Capítulo 5
Lo solté todo sin dejarme nada.
Le dije cómo se había ganado el apodo. Cuántos corazones había pisoteado sin piedad para que mis colegas y yo lo llamáramos el Destripador.
Le hablé de sus criterios inflexibles y prácticamente imposibles y de lo difícil que nos había resultado encontrar una sola mujer que cumpliera todos sus requisitos, ya no digamos las sesenta y siete que había rechazado.
Le hablé de la línea de control de daños y de la inmensa cantidad de horas que nosotros, como equipo, habíamos dedicado a su expediente.
Y por fin, le expliqué por qué había tenido que ir de infiltrada. Cómo su negativa a reunirse con nosotros combinada con todo lo demás nos había llevado a ese punto. Necesitábamos información precisa y no se nos había ocurrido otra forma de conseguirla.
Traté de mantener el tono y el discurso lo más profesionales posible, presentándole todos los hechos. Luego me disculpé por lo que había hecho porque, a pesar de los motivos que tuviera, seguía estando mal.
Y todo mientras Vivian permanecía sentada a mi lado en el sofá, en silencio y tiesa como un tablón de madera.
—No estoy segura de que Jackson quiera una pareja —dije para finalizar casi una hora después—. Todo, desde sus criterios inflexibles hasta su comportamiento en nuestra cita, indica que no podría estar menos interesado en encontrar a alguien por medio de nuestros servicios.
Cuando por fin me callé, mi té estaba frío e intacto, el cojín de mi regazo había perdido su forma para siempre y yo estaba casi sin aliento.
Pero, la hostia, qué bien me sentía.
Me sentía de puta madre.
Me hubiera gustado que Alice y Mitch estuvieran allí. Traté de contarlo todo, pero hubiera estado bien que también los hubieran escuchado a ellos. Por fin alguien nos prestaba atención.
Tras un largo silencio, Minerva asintió por última vez.
—Vale, entonces, ¿qué recomiendas?
—¿Para qué? —pregunté.
—Si tuvierais que empezar de cero con Jackson, ¿cómo sugerirías que abordáramos el tema?
—Vivian tendría que… —Dejé la frase sin terminar al ver que negaba con la cabeza.
—Me gustaría escuchar tu opinión profesional, señorita Paquin —dijo con calma—. Si pudieras rebobinar el expediente de Jackson, volver al primer día, ¿cómo lo gestionarías? ¿Qué es lo que harías de forma diferente? Asumiendo, por supuesto, que en esta ocasión contarais con su completa colaboración.
Jackson había permanecido en silencio mientras yo hablaba, igual que Vivian. Aunque no se me había pasado por alto la intensidad con la que me había estado observando todo el rato.
Carraspeé y me centré en Minerva.
—De acuerdo. Mi opinión profesional es que a menos que Jackson esté dispuesto a participar en nuestro programa Inmersivo y ponerse a trabajar con un consultor sénior, no le recomendaría seguir con Charmed. Creo que llegados a este punto hemos hecho todo lo posible por él.
Para que conste, ella me había preguntado.
Vivian había sufrido un millón de microinfartos en la última hora y este último comentario le arrancó un leve lamento de sufrimiento. De acuerdo con su criterio profesional, yo era un gasto inútil en sueldo y beneficios, y cualquiera que me contratara después de aquello era un idiota.
Nada importaba que hubiera tenido una racha impecable hasta que me llegó el expediente de Jackson.
Nada importaba que me hubiera considerado una «candidata prometedora» para el próximo puesto de consultora sénior disponible antes de que apareciera él.
Nada importaba que solo hubiera recibido alabanzas de los clientes anteriores o que me hubiera machacado tanto hasta el punto de llegar a quemarme.
Para ella, nada de eso importaba.
Minerva torció los labios con un gesto divertido.
—¿Crees que es tan malo? ¿Que le hace falta un consultor de citas y niñera a tiempo completo?
—Para serte sincera, lo más probable es que necesite dos.
Minerva se rio, Jackson apretó los dientes con tanta fuerza que seguro que para cuando acabara la reunión tendría al menos tres muelas rotas, y Vivian, sin duda, estaba prometiéndose en silencio que mis tatara tatara tataranietos pagarían por los pecados que mi insolente boca había cometido ese día en esa misma sala.
El esbelto dedo de Minerva dio unos golpecitos en el reposabrazos.
—¿Por qué crees que es mejor ese enfoque que simplemente obligarlo a sentarse y participar en la evaluación en persona?
Muy fácil.
—Porque no estoy segura de que Jackson sepa lo que quiere en realidad. Su equipo nos ha informado de lo que él cree que quiere, pero cada vez que le hemos presentado justo eso, lo ha rechazado. No una vez, ni dos: sesenta y siete veces.
—Tiene sentido —dijo—. Está decidido entonces. Contrataremos el paquete.
Jackson se giró hacia ella, frunciendo esas cejas gruesas.
—Ni hablar. Ahí es donde marco la línea, Minerva. No permitiré que un extraño se mude a mi casa y me siga a todas partes como si fuera un perrito faldero durante un mes solo para que tenga que volver a pasar por más de esas ridículas citas. Teníamos un trato.
—Teníamos —le replicó ella con un tono seco—. Y ya no es una opción. Te pedí que lo intentaras, Jackson.
Él apretó la mandíbula.
—Lo he intentado. He facilitado casi todos los datos que me han pedido, he asistido puntual a cada cita y me he tragado horas y horas de conversaciones insufribles. Si tan solo supieras…
—No soy idiota y no me gusta que me traten como tal. Si lo intentaras de veras, no acusarías a la mujer con la que estás cenando de ser dura de oído. Si esto es… si de verdad consideras que esto es un comportamiento apropiado, entonces no te mereces lo que tienes, y ya no digamos algo más.
Jackson cerró la boca de golpe. Habría sido divertido si su discusión no hubiera sido tan intensa.
—Aceptarás el asesoramiento y esta vez te esforzarás de verdad. Hablaremos después sobre los términos de nuestro nuevo trato, que serán mucho más estrictos.
A Jackson se le agarrotó todo el cuerpo. Parecía a punto de estallar.
—Minerva, si me permites… —interrumpió Vivian.
—No, no te lo permito. Hemos tenido dos reuniones al mes durante gran parte del año y no me has mencionado nada de esto ni una sola vez.
Me permitiste creer que todo iba bien y justificaste el largo proceso diciendo que Jackson era un poco exigente y que tenía todo el derecho a serlo.
De haberlo sabido, habría abordado el problema antes.
Te dije desde el primer momento que quería transparencia.
Vivian bajó la cabeza.
—Me disculpo si crees que no he sido transparente contigo. No obstante, Jackson no necesita asesoramiento. Con volver a repasar algunas de sus evaluaciones debería bastar, sobre todo si acepta… relajar algunos de sus criterios.
—¿Cómo puedes tú saberlo? —replicó Minerva—. Por lo que parece, no has debido ni tocar su expediente desde que llegó a tu mesa junto con el abultado cheque que cubría tu desorbitada tarifa.
—Yo… Minerva, te garantizo que he estado trabajando con tanto empeño como el resto del equipo para encontrarle a tu sobrino una pareja adecuada.
«Perdona, ¡¿QUÉ?!».
Se me abrió la boca de golpe antes de poder evitarlo. Todo el mundo lo vio.
—Hemos intentado hacer las cosas a tu manera, Vivian, y hemos obtenido resultados más que decepcionantes.
Casi podía oír cómo le hervía la sangre a Vivian tras esa forzada sonrisa amable.
—Bien —aceptó al fin—. Veré qué consultores sénior están disponibles. O mejor, lo haré yo misma.
—No es necesario. —Minerva hizo un gesto con la mano—. Se ocupará Jamie.
Jackson le lanzó una mirada a Minerva que decía a gritos «no puedes hablar en serio» y yo estaba de acuerdo con él. Porque de verdad que no podía estar hablando en serio.
—Me temo que es imposible —dijo Vivian—. A Jamie le faltan experiencia y pericia para llevar a cabo las evaluaciones necesarias, y desde luego que no está capacitada para hacer el asesoramiento.
—Estoy de acuerdo —dijo Jackson, como si tuviera alguna idea de lo que estaba hablando. Capullo—. Y desde luego que no creo que fuera apropiado dado lo que ocurrió anoche.
—Jamie, ¿tú qué opinas?
Todas las cabezas se giraron hacia mí. Pero, una vez más, decidí centrar mi atención en Minerva.
—Opino que hay muchos otros consultores que serían más adecuados que yo para hacer este trabajo. —Además, en cuanto terminara la reunión, me pensaba marchar directa del edificio y no volver a mirar atrás jamás. Ni loca iba a aceptar hacer un Inmersivo con Jackson, incluso a pesar del bonus…
«El bonus».
Cuarenta mil dólares además de mi salario mensual. Incluso después de impuestos, tendría suficiente para pagar los zapatos, el vestido y un móvil nuevo. Con el resto podría cubrir gastos hasta encontrar otro trabajo.
Aun así, no estaba segura del todo de si merecía la pena.
—Pero ¿estarías dispuesta a hacerlo? —preguntó Minerva.
Me moví incómoda en el sofá.
—Vivian tiene razón. No tengo la formación ni la experiencia necesarias.
—Minerva, ¿hay algún motivo por el que estés empeñada en que sea Jamie? —preguntó Vivian—. Dejando la experiencia a un lado, cuento con un buen número de consultores sénior cuya personalidad sería mucho más adecuada para lidiar con las exigencias de una experiencia Inmersiva.
¿Qué quería decir con eso?
—Explícate —le ordenó Minerva.
—Jamie es… joven —dijo Vivian—. Y estas experiencias duran todo un mes y pueden ser bastante intensas. Además, también tengo que asegurarme de que mis empleados se sientan cómodos con sus funciones.
«Menuda sandez».
En primer lugar, yo tenía veintiocho años, no era tan joven.
En segundo lugar, ¿dónde estaba toda esa preocupación por nuestro confort cuando nos había obligado a dormir en los sofás de la sala de conferencias para cumplir con los plazos de Jackson?
¿Dónde narices estaba cuando le habíamos intentado decir, una y otra vez, que no estaba funcionando?
Me lo tragué todo, desviando la mirada.
Minerva volvió a dirigirse a mí.
—Todavía no me has respondido. ¿Estarías dispuesta a hacerlo?
No. Ni hablar.