punto de sufrir urticaria. Pero justo cuando pensé en retirar la mano de la suya, oí ese ruido.
Habíamos tomado el ascensor hasta la azotea y Jackson me guio hacia la puerta doble, donde esperaba Bensen con una sonrisa enigmática y un par de auriculares enormes.
«Tienes que estar de broma».
Cuanto más caminábamos, más alto se oía el taca-taca-taca-taca. Me detuve en seco, mirando a Jackson con la boca abierta. Él fingía tanta indiferencia como podía, pero una sonrisita de satisfacción le tiraba de la comisura de la boca muy a su pesar.
—¿Pasa algo? —me preguntó en ese tono. Ese tonito que me indicaba que sabía muy bien lo que estaba pensando.
Pero no iba a darle esa satisfacción.
—Nop.
Jackson me soltó la mano y un escalofrío desagradable me serpenteó por el brazo, protestando contra la súbita falta de calidez.
Nunca hubiera dicho que el desdén se pudiera manifestar de una forma tan tangible.
Pero, por otro lado, no había mucha gente que me desagradara tanto, así que todo aquello era nuevo para mí.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
Jackson cogió unos auriculares.
—Ya lo verás.
Bensen estaba, una vez más, fracasando estrepitosamente a la hora de ocultar lo divertido que le parecía todo aquello. ¿No se suponía que los mayordomos eran, no sé, algo así como maestros del estoicismo profesional? ¿No era su rollo?
—Preferiría que me lo dijeras ahora.
En vez de eso, Jackson me colocó los auriculares en la cabeza sumiendo el mundo en un silencio inquietante. Así que así de lejos podía llegar la tecnología de cancelación de ruido, supuse. No oía nada. No hasta que encendió su micrófono.
—¿Me oyes?
Al parecer, también era muy alérgica a su voz.
Oír su voz desnuda a través de los cascos fue como si me cayera miel caliente por encima y me dejó sin respiración durante un instante.
Se dio cuenta.
El calor me cubrió las mejillas al tiempo que se le desvanecía la sonrisa y esos ojos glaciales se derretían a una velocidad alarmante. O puede que me lo estuviera imaginando todo. Me pasaba de vez en cuando.
Jackson apartó la mirada de mí, parpadeando, y carraspeó, haciendo señas a Bensen.
—Vamos. —Me volvió a ofrecer la mano—. Si no salimos ya nos lo vamos a perder.
Vacilé. ¿Por qué no me decía sin más adónde íbamos? ¿Y por qué nos hacía falta un helicóptero para llegar hasta allí?
Soltó un risita nerviosa, casi de frustración, que… la verdad, me pareció un poco erótica a través de los cascos. Tenía una voz grave exquisita. La odiaba.
—Solo vamos a un restaurante. Te juro que no te estoy secuestrando. —En cuanto abrí la boca para preguntar, dijo—: Me has dado una hora. No voy a perder el tiempo en un atasco. Por eso no vamos en coche.
Vale. De acuerdo. En eso tenía razón: el tráfico vespertino en el centro de Toronto era una auténtica pesadilla.
Arrugó la frente al ver que seguía sin darle la mano.
—¿De verdad confías tan poco en mí?
—Sí.
Hubo un momento de silencio y luego sonrió. Una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera una noticia excelente. Para sorpresa de nadie, descubrí que también era alérgica a su felicidad. Se me aceleró el pulso cuando arrugó el rabillo de los ojos de pura alegría.
—¿Quieres saber un secreto? —Seguía sin bajar la mano.
—Solo si es relevante para ayudarme a encontrarte una pareja adecuada. —De lo contrario, tenía muy poco interés en saber nada de él.
Juro que le brillaron los ojos cuando me miró, sonriendo con más intensidad aún.
—En cierto modo me gusta cuando eres cruel conmigo.
Enarqué las cejas casi hasta el cogote.
—¿Disculpa?
Bensen le puso una mano en el hombro y le hizo una señal que no entendí.
—Vale, tenemos que irnos.
Esta vez, no se me concedió la opción de vacilar. Deslizó los dedos entre los míos y me hizo cruzar con delicadeza la puerta doble.
Abrí la boca cuando salimos a la azotea. El helicóptero era mucho más grande de lo que esperaba. Muy negro, muy elegante y muy grande. ¿Eran así de grandes todos los helicópteros? Nunca había visto uno tan de cerca.
La risita dulce de Jackson retumbó por mis cascos y reparé en que estaba boquiabierta. La cerré de golpe y así me quedé… hasta que entramos.
«La hostia».
La cabina parecía sacada directamente de un avión privado pequeño. Tampoco había estado nunca en uno de esos, pero había visto fotos. Era muy amplio. Y lujoso. El espacio estaba totalmente cerrado y un tabique de color champán nos aislaba de los pilotos.
Hablando de champán, en la mesa había una botella esperándonos.
Jackson me metió dentro mientras seguía mirándolo todo asombrada. ¿Era algo habitual lo de los viajes de lujo en helicóptero? Porque nunca lo hubiera imaginado antes de eso.
Me hundí en el mullido asiento junto a la ventanilla, conteniendo la sonrisa lo mejor que podía.
No funcionó. Estaba demasiado emocionada.
No por la cita, perdón, por la evaluación, como es obvio, sino por el trayecto en helicóptero.
Tenía que admitirlo: era bastante guay. Una experiencia única en la vida, eso seguro.
Después de esa noche, lo más probable es que no volviera a montar en uno de esos trastos jamás.
Jackson se sentó a mi lado, aunque había un sitio buenísimo junto a la ventanilla justo al otro lado de la mesa.
—¿Es una sonrisa eso que veo, señorita Paquin?
—No, en realidad es una mueca.
Se rio entre dientes y luego se inclinó para colocarme el cinturón sobre el regazo y abrocharlo en su sitio.
Un par de cosas más que añadir a mi lista de graves alergias que no dejaba de aumentar:
La colonia que usaba.
Que obligara a mi cuerpo a estar cerca del suyo.
Su pajarita (con la que en absoluto estaba obsesionada).
Que me abrochara el cinturón de seguridad.
Era muy muy alérgica a Jackson Sinclair cuando era cortés. Incluso aunque fuera una falsa cortesía y estuviera motivada por razones ocultas no tan secretas.
Los síntomas solo empeoraron de manera significativa por el hecho de que seguía (sin necesidad alguna, debo añadir) cogiéndome de la mano. ¿Por qué seguía cogiéndome de la mano?
Pero antes de que pudiera liberarla, levantó las manos entrelazadas y me llevó los dedos hasta una pequeña marca circular que había en el lado izquierdo de mis auriculares.
—Si aprietas el botón, activarás la función de intercomunicador y podrás hablar directamente con la tripulación. —Volvió a moverme el dedo—. Este es en el que estás ahora. Solo tú y yo. Nadie más puede oír lo que decimos. Si en algún momento me quieres silenciar, solo tienes que presionar este…
No perdí el tiempo. Se cortó la voz de golpe y sonreí.
Jackson se mordió el labio y por fin me soltó para poder reactivar su micrófono.
—¿Crees que este es un comportamiento adecuado para una segunda cita, señorita Paquin? ¿Debería tomar notas?
Encogí un hombro.
—Si he aceptado una segunda cita con alguien es razonable suponer que tiene bastante sentido del humor.
—¿Es eso lo que…?
Lo interrumpió un repentino bip, justo antes de que nos llegara la voz de la piloto a través de los auriculares para hacer un breve resumen informativo antes del vuelo.
Aunque apenas la escuché. Me subió el estómago hasta la garganta cuando empezamos a ascender y en un instante comprendí por qué Jackson había insistido en que nos diéramos prisa. La puesta de sol.
Joder. De acuerdo. Un diez a la parte de la evaluación que correspondía a la previa de la cena. Toda la escena era romántica hasta decir basta; estaba absolutamente impresionada por las vistas.
Cuando por fin conseguí apartar la mirada de los suaves naranjas y rosas que teñían el cielo, lo descubrí observándome con una sonrisita triunfante dibujada en esa arrogante boca.
No solo eso, también había abierto la botella de champán y había dos delicadas copas llenas del burbujeante líquido dorado esperándonos en la mesa.
Todo muy fluido. Casi demasiado.
Jackson cogió su copa, la inclinó hacia mí y… eh… había un montón de luz dorada del atardecer bañando la cabina y, por desgracia, combinaba demasiado bien con todo él.
No fue hasta que su sonrisita triunfante se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja que me di cuenta de que me había quedado mirándolo.
—¿Te gusta lo que ves? —bromeó mientras yo cogía mi copa.
—No seas creído, señor Sinclair —repliqué con rapidez, brindando con el borde de mi copa en la suya—. No cumples con ninguno de los criterios que busco en una pareja. Incluido el aspecto.
No pude evitar que cierta amargura se colara en mi tono en esa última parte. Sus criterios habían convertido mi vida en un infierno durante ocho meses. Y todavía no lo había superado.
Me acomodé en el asiento y volví a centrarme en el cielo pintado mientras me bebía el champán. Era agradable. Mucho mejor que cruzar las congestionadas calles de Toronto en coche. Le había salido bien la estrategia.
—Entiendo. —Y luego—: ¿Qué es lo que no te atrae exactamente de mi apariencia física?
Dicho con toda sinceridad por un hombre que era demasiado atractivo como para haber sufrido una sana cantidad de rechazos en la vida.
—Mis gustos no son relevantes para la evaluación ni para el trabajo que he venido a hacer aquí —dije.
—¿Entonces solo te gustan las mujeres?
Tuve que morderme los carrillos para evitar soltar una carcajada. Imagínate el nivel de seguridad en ti mismo que tienes que tener para llegar de forma automática a esa conclusión en vez de tan solo aceptar que pueda haber alguien a quien no le atraigas.
¿Era «seguridad en sí mismo» la palabra adecuada?
—Como te he dicho, mis gustos no importan. Solo los tuyos.
Arrugó el ceño mientras daba un sorbo a la bebida.
—¿Y qué hay de Adrien? ¿Él cumple con tu lista de cualidades físicas preferidas?
Me tocó a mí fruncir el ceño. Eso no lo había visto venir.
—Adrien —repitió, malinterpretando mi gesto confundido—. El que le cae bien a Gato.
—Se llama Tobigote.
—No, estoy convencido de que dijiste que era Adrien.
Entorné los ojos.
—Y yo estoy convencida de que dijiste que no tenías sentido del humor.
—Eso es correcto —dijo impasible—. No me hace falta. Tengo un montón de dinero.
A punto estuvo de pillarme con esa. Casi me eché a reír. Pero no quería darle esa satisfacción, así que me tragué la carcajada con un largo sorbo de burbujas doradas.
Tendría que añadirlo después a su expediente, lo del sentido del humor sutil. A algunas personas les iba eso.
«A ti te va eso».
Por suerte, antes de poder entrar en una discusión en bucle conmigo misma, empezamos a descender despacio. Me arrimé a la ventana, tratando de ver dónde aterrizábamos.
Otra azotea, a juzgar por lo que veía.
No lo entendía. El vuelo en helicóptero había sido una pasada, pero Jackson sabía muy bien que la evaluación era sobre su comportamiento y costumbres. Con tan poco tiempo a su disposición, hubiera hecho mejor en elegir su apartamento para tener la cita. Sobre todo sabiendo que solo íbamos a cenar.
No lo entendía… hasta que lo entendí.
Hasta que tomamos el ascensor y bajamos a la planta veintiséis y vi qué, o más bien quién, había planeado.
Me paré en seco cuando asimilé la situación, abriendo la boca de par en par. Miré a Jackson boquiabierta con los ojos como platos, sin llegar a creérmelo del todo.
—No puede ser —solté mientras su sonrisa era cada vez más triunfante—. No. Puede. Ser.
Había ganado.
El cabronazo había arrasado y yo estaba demasiado impresionada y emocionada como para enfadarme por ello.