Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

¿Por qué cada vez que pasaba la noche en algún lugar cuyo contrato de alquiler no llevara mi nombre, mi cerebro se creía que el mínimo ruidito o movimiento anticipaba mi inminente y violento asesinato? ¿Tenía algo que ver con la evolución? ¿De verdad mis antepasados eran…?

Otra vez, esos pasos sigilosos fuera de la habitación.

El peine se quedó congelado en medio de mis rizos mojados y giré la cabeza hacia la puerta mientras contenía el aliento. Tobigote también lo había oído. Sacudía las orejas con la mirada clavada en la entrada.

Tras un par de segundos, alguien llamó a la puerta. Fruncí el ceño. Solo eran las diez, pero aun así. Un poco tarde para llamar a la puerta de alguien sin avisar, ¿no? A no ser que fuera Ria.

—¿Sí? —Bajé el peine.

Oí un susurro al otro lado, pero no pude entender bien lo que decía.

—¿Perdone? —grité.

—Soy Molly —volvió a susurrar, un poco más alto esta vez.

—Ah. —Me levanté y medio troté hasta la puerta para abrirla mientras me recogía los rizos en un moño. Odiaba esa sensación del pelo mojado pegándoseme en el cuello.

—Hola, querida. —Llevaba una bandeja de plata con dos tazas de té calientes y un plato de pastas.

—Hola. ¿Va todo bien?

Trató de ofrecerme su sonrisa más convincente, pero se esfumó antes de que le llegara a los ojos.

—He pensado que le podía apetecer algo de comer antes de irse a la cama.

—¿Por qué susurramos?

Meneó la cabeza como si no supiera de lo que hablaba, pero se resistió a confirmarlo con palabras.

La miré antes de hacerme a un lado.

—Adelante.

Entró arrastrando los pies y usó luego uno de ellos para empujar la puerta y cerrarla. El tono de su voz volvía a ser normal cuando dijo:

—Gracias. Siento… Ay, hola, pequeñito. —Se detuvo al ver a Tobigote, sonriendo de oreja a oreja—. Bensen no exageraba, ¿verdad? Eres un chico precioso.

Tobigote sacudió la cola con indiferencia. Sabía que era precioso. No era ninguna novedad.

—Aunque no le gustan demasiado los extraños, ¿no? —me preguntó.

—Por desgracia, no.

—Bueno, no pasa nada. —Se puso recta, alisándose el delantal con las manos—. Tampoco al señorito Sinclair. Estamos acostumbrados en esta casa. Puedes tener todo el espacio que te haga falta, señor Maguire, quédate tranquilo.

Volvió a pasarse las manos por el delantal.

Se movió nerviosa en el sitio.

Carraspeó.

—Molly —le dije.

—¿Sí, querida?

—¿Le gustaría sentarse?

—Bueno, claro. Si insiste…

Contuve una sonrisa mientras se desplomaba en el sofá y tomaba una de las tazas de porcelana, soplándola con delicadeza.

—Bueno. —Me senté a su lado—. ¿Qué tal la cena?

—Oh, bien, bien —respondió, tratando de parecer despreocupada—. Más animada de lo normal, supongo, pero eso es mejor que la alternativa, ¿verdad?

Murmuré mientras tomaba mi propia taza, enfriándola antes de dar un sorbo. Manzanilla con un toque de miel. Deliciosa.

—¿Suelen comer todos juntos?

—Cada noche. A no ser que alguno no pueda. Sobre todo Jackson, con todos esos viajes de trabajo y cenas con los clientes…

—Y las citas —añadí. Suma dos por semana durante ocho meses.

Ella vaciló, apartando la mirada.

—Bueno, esas noches seguimos contando con él en la mesa.

Enarqué las cejas.

—¿Cena dos veces?

—No… En realidad, no. —De pronto parecía muy interesada en las sutiles volutas de vapor que salían de su taza.

—Ya sabe que cualquier conversación que mantengamos las dos mientras tomamos el té es confidencial.

Eso captó su atención.

—¿En serio?

—En serio. Además, debería saber que se me da genial guardar secretos. A ver, en parte es porque tengo muy mala memoria, pero bueno.

Soltó una risita cálida y relajó los hombros.

—Ya verá cuando llegue a mi edad. Algunas mañanas me quedo mirándome los pies, tratando de recordar si me he puesto los zapatos.

Sonreí a la taza.

—Gracias por esto, por cierto. Me encanta tomar algo antes de dormir.

Ria lo había convertido en un ritual. Por lo menos una vez al mes se colaba en mi cuarto con una enorme bolsa de chuches y una botella de vino, y lo dábamos todo, charlábamos y cotilleábamos sobre cualquier cosa.

Echaba tanto de menos tenerla cerca que si pensaba demasiado en ello, se me hacía un nudo en la garganta.

No es que no me alegrara por ella, porque por supuesto que me alegraba.

Era solo que… habíamos vivido juntas diez años.

Tal vez por eso no me quejé al principio cuando tuve que trabajar más horas en Charmed.

El apartamento estaba demasiado silencioso desde que se había mudado con Adrien. Tardé un poco en acostumbrarme.

Molly suspiró.

—Me disculpo por haber aparecido sin avisar. Para ser sincera, no debería estar aquí. El señorito Sinclair nos ha dado instrucciones muy específicas a todo el personal. Se supone que no debemos hablar sobre él con usted. En absoluto.

Ella no iba a ser la primera del personal en romper esa norma.

Bensen lo había hecho el día anterior, cuando había defendido a Jackson.

Así que, o bien no les daba demasiado miedo las consecuencias, o bien lo que fuera que intentaran conseguir con esas conversaciones era lo bastante importante como para arriesgarse.

Cogí un relámpago de pistacho y le di un mordisco, esperando.

—Mabel tampoco sabe que estoy aquí —siguió diciendo—. Nunca aceptaría que traicionara así al señorito Sinclair. Me mataría si se enterara, de verdad se lo digo.

—¿Y qué hay de Jackson? ¿Se enfadaría si lo descubriera?

—Sí, supongo que sí. Pero es diferente, ¿no?

—¿Y eso por qué?

Se giró en el sofá para mirarme a la cara mientras apretaba con fuerza la taza en sus manos.

—Lo ha juzgado mal. —Lo dijo con tanta convicción que no permitía réplica.

Podía verlo en sus ojos. Lo creía de todo corazón—.

Y no puedo culparla por ello, de verdad —continuó diciendo—.

Soy consciente de que el comportamiento de Jackson ha sido más que inadmisible, pero hay tantas cosas que no sabe… ¿Cómo iba a saberlas, en realidad?

—¿Por eso está aquí? ¿Para darme esa información?

Dejó el té que apenas había tocado en la bandeja para poder juguetear nerviosa con el delantal.

—En cierto modo. También me gustaría pedirle un favor. Bueno, dos favores.

Me terminé el pastelito, haciéndole un gesto con la cabeza para que siguiera hablando.

—Pagando, por supuesto. Estoy dispuesta a pagar por su trabajo y…

Negué deprisa con la cabeza, esperando a terminar de masticar para interrumpirla.

—Molly, no quiero su dinero.

Ella vaciló.

—No son favores pequeños.

—¿Por qué no me cuenta primero de qué se trata?

Pero antes de que pudiera expresarlo con palabras sin saltarse cualesquiera que fueran los límites morales internos que tenía, los golpecitos de alguien llamando a la puerta resonaron en la habitación.

Molly me miró parpadeando y arrugando el entrecejo.

—¿Quién puede ser a esta hora? —susurró.

Mi corazonada se confirmó cuando, sin preguntarle, la persona al otro lado de la puerta dijo en voz baja:

—Hola, ¿señorita Paquin? Soy yo, Mabel Harrison.

Menuda sorpresa.

—¿Qué está haciendo ella aquí? ¡Me dijo que se iba a ir pronto a la cama! —susurró Molly, escandalizada por que su gemela hubiera sido capaz de tales mentiras.

Mi apuesta era que las dos hermanas estaban allí para lo mismo, pero:

—Vamos a comprobarlo, ¿no?

Me levanté para abrir la puerta mientras Molly se escabullía hacia un rincón, ocultándose.

—Hola, Mabel.

—Hola, querida —me saludó con una amplia sonrisa—. ¿Le apetece tomar algo antes de ir a la cama? Leche caliente con miel y galletitas de frambuesa.

En la bandeja circular que traía con ella había dos tazas.

Sonreí.

—Qué considerada. ¿Querría acompañarme?

No es que me hiciera falta pedírselo, viendo cómo ya me estaba empujando para pasar y entrar en la habitación.

—Bueno, si insiste.

—¡Mabel Harrison!

—¡Ah! —La espuma de leche se derramó por la bandeja de plata cuando Mabel dio un respingo—. Por todos los… ¿Qué haces aquí a estas horas?

—Podría preguntarte lo mismo, ¿no?

—Miauuu —se quejó Tobigote, sacudiendo las orejas. No toleraba los gritos en su presencia.

Mabel volvió a empezar.

—Por Dios, ¿hay algún otro ser vivo acechando en esta habitación que yo deba saber?

—Solo nosotros —la tranquilicé—. Este es Tobigote. Estará tranquilo si no invade su espacio personal.

—No le gustan los extraños —aclaró Molly.

—¿Ah, no?

Molly asintió.

—No.

—Bueno, en esta casa estamos acostumbrados, ¿a que sí?

—Eso mismo he dicho yo.

Me senté en el sofá, agarré la taza que seguía humeando y me preparé para el espectáculo.

—Me habías dicho que llevabas los tés a la biblioteca —acusó Mabel a su hermana mientras apoyaba la bandeja llena de leche.

—¡Y tú me habías dicho que te ibas directa a la cama!

—Ya, bueno, no es que pudiera contarte lo que pensaba hacer, ¿no? Me habrías matado si te enterabas —dijo Mabel.

—Y tú a mí.

—Claro que sí. ¿Qué te crees que haces, contraviniendo las órdenes de Jackson?

—Bueno, no me podía quedar de brazos cruzados y dejar pasar esta oportunidad, ¿no?

—¿Y yo sí que podría hacerlo? Me pesaría en la conciencia si no lo intentaba, ¿no? Acabaría conmigo en un santiamén.

—Ese es el quid de la cuestión, ¿no? ¿Qué haría entonces él?

—No podemos quedarnos de brazos cruzados.

—Justo por eso estoy aquí. Merece la pena intentarlo.

—¿Y? —Mabel nos miró alternativamente a su hermana y a mí, expectante—. ¿Habéis llegado a un acuerdo?

—Aún no —dijo Molly, apoyando las palmas en las rodillas mientras se sentaba de nuevo.

—¿Y por qué no? Es bastante fácil, ¿no?

—No. Estaba a punto de hablarle de Richard y de cómo llegamos cuando has aparecido.

—¿Para qué le hace falta saber todo eso? Solo pídele el puñetero favor. El tiempo apremia, Molly. La chica solo tiene treinta días.

—Entonces ¿por qué no lo haces tú? Ya que eres tan atrevida.

—Vale, de acuerdo. —Mabel se frotó las manos con decisión antes de colocarlas en las caderas—. Señorita Paquin, necesitamos que le encuentre pareja a Jackson.

—Bueno, para eso es para lo que estoy aquí —dije.

Molly negó con la cabeza.

—No, querida. Está aquí para intentarlo, pero ya se ha rendido con él. Hemos visto cómo se han hablado antes.