Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Uno no entiende cuánto son veinte millones de dólares hasta que te miran a la cara, amenazándote con arreglarte la vida. Puede que creas que lo sabes, pero no. En realidad no.

Toda mi existencia pasó ante mis ojos. Pasado, presente y futuro.

¿Mis préstamos universitarios? Liquidados.

¿Mis padres? Jubilados y con la hipoteca y la línea de crédito canceladas.

Con tanto dinero podría comprarme una casa donde quisiera. Podría viajar, mudarme a un lugar más cálido, adoptar un poni, dar clases de surf y vela y piano y de todo lo que me apeteciera.

Nunca más tendría que preocuparme por vivir al día. Ese trocito de papel lo cambiaría todo.

Tenía que aceptarlo. De verdad, tenía que aceptarlo.

Aunque no fuera por mí, por mis padres. Sería muy egoísta y estúpida si no aceptara ese trato.

Trataba de convencerme por todos los medios a mi alcance de aquello.

Porque entre la pura sorpresa, la emoción y los nervios, había algo más.

Algo escurridizo, sinuoso y del todo desagradable.

Me chocaba que por mucho que esa cantidad de dinero pudiera cambiarme la vida, para Jackson era algo insignificante. Le estaba permitiendo que me comprara con lo que él consideraba que era calderilla, y eso hizo que se me revolviera el estómago.

Aunque dejar que mi orgullo y mi ego me impidieran aceptar seguridad financiera para toda una vida sería una estupidez. Tenía que aceptarlo.

«Pero ¿podrías dormir por las noches? ¿Sabiendo que Jackson Sinclair te compra de esta manera?».

«A ver, si me pudiera permitir comprar un colchón realmente bueno, entonces sí. Sin lugar a dudas».

Cogí el cheque de la mesa y corrí hacia el ascensor. Pero en lugar de ir al banco, giré hacia la derecha en cuanto pisé la acera y me fui directa a Umu.

Era idiota.

Jackson Sinclair tenía su propio comedor privado en el restaurante japonés más caro y exclusivo de la ciudad. Porque, cómo no.

La decoración era preciosa (una paleta de tonos neutros, iluminación tenue y muebles minimalistas acordes con la temática) y mantenerlo costaba más que mi salario anual. Casi podría jurarlo.

El cóctel que estaba a punto de tomarse se quedó congelado en el aire cuando el camarero deslizó el panel shoji. Abrió la boca. Parpadeó.

Pero yo estaba demasiado cabreada como para disfrutarlo.

Tenía el corazón a mil y me temblaban los dedos cuando estampé el cheque en su mesa.

—¿Veinte millones de dólares? ¿Es una especie de broma retorcida?

Me miró boquiabierto, enarcando un poco las cejas. Durante todo un minuto, reinó el silencio en el comedor.

Bueno, casi del todo. Yo respiraba con dificultad, por haber ido todo el camino hecha una furia, y notaba el atronador latido del corazón en los oídos.

Jackson siguió mirándome fijamente, planeando con esos gélidos ojos azules por los míos. Hasta que, por fin, levantó la comisura de la boca.

—De acuerdo. —Su suave acento acariciaba las palabras de un modo que me encogía el estómago—. Siéntese, señorita Paquin. Hablemos.

Ya, claro. Ni de puta coña.

Yo no era alguien más de su equipo. No me podía dar órdenes.

—Le voy a pedir cita para una evaluación psicológica —dije—. La semana que viene. Que su equipo me envíe su agenda y le buscaré un hueco. Resérveme dos horas.

Volvió a hacer ese tic con la boca. No era una sonrisa. Jackson era incapaz de hacer tal cosa.

—Siéntese —repitió, señalando la silla que había frente a él.

Puse los ojos en blanco.

—Un consejo antes de que empiece el asesoramiento en sí, ya que, una vez más, queda clarísimo que lo necesita: cuando no esté en el trabajo, dar órdenes no suele dar buena impresión. Ni tratar de sobornar a la gente o pensar que puede solucionarlo todo con dinero.

Volvió a hacerlo. Lo de la boca.

—De acuerdo, ya que insiste, podemos hablar de pie.

Se levantó y se acercó a mí, deteniéndose a escasos centímetros para poder mirarme desde arriba con petulancia.

—¿Mejor así?

Me crucé de brazos y me quedé quieta en el sitio. Claro está, tuve que echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual, pero todavía tenía dignidad.

—Estupendo.

—No puedo decir eso por mi experiencia, por cierto.

—¿Qué?

—Todavía no me he encontrado con un problema que no se pueda resolver con dinero —dijo, justo cuando me llegó el suave aroma a limpio de su colonia.

Era bastante agradable, la verdad. No le pegaba nada—.

Los sobornos me han funcionado bastante bien en el pasado y, en cuanto a lo de dar órdenes a la gente… , se sorprendería.

Hubo algo en la forma en la que dijo esa última parte que provocó que se me sonrojaran las mejillas. Lo ignoré.

—Bueno, pues me temo que de esto no podrá librarse con sobornos. Mi alma no está en venta.

Inclinó la cabeza hacia un lado y me clavó esa fría mirada en el rostro.

—Todo el mundo tiene un precio, señorita Paquin. Solo tenemos que descubrir el suyo.

—Vale, ¿decirle a alguien que tiene un precio? Tampoco es nada atractivo.

—¿De verdad no va a aceptar el dinero? —preguntó, ignorando con descaro mi sabio consejo.

—De verdad que no voy a aceptar el dinero.

—¿Por qué? Admitió que era el motivo por el que hacía esto.

—También dije que no estaba dispuesta a arriesgar mi carrera.

Se encogió de hombros.

—Con veinte millones podría montar su propia agencia. Con sus propias normas. Estuve ahí, vi la dinámica entre Valerie y usted.

—Vivian.

—Vivian. Eso.

—No acordarse de los nombres de las personas también da muy mala impresión —dije—. Una clara señal de que es egocéntrico.

—Recuerdo los nombres que importan. La cuestión es, si es la que dirige las cosas, no tendrá que aguantar jefes ni sus chorradas. De hecho, será la que pague a otros para que aguanten las suyas.

—No, estoy bien. —Me di la vuelta, lista para marcharme, pero me detuve cuando, para mi sorpresa, me agarró de la manga.

—¿Qué?

Volvió a entornar los ojos, pero no con desprecio. Parecía más curiosidad que otra cosa.

—¿Cuánto para que lo deje? En serio.

Vaya. De verdad que no lo entendía, ¿no?

—Por desgracia, no soy un problema que pueda resolver con dinero.

—¿Qué es lo que quiere, entonces?

—Hacer mi trabajo —dije—. Ese que esta mañana ha despreciado, lo que, por cierto, también es algo que da muy mala impresión y resulta poco atractivo.

—Su trabajo consiste en convencer a gente solitaria y desesperada de que los finales felices de cuentos de hadas son reales. He visto los anuncios, señorita Paquin. Son grotescos y toda una vergüenza. Mi desprecio estaba más que justificado.

Me indigné.

—Vale, mire. Justo por esto es por lo que tenemos que hacer su test de personalidad con usted presente. Lo de ser cínico ni siquiera aparecía en la lista.

—No soy cínico, soy realista.

—Vamos, por favor. —Puse los ojos en blanco, dando medio paso hacia delante—.

Eso es lo que dicen los capullos para jus­tificar que son unos capullos.

Además, es maleducado, ofensivo, arrogante y prepotente a más no poder.

¿Quién coño cree que es apropiado insultar el trabajo de otra persona de esa manera y en su propia cara?

Se le volvieron a curvar los labios. Esta vez con sarcasmo.

—Los anuncios actuales de Charmed insisten en el concepto de las almas gemelas, señorita Paquin. Y que utilizan cosas como el tarot para ayudar a los clientes a encontrar su «media naranja».

Me empecé a acalorar. Para que quede claro, lo del tarot se reservaba solo para los clientes que lo pedían.

—¿Y?

—¿Cree en esas chorradas? ¿Que el universo está vivo y la guía hacia la única persona a la que está destinada? ¿Por eso el índice de divorcios en este país es tan alto? ¿Porque todo el mundo en todas partes acaba encontrando a su alma gemela?

En mi vida había conocido a alguien tan terriblemente exasperante.

—Yo creo, con todo mi ser, que hay alguien ahí fuera para cada persona.

Y sí, tal vez hay un poder superior que ayuda a la gente a encontrarse.

¡No lo sé! Lo que sé es que el amor romántico, las conexiones profundas y los «felices para siempre» son reales.

Si no creyera en esas cosas, no me dedicaría a esto.

—Ah, entonces lo ha vivido.

No fue hasta ese momento que me di cuenta de lo cerca que estábamos el uno del otro, de lo agitada que era nuestra respiración. Tragué saliva y no me moví. Si alguien iba a recular, ese era Jackson.

—No en persona —dije. Tenía que admitir que no había tenido mucha suerte con los hombres ni con las relaciones—. Pero lo he visto.

Resopló, como mofándose de mí. Casi era una risa.

—¡Lo he visto! —insistí, aunque no tenía sentido.

Seguí moviendo la boca, alimentada por mi ego dañado—.

Mi mejor amiga está ahora mismo en su luna de miel de diez semanas con el amor de su vida.

Y mis padres celebraron su trigésimo aniversario el mes pasado y no podrían estar más enamorados. Ahí lo tiene.

¿Sabes cuando dices algo en el fragor de una discusión y al momento te hace sentir inmadura y estúpida? Porque esos argumentos parecían más elocuentes en mi cabeza de lo que lo fueron al decirlos en alto.

Me aclaré la garganta y lo intenté de nuevo.

—También he visto muchos casos de éxito con mis clientes. —Antes de él, claro está. Cuando de verdad disfrutaba de mi trabajo y me sentía realizada.

Jackson levantó una ceja y frunció los labios como si no se pudiera creer lo infantil e ingenua que era.

Se me removió algo en lo más hondo de mi ser, y antes de poder pensármelo mejor, dije:

—Apuesto a que puedo demostrar que está equivocado.

Me arrepentí antes incluso de acabar la frase.

Me arrepentí mucho más cuando él soltó una risita.

Era la primera vez que lo veía sonreír del todo y…

joder. Dientes blancos y rectos, unos colmillos prominentes y un encanto masculino.

Por mucho que odiara admitirlo, Jackson Sinclair estaba como un tren.

Ese era el motivo por el que tantas mujeres atractivas y con éxito se habían quedado desoladas por su culpa. Bueno, eso y todo el dinero, el poder y eso de ser el soltero más codiciado de toda Norteamérica.

Pero tenía una personalidad de mierda, así que la mayor parte del tiempo era fácil olvidarse de su aspecto.

—Última oportunidad. —Ladeó la cabeza con condescendencia—. Acepte el dinero.

No sabía si sentirme aliviada o insultada por el hecho de que no me tomara en serio lo suficiente como para aceptar mi apuesta. Mi cerebro decía que aliviada, pero mi ego gritaba: DEMUÉSTRALE QUE ESTÁ EQUIVOCADO, JODER. HAZ QUE TE SUPLIQUE PERDÓN.

—No voy a aceptar el dinero. —Formé un puño con los dedos. Sentían demasiadas tentaciones de agarrar el cheque. No me podía arriesgar.

Todavía esbozaba una sonrisa divertida mientras me estudiaba.

—Señorita Paquin, un aviso: no tengo intención de jugar limpio ni facilitarle las cosas durante los próximos treinta días. Acepte el dinero, olvídese de los datos y ahórrenos a los dos tiempo y quebraderos de cabeza.

Le dediqué una sonrisita irónica.

—Señor Sinclair, un aviso: estoy harta de sus tonterías y gran parte del motivo por el que acepté hacer esto fue por hacerle la vida tan imposible como usted ha hecho las nuestras durante los últimos ocho meses. No me da miedo.

—¿Así que se trata de eso? ¿Rechaza veinte millones de dólares por una venganza de nada? Un poco corta de miras, ¿no le parece? —Se inclinó ligeramente hacia mí cuando dijo la palabra «corta».

Yo medía uno setenta.

Él era como el abominable hombre de las nieves.

Si había alguien en ese comedor que debería sentirse acomplejado por su altura, no era yo.

Parpadeé en su dirección, despacio, con sarcasmo.

—No me importa cómo le dé la vuelta a esto, no puede comprar mi integridad.

Chasqueó la lengua.

—Como le he dicho, todo el mundo tiene un precio.

—¿Ah, sí? ¿Cuál es el suyo?

—Unos trece mil millones y medio, más menos lo que fluctúe el mercado.

Hala.

—Menos de lo que creía.

Esa sonrisita de superioridad se fue ensanchando mientras me observaba, pero antes de que pudiera contraatacar, entraron dos camareros… y se quedaron parados de golpe, con los ojos como platos pasando de Jackson a mí. En su defensa diré que estábamos casi cara a cara.

Di dos pasos atrás y volví a cruzar las manos en el pecho mientras les ofrecía mi mejor sonrisa de «aquí no pasa nada».

—Discúlpennos —dijo uno de ellos—. Le pediremos al personal que llame a la puerta antes de entrar de nuevo en el comedor.

Eh, ostras, no.

—No es necesario. Yo ya me iba —dije mientras servían la comida. Tres platos de piedra repletos de caviar, calamar y un sa­shimi con una presentación exquisita.

—Antes puede comer —dijo Jackson—. En cuanto ha llegado, la comanda ha pasado a ser para dos personas.

—No, gracias. —Se me estaba haciendo la boca agua y mi estómago amenazaba con ponerse a rugir, pero lo último que quería hacer era sentarme en esa silla.

—Dijo que quería sushi.

—Y así es. Pero ya he cenado con usted una vez y no es una experiencia que desee repetir. Además, hay un puesto de sushi en el centro comercial a dos manzanas de aquí, así que no hace falta. Hasta luego.

No me quedé lo suficiente como para escuchar su respuesta.