Capítulo 6
—¿Qué cojones es eso?
Esas fueron las primeras palabras que me dijo Jackson Sinclair cuando entré en su casa, dos semanas después de nuestra reunión.
—Es un gato —respondí tajante. Qué pregunta tan estúpida—. Esta es la pinta que tienen con pelo.
Entornó los ojos. No le gustaba cuando insinuaba que era idiota, entendido.
—¿Qué cojones está haciendo aquí?
Me abracé con más fuerza a Tobigote, plantándole un besito detrás de la oreja que no dejaba de sacudir nervioso mientras contemplaba su nuevo entorno, tomando nota de los mejores rincones para lamerse el culo.
Lo había sacado del trasportín en cuanto salimos del taxi. Odiaba aquel cacharro con todo su ser.
—¿Dónde si no se iba a quedar todo este mes? —pregunté.
—Parece que esa cosa no hace más que soltar pelo —contraatacó Jackson.
Asentí con un murmullo.
No le faltaba razón.
—Sáquelo afuera —me ordenó con rudeza—. No quiero que se acerque a mis muebles.
Para sorpresa de nadie, dado el estado de su casa.
Eché un vistazo al salón, manteniéndome del todo indiferente. Cada metro cuadrado de esa enorme estancia era de un gris, un negro o un blanco impolutos. Todo tenía un aspecto muy aséptico. Como si se retiraran las motas de polvo del aire antes de que pudieran llegar a pensar en posarse sobre algo.
Ni siquiera parecía que allí viviera alguien.
Solo tenía pinta de ser un muestrario de artículos carísimos.
Era muy elegante y de buen gusto, pero… a ver, por ejemplo, ¿qué sentido tenía tener un sofá que te hiciera sentir mal si lo utilizabas?
Esa cosa era tan angular y blanca que hasta cegaba, y me daría miedo sentarme en el sitio equivocado.
Los heladores ojos azules de Jackson y su pelo castaño claro eran los únicos toques de color de toda la habitación. Incluso su ropa era blanca y negra. (Por cierto, ¿qué trastornado vestía con un traje de tres piezas en casa?).
Le ofrecí mi mejor y más falsa sonrisa. No me la devolvió.
—Lo bueno es que tiene el pelo del mismo tono de gris que casi todos sus muebles, así que lo más seguro es que no se note mucho.
Le tembló la mandíbula.
—Señorita Paquin, ¿no cree que hubiera sido apropiado pedirme permiso antes de traer esa cosa…?
—Esa cosa es un gato —lo corregí. Se me empezaba a agotar la paciencia—. Se llama Tobigote Maguire y sí que pedí permiso. Se lo consulté a su tía antes de aceptar venir aquí a hacer esto.
La única persona de la que me fiaba para que cuidara a Tobigote durante todo un mes era Ria, que en esos momentos disfrutaba de su luna de miel de diez semanas con el hermano de Alice, así que ahí estábamos los dos.
Jackson apretó la mandíbula en señal de descontento, pero no lo discutió. Daba la impresión de que se moría de ganas de hacerlo, pero se obligó a contenerse.
No entendía muy bien la relación que tenía con Minerva, pero por lo que había visto hasta entonces, ella tenía la sartén por el mango. Su palabra era definitiva, algo que, cómo no, Jackson detestaba.
—Bien —logró decir mientras se le tensaba el cuello en señal de protesta por aceptarlo—. Tan solo asegúrese de que se quede en su suite. Le diré a Bensen que…
Cometió el error de acercarse demasiado.
Tobigote siseó, mostrando sus diminutos colmillos a la amenaza que se aproximaba mientras sacudía la cola con indignación. Fue lo bastante agresivo como para que Jackson reculara, arrugando la frente.
—Mírelo. —Sonreí—. Lo odia.
A Tobigote no le gustaba la mayoría de los extraños, los hombres en particular. Pero quería que Jackson se sintiera especial.
—Qué cosa más rara —añadí—. Por norma general, le gusta todo el mundo.
—Yo tampoco le he caído muy bien, señor. —Bensen entró en la habitación justo a tiempo para estropearme la diversión. En su voz se notaba un ligero tono divertido y me dedicó una rápida sonrisa antes de volver a centrarse en el señorito Satanclair—. Yo no me lo tomaría como algo personal.
A mí, en cambio, me gustaría que Jackson se lo tomara como algo personal.
Bensen se volvió hacia mí y me dijo:
—Ya he llevado sus pertenencias a sus habitaciones. La acompañaré hasta allí cuando esté lista.
—Llévesela ya —gruñó Jackson, clavando los ojos en la enorme bola peluda y monísima acurrucada en mis brazos como si fuera una bomba de relojería—. Continuaremos con nuestra reunión cuando deje al felino.
Bensen agachó la cabeza con educación.
—Como quiera, señor. Señorita Paquin, si usted y el señor Maguire fueran tan amables de acompañarme…
El señor Maguire.
Me gustaba cómo sonaba.
Nos guio por dos pasillos distintos, bajamos unas escaleras y entramos en… ah, claro, cómo no, ese lugar tenía una zona independiente para el personal interno. Las «dependencias del servicio», como se las solía llamar.
Reprimí una sonrisa. Si se suponía que era un insulto, no me lo tomé como tal. Esa zona ya era mucho más cálida y acogedora que la zona de Jackson.
—Tendrá que excusar el malhumor del señorito Sinclair —dijo Bensen en un momento dado—. Todo este proceso no ha sido lo que se dice fácil para él.
Claro. Porque para mí había sido un camino de rosas.
—No entiende que lo defienda —siguió diciendo, mirándome con una sonrisa reveladora.
Me encogí de hombros.
—Estoy segura de que tiene sus motivos.
También estaba segura de que tenía algo que ver con el hecho de que Jackson firmara sus pagas. De lo contrario, no comprendería por qué lo defendía.
Movió la mandíbula como si fuera a decir algo más, pero pareció arrepentirse y decidió quedarse callado hasta que por fin llegamos hasta unas puertas blancas.
—Ya estamos. —Me tendió una gran llave de bronce—.
Esto es para usted. Verá que las encantadoras señoritas Harrison ya han preparado la suite con todo lo que podría necesitar durante su estancia con nosotros.
No obstante, avísenos si necesita cualquier otra cosa.
Estamos, por petición expresa de Minerva Sinclair, a su entera disposición.
Tomé la llave, que brillaba tanto como para distraer a Tobigote, y le di las gracias antes de girar la manilla de la puerta.
Bensen agachó la barbilla.
—Estaré aquí para acompañarla de nuevo cuando esté lista.
—Oh, no hace falta. Me acuerdo del camino de vuelta. No tiene que esperarme.
—Como quiera, madame. —Otra reverencia con la cabeza.
—En realidad, ¿podría llamarme tan solo por mi nombre? —dije.
—Como quiera. —Y juro que empezó a formar la letra «m» con los labios, pero se contuvo.
—Gracias. —Le ofrecí una sonrisa antes de entrar en la suite, que resultó ser más grande que mi apartamento.
A ver, sí, claro, me había ido a un estudio cuando Ria se mudó, pero aun así.
Solté a Tobigote en el suelo para que pudiera olisquear y fisgar por la estancia mientras yo hacía lo mismo. Había más color del que esperaba, aunque eran todos tonos suaves, mucho rosa empolvado y marfil claro. Me gustaba. Me recordaba un poco a mi cuarto de pequeña.
Era mucho más bonito y no estaba adornado con todas esas pegatinas en las paredes, pero, bueno, me daba esa misma sensación reconfortante y de calidez.
—Vale, sí —le dije a Tobigote, que estaba eligiendo con cuidado qué parte central de la mullida cama iba a monopolizar.
Tenía que asegurarse de que mi espalda estuviera lo más torcida posible cuando dormía.
De no ser así, ¿qué sentido tendría?—. No me importaría quedarme aquí encerrada todo un mes. No está mal, ¿eh, chiquitín?
Había un vestidor, un balcón enorme, una zona de cocina pequeña e incluso un minibar.
Además, el baño era muy glamuroso. Tenía una ducha con efecto lluvia, un inodoro que hablaba y un banco de almacenamiento de terciopelo colocado con gusto bajo una gran ventana con vistas al perfil urbano de Toronto.
Para cuando salí de la habitación, Tobigote ya se había puesto cómodo encima de un cojín decorativo que había tirado del sofá. Odiaba a la gente desconocida, pero no tenía ningún problema en absoluto en adaptarse a nuevos entornos.
—¿Estarás bien si te dejo un ratito solo, chiquitín?
Bostezó, meneando la cola con suavidad.
Estaría bien. Estaba casi segura.
Me había perdido.
Pero perdido de verdad.
Ese lugar era un puto laberinto y cuanto más intentaba salir, más me confundían los giros y vueltas.
Estaba bastante convencida de que había pasado por el mismo pasillo por lo menos cuatro veces, pero cada vez me había llevado a una habitación o zona diferente.
Y como todo era la hostia de elegante y moderno y monótono, no había suficientes señales visuales como para que me orientara.
¿Cómo narices había salido de ahí con tanta facilidad cuando me fui huyendo solo con una estúpida toalla? ¿Tendría algo que ver la adrenalina?
Creí que ya lo tenía. Por lo que recordaba, Bensen había girado dos veces a la izquierda antes de que llegáramos a las escaleras.
Una vez, donde el enorme cuadro minimalista negro mate, y la otra, donde el bonsái con el tronco blanco retorcido.
Conseguí llegar hasta el cuadro, pero era incapaz de dar con el bonsái.
Solo había más pasillos con más cuadros minimalistas y puertas que daban a más pasillos con más cuadros minimalistas y más puertas.
Tal vez solo habían pasado unos quince minutos desde que salí de mi suite, pero me parecía toda una eternidad.
Tenía sed, me sudaban las muñecas y… ¡ahí! ¡Sí! ¡Un bonsái con el tronco blanco!
Lo único es que habría jurado que por el que había pasado antes tenía el tronco retorcido. Me acordé porque me recordó muchísimo a un helado y me dio hambre. Suspiré y eché un vistazo a mi alrededor. Tal vez si pudiera encontrar a alguien del personal o algo así, podría preguntar…
—¿Qué está haciendo?
Solté un grito ahogado y me di la vuelta de golpe con la mano en el pecho.
—Madre mía —exclamé—. No hace falta que me dé esos sustos.
Para alguien con la altura de un rascacielos, Jackson era muy sigiloso al andar.
—¿Por qué está husmeando por mi casa?
—No estoy husmeando. Me he perdido.
Entornó los ojos como si no me creyera. Aunque la verdad es que no hacían mucho más, así que puede que sí me creyera y esa fuera su forma de demostrármelo.
—En cualquier caso, ¿cómo sabía dónde estaba? —Me estiré el dobladillo de la blusa y me puse recta.
Señaló con la barbilla algo por encima de mi cabeza. Una cámara de seguridad.
—Están por todas partes. —Era más un aviso que cualquier otra cosa.
Lo miré con intención.
—Defina «todas partes».
—Su suite es uno de los pocos lugares donde no hay. Eso es todo lo que le hace falta saber.
—Bien. —De todos modos, era lo único que me importaba.
Y entonces nos quedamos ahí plantados, mirándonos incómodos.
O, bueno, yo por lo menos estaba incómoda. Esos ojos claros y siniestros me miraban como si estuvieran convencidos de que tramaba algo.
Carraspeé.
—¿Me va a llevar de vuelta para que podamos sentarnos y comenzar con la introducción o…?
Mantuvo la mirada un par de segundos más antes de retirarla, darse la vuelta y marcharse airado sin pronunciar una palabra más. Me puse a su lado sin inmutarme. No fue difícil. No era lo que se dice impredecible.
—Bueno —dije, intentando mantener el tono amable y cordial—, cuando intentaba encontrar el camino de vuelta, me he cruzado con dos pianos de cola. ¿Toca el piano? Porque no figura en ninguno de los formularios que rellenó su personal.
No dijo nada.
Apreté los labios al tiempo que él aceleraba y daba pasos más grandes. No parecía que fuera a seguirme el rollo de la charla trivial.
—Yo siempre he querido aprender —le dije, casi trotando para seguir el ritmo que ahora marcaba—. Pero cuando era pequeña, mis padres no se podían permitir pagarme las clases. Ni el piano. En realidad, ni siquiera las partituras.
Esperé.
Nada.
Así que seguí hablando:
—No es que sea demasiado tarde. Podría empezar ahora. Si conoce algún buen profesor que no sea muy caro…
Se detuvo de golpe y se dio la vuelta para fulminarme con la mirada. Predecible.
—Permítame aclararle aún más algo que ya debería estar claro: tengo cero interés en ser agradable con usted de algún modo durante el próximo mes. Así que, a no ser que el tema a tratar esté directamente relacionado con lo que… ¿Qué está haciendo?
Había sacado el móvil, abierto el documento pertinente y estaba deslizando hacia abajo hasta la sección apropiada. Y como no quería ser maleducada, empecé a pronunciar las palabras al tiempo que las escribía:
—Habili… dades… inter… personales… muy deficientes.
Entrecerró (como era de esperar) los ojos y tensó (como era de esperar) los hombros.
—¿Qué? —soltó, una vez más, como era de esperar.
—Mi evaluación. —Me volví a meter el teléfono en el bolsillo—. Forma parte del proceso. Hablaremos de ello a fondo durante la introducción.
—La evaluación no empieza hasta mañana, por no hablar de que se supone que nuestras interacciones no se puntúan.
Error.
—Hemos empezado en cuanto he entrado en su casa, señor Sinclair, y desde luego que nuestras interacciones cuentan.
Arrugó el entrecejo.
—En el paquete se indica claramente…
Moví la mano con desdén hacia él, justo como le había visto hacer a Minerva otras veces. Le empezó a temblar la piel bajo el ojo izquierdo.
—Min me animó a tomar el control creativo del proceso —lo informé, tratando con todas mis fuerzas de contener la alegría que se iba apoderando de mi pecho. Era todavía más divertido que cuando se lo dije a Vivian.
—¿Min?
Ah. Sí. Claro.
—Ella insistió —le expliqué con una sonrisa—. Es encantadora y tiene un gusto impecable a la hora de elegir pastelerías. Hemos conectado bastante estas dos últimas semanas.
Un destello de sorpresa le atravesó el rostro.
—¿Han estado quedando?
—Sí. Unas cuantas veces. Ah, y se supone que debo informarla a ella directamente de las conclusiones y opiniones que saque durante el próximo mes. No tengo claro si el equipo de su tía se lo ha comunicado al suyo.
Había grandes posibilidades de que le fuera a dar un soponcio.
—Sobre todo le preocupa que ni lo intente —añadí—. Pero sospecho que ya lo sabe.
Apretó la mandíbula y los dientes.
—Entonces ¿juzgará usted eso? ¿Será la que decida si me esfuerzo o no?
—Justamente. —Y hasta ese momento lo estaba haciendo fatal.
Jackson cerró los ojos durante un instante y se frotó el puente de la nariz con un nudillo. Entonces, sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y se puso a caminar de nuevo.
Ni siquiera estaba dispuesto a fingir que lo intentaba.
Como era de esperar.