Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Necesitamos que quiera ayudarlo. Solo así funcionará.

Fruncí el ceño al tiempo que las miraba.

—Estoy confundida. ¿Por qué todo el mundo quiere que ese hombre tenga pareja cuando es evidente que él no podría estar menos interesado en el asunto?

—Minerva tiene sus propias razones —dijo Molly de forma brusca.

—No estamos muy contentas con cómo está manejando todo esto, pero eso no es importante ahora mismo.

—Nosotras criamos a ese chico. Mabel y yo.

—Nos contrataron dos semanas antes de que el señorito naciera y las dos estuvimos en el hospital cuando a Richard Sinclair le dijeron que por fin tenía un heredero. Vimos cómo salió de la sala y se volvió directo al trabajo.

—Nuestros puestos han ido cambiando a lo largo de los años, pero hemos cuidado de Jackson siempre, ¿a que sí?

—Desde luego. Hemos estado ahí desde que lloró por primera vez y, créame señorita Paquin, hemos visto y oído de todo. Incluso cosas que no estaban destinadas a nuestros ojos y oídos.

—Y no podemos culparlo por cómo han salido las cosas, ¿verdad?

—Yo también me hubiera quedado con mal sabor de roca de haber estado en su lugar.

—Creo que no se dice así, Mabel.

—¿Ah, no?

—No, cielo. Se dice mal sabor de boca. «Roca» no tiene mucho sentido aquí —dijo Molly.

—Bueno, pero así la frase tiene más peso, ¿no?

—En cualquier caso, está equivocado, querida. O tal vez «confundido» sea una palabra más acertada. O tal vez… no lo sé. Explícalo tú, Mabel.

—Tiene miedo, eso es lo que pasa —dijo Mabel con descaro—. Eso es el origen de todo. Lo aterroriza que le ocurra a él. ¿Y a quién no le pasaría lo mismo?

—Pero no podemos permitir que siga así, ¿verdad? Ahora nos tiene a nosotras, pero ¿qué ocurrirá cuando ya no estemos?

—Necesita compañía —me dijo Mabel—. Alguien que lo entienda. Alguien en quien pueda confiar.

—¿Cómo si no íbamos a quedarnos tranquilas? No hay otra forma.

—Nos revolveríamos en nuestra tumba de pura preocupación. Podemos pagarle, desde luego…

—Ya lo he intentado —dijo Molly—. No va a aceptar nuestro dinero.

—Bueno, ¿y por qué no? Le estamos solicitando un servicio.

Me deslicé hacia el borde del sofá y dejé la taza en la mesa.

—Vale. Comprendo lo que están tratando de hacer por Jackson. Es evidente que se preocupan por él y todo esto me parece muy tierno, pero tengo que ser sincera: no puedo obligar a alguien a que salga con una persona si no es lo que quiere. Y desde luego que no puedo obligarlo a enamorarse.

Hubo una breve pausa mientras Molly y Mabel intercambiaban una mirada, y me dio la sensación de que se decían algo más en silencio.

—No le estamos pidiendo que lo obligue a nada, querida —dijo Mabel.

—Eso no saldría demasiado bien, ¿no? —coincidió Molly.

—No, desde luego que no.

—El chico es demasiado terco como para obligarlo a hacer algo que no quiere.

—Y no es que el amor sea algo que se pueda controlar, ¿verdad?

—Para nada. No podemos obligarlo a enamorarse, pero él tampoco puede evitar que suceda, ¿no es cierto?

Mabel asintió.

—Nadie puede. Eso es lo que tratamos de decirle.

—Lo que le pedimos es que cree la oportunidad. Encuentre a alguien que hable su idioma, que lo entienda. Alguien a quien no se pueda resistir.

Lo dijo como si fuera así de fácil. Como si no estuviera pidiendo un milagro.

Molly se movió en su asiento cuando no respondí.

—Sabemos que lo ha pasado mal tratando de que él le dé la información que necesita. Y le aseguro que, sea cual sea el programa en el que lo obliguen a participar, no va a ir a mejor.

—Ya ha hecho todos los ajustes temporales necesarios para distorsionar los datos. Y no me haga hablar de las entrevistas que tiene previsto hacerle.

—No será capaz de obtener ninguna de las respuestas que tanto necesita. No en treinta días.

Seguir su toma y daca era como ver un partido de tenis. Ni siquiera se tomaban un descanso.

—Minerva dijo que le exigía que al menos cooperara —dije.

—Bueno, eso da igual —insistió Mabel.

—Todavía no lo conoce muy bien, señorita Paquin, pero créame, ese chico es muy ingenioso.

—Lo educamos demasiado bien como para que mienta, pero contará medias verdades, eso es así.

—Le dará lo justo como para satisfacer sus requisitos, pero se olvidará de las partes que importan de verdad.

Me crucé de brazos y me recosté de nuevo.

—De acuerdo, ¿y cómo proponen que consiga la información que me hace falta si él no me la va a dar?

Molly se sentó un poco más recta.

—Bueno, por eso estamos aquí, ¿no?

—No podemos darle la información directamente, porque eso sería traicionar su confianza, pero…

—Pero podemos orientarla —terminó de decir Molly—. ¿No es así, Mabel?

—No veo por qué no.

Entorné los ojos ante el tono cauteloso de su voz.

—Guiarme, ¿cómo exactamente?

Si todo eso de la comunicación entre gemelos no era solo un mito, lo estaban haciendo en ese mismo momento con las miraditas que se intercambiaban.

—Como, por ejemplo —dijo por fin Mabel—, cuando a Mol­ly le ha hecho falta una excusa para visitarla sin levantar sospechas, me ha dicho que llevaba el té a la biblioteca. La he creído, ya que no es una tarea nada inusual a esta hora. Ni en las siguientes.

Ah.

Ya veo.

—Es donde cierto señorito suele ir si ha tenido un día particularmente duro.

—O si simplemente no puede dormir.

—Lo pillo, gracias —dije cuando Molly abrió la boca, seguro que para darme más pistas.

—Bien —dijo Molly.

—Bien —coincidió Mabel.

—Entonces nuestro trabajo aquí se ha terminado, ¿no? Estamos todas de acuerdo.

Vacilé.

—No estoy segura de si… A ver, me parece muy bonito que las dos traten de ayudar, pero no quiero darles falsas esperanzas.

Podían darme toda la información correcta que quisieran y yo haría todo lo que estuviera en mi mano para aprovecharla, pero, aun así, no había ninguna garantía de que funcionara.

—Bueno, no lo sabremos hasta que lo intentemos, ¿no? —dijo Molly en voz baja.

—Y en cualquier caso, le agradecemos que nos haya escuchado, querida —dijo Mabel al tiempo que se levantaban las dos—. Disfrute del resto de las pastas. Recogeremos las bandejas por la mañana.

—Esperen.

Ambas se detuvieron, mirándome con la misma expresión de curiosidad.

—¿Qué era lo otro? —le pregunté a Molly—. Me dijo que necesitaba dos favores.

A juzgar por el tic en la ceja de Mabel, ella tampoco lo sabía.

El rubor se extendió por las mejillas de Molly, que agachó la cabeza, recolocándose el delantal.

—Sí, ya, bueno. Solo iba a decir que… Sé que puede que no le caiga muy bien, y no la culpo por ello, pero… —Su voz se fue desvaneciendo cuando me miró a los ojos—. Le vendría muy bien un amigo. Alguien de su edad. Alguien a quien no tenga a sueldo.

Se me encogió el corazón cuando Mabel estiró el brazo para apretar la mano de su hermana. Lo querían de verdad, sobre eso no había ninguna duda.

Carraspeé con suavidad.

—Bueno, las mejores relaciones románticas se basan en una fuerte amistad, así que… si soy capaz de hacer mi trabajo, mataremos dos pájaros de un tiro.

Eso no era lo que me estaba pidiendo, pero no me gustaba hacer falsas promesas. Y decirle que intentaría ser amiga de Jackson iba a ser justo eso. No tenía ninguna intención de hacerme amiga de un hombre que me miraba a los ojos directamente y me decía que mi trabajo era inútil.

Además, estaba bastante segura de que Jackson tampoco querría hacerse amigo mío.

Molly bajó la mirada.

—No todos los niños crecen con la suerte de… —Se calló de golpe, cerrando los ojos con fuerza para intentar controlar sus emociones—. Es solo uno y en su personal somos treinta y una personas. Eche cuentas.

—Vamos, Molly —dijo Mabel—. Ya le hemos robado bastante tiempo.

Arrastró a su hermana fuera de la habitación. Pero no antes de que Molly pudiera lanzarme una última mirada suplicante que me removió una esquina polvorienta del corazón.