Capítulo 14 #2
Se me desencajaron todos los músculos de la cara de pronto. Unos zapatos de tacón de color nude con la puntera cuadrada abierta, tiras para atarlos y la delatora suela roja. Eran perfectos. Literalmente perfectos para El Vestido.
—¿Cómo…? Eh… —Carraspeé. De nuevo—. ¿Cómo sabes que son de mi talla?
—Tengo mis métodos. —Lo miré con los ojos entrecerrados, pero antes de poder acusarlo de nada dijo—: Te aseguro que nadie ha entrado en la suite sin tu presencia o permiso desde que te mudaste. No se ha vulnerado tu privacidad.
—Entonces ¿cómo?
—Quizá deberías dejarlo pasar para que podamos continuar con la cita.
—No.
Apretó los labios. Luego, como si fuéramos amigos de toda la vida, me dio unos golpecitos en la frente con dos nudillos.
—Se supone que es un gesto romántico, Jamie. Permíteme un poco de misterio, ¿vale?
Lo miré con recelo y luego aparté el papel de seda y eché un vistazo a la plantilla.
—No son de mi talla.
No sabía si sentirme aliviada de que no hubiera sabido mi talla de zapatos (porque eso habría sido un poco raro) o decepcionada. Eran preciosos de verdad y habrían quedado estupendos con El Vestido.
Arqueó una ceja.
—¿Qué talla tienes?
—Un ocho.
—Vale.
Volvió a meter la caja en la bolsa, la dejó junto a la puerta y estiró la mano para coger… otra exactamente igual. Había siete bolsas idénticas alineadas contra la pared a mi izquierda.
Abrí la boca de par en par.
Jackson hizo un movimiento con el dedo como si estuviera rebobinando.
—Los últimos dos minutos no cuentan. Si esta fuera una segunda cita de verdad, ya sabría tu talla.
Fruncí el ceño.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Porque tus zapatos estarían tirados en el suelo de mi dormitorio para el final de la primera.
Me ardieron las mejillas de golpe.
—Eso es presuntuoso y muy raro. ¿Por qué habrías mirado la talla?
Levantó la bolsa como si la respuesta fuera obvia.
—Para poder hacer regalos.
No sabía qué responder a eso. Me quedé sin palabras durante unos segundos, algo que pareció hacerle mucha gracia. Me repasó los rasgos con esos ojos pálidos, que ahora se le arrugaban por la sonrisa. Luego se inclinó un poco y dijo con un tono juguetón:
—¿Sigues pensando que soy predecible, Jamie?
Vale, su idioma del amor eran los regalos. Por lo menos en lo que respectaba a hacer él los regalos. No del todo impredecible, teniendo en cuenta lo que había observado sobre su relación con el dinero.
—No estoy segura de que quieras que te responda…
Me callé de golpe cuando sucedió.
Cuando Jackson Sinclair se arrodilló frente a mí.
—¿Qué decías? —Se burló con una sonrisita de suficiencia. El puñetero engreído.
—¿Qué cojones estás haciendo? —le dije entre dientes, mirando hacia abajo y dando dos pasos atrás mientras él sacaba de forma metódica la caja de la bolsa y después los zapatos de la caja.
—¿A ti qué te parece?
No tenía ni puta idea. Se me había quedado el cerebro trabado al verlo (con sus estúpidos y fuertes hombros y su estúpida pajarita) de rodillas. ¿Había perdido la puta cabeza?
—Levántate —le pedí.
—¿No se supone que toda esta noche es para que veas cómo suelo actuar en las citas?
—Así no es como sueles actuar en las citas.
—Ah, sí —dijo con indiferencia—. Porque tú y yo nos conocemos tan bien que sabes eso.
—Creo que hubiera salido a relucir en al menos una de las conversaciones que mantuve con todas tus potenciales parejas después de cada cita si esto fuera algo normal en ti.
—No me interesaba ninguna de esas mujeres.
Se me aceleró el pulso.
—Jackson.
Le temblaron los dedos sobre las tiras de cuero cuando dije su nombre. Un segundo después, levantó la mirada con un destello desafiante en los ojos.
—Jamie.
Tragué saliva y se me enredó la lengua sin saber qué decir. De verdad que teníamos que volver a tratarnos de usted.
Sin decir una sola palabra, le quité los zapatos de las manos y entré en la suite. Me senté en la cama y me quité los del trabajo.
—Vamos a fijar un par de límites para esta noche —decidí.
Debería haberlos propuesto antes de aceptar hacer eso, pero más valía tarde que nunca—.
Lo principal de esta evaluación es tu actitud y conducta general, así que vamos a mantener el contacto físico al mínimo, ¿vale?
—Me puse el zapato con tiras, apenas capaz de apreciar su elegancia de lo acelerado que tenía el pulso—.
Mejor todavía, vamos un paso más allá con una regla firme: nada de contacto físico.
Por el rabillo del ojo vi que inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿No te puedo tocar durante la cita? ¿Nada de nada?
—No hay ninguna necesidad. —Seguía con los ojos clavados en los pies—. Desde un punto de vista profesional…
—Por favor —me dijo interrumpiéndome, con un tono de desdén al que ya me había acostumbrado—.
Cualquier rastro de profesionalidad se esfumó en cuanto me miraste impasible a los ojos y me dijiste que tenía la personalidad de un huevo duro.
No tratas así a tus otros clientes y desde luego no les hablas así.
De ser el caso, ya no tendrías trabajo. No estás aquí para ayudarme de verdad y ambos lo sabemos.
Estaba otra vez de pie, paseando por el cuarto mientras yo seguía atándome la fina tira de cuero que me envolvía la pantorrilla.
—No querías mi ayuda, ¿te acuerdas? ¿Y por qué ibas a quererla cuando crees que vendo una milonga emocional?
Suspiró.
—Vamos a rebobinar otra vez. Así no es…
Lo interrumpió un suave gruñido a su izquierda.
—Ni siquiera estoy cerca —se quejó Jackson, devolviendo la mirada asesina que le estaban lanzando.
—Miauuugrrrr.
—Permíteme recordarte, Gato, que esta es mi casa y que esa es mi silla.
—MiaUUUGRR.
Jackson dio dos pasos atrás deprisa.
—¿Es así con todos los hombres? —me preguntó—. ¿Cómo puedes llevar a nadie a casa?
—No con todos —dije—. Está obsesionado con Adrien. Con él se comporta como una zorrita mimosa, ¿a que sí, chiquitín?
Tobigote reaccionó al oír su nombre, moviendo las orejas con atención.
Por más que lo intentáramos, Ria y yo no comprendíamos qué es lo que tenía Adrien Cloutier que tanto le gustaba a Tobigote.
Pero cada vez, cada puñetera vez, que ese hombre entraba en la habitación, era como si Ria y yo no existiéramos. Era como hierba gatera andante.
También era muy alérgico y tenía que tomar pastillas antes de cada visita, lo que solo hacía que todo fuera aún más adorable.
—¿Quién es Adrien?
Me puse de pie para probar los zapatos. Eran mucho más cómodos de lo que había esperado y taaan bonitos. Les dediqué una sonrisa, sintiendo la tentación de volver a desfilar.
Cuando levanté la mirada, Jackson me observaba con una expresión de curiosidad extraña. Se me desvaneció la sonrisa.
—¿Qué?
—Te gustan.
Parpadeé.
—¿El qué? ¿Los zapatos?
Asintió.
—Por supuesto. Son preciosos.
—¿Y el vestido?
—Probablemente sea lo más bonito que me he puesto en la vida.
—Abrí hacia un lado la parte de abajo, contemplando cómo brillaba con el movimiento.
Me volví a quedar embelesada—. Aunque no sé si a todo el mundo le parecería bien que un tío le mandara ropa para que se la pusiera en la primera cita, así que tal vez debas tenerlo en cuenta.
Hubo un largo silencio. Y luego:
—¿Y qué hay de ti?
Levanté de nuevo la mirada hacia él, descolocada por la curiosidad en su tono. ¿Por qué no hacía más que preguntarme si me gustaban cosas? ¿Qué más daba?
Me encogí de hombros.
—No creo que me lo pareciera, para ser sincera.
Pero la mayoría de los hombres no tienen a los mejores estilistas y asistentes de compras a su servicio, así que…
Creo que depende tanto de la ropa como de la persona.
En cualquier caso, lo añadiré a tu expediente.
Es útil saber que te gusta regalar y estoy segura de que…
—No me gusta. Por norma general.
Fruncí el ceño.
—¿A qué te refieres?
—No me suele gustar hacer regalos. Depende, como has dicho, de la persona.
Hice una pequeña pausa, asimilándolo.
—De acuerdo. Porque el objetivo de esta noche es ver cómo te sueles comportar habitualmente —le recordé por enésima vez—. Es eso lo que voy a evaluar.
Una chispa de algo le cruzó el rostro, casi como una reacción involuntaria a una broma privada.
—Ah, vale. Sí. Entonces, bien, no dudes en añadirlo a tus observaciones.
Lo miré con evidente recelo y torció la boca como si le pareciera divertido. Entonces me tendió la mano.
—¿Nos vamos?
—Ya te he dicho que deberíamos evitar todo contacto físico en nuestra… eh, durante la evaluación.
—Eso has dicho. —No apartó la mano.
Se me aceleró el pulso cuando cruzamos la mirada. Sentí una sensación ligera y como de aleteo en el estómago y antes de que pudiera analizarla se acercó, aún con la mano tendida y con los ojos clavados en los míos.
Cuando llegó hasta mí, enarcó una ceja a modo de sutil desafío.
«Una noche».
«Solo déjate llevar».
Tragué saliva y dejé la mente en blanco mientras movía la mano despacio, con timidez, hasta que deslicé los dedos por su palma abierta.
Se le ablandó la mirada de forma visible y se le derritió ese azul glacial cuando su enorme mano envolvió la mía. Entonces sonrió y me removió algo que tenía en lo más hondo del pecho.
—Buena chica —murmuró, tan bajo que casi ni lo oigo. No lo hubiera hecho de no haber estado tan cerca el uno del otro.
Pero lo oí.
Desde luego que lo oí.
Y desde luego no me disgustó.
Ay ay ay.