Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Si sufriera algún tipo de alucinación durante la parálisis del sueño, tendría los ojos de Jackson Sinclair.

Eso es lo que se me pasaba por la cabeza mientras me miraba con furia desde la otra punta del salón, con la mandíbula tensa como si se estuviera esforzando por contenerse y no decirme que me fuera de su puta casa.

«Lenguaje corporal en entorno laboral: pésimo».

—Eso es, a grandes rasgos, lo que debería esperar de la semana uno —seguí con decisión.

No es que nada de todo aquello me sorprendiera.

No podía tener menos expectativas con él, y se estaban cumpliendo—.

Seré como su sombra e iré recopilando datos que se utilizarán para encontrar a alguien cuyos hábitos y modo de vida sean compatibles con los suyos.

Le aconsejo que haga justo lo que haría normalmente, como si yo no estuviera aquí.

Cuanto más hablaba, más tenso y amargado parecía Jackson. Hasta que se le marcaron dos venas en la frente y varios músculos en la mandíbula.

Era una vista maravillosa. De verdad.

No me había sentido tan realizada y satisfecha en el trabajo desde hacía meses, ocho y medio para ser exactos.

—Eso nos lleva a la semana dos —mi tono reflejaba con descaro el placer que me provocaba su rabia, y los dos lo sabíamos—, que es cuando empezará el asesoramiento.

Tenía los puños blancos.

—No necesito asesoramiento.

—Oh, sí, desde luego que lo necesita —dije sin vacilar—. Puedo decir con total confianza que si hay alguien que necesite asesoramiento ese es usted, señor Sinclair. Esa es mi opinión profesional, basada en mi experiencia.

Su mirada era letal, pero no me importaba.

Él me había preguntado si era dura de oído y había dicho mal mi nombre en la misma frase, la hostia. Y la cita solo había ido a peor. A ver, estaba bastante segura de que había tratado de sabotearla, pero aun así. Como rezaba el sabio dicho kármico: «Sigue jodiéndome y ya verás lo que pasa».

—El asesoramiento será personalizado para sus necesidades concretas.

Cubrirá todas sus debilidades principales, que señalaré en mis evaluaciones.

—Lo que, en el caso de Jackson, iba a ser casi todo, salvo su forma de vestir y su apariencia física—.

No obstante, si hay algún área específica en la que quiera que nos centremos más, hágamelo saber.

Jackson echó un vistazo a su reloj y dio un golpecito con el pie. Por desgracia para él, todavía nos quedaban diecisiete minutos de reunión y yo no tenía previsto acabarla ni un minuto antes.

Al fin y al cabo, sabía lo mucho que valoraba la puntualidad el señor Sinclair.

Siempre llegaba a sus citas a la hora exacta y las terminaba en cuanto pasaba una hora, ni un segundo más tarde.

Y no tenía nada que ver con el hecho de que Charmed exigiera que la primera cita durara toda una hora, algo que se había establecido para asegurarnos de que las parejas que habíamos seleccionado con tanto esmero se dieran una oportunidad.

—Las semanas tres y cuatro dependerán de cómo vayan las primeras dos.

Seguiré recopilando datos, aunque lo más probable es que a menor escala en esa fase, sobre todo porque ya no lo acompañaré al trabajo.

Si el asesoramiento ha ido bien, podemos pasar a citas supervisadas con discreción.

Esta vez, sin embargo, seleccionaremos a las parejas según mis datos además de según lo que hablemos durante nuestras reuniones en persona.

Ya le hemos enviado el programa a su equipo.

Las reuniones en persona se llevarán a cabo fuera del horario laboral normal para que no se solapen con ninguna de las reuniones que pueda tener, y se espera que asista a todas usted mismo. No acepto sustitutos.

Eso era todo, en esencia. Había cubierto todos los puntos principales. Qué bien que no me faltaran temas relevantes de los que tratar con él hasta que se acabó la hora y me interrumpió.

Así que eso es justo lo que hice: malgastar su tiempo como él había malgastado el mío.

Hablé y hablé hasta que empezó a tener un tic en el ojo. Podía ver cómo contaba en silencio los segundos hasta tres, dos… Se puso en pie medio segundo antes de que la manecilla grande llegara a las doce y salió de la habitación dejándome con la palabra en la boca.

Apreté los dientes, conteniendo una sonrisa mientras volvía a coger el móvil.

«Pésimo».

Modales. Actitud. Lenguaje corporal.

Todo ello.

Todo él.

«Pésimo».

—¿Qué? ¿Que estabas dónde? ¿Haciendo qué?

Me moví entre el montón de almohadones apoyados contra el cabecero de la cama y casi ronroneo. Como si me abrazara una enorme nube esponjosa.

—Ni se te ocurra quedarte dormida ahora, Jamie —soltó Ria, fulminándome con la mirada desde el otro lado de la brillantísima pantalla de mi móvil.

Menudo sol hacía donde estaba, en alguna isla de la costa de…

un país, de Europa o de África. De verdad, es que ya no era capaz de saberlo y no solo porque estuviera todo el rato agotada.

Solo sabía que era la primera vez que tenían conexión a internet en casi dos semanas.

—Lo siento. —Me lloraban los ojos del esfuerzo que hacía por reprimir un bostezo—. Esta cama es comodísima y no dormí muy bien anoche. Por los nervios y todo eso.

También me quedé despierta hasta tarde, repasando las notas subrayadas que había tomado durante las dos semanas de formación con Vivian. No era difícil, solo que había un montón de contenido.

—Podrás dormir cuando me cuentes lo que ha pasado —insistió Ria—. Porque la última vez que hablamos, estabas la hostia de quemada y al borde de una crisis emocional en toda regla por culpa de las chorradas de ese hombre. ¿No es así?

—Así es —le confirmé. Había amenazado con volver a Toronto en medio de esa conversación.

Tardé casi una hora en convencerla de que cancelar lo que le quedaba de luna de miel era una reacción exagerada y del todo innecesaria.

Aunque, siendo egoísta, la echaba tanto de menos que casi se lo permito. Casi.

Pero no le podía hacer eso a ella ni a su marido.

El pobre Adrien ya había sido demasiado comprensivo.

El día que se mudó Ria, lloramos tanto que él sintió la necesidad de comprobarlo hasta tres veces y asegurarse de que de verdad era lo que ella quería.

Luego me había ofrecido una habitación permanente en su ático, donde podría dejar todas mis cosas y quedarme siempre que me apeteciera.

Eso fue lo que por fin consiguió tranquilizarnos. Y pude ver el alivio en su lenguaje corporal cuando Ria empezó a dejar de llorar. Estaba tan enamorado de ella que, a veces, verlos interactuar era como mirar directamente al sol.

Me recordaban a mis padres.

Y eso es todo lo que yo siempre había querido.

Desde que era pequeña. Esa felicidad pura y deslumbrante que aparece cuando conoces a tu alma gemela.

Si lo pensaba bien, lo más probable es que ese fuera el motivo por el que había empezado a trabajar en el negocio de buscar parejas.

Adoraba el amor, ¿y qué podría ser más gratificante que ayudar… a gente… a encontrar…?

—¡Jamie!

—¿Hummm?

—¡Te estás quedando frita!

Me obligué a abrir los ojos. No fue fácil.

—Perdona. ¿Qué me decías?

—Jackson Sinclair. El Inmersivo. Cuéntamelo.

Uf. Es que era una historia muy larga. Y tenía demasiado sueño. Ya eran las once y media y Tobigote se había hecho un ovillo a mi lado y roncaba en bajito.

Solté un fuerte suspiro.

—¿No podemos esperar hasta estar en la misma zona horaria para poderlo hablar con una botella de vino? Me estoy muriendo de sueño y Satanclair empieza el día como a las cinco de la madrugada.

Estaba decepcionada. Y lo sabía porque apartó los ojos de inmediato y curvó un poco hacia abajo una de las comisuras de la boca.

No podía culparla. Yo había estado tan ocupada con ese estúpido expediente y ella había tenido una conexión a internet tan terrible que solo habíamos podido mantener una o dos conversaciones de más de quince minutos en el último mes.

¿Lo peor de todo? Casi solo hablábamos de mis problemas.

Hasta ese punto había permitido que mi trabajo y un estúpido cliente ocuparan mi vida.

La rabia y el resentimiento anidados en lo más hondo de mi ser se reavivaron y me dejaron un regusto amargo en la boca.

—Lo siento, Ree. —Me tragué el nudo de emoción de la garganta—. Ya sé que se suponía que hoy nos íbamos a poner al día, es solo que…

—No pasa nada —dijo con un suspiro—. Lo de la zona horaria es una putada y en ninguna de estas estúpidas islas hay un wifi decente. Se supone que es a propósito, para que los huéspedes desconecten y blablablá, salud mental. No es culpa tuya.

Moví los pies bajo el edredón, poniendo uno detrás del otro.

—Ya, pero es que también he estado tan agotada que… a ver, incluso en tu boda…

—Olvídate de eso —dijo—. No quiero escuchar una disculpa más. Ya te dije que no era nada.

Pero ¿de verdad no era nada? Porque me parecía que quedarte dormida en el banquete de boda de tu mejor amiga sí que se podía considerar como que era algo.

Solo fue un minuto y mientras la esperaba en el sofá que había fuera del baño, pero aun así… A mí me parecía que sí que era algo, y bastante importante además.

Casi lloré cuando me despertó con un golpecito con delicadeza y se ofreció a llevarme a mi habitación del hotel para que pudiera descansar. Incluso recordarlo ahora me hace sentir como una mierda.

—Te lo compensaré —le prometí—. Cuando vuelvas, te compensaré todo lo que…, por cómo he estado en estos últimos ocho meses.

El Inmersivo se habría terminado antes de que Ria y Adrien volvieran, y yo iba a dejar el trabajo en Charmed en cuanto me pagaran lo que me faltaba de bonus. Y luego se lo compensaría.

Y a mis padres.

Y a mí misma.

Ria apretó los labios y meneó la cabeza una vez.

—Lo hablaremos cuando vuelva a casa. Estás haciendo esa cosa irracional de ser superdura contigo misma y tengo mucho que decir al respecto.

Solté una risita ahogada. Cómo no. Si algo tenía Ria, eran opiniones. Siempre y sobre todas las cosas. Y me moría de putas ganas de escucharla. Justo después de que me hubiera vengado de Jackson Sinclair.

Iba a estar orgullosísima de mí, con lo que le gustaba hacer sangre.