Capítulo 10
Tobigote se sintió decepcionado, y con razón, por mi incompetencia cuando por fin conseguí llegar a mi suite, unos noventa minutos más tarde de su hora de cenar. Estaba hecho un ovillo sobre mi jersey y meneaba la cola irritado mientras maullaba quejándose.
—Lo siento, chiquitín. —Saltó de la cama y trotó hacia mí para ponerse en medio y molestarme lo máximo posible mientras cogía una lata de comida húmeda de su armario—. Aquí tienes.
Me miró, expectante, mientras tiraba a la basura la lata vacía, sin dejar de mover la cola.
—Venga. Yo vigilo —le garanticé, sentándome en el suelo.
Había sido así desde que tenía unos seis meses.
No probaba bocado a no ser que alguien en quien confiara le cubriera las espaldas mientras comía.
Ria y yo nos turnábamos cuando vivíamos juntas y, cuando ella se mudó, cada vez que me quedaba a trabajar hasta tarde, contrataba a una cuidadora de guardia.
Aunque tuvimos que darle de comer juntas durante casi dos semanas para que acabara confiando en ella.
—Tendremos que pensar en un nuevo sistema, ¿no? —Le rasqué la suave espalda mientras masticaba. Tenía el presentimiento de que mi horario vespertino iba a ser un poco impredecible durante el próximo mes—. Le preguntaré al Hombre Malo si le parece bien que Rosie venga a darte de comer.
Ella ya me había dicho que podía hacerlo, solo subiría un poco la tarifa porque el trayecto hasta allí era más largo, lo que me parecía justo.
Cuando Tobigote terminó, le di los mimos obligatorios de después de cenar hasta que se cansó de mi amor y me apartó los dedos con un gesto brusco. «Suficiente, humana».
—Vale. —Le planté un beso en la cabeza antes de ponerme de pie y quitarme la incómoda ropa de trabajo.
Me moría de hambre. No solo me había saltado el desayuno, sino que para cuando llegué al puesto de sushi, la hora punta del almuerzo había dejado las baldas vacías.
Solo habían quedado unos rollitos California rancios y un té helado sin azúcar.
Me puse unos vaqueros y una camiseta gris, y luego me solté el pelo y liberé los rizos del moño demasiado ajustado que llevaba antes de volver a recogerlos en uno mucho más flojo.
Lista.
Mucho mejor.
—Como quitarte el sujetador al final de un largo día, pero con el pelo, ¿verdad?
Tobigote maulló y yo no pude evitarlo. Es que no pude. Sabía que ya había tenido bastante, pero es que era demasiado mono, mi pequeño pastelito tontorrón.
Me subí de un salto a la cama, donde su regordeta madorablestad estaba hecho una bolita y le di más besos, molestándolo hasta más no poder. Estaba claro que tramaba mi asesinato, pero era tan mono.
—Vale. —Besito—. Adiós. —Besito—. Pórtate bien. —Besito—. El último. —Besito—. Te lo prometo. —Besito—. Te echaré de menos. —Besito.
Me puso la pata en la boca después del último y me maulló a la cara.
—Mmmvale. Lo siento. Ahora sí que me voy.
Me aparté del colchón y cogí el móvil y las llaves al salir por la puerta. Dos besitos más al aire a mi monstruito y…
—¿Con quién estaba hablando?
Solté un grito y di un respingo al tiempo que me daba un vuelco el corazón y me invadía el pánico.
—¡Deje de hacer eso! —Joder.
Jackson inclinó la cabeza e hizo un gesto con los labios como si mi angustia lo divirtiera. Salvaje.
—Lo lamento. —No parecía lamentarlo.
—¿Qué cojones hace merodeando fuera de mi habitación como un acosador?
—No estaba merodeando. Iba a cenar y he oído su voz por la puerta.
Mentira. Bensen me había dado el día anterior un plano de la planta y me había aprendido de memoria todo ese laberinto.
—El comedor está por allí. —Señalé el camino con el dedo—. En la otra punta del apartamento.
—Sé muy bien dónde está el comedor, señorita Paquin. Al fin y al cabo, esta es mi casa. ¿Estaba hablando sola de nuevo?
—No es de su incumbencia.
Comencé a andar.
Me siguió.
—Si quiere traer a algún invitado, tendrá que pasar por los canales de seguridad apropiados.
—No tengo previsto que venga ningún invitado. —Salvo…—. Aunque puede que tenga que venir una cuidadora.
—¿Para qué?
—Para Tobigote.
—¿El gato?
¿Sabes cuando estás tan harta de alguien que incluso te molesta cuando respira? Porque la forma en la que Jackson respiraba en ese momento me estaba tocando las narices.
…
Era muy posible que me estuvieran empezando a afectar el hambre y el mal humor.
—Sí —dije—. Necesito que alguien le dé de comer a tiempo cuando yo no pueda.
—Me parece bien lo de la cuidadora. Bensen puede supervisar su acceso si se lo comunica.
—Genial, gracias.
—¿Qué tal el sushi del centro comercial?
Me paré en seco y lo fulminé con la mirada.
—¿Por qué me está siguiendo? Hoy hemos terminado a las siete.
—No la estoy siguiendo, voy a cenar. Ya lo hemos hablado, señorita Paquin. ¿Se encuentra bien? Primero la pillo hablando sola…
—No estaba hablando sola. Hablaba con Tobigote.
—¿El gato?
Madre mía. Vale.
—Creía que había dicho que tenía cero interés en ser agradable conmigo durante el próximo mes.
—Esto apenas se puede considerar «ser agradable», visto que a ninguno de los dos nos lo parece.
Me crucé de brazos, esperando que llegara al puto fondo de la cuestión.
En lugar de eso, dijo:
—No ha respondido mi pregunta sobre el sushi del centro comercial.
Puse los ojos en blanco y juro que pude ver una mueca en su boca antes de que me pusiera a andar.
—¿Este es su nuevo plan? —le pregunté cuando, de nuevo, me alcanzó—. ¿Me va a incordiar hasta que abandone?
No me había dirigido la palabra después del almuerzo. En vez de eso, había esperado hasta que di por finalizada la jornada.
—Tal vez —dijo—. ¿Por qué? ¿Funcionaría?
Me sonaron las tripas cuando llegamos a las cocinas del personal y el aroma a ajo y a especias me alcanzó la nariz. También tenía que pedirle a Bensen algo de espacio en la nevera y acceso a la cocina. No podía vivir solo de comida para llevar durante el próximo mes.
—¡Aquí estás! —Una de las gemelas Harrison (Molly, creía) apareció de golpe por el arco de la cocina, con un guante de horno a cuadros en una mano—. ¿Cómo es que has tardado tanto?
—Lo siento —dijo Jackson señalándome con la cabeza—. Nuestra invitada es bastante charlatana.
Lo miré, parpadeando.
—No sabía que tenía sentido del humor.
—No tengo —dijo impasible.
—Hola, querida —me dijo Molly—. Molly Harrison. Responsable del servicio doméstico. Nos conocimos hace un par de semanas.
Le estreché la mano que me tendía con una sonrisa.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
—Sí, bueno, fue una noche para recordar, ¿verdad?
—Yo diría que sí. —Mabel apareció detrás de su hermana. Llevaba el otro guante de horno a cuadros—. Hola otra vez.
—Hola. Soy Jamie, por cierto —dije. No me acordaba de si tuve la ocasión de presentarme la última vez.
—Sí, claro, hemos oído hablar mucho de usted, señorita Paquin, ¿a que sí?
—Así es. Ha habido cierto revuelo por aquí desde que apareció.
—La señora Minerva también nos ha visitado un par de veces.
—Nos ha pedido que la cuidemos bien. Ha hablado con todo el personal.
—Difícil de complacer, la señora Minerva.
—Pero parece que le ha cogido cariño, así que algo ha debido de hacer bien.
Jackson resopló.
Lo ignoré.
—¿Le gustaría cenar con nosotros, querida? —me preguntó Molly con amabilidad.
—Oh, no puede —se metió Jackson. Tenía el hombro apoyado contra la pared y las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de vestir. Seguía con la ropa de trabajo, sin la chaqueta—. Me temo que a la señorita Paquin no le parezco una buena compañía para cenar.
Las hermanas me miraron boquiabiertas como si acabara de escupir en todo su árbol genealógico.
—Vaya, menuda tontería, ¿a que sí? —La voz de Molly adquirió un tono agudo y se le tensaron los hombros de indignación.
—Es un placer estar contigo, querido. Cualquier chica sería afortunada de poder cenar contigo y no te lo creas si te dicen lo contrario.
A Jackson se le hinchó el pecho ante el cumplido y se inclinó sonriendo para darle a Mabel un beso en la rolliza mejilla.
—Gracias, Mabel.
«¿Ein?».
Enarqué las cejas al contemplar esa interacción tan inesperada. Había sido tierno, qué cosa más rara.
—Lo mantengo —afirmé—. Dijo mi nombre mal a propósito y me preguntó con muy mala educación si era dura de oído, y todo en los primeros cinco minutos después de conocerlo.
—¡Jackson! —Molly le dio un golpecito en el brazo con el guante del horno.
—¿De verdad lo hiciste? —Mabel lo miró con el ceño fruncido.
—No es así como te enseñamos a comportarte, ¿a que no?
—Claro que no. ¿Por qué harías tal cosa?
«Como te enseñamos», había dicho. Qué interesante, a juzgar por el hecho de que nadie las había mencionado en los informes sobre la familia y la infancia de Jackson que había completado su equipo.
«Se les ha provisto de suficiente información como para encontrarme una pareja adecuada». Y un cuerno.
—¿Cómo sabe que fue a propósito? —me preguntó Jackson.
—Usted puede ser muchas cosas, señor Sinclair, y una de ellas es sin duda transparente.
Se le formaron dos líneas en el entrecejo.
—¿Qué?
—Transparente —repetí despacio—. Adjetivo. Significa fácil de comprender y, en su caso, predecible.
Hubo un largo silencio mientras Jackson me sostenía la mirada. Cuando lo asimiló, se separó con rabia de la pared.
—Cree que soy… predecible.
—Y mucho.
—Con la personalidad de un huevo duro.
Levanté un hombro.
—Sigo manteniendo eso también.
—¿Y qué significa eso exactamente? ¿Le parezco anodino?
—Y corriente. No es que sea por fuerza algo malo, es solo que sé a la perfección lo que voy a encontrarme cuando interactúo con usted, igual que sé a la perfección lo que voy a encontrarme cuando le doy un bocado a un huevo duro.
Cualquier huevo duro. Porque independientemente de la marca, todos saben en esencia igual. ¿Lo entiende?
—Ay, querida.
No estaba segura de cuál de las hermanas lo había dicho porque me negaba a ser la primera en apartar la mirada en esa competición que nos traíamos Jackson y yo. Iba a comenzar a entrecerrar los ojos en tres, dos… y ahí estaba. ¿Ves? Predecible.
—¿Y esa es su opinión profesional, señorita Paquin?
Molly se metió en la conversación antes de que pudiera responder.
—De acuerdo, vale, creo que todos deberíamos sentarnos. Y luego, después de cenar, tomar una buena taza de té relajante. ¿Qué les parece?
—Sí, sí, vamos, queridos. El cordero se está enfriando y esta conversación no puede acabar bien, ¿verdad?
—No lo creo, no —coincidió Molly, tomando a Jackson del brazo. Trató de tirar de él, pero estaba clavado en el sitio, fulminándome y retándome con la mirada.
—Como he dicho, no nos va a acompañar —soltó con rabia.
En realidad, debería haber aceptado comer con ellos. Tenía que observarlo en su hábitat natural y tomar nota de cómo actuaba, pero lo había cabreado tanto que tampoco se iba a comportar como solía hacer.
Tendría que ser en otra ocasión.
Les dediqué una sonrisa a las hermanas.
—Agradezco de corazón su oferta, pero creo que es mejor que me salte esta cena. La primera semana es un periodo de adaptación para el cliente y es importante que el señor Sinclair siga teniendo algo de espacio y normalidad.
—De acuerdo —dijo Mabel con educación—. Tiene sentido. Pero nos acompañará la semana que viene, ¿verdad?
Entonces era habitual que comiera con ellas. Me gustaría saber a quién más solían invitar.
—Desde luego —le aseguré.
Se colgó del fuerte brazo de Jackson y lo arrastró hasta la cocina mientras murmuraba algo sobre que tenía que remover la salsa.
No fue hasta que había recorrido medio pasillo cuando me percaté de que Molly se había quedado allí parada, retorciendo con las manos el guante del horno mientras contemplaba cómo me iba.