Capítulo 5 #2
O puede que tal vez. No lo sabía. Cuarenta mil dólares era mucho dinero como para rechazarlo. Sobre todo cuando estaba a punto de quedarme en el paro.
—Necesito algo de tiempo para pensármelo —dije, ignorando las dos miradas penetrantes que me había ganado con la respuesta.
Minerva esbozó una leve sonrisa enigmática.
—¿Qué te parecen veinticuatro horas?
Fui cojeando directa hasta la sala White cuando por fin pude retirarme, mientras Vivian se quedaba para terminar la reunión.
—Quieren que haga un Inmersivo —solté antes de que Alice o Mitch pudieran abrir la boca—. Con Jackson. Quieren que haga un Inmersivo con Jackson Sinclair.
Ambos levantaron la mirada desde las sillas que rodeaban una pequeña mesa, con la boca abierta de par en par.
Alice fue la primera en recuperarse de la sorpresa.
—¿Qué? ¿Por qué?
Gran pregunta.
Me hundí en la silla que había frente a ella.
—La reunión no ha ido para nada como esperaba.
Minerva me ha escuchado de verdad. Bueno, primero ha preguntado y luego ha escuchado.
Y cuando he acabado de contarle todo, me ha preguntado que qué es lo que haría diferente si empezara de cero con el expediente de Jackson y…
¿sabéis qué?, da igual. ¿Qué haríais vosotros? ¿Aceptaríais?
Los dos respondieron a la vez.
—Desde luego.
—Ni de puta coña.
Mitch se apoyó en el respaldo, parpadeando hacia Alice.
—Un momento, ¿has dicho que lo harías?
Ella se encogió de hombros.
—Son cuarenta mil en un mes.
—Sí —dije—. Y tenemos que pagar la ropa que destrocé.
Mitch se empujó el puente de sus gafas metálicas.
—No fue todo culpa tuya.
Salvo que en realidad sí. Alice me había avisado de forma explícita que tuviera cuidado con el vestido.
No era su culpa si me había metido en el cuerpo un montón de alcohol con el estómago vacío y me había tropezado con mis propios pies.
Alice incluso trató de evitar que bebiera tanto mientras lo hacía, pero yo no le hice caso.
—Va a convertir tu vida en un infierno si lo haces —dijo—.
Después de lo que vimos anoche, no va a ser una experiencia para nada agradable.
Sobre todo para ser tu primer Inmersivo…
—Se calló cuando se abrió la puerta de golpe y apareció una tensísima y mosqueada Vivian Hale. La cerró de un portazo tras ella.
Vale, entonces los Sinclair ya se habían marchado. Qué rápido.
Me clavó esos ojos oscuros.
—Tienes muchas explicaciones que dar. ¿En qué cabeza cabe pensar que sería apropiado insultar a nuestro cliente más importante a la cara?
No dije nada. Sabía que solo estaba empezando y que interrumpirla no haría más que alargar lo que ya iba a ser de por sí una perorata interminable.
Pero, en vez de volver a empezar a despotricar contra mí de nuevo, Vivian apoyó los puños en las caderas, me miró directa a los ojos y me dijo:
—Vas a hacerlo. El Inmersivo.
Pestañeé. Ella era la que había dicho que no tenía ni la experiencia ni la pericia necesarias para hacerlo, entonces, ¿por qué cambiaba de opinión de pronto?
—Minerva no va a aceptar un no por respuesta —dijo—. Y tampoco aceptará que te acompañe un consultor sénior. Ya lo he intentado.
—Pero yo podría decir que no —señalé, frunciendo el ceño.
Se movió un poco en el sitio, con aspecto de estar incómoda, algo poco habitual en ella. Alice y Mitch también se dieron cuenta, a juzgar por la mirada que intercambiaron.
—Podrías. —Le costó pronunciar la palabra, casi como si le doliera admitirlo—. Pero entonces los Sinclair nos despedirían.
Eso no era mi problema.
—He hecho un trato con Minerva —continuó Vivian—.
Si haces el Inmersivo y aun así sigues sin ser capaz de encontrar una pareja adecuada para Jackson, no se irán a la competencia.
Dejarán de intentarlo, lo que es el mejor escenario posible.
Limitará los rumores, minimizará el daño a nuestra reputación y evitará el éxodo de clientes. Tienes que hacerlo.
¿De qué iba? ¿Esperaba que aceptara con una sonrisa? ¿Después de todo lo que había pasado?
Sopesé mis opciones. Podría decir que no y mandar a Vivian a la mierda. O podría aceptar, vivir un infierno durante un mes por cuarenta mil dólares y después mandar a Vivian a la mierda.
—¿Cuándo tienen previsto que empiece? —pregunté.
—El lunes día 5. Antes vas a pasar por un programa de formación intensivo de dos semanas con Tammi y conmigo. Tendrás que estar aquí todos los días a las seis, excepto el domingo. Lo más probable es que no acabemos hasta las ocho o nueve de la noche para poder prepararte a tiempo.
Lo dijo sin inmutarse.
—¿Se me pagarán?
—¿Pagarte el qué?
—Todas las horas extra que esperas que haga las próximas dos semanas. ¿Se me pagarán?
Alice se llevó con disimulo la mano a la boca para esconder la sonrisa mientras enarcaba las cejas con sincera sorpresa.
Vivian me estudió durante unos segundos.
—Eres una empleada asalariada. Se espera que hagas algunas horas extra de vez en cuando, si es necesario.
—Tienes razón. Pero he, hemos trabajado horas extra sin parar durante ocho meses seguidos. Así que, a menos que vaya a cobrar las horas adicionales, vendré de ocho a cinco, de lunes a viernes.
En cualquier caso, iba a ganar lo mismo.
Hubo un instante de silencio mientras a Vivian se le enrojecía la frente.
—¿Qué es lo que te pasa? —preguntó.
Estaba agotada, eso era lo que me pasaba. Y enfadada. Y hasta las narices de que se aprovecharan de mí. Me había quedado vacía. La noche anterior se había agotado la última pizca de energía y paciencia que me quedaba y esa mañana la había sustituido por un ácido amargo.
—Vivian —dije, pronunciando su nombre con la misma falta de entusiasmo con la que ella solía pronunciar el mío—, llevas meses aprovechándote de nosotros.
Sabías desde el primer momento que los requisitos que pedía Jackson en una pareja no eran para nada razonables y que su falta de participación directa acabaría ocasionándonos problemas.
Por ese motivo le asignaste tres consultores júnior.
Necesitabas a alguien a quien culpar cuando toda esta historia saltara por los aires y no querías perder a ninguno de los que considerabas valiosos.
Así que disculpa si no me entusiasma la idea de regalarte más horas de trabajo.
Solté las palabras sin esfuerzo, con tranquilidad. No tartamudeé, no aparté la mirada ni me encogí de miedo. Qué curioso lo que eres capaz de hacer cuando no tienes una puta mierda que perder.
El rojo que teñía el rostro de Vivian se extendió hacia su cuello y desapareció bajo el profundo escote en «v» de su camisa de seda. Pero antes de que pudiera abrir la boca y cargar de nuevo contra mí, dije:
—Lo haré con tres condiciones. Una: Alice y Mitch tendrán inmunidad laboral mientras hago el Inmersivo. No podrás despedirlos.
Se echó a reír.
Era un sonido seco y ronco que ni siquiera se acercó a reflejarse en sus ojos.
—Venga, por favor. No sé quién te crees que eres ahora mismo en esta sala, pero no te estoy «pidiendo» que lo hagas, Jamie. No te creas…
—Entonces no. —Así de fácil.
Se calló, clavando la mirada en Mitch y Alice antes de entornar los ojos. Una cosa era que cuestionaran su autoridad en privado y otra muy diferente que se hiciera delante de otras personas.
—Tengo tres condiciones —repetí—. O se cumplen las tres o no lo hago.
—Te despediré si no lo haces —me soltó con rotundidad.
Bueno, ese había sido su gran error. Era tan consciente de que iba a perder mi trabajo por ese cliente que había acabado por aceptarlo. Su amenaza ya no me impactaba ni me provocaba temor.
Me encogí de hombros.
—Si me despides, despedirán a Charmed.
La tenía pillada. Lo supe en cuanto se cruzó de brazos y levantó la barbilla, mirándome por encima del hombro.
—¿Cuáles son las otras dos condiciones?
Tuve que contener la sonrisa.
—Quiero la mitad del bonus por adelantado.
—La factura de la ropa vencía al cabo de siete días y quedaba muy claro en sus condiciones que no concedían prórrogas—.
Y también quiero que nos prepares tres cartas de recomendación muy positivas para nuestros futuros jefes y que cuando te llamen para pedir referencias, confirmes lo dicho en ellas.
Porque incluso si los acontecimientos de la noche anterior llegaban hasta la hiperactiva fábrica de rumores del sector, una carta de recomendación elogiosa del puño y letra de Vivian Hale podría llegar a compensarlo. Era nuestra mejor opción.
En la sala se contuvo el aliento mientras Vivian consideraba sus opciones. Al final, se rindió.
—De acuerdo. Te espero en mi despacho mañana a primera hora. Los tres tenéis el resto del día libre.
Era la respuesta que había esperado. Sabía que iba a aceptar porque no le quedaba más opción. Aun así, en cuanto se fue, me invadió una sensación de alivio, orgullo y satisfacción.
—Tía —soltó Mitch, abriendo los ojos de puro asombro—, ha sido increíble. La hostia.
—¿Quién es la que tiene ahora los huevos de acero? —dijo Alice mientras asentía en señal de admiración—. Así se hace, Paquin.
Era una pasada devolverle a Vivian una pizca de su propia medicina. Ser la que defendiera al equipo.
Me pregunté lo que sentiría si le hiciera lo mismo a Jackson.
Me había hecho pasar ocho meses de auténtico infierno y el karma me ofrecía la oportunidad perfecta para devolvérselo. Pagarle con la misma moneda.
Y tenía dos semanas enteras para planear mi venganza.