Capítulo 13
«Sentido del humor del cliente: sin señales de mejora».
Jackson Sinclair me miraba como si fuera un jedi e hiciera lo imposible por asesinarme con la Fuerza. ¿Sabes lo que no estaba haciendo? Señalar el clítoris en mi perfecta y anatómicamente correcta ilustración.
«Habilidad del cliente para llevar a su pareja hasta el orgasmo: probablemente necesite trabajarla y…».
—De verdad que debería dejar de hacer eso —le dije cuando me quitó el boli de la mano—. La irascibilidad es toda una red flag en una pareja.
—El hecho de que se crea de algún modo cualificada para dar consejos a cualquier persona sobre cómo debe comportarse me deja atónito.
Enarqué las cejas.
—¿Disculpe?
—Completamente atónito.
Me cabreó muchísimo.
—Señor Sinclair, sin el debido respeto, el hecho de que siquiera una sola de sus potenciales parejas quisiera tener una segunda cita con usted me deja a mí completamente atónita.
Es usted arisco, maleducado, mucho más que arrogante y el cliente más desagradable y poco razonable con el que he tenido la mala suerte de trabajar.
Se acercó un poco más, encorvando esos enormes hombros al arrimarse a mí.
—¿Y eso le dice la sartén al cazo?
Pequeñas motas de rabia me tiñeron las mejillas. Me mordí el labio inferior para evitar soltarle otra serie de insultos muy poco profesionales. ¿Qué tenía ese hombre que me sacaba tanto de quicio? Estaba tan cabreada que me quemaba la piel por dentro.
Eso no era normal.
Bajó la mirada a mi boca, al punto donde mis dientes apretaban mi labio, y cuando volvió a levantarla, apenas se podía apreciar el aro de azul gélido que rodeaba sus pupilas.
—Tenga una cita conmigo.
Un momento.
Me solté el labio.
—¿Qué?
—Tenga una cita conmigo —repitió.
No podía hablar en serio.
—Ni de puta coña. —El picor se extendía, llegándome hasta el pecho, la garganta y las orejas.
—¿Por qué no?
Tenía todo el cuerpo o bien teñido de motas rojas, o bien con una picazón que ansiaba rascar. Tenía que estar vacilándome. Sin lugar a dudas.
—Jamie.
Se me aceleró el corazón antes de darme un vuelco. Su acento hacía algo… no del todo desagradable al decir mi nombre.
—No sabía que ya nos tuteábamos.
—Sal a cenar conmigo.
Tragué saliva y me negué a romper el contacto visual, aunque no tenía ni idea de qué coño me estaba pasando por dentro.
—Otro consejo de tu consultora: cuando alguien te rechaza, no deberías tomártelo como una invitación para seguir insistiendo.
—Ese es el quid de la cuestión —dijo—. Sé que no me hace falta una consultora de citas y tienes la idea equivocada de que sí. No se me ocurre una mejor forma de solucionarlo.
Ah.
No quería una cita conmigo, solo quería demostrarme que estaba equivocada y librarse de todo eso del asesoramiento. Sí. Vale. Tenía mucho más sentido.
—La respuesta sigue siendo no.
—¿Por qué? ¿Porque sabes que tengo razón?
—Porque lo último que quiero hacer es volver a cenar contigo. —Ya lo habíamos hablado.
Apretó la mandíbula.
—Te propongo una cosa, señorita Paquin. Me concedes la oportunidad de demostrarte que no necesito asesoramiento, y si después sigues creyendo lo contrario, seré todo lo dócil que quieras mientras me torturas con consejos no pedidos durante los próximos veintitantos días.
Atenderé todo lo que me tengas que decir y dejaré de discutir contigo. Del todo.
Hummm.
Tentador.
—¿De verdad tienes tantas ganas de saltarte el asesoramiento?
—Sí.
—¿Por qué?
Enarcó una ceja.
—¿Te gustaría ir a una cita supervisada?
No. Me imagino que me daría bastante vergüenza.
Di unos golpecitos con el pie, planteándome su propuesta.
—Antes dime algo. ¿Por qué accediste a contratar a Charmed si estás tan en contra de la idea de tener pareja?
—No accedí.
—¿Qué significa eso? ¿Cómo es que estamos aquí si no accediste a ello?
—Chantaje.
No tenía claro si hablaba en serio.
—¿Tu tía te está chantajeando?
—Sí, desde luego —dijo con otra sonrisa apagada—. Y mucho.
—¿Con qué?
—Acciones de la empresa. Cuando mi padre falleció el año pasado, se convirtió en la accionista mayoritaria.
Ahí estaba. La zanahoria de oro que había estado utilizando contra él.
Ladeé la cabeza.
—¿Tu padre le dejó las acciones a tu tía?
Eso no encajaba con lo que sabía sobre él y su familia. Tenía la impresión de que a Jackson prácticamente lo habían criado para hacerse cargo de la empresa. Había asumido el puesto de CEO mucho antes de que su padre falleciera.
—No exactamente. —Inclinó la cabeza a un lado—. En teoría, se las dejó a su gato.
No por primera vez durante esa conversación, me quedé boquiabierta.
—Fue para dejar clara su opinión —dijo Jackson, respondiendo a la pregunta que no había hecho—.
Al igual que a ti, señorita Paquin, a mi padre yo también le parecía…
, ¿cómo lo expresaste? Ah, sí, «muy deficiente».
—Sonrió, pero más bien pareció una mueca—.
Los dos os hubieseis llevado de maravilla.
Me desprecias casi tanto como me despreciaba él.
Vaya.
Puede que fuera la situación más incómoda en la que me había encontrado.
Sentí vergüenza.
—Yo no… Nunca dije que fueras… —Ni siquiera pude terminar la frase.
Me ignoró y dejó el boli sobre la mesa.
—Mi primer acuerdo con Minerva era sencillo.
Solo tenía que firmar con Charmed y asistir a todas las citas a ciegas que se me organizaran; el único requisito era que lo intentara.
Su tarotista afirmaba que conocería a mi mujer a través de los servicios de la agencia.
Si colaboraba durante un año las acciones serían mías, independientemente del resultado.
—Apretó los dientes, haciendo una pausa—. Y entonces apareciste tú.
Tenía tantísimas preguntas…
—Y ahora…
—Ahora me tengo que casar.
Pero ¿por qué?
Jackson se levantó y se puso bien la corbata.
—Estate lista para las siete. Yo me ocupo de todo lo demás.
Se me encogió el estómago.
—Todavía no he aceptado nada. Tengo más preguntas…
—Que estaré encantado de responderte durante nuestra cita. —¿Seguía funcionando el aire acondicionado? Porque estaba empezando a hacer un calor insoportable allí—. Nos va a hacer falta algo de lo que hablar, ¿no? —insistió justo cuando abrí la boca para responder.
Puede que no le faltara razón. No era como si tuviéramos algo en común. Había grandes posibilidades de que hubiera largos silencios incómodos, así que reservarme las preguntas quizá era una buena idea.
Me crucé de brazos cuando Jackson se volvió a sentar en su mesa. Me miró entre divertido y un poco molesto mientras esperaba a que yo empezara con otra ronda de objeciones.
—Si aceptara, ¿adónde iríamos?
—A cenar.
—¿Adónde?
—A un restaurante que yo elija.
—¿Esperas que alguien vaya a una primera cita contigo sin saber nada? Querrán saber la ubicación con antelación, aunque sea por motivos de seguridad.
—Esta no sería nuestra primera cita —dijo—. Sería la segunda.
En serio, de pronto hacía muchísimo calor allí dentro. Me sudaban las rodillas.
—Eso es un tecnicismo —dije.
Se encogió de hombros como si diera igual.
—Por lo menos, tengo que saber qué me pongo. ¿Cómo hay que ir vestido?
—Tampoco te preocupes por eso.
¿De qué estaba hablando? ¿Alguna vez había tratado con una mujer de carne y hueso?
—Esto ya está yendo fatal —lo avisé.
Se frotó el labio con el nudillo, casi como si tratara de ocultar una sonrisa incipiente.
—Sígueme el rollo, ¿vale? —dijo—. Es solo una noche.
—Te concederé una hora —decidí. Ese era el tiempo que había dedicado a todas sus citas, así que me parecía justo desde el punto de vista kármico.
Hizo un gesto con la boca.
—Claro. Empezaremos con eso. Pasaré a buscarte a las siete.
Se me volvió a acelerar el pulso, algo bastante extraño. No había motivo alguno para que ocurriera eso.
—Vale. Me pondré vaqueros.
Medio esperaba que eso lo provocara y me diera algún tipo de pista sobre el código de vestimenta, pero solo empeoró las cosas.
—Ponte lo que quieras —dijo con desdén—. En cualquier caso, no los vas a llevar puestos mucho tiempo.
Y si no hubiera vuelto a torcer la boca, indicando que estaba, de hecho, tratando de hacer una broma, le habría dicho que no de inmediato y lo habría mandado a la mierda.