Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 14
31%

Capítulo 14

Al final los vaqueros no me duraron puestos demasiado.

La caja llegó a las cinco y media clavadas, quince minutos después de que hubiéramos vuelto al ático. Me la entregó un sospechosamente sonriente Bensen.

—Un regalo —explicó, colocando el elegante paquete en el enorme tocador.

Antes de que pudiera pedirle más explicaciones, otras seis personas que formaban parte del personal entraron una a una en la habitación, cada una sujetando un gran recipiente redondo con un precioso arreglo de rosas.

—¿Qué… está pasando? —pregunté cuando los arreglos ya decoraban varias zonas de mi suite.

Tobigote gruñó cuando una de las empleadas se acercó demasiado al sillón que ocupaba y ella de inmediato se lo pensó mejor y utilizó la mesita auxiliar que había detrás. Chica lista.

Bensen se aclaró la garganta.

—Al señorito Sinclair le gustaría hacerle saber que está muy ilusionado con la cita de esta noche.

—Bueno, eh, no es una cita de verdad —expliqué enseguida por si hubiera la más mínima posibilidad de que no lo supiera.

—Por supuesto. —De verdad que le estaba costando lo de contener la sonrisa. De hecho, parecía a punto de estallar en carcajadas.

Noté el calor en las mejillas, lo que solo consiguió que él controlara aún menos su (totalmente fuera de lugar e innecesaria) alegría.

—Entonces, ya la dejamos para que siga a lo suyo —terminó Bensen con una leve inclinación de cabeza—. Espero de todo corazón que disfrute de su cita no cita, señorita Paquin.

Vale, bien, no hacía falta que lo dijera así. Lograba que la parte falsa de toda la historia sonara a mentira. Lo que, desde luego, no era cierto.

No fue hasta que el resto del personal fue saliendo de la suite que me percaté de sus caras.

Bensen no era el único que fracasaba estrepitosamente al tratar de disimular la gracia que le hacía.

Una de las chicas más jóvenes me lanzó una miradita al pasar y oí el característico sonido de una risita amortiguada en cuanto se cerró la puerta tras ellos. Enseguida la hicieron callar.

Qué extraño.

Me pasé las palmas por los vaqueros mientras miraba los arreglos de rosas frunciendo el ceño.

Me parecía todo un exceso para una cita de evaluación.

Que, de nuevo, eso era justo lo que era: una cena de una hora con un cliente insoportable, solo para que pudiera reafirmarme en lo que ya sabía: que le hacía falta asesoramiento.

Así podría seguir con mi diabólico plan de vengarme de él de forma despiadada y al mismo tiempo mantener mi promesa a las hermanas Harrison.

Además, desde el punto de vista profesional, se solía recomendar trabajar con los datos más precisos posible. Sería de gran utilidad saber cómo se comportaba en una cita cuando no intentaba sabotearla a propósito.

Me acerqué hasta el regalo que Bensen había traído, con un extraño remolino de sensaciones en mi interior.

La caja era bastante elegante, de un lujoso terciopelo negro y con una cinta color crema anudada con buen gusto a su alrededor.

Debajo del enorme lazo había un sobre con mi nombre escrito con una delicada letra cursiva.

Lo cogí y se me aceleró el corazón con una extraña emoción.

Una noche. Solo déjate llevar.

Puse la tarjeta a un lado, quité con cuidado la tapa y solté un grito ahogado.

Un grito ahogado que se oyó perfectamente.

Doblado con cuidado debajo de capas de papel de seda había un vestido de color rosa pálido.

Un vestido de noche, en realidad, algo que quedó claro cuando levanté con cuidado la tela y vi esa caída preciosa hasta el suelo.

Era, sin la más mínima duda, la prenda más asombrosa que había visto en la vida real.

Resplandecía. Había diminutos cristales cosidos a la suave tela que relucían con delicadeza cada vez que les daba la luz.

Era algo mágico.

Tenía que admitirlo: Jackson Sinclair tenía un gusto fantástico para elegir asistentes de compras. ¿Cómo habían logrado encontrar algo así con tan poca antelación?

A propósito, tenía que afeitarme las piernas. Un lado del vestido tenía una raja (muy) larga que parecía que me iba a llegar hasta la parte más alta del muslo.

—¿Qué te parece, chiquitín? —Me volví hacia Tobigote sujetándome el vestido contra los hombros para que lo viera bien—. ¿Debería ponérmelo y aceptar lo que sea que el lunático del Hombre Malo haya planeado? Sacude la cola una vez para decir sí, dos para decir no.

El brillo había logrado captar la atención de esos enormes ojos y después de un par de segundos hipnotizado, sacudió la cola en el aire una vez. Y luego dos veces.

Tres veces.

—Esa no era una opción —lo regañé, colocando con cuidado el vestido en su caja antes de quitarme los pantalones.

Era solo una noche. ¿Qué podría pasar?

Estaba desfilando frente al espejo de cuerpo entero de la pared, admirando con alegría cómo esa tela fluida bailaba sobre mis pies, cuando llamaron a la puerta.

Llegaba justo a la hora acordada.

—¡Ya voy!

Ajusté con cierta torpeza los minúsculos tirantes del vestido y comprobé las horquillas que me sujetaban el recogido informal, pero solo eran los nervios. La última vez que había tenido una cita falsa con un cliente no había salido exactamente según el plan.

Me sequé las manos en la tela brillante y me incliné para comprobar que no me había manchado de pintalabios y que no me habían caído motas de máscara bajo los ojos.

Me había decidido por un maquillaje en tonos rosas y neutros, salvo por la delicada raya negra que me cruzaba los párpados y elevaba el rabillo del ojo de forma seductora.

Ah, y puede que sí o puede que no me hubiera echado un poquito del perfume de emergencia que guardaba en el bolso. No por Jackson, como es obvio. Era todo por El Vestido.

El Vestido era pura magia.

Lo adoraba más de lo que había adorado a cualquier otra cosa inanimada en toda mi vida. Si fuera mío, me abrazaría a él cada noche hasta quedarme dormida. Cada. Noche.

Fui dando saltitos hasta la puerta, con los niveles de serotonina al máximo cada vez que captaba un destello de mi reluciente persona en una superficie reflectante.

La raja del vestido era supersexi, aunque lo habría sido aún más con el calzado adecuado.

No había metido nada de gala en la maleta, así que tendría que conformarme con los zapatos de tacón del trabajo.

No le hacían al Vestido la justicia etérea que se merecía, pero eran mejor que unas zapatillas.

Me detuve un instante cuando fui a abrir la puerta y me di cuenta de que todavía me temblaban los dedos. Me aclaré la garganta y respiré hondo para tranquilizarme, ya que no quería que Jackson confundiera mi emoción por El Vestido con emoción por nuestra cita no cita.

No estaba emocionada por nuestra cita no cita. Como mucho, me daba cierto pavor. Porque, como ya he dicho, la última había sido una auténtica pesadilla.

Volví a tomar aire.

—Jamie.

Parpadeé. Su voz me llegó clara desde el otro lado de la puerta. No me extrañaba que me hubiera oído hablar con Tobigote el otro día.

—¿Qué?

—Puedo oírte.

Miré ese bloque de madera con los ojos entrecerrados.

—No he dicho nada.

—Estás respirando de una forma ruidosa.

—Estoy respirando con normalidad.

—¿Tan nerviosa estás?

Apreté los dedos con más fuerza en torno a la manilla plateada de la puerta.

—Claro que no.

—No pasa nada si te pongo nerviosa.

—No me pones nerviosa —insistí mientras esa sensación extraña me volvía a subir por el pecho. ¿Qué le pasaba? Sonaba diferente.

—¿Vas a abrir la puerta o vamos a seguir toda la cita así?

Muy muy diferente.

En su voz había cierto tono ligero y juguetón. Casi de tonteo. Lo que, combinado con el vestido y las rosas, solo podía significar una cosa: esa era otra batalla de nuestra guerra particular y Jackson había sacado la artillería. Ese bárbaro desalmado estaba siendo encantador a propósito.

Lo que, a ver, si estaba tratando de demostrar que no le hacía falta un consultor de citas, supongo que tenía todo el sentido del mundo. Pero aun así. No lo iba a dejar desarmarme con tanta facilidad.

—Jamie.

—¿Sí?

—¿Puedes abrir ya la puerta, por favor?

Estaba a punto. Volví a carraspear, giré la manilla y tiré de ella con calma.

—Eres muy impaciente…, ¿sabes? —«Oh. Vaya».

«Vaaale. Ostras».

Jackson Sinclair estaba de pie fuera de la suite con un esmoquin a medida.

Con pajarita.

Lo que, bueno, estaba bien. Yo estaba bien, la pajarita estaba bien, Jackson parecía estar bien. Era todo estupendo e iba todo justo según el plan.

Me obligué al momento a mirarlo a la cara, y decidí justo en ese instante y en ese lugar que durante la hora siguiente Jackson no iba a tener cuello. Descuellado. Como Nick Casi Descuellado o algo así.

Pero bueno, como ya he dicho, todo iba bien. Solo era una estúpida cinta, anudada como un estúpido lazo, que rodeaba su estúpido cuello. No había nada especial en todo aquello.

Esbozó despacio una sonrisita malvada cuando lo miré a los ojos.

—Te has puesto el vestido —dijo con un murmullo—. Creí que me iba a costar convencerte.

—Acepté seguirte el rollo durante una hora —dije, resistiéndome a mirar hacia abajo.

La sonrisa le llegó a la comisura de los ojos.

—Estás increíble.

Sí. La verdad es que sí. El Vestido ejercía toda su magia en mí.

—Gracias —respondí en voz baja, ignorando el rubor que me subía por el cuello. Era de un atractivo tan simétrico que era agotador. Ya estaba agotada—. Aunque no tenía los zapatos adecuados.

—Ah. Tal vez esto ayude. —Metió la mano en una bolsa oscura en la que no me había fijado y sacó una caja de color caramelo—.

Tendría que haber llegado con el vestido —dijo mientras metía los dedos por debajo de la tapa—.

Pero no sabía qué talla tenías, ya que no te dejaste los zapatos en el fondo de la piscina.

Entonces me guiñó un ojo. Como si todo el incidente de la piscina hubiera sido algo divertido, una anécdota privada entre amigos un poco atrevida de la que podíamos reírnos.

Me dio un pequeño vuelco el corazón, pero conseguí mantener la expresión lo más neutra posible. Eso hasta que destapó la caja.