Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Era bastante peor de lo que me esperaba. Y eso teniendo en cuenta que mis expectativas no podían haber sido más bajas.

Jackson Sinclair era el epítome de alguien que tenía demasiado dinero y muy poca autosuficiencia. Lo había estado acompañando a todas partes durante menos de tres horas y de verdad que no me podía creer cómo alguien podía vivir así. Tenía a «una persona» para casi todo. Era un exceso absoluto.

Su chef privado le preparó el desayuno.

Su entrenador personal le indicó y supervisó el entrenamiento.

Sus asistentes domésticas personales le prepararon la ropa que había sido seleccionada antes por su asistente de compras.

Su peluquero privado lo peinó y también le afeitó la barba incipiente. (Eso sí que me dejó loca del todo).

Y por último, su chófer privado nos llevó hasta su despacho, donde su asistente personal, Savannah, lo esperaba con su café y una presentación impecable de su agenda del día.

Todo muy fluido. Su equipo estaba más organizado que, yo qué sé, ciertas divisiones del ejército, di por hecho sin tener ni puñetera idea del tema.

—Y esta es su mesa —me dijo Savannah en cuanto terminó de presentarle la agenda a Jackson—. Con el botón AP del teléfono se pondrá en contacto directo conmigo, en caso de que lo necesite. Minerva lo solicitó específicamente.

Dijo esa última parte en voz baja, agachando la cabeza como si fuera nuestro secretito. La sonrisa y el guiño que siguieron me lo confirmaron.

¿Minerva tenía topos en la oficina? No sabía si me parecía extraño o impresionante. Tal vez un poco de ambas cosas. Jackson se percató de nuestro intercambio a media voz, y cuando Savannah se fue, posó sus espectrales ojos en mí, entornándolos. Como si todo fuera culpa mía.

Sonreí.

Me lanzó una mirada asesina.

Me senté.

Se quedó de pie.

Lo imité al instante.

—¿Adónde vamos?

¿Sabes cuando te das cuenta de que alguien quiere mandarte a tomar viento fresco porque está hasta las narices de tus chorradas?

—Tengo que ir al baño —dijo entre dientes—. ¿O también se supone que debe seguirme allí?

—Nop. En absoluto. Diviértase.

La irritación le trepó hasta el cuello y sintió la necesidad de ajustarse la corbata antes de salir del despacho con un portazo. Había un baño integrado a menos de tres metros de su mesa.

Me iba a aborrecer para cuando acabaran los treinta días.

Solo pensarlo me producía una alegría desmedida.

Por norma general, en esas circunstancias concretas, estaría muerta de aburrimiento. Di por hecho que ese era su plan: aburrirme hasta que me rindiera y me fuera a casa. Pero, ay, amigo, cómo subestimaba el resentimiento acumulado que alimentaba mi fuerza de voluntad.

Era un juego de niños.

Lo que había hecho era cambiar sus reuniones presenciales por virtuales y ponerse un par de auriculares para que no pudiera enterarme de lo que pasaba. Ah, y supongo que había restringido el acceso a toda la planta al resto de sus empleados, excepto a Savannah. Sin más excepciones.

La verdad es que esto último lo entendía.

Muchos de nuestros clientes del paquete Inmersivo elegían que no los acompañáramos a la oficina y, en vez de eso, la mayoría trabajaba desde casa, con la intención de que su vida privada siguiera siendo privada.

Pero Minerva no le había permitido esa opción a Jackson.

Podía improvisar cuando el personal preguntara por mí (se había decidido por una «consultora empresarial») y nada más.

No sabía qué zanahoria estaba utilizando Minerva para que él aceptara pasar por tantas complicaciones, pero, fuera la que fuera, tenía que ser muy buena.

—Entonces ¿es esto lo que debo esperar el próximo mes? —preguntó Jackson mientras yo trataba de decidir dónde comer—. ¿Se va a sentar ahí a observarme mientras trato de trabajar?

Se me seguía olvidando lo de su acento. Bueno, no «olvidando», es solo que no recordaba cómo… tenía la voz como… da igual. No sabía adónde quería llegar mi cerebro con eso.

En cualquier caso, era la primera vez que me había prestado atención en cinco horas y media, según mi reloj. Bastante impresionante. Pero ya sabía que no aguantaría hasta que acabara el día. Necesitaba que abandonara, y hacerme el vacío no iba a ser una forma eficaz de conseguirlo.

—Estoy observando, no mirándolo fijamente —le aseguré—. Y el plan es seguir haciéndolo, sí. Es, en esencia, la razón por la que estoy aquí.

Me sostuvo la mirada mientras se reclinaba en la silla, ladeando la cabeza.

—¿Tiene alguna otra pregunta? —pregunté con educación. Parecía que la tuviera.

—Estoy tratando de adivinar si se da o no se da cuenta de lo absurdo y sin sentido que es todo esto.

Grosero.

—Agradecería que no se refiriera a mi trabajo como absurdo y sin sentido, señor Sinclair.

Un destello de hostilidad le brilló en esos ojos siniestros.

—Me estaba refiriendo más al programa, pero tiene razón, se puede decir lo mismo de su profesión.

Mantuve una sonrisa serena y amable mientras entrelazaba los dedos sobre la mesa.

—Déjeme adivinar: cree que mi profesión no tiene sentido porque no cree en ello.

—¿En qué, exactamente?

—En lo que trato de venderle. O no cree en el amor o no cree que pueda ayudarle a encontrarlo. —Había algún tipo de problema en ese sentido. Lo sabría para cuando terminara el mes.

Enarcó una ceja, estudiándome.

—¿Saca todo eso de una sola mañana conmigo?

No. Lo sacaba de ocho meses de trabajar como una mula, de romperme la cabeza para intentar encontrarle pareja a un hombre que estaba haciendo lo imposible para que no pudiera hacer mi trabajo.

—¿No tengo razón? —pregunté.

Hizo una pequeña mueca con la boca como si lo divirtiera.

—Sí. Tiene razón.

Lo sabía. De verdad que ese hombre no podría ser más cliché ni aunque lo intentara.

—Estupendo. ¿Me recomienda algún sitio decente por aquí cerca para comer sushi ? —Me moría de hambre.

Ignoró mi pregunta.

—Entonces ¿por qué está aquí? Si es consciente de que pienso que todo esto es una tontería, ¿por qué malgastar su tiempo?

—Un poke también estaría bien. Lo que esté más cerca.

—¿Es por el dinero? —me provocó—. ¿La experiencia? ¿Una estrellita en su currículo?

—Eso para empezar. ¿Por qué?

Quería hacer un trato. Me pagaría para que me inventara los datos y aun así siguiera pudiendo poner esa estrellita en el currículo. En su cabeza salíamos los dos ganando.

—Si está dispuesta, me gustaría ofrecerle un acuerdo alternativo —dijo, analizándome en busca de pistas visuales de cómo me había tomado su propuesta—. Un acuerdo que nos vaya bien a los dos.

—No.

Una pausa. Estaba claro que no estaba acostumbrado a escuchar esa palabra.

—Ni siquiera sabe cuál es la oferta todavía.

Ah, ¿así que elegía el camino largo? Eché un vistazo al reloj. Le daría… otros seis minutos.

—De acuerdo. ¿Cuál es su oferta?

—Doscientos mil —dijo impasible—. Pero se acaba todo. Nada de acompañarme, ni asesoramiento, ni pruebas, ni entrevistas. Aunque, en lo que respecta a Minerva, habremos hecho todo eso y más.

—Ah —dije—, entonces la respuesta sigue siendo no.

De verdad que no le gustaba escuchar esa palabra.

—Quinientos.

—No.

—Un millón.

—No.

Ahora clavaba los codos en la mesa y la mirada en mis ojos desde el otro extremo de la sala.

—Señorita Paquin, le estoy ofreciendo un millón de dólares por pasarse un mes sin trabajar —me explicó despacio. Por si mi diminuto cerebro no fuera capaz de comprender la complejidad de su propuesta, supongo.

—No, señor Sinclair —dije, imitando su voz—. Me está ofreciendo un millón de dólares para que sacrifique mi integridad y arriesgue aún más mi carrera.

—Venga, por favor. —Se volvió a reclinar, ajustándose la corbata—. Dígame, ¿dónde estaba su integridad cuando se puso una peluca y me mintió sobre su identidad?

Me ardió la piel de pura irritación.

—No tengo ninguna intención de alcanzar ningún tipo de acuerdo con usted ni de traicionar a mi jefa. Y, a menos que quiera que incluya todo esto en mi próximo informe para su tía, le sugiero que se olvide de ello.

Me giré hacia el portátil.

«Integridad: inexistente. Prepotencia: prácticamente el cliente se inventó y patentó la palabra».

—Veinte.

Detuve los dedos sobre el teclado. Volví a mirarlo.

—¿Disculpe?

Abrió un cajón de su mesa, sacó un cuadernillo rectangular, garabateó algo en la primera hoja, tiró de ella para rasgarla y se puso de pie.

Unos cinco atronadores segundos después, tenía la mirada clavada en un cheque firmado por Jackson Sinclair. Por valor de veinte millones de dólares.

Se metió las manos en los bolsillos mientras se alzaba imponente sobre mi mesa, observándome.

—Un pequeño cambio de planes —dijo cuando no fui capaz de que mi lengua obedeciera las órdenes de mi cerebro, que se había quedado frito. Hasta que sonó la voz de Savannah por el altavoz no me percaté de que no hablaba conmigo—. Hoy comeré en Umu. Retrasa la cita de la una al jueves.

—Ahora mismo. Les llamo para que preparen su mesa. ¿Lo acompañará la señorita Paquin?

—No. —Podía notar ese tonito engreído y petulante, era más que evidente—. No creo que lo haga.

Y luego se marchó.