Capítulo 12
Era la guerra.
Sabía que le había prometido a Molly y a Mabel que lo intentaría, pero también le había prometido a Jackson que le haría la vida imposible. Y no había ningún motivo por el que no pudiera hacer ambas cosas.
La mirada entornada de Jackson se clavaba en mi rostro mientras pelaba el último trocito de la cáscara del huevo duro y me lo empezaba a comer poco a poco, decidida a no romper el contacto visual.
Torció el morro.
Para que conste, él tenía salmón ahumado para comer y lo había acompañado de lo que debía de ser la salsa más picante jamás habida y por haber.
Y a pesar de su fantástico sistema de ventilación, su despacho seguía siendo un espacio cerrado y el olor se quedó en el ambiente lo suficiente como para hacer que me lloraran los ojos.
Así que sí. Era oficial: era la guerra.
—¿No tiene trabajo de verdad que hacer? —le pregunté cuando me acabé el segundo huevo y aún seguía fulminándome con la mirada. No había hecho mucho más esa mañana.
—Delegué la mayoría de mis tareas importantes a los altos directivos en anticipación a su llegada —dijo arrastrando las palabras, con un tono de despreocupación y aburrimiento que contrastaba del todo con la intensidad de su mirada—.
Tras nuestra primera reunión, sospeché que podría llegar a ser problemática.
—Apenas le he dicho nada en todo el día.
—Había estado demasiado ocupada organizando mis datos y preparándome para nuestra primera entrevista, perfeccionando las preguntas pa-ra asegurarme de conseguir con ellas el máximo de información posible y al mismo tiempo lograr que fueran bastante incómodas.
Puse los ojos en blanco cuando siguió con esa mirada asesina.
—Y luego es mi trabajo el que no es serio —murmuré seca antes de volver la atención al montón de papeles grapados que tenía ante mí.
«Ética del trabajo del cliente: pésima».
Seguía atenta a las notas cuando se levantó, se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones a medida y cruzó el despacho con una cuidada y fingida indiferencia.
—¿Y qué es, exactamente, en lo que ha estado trabajando con tanta diligencia toda la mañana?
Se inclinó un poco al llegar a mi mesa, envenenando el aire con su fresca colonia masculina. Por lo menos era mejor que el salmón.
—Nada de su incumbencia. —Todavía no, al menos. Lo sería al cabo de un par de días, cuando tuviéramos esa entrevista. Pero de momento, tendría que…
Apreté las muelas cuando me robó con suavidad los papeles que tenía bajo la mano que sostenía el bolígrafo.
—Ajá —se mofó Jackson—. Las temidas preguntas de la entrevista.
—Consejo previo al asesoramiento número mil…
—No necesito asesoramiento.
—… es de mala educación quitarle las cosas a la gente de la mano sin su permiso.
Mis intentos de recuperar los papeles desde la silla fueron en vano. Simplemente se apartó mientras hojeaba las páginas, echándoles un vistazo.
Estaba bastante segura de que Lao-Tse tendría algún tipo de regla fundamental en contra de permitir que tu ira se avive durante la batalla, pero yo sabía en mi fuero interno que si alguna vez hubiera tenido la desgracia de conocer a Jackson Sinclair, lo habría entendido.
Me puse de pie, taconeando con enfado contra el suelo mientras él rodeaba mi mesa.
—Devuélvamelos —le pedí cuando puso los papeles fuera de mi alcance.
—Según el contrato firmado con Charmed, tengo derecho a revisar todo el material que va a utilizar durante el próximo mes.
Me crucé de brazos.
—La mayoría de la gente lo hubiera pedido con educación.
Chasqueó la lengua.
—Señorita Paquin —dijo casi como un ronroneo, sin molestarse en apartar los ojos de la hoja—, ¡cuántas notas adicionales y preguntas añadidas!
Sabía por su tono qué sección estaba mirando. Eché los hombros hacia atrás y me puse recta mientras él me repasaba el rostro con la mirada, con una sonrisa entre juguetona y maliciosa.
—Qué pícara. —Chasqueó la lengua tres veces más—. Estas preguntas son muy exhaustivas. ¿De verdad siente tanta curiosidad sobre mi vida sexual?
Me negué a avergonzarme.
Se suponía que ese proceso era para hacerlo sentir incómodo a él, no al revés.
—La compatibilidad sexual es un factor importante que hay que tener en cuenta cuando se busca que cualquier relación romántica sea sana y larga.
—¿Ah, sí? —se mofó, dando un paso adelante.
Incluso con mis tacones de diez centímetros, tuve que echar la cabeza hacia atrás para no dejar de mirarlo a los ojos.
—Claro que sí. —Y claro que su equipo nos había devuelto esa sección de preguntas en particular vacía por completo, excepto por el sello en rojo que rezaba «no aplicable» en la primera página.
Aun a riesgo de repetirme: «Se les ha provisto de suficiente información como para encontrarme una pareja adecuada». Y un cuerno.
Mantuvo esa sonrisa burlona y astuta mientras me repasaba el rostro con la mirada.
—¿De verdad? ¿No cree que algunas de estas preguntas y estrategias son un poco demasiado intrusivas?
—Nuestros clientes saben a lo que se enfrentan cuando contratan nuestros servicios.
Sostuvo los papeles en el aire frente a mí.
—Y usted cree que es perfectamente apropiado hacerles estas preguntas.
—No todo el mundo tiene los mismos traumas respecto a la intimidad que usted.
Alzó las cejas y aproveché la oportunidad para quitarle las hojas de la mano.
—Vale, o sea, que además de vender una milonga emocional, también se aventura en el ámbito de la psicología, ¿no?
«Toma aire».
«Toma aire y cálmate».
—El amor no es una milonga emocional. —La hostia—. Solo porque no crea en algo no significa que no sea real. Al contrario de lo que pueda pensar, señor Sinclair, usted no es un dios.
Me senté de nuevo en la mesa y cogí el boli.
Debería haber vuelto a su lado del despacho y dejarme sola. Había una gran tensión entre los dos y nuestros egos buscaban pelea. Nada bueno podía salir si seguíamos con esa discusión, y los dos lo sabíamos. Pero, en lugar de retirarse, decidió seguir adelante.
—Aun así, tal y como me dijo, no lo ha vivido nunca. —Su tono era seco. Sarcástico.
No sabía cómo conseguía sacarme tanto de quicio. No debería haberme importado que creyera que era una estafadora o un fraude o cualquier otra cosa, joder. ¿Qué más me daba? ¿Qué tenía ese hombre que convertía la parte racional y calmada de mi cerebro en un volcán en erupción?
Por el lado bueno, a juzgar por el destello de rabia en sus ojos, la falta de control racional era algo mutuo. Yo lo sacaba de quicio tanto como él a mí.
—Lo he presenciado. —Se me clavaron las uñas en la palma cuando apreté el puño en torno al bolígrafo.
Resopló con desdén, como si le acabara de decir que había visto al Yeti. No quería dejarlo correr y señaló las hojas de mi mesa.
—Entonces ¿no tendría problema en responder alguna de estas preguntas? ¿Se sentiría cómoda compartiendo abiertamente información íntima con un extraño?
Me rechinaron los dientes y me esforcé por mantener un tono de voz normal cuando le respondí:
—Desde luego que hay parte del material que es delicado. Pero no, no tendría ningún problema en hablar de ello con detalle si fuera un cliente.
Vale, puede que eso hubiera sido un pequeño, pequeñísimo farol, y Jackson me miraba como si lo supiera.
Cómo no, entrecerró los ojos.
—¿De verdad?
—Sí. —No era como si pudiera dar marcha atrás ahora.
La sonrisa engreída que lucía me parecía cada vez más irónica.
—Entonces demuéstrelo.
—No. —Volví directa a la táctica de ignorarlo, con la esperanza de que me dejara en paz.
No hizo tal cosa. El metal arañó el suelo de madera cuando Jackson arrastró su silla hasta mi mesa, colocándola un poco demasiado cerca de la mía.
Fruncí el ceño.
—¿Qué está haciendo?
Sentarse, obvio. Tan cerca como para que su enorme rodilla me rozara el muslo.
Dio un par de golpecitos firmes con los nudillos sobre el cuestionario.
—De acuerdo. Hagámoslo.
—¿Hacer qué?
—La entrevista.
Me recliné en la silla y él hizo lo mismo en la suya. Por el amor de…
—La primera entrevista no es hasta el viernes.
Apenas habíamos llegado a la mitad del miércoles.
Madre mía, apenas habíamos llegado a la mitad del miércoles. De la semana uno.
—No hay nada malo en adelantar trabajo. —Estiró el brazo para dar la vuelta a la página y, joder, qué bien olía.
Reprimí el bufido de irritación que me subía por la garganta. Si estaba haciendo aquello para provocarme, se iba a decepcionar muchísimo.
Era fría e impasible como un témpano de hielo.
Eso era el auténtico poder: no permitir que tu oponente viera tus verdaderos sentimientos. Hacerle pensar que, dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, no provocaba ningún tipo de efecto en ti.
Sobre todo cuando tu oponente no estaba acostumbrado a que la gente no mostrara interés hacia él.
Enarcó una ceja cuando me quedé callada.
—A no ser que no se sienta tan cómoda con esto como quiere hacerme creer —me provocó—. Me puedo imaginar lo incómodo que tiene que ser hacerle a alguien estas preguntas y escuchar sus respuestas.
—Creo que lo superaré.
No me daba miedo hablar de sexo. Supuse que era con eso con lo que tenía planeado torturarme, dado que estaba marcando con el pulgar la página de «Gustos sexuales, fetiches y compatibilidad».
—Estupendo. —Lo decía con demasiado sarcasmo como para sonar sarcástico de verdad—. Entonces vayamos a ello, ¿vale?
—Las preguntas no están listas y preferiría que no…
Puso los ojos en blanco y tuve que recordarme a mí misma que los témpanos de hielo no tenían arrebatos de ira explosiva ni pensaban en obtener placer asesinando a alguien por estrangulamiento. Eso lo hacían los psicópatas.
—Vale, bien —dije con calma—. Supongo que no pasará nada si completamos ahora una o dos secciones.
Pero cuando traté de volver la página, me detuvo, clavando el dedo en la que él había elegido.
—Empecemos por aquí, ya que se ha esmerado tanto con esta sección.
La hoja estaba repleta de arriba abajo de apuntes en rojo, ninguno de los cuales se suponía que tenía que ver. Todo formaba parte de ese rollo de «voy a hacer que este proceso sea lo más doloroso posible para ti» que ambos nos traíamos.
Crucé las piernas, apreté el botón del bolígrafo y alcé una ceja con curiosidad profesional.
—Parece muy ansioso por comentar sus intereses sexuales conmigo, señor Sinclair. ¿Por algún motivo en particular?
—¿Esa pregunta está en la lista?
—Puedo improvisar.
Le brillaron un instante las pupilas, justo antes de que esbozara una sonrisa sarcástica.
—Es porque creo que es una mentirosa, señorita Paquin. No me creo que sea tan indiferente a todo esto como finge ser, y el hecho de que esté ganando tiempo solo es una muestra de ello.
Una vez más, no me podía creer que ese fuera el hombre por el que me había pasado ocho meses consolando corazones rotos. Era, probablemente, el ser humano más molesto de todo el planeta. De verdad que no entendía su atractivo.
Me tragué la pulla cargada de ira que tenía en la punta de la lengua y forcé otra sonrisa educada e impasible.
—Cuando al principio le facilitamos a su equipo una versión simplificada del cuestionario sobre este tema, se nos devolvió en blanco y con un sello de «no aplicable». Me sorprende que ahora tenga tantas ganas de hablarlo.
—Se le puso un sello de «no aplicable» porque no es aplicable —replicó.
—¿Y eso por qué?
—Porque no tengo previsto tener ningún tipo de relación sexual con mi mujer.
Casi se me cae el bolígrafo. Se me aflojaron los dedos por la conmoción inicial de su comentario. Parpadeé, preguntándome si lo había escuchado bien.
—Eh… ¿en absoluto? —pregunté despacio. Eso desde luego que no lo había mencionado su equipo.
—No, si puedo evitarlo. —Una sonrisita de satisfacción le rondaba los labios.
Le encantaba haberme pillado por sorpresa—.
Y desde luego no de alguna manera que requiera que nuestros gustos y fantasías sexuales sean compatibles.
Tendremos que tener uno o dos herederos por lo del legado familiar, pero eso es todo.
Y eso se puede conseguir por métodos menos tradicionales.
Tartamudeé un segundo mientras trataba de asimilar lo que me decía. Aprovechó la oportunidad para seguir hablando.
—Tengo previsto cubrir mis necesidades sexuales fuera del matrimonio —explicó, solo por si no había entendido lo que planteaba—. Con su conocimiento y consentimiento, por supuesto. Estoy seguro de que ella también tendrá sus propias aventuras.
¿Qué…?, un momento…, ¿qué?
—¿Y cree que ella estará de acuerdo con esto?
—Tendrá que firmarlo antes de la boda, así que sí —respondió sin más—. Mis abogados ya están preparando los documentos.
Entreabrí un poco la boca; tenía el ceño tan apretado que me iba a dar dolor de cabeza.
—Estoy… confundida. ¿Va a hacer que su futura mujer firme un montón de documentos aceptando sus aventuras extramatrimoniales?
—También se conoce como matrimonio abierto. Se la animará a que ella haga lo mismo.
Vale. Para mí eso sería toda una pesadilla, pero también lo sería estar casada con alguien que no cree en el amor. Solo pensar en ello me provocaba un escalofrío.
Pero, bueno, mientras todas las partes fueran conscientes de la situación y fuera un acuerdo consensuado… Era solo que… no se nos había comentado nada de eso, y desde luego era algo muy relevante.
—Bien —dije, recuperándome despacio—. Entonces supongo que es cierto que no es aplicable.
¿Alguna otra cosa que deba saber sobre este acuerdo que están preparando sus abogados?
Tenemos que asegurarnos de que todas las potenciales parejas que le presentemos estén de acuerdo con sus requisitos. —Por muy interminables que fueran.
—Le facilitaré una copia cuando terminen.
Genial. Perfecto. Salvo por una incómoda cosita llamada curiosidad que no dejaba de picarme.
—¿Podría darme un par de ejemplos? Solo para que nuestro equipo se pueda preparar con un poco de antelación.
Volvió a torcer el morro.
—Vuelve a ganar tiempo.
—Ya hemos decidido que no es un tema relevante —dije—. Podemos pasar a otra sección.
Algo relacionado con la intimidad emocional. Lo iba a odiar casi tanto como yo detesté la forma en la que soltó una risita irónica. Acabó con mi paciencia, con la poca que me quedaba.
—Vale —solté sin querer—. Supongo que no nos vendrá mal tener esa información. Por si acaba cambiando de opinión.
—Ya me imagino. —Otra vez el tonito burlón.
Iba a hacer que se arrepintiera de cada decisión que hubiera tomado para que llegáramos a ese punto.
De todas y cada una de ellas.
Volví a darle al botón del bolígrafo, dibujé algo en un pósit en blanco y se lo pasé.
—Empecemos por lo básico, ¿de acuerdo? —dije con tranquilidad, imitando su tono de mofa—. Dígame, señor Sinclair, ¿dónde cree que podría encontrarse el clítoris?