Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Fue como si a Vivian le arrancaran el alma del cuerpo.

Se quedó lívida tan de golpe que creí que iba a desmayarse.

No sabía lo del incidente de la piscina.

La noche anterior, Minerva le había contado una versión resumida de la historia por teléfono, nos había convocado en su despacho bien temprano esa mañana y se había negado a escucharnos cuando tratamos de explicarnos.

No tenía contexto como para entender por qué estaba en el apartamento de Jackson Sinclair desnuda. ¿Y sabes qué?, tal vez no se mereciera ninguna explicación.

A Minerva se le descompuso la cara antes de recomponerse, y entonces se dio la vuelta sobre esos afilados tacones y le lanzó una mirada asesina a su sobrino.

—¿Que tú qué?

A Jackson se le marcó un músculo de la mandíbula, dejando patente su irritación. Levantó los ojos al techo como si de allí pudiera sacar la paciencia necesaria para lidiar con todas mis tonterías.

—No fue así. Estaba implícito que se marchara después de vestirse, pero salió corriendo antes de poder aclararlo.

—Venga, por favor —bufé—, si va a ser mezquino, al menos tenga los huevos de admitirlo.

—¿Así que fui yo el mezquino? —masculló con incredulidad mientras se acercaba despacio—.

Señorita Paquin, quizá deba recordarle que entró sin permiso y con engaños en mi propiedad, disfrazada como un posible interés romántico y procedió a grabar nuestro encuentro sin mi conocimiento ni mi consentimiento.

Hágame el favor de explicarme por qué yo soy el malo por echarla de mi casa por hacer eso.

—Vale, de acuerdo —dije—. Eso sí que lo lamento.

Reconozco que estuvo mal. Pero solo lo hice porque se ha pasado los últimos ocho meses negándose a reunirse con nosotros.

No ha hecho una sola de nuestras evaluaciones ni ha respondido en persona a ninguno de nuestros cuestionarios.

Fue uno de sus becarios el que respondió en su nombre a la evaluación del estilo de vida, por Dios santo.

¿Cómo va a tener eso algún sentido cuando trata de encontrar literalmente a su compañera de vida?

—Mi falta de participación en sus vanos intentos no excusa las diversas acciones ilegales que…

—¿No has hecho tú mismo las evaluaciones? —Ahora Minerva enarcaba ambas cejas.

Jackson apretó los labios con tanta fuerza que palidecieron.

—No… no directamente —consiguió decir entre dientes—. No había ninguna necesidad. Se les ha provisto de suficiente información como para encontrarme una pareja adecuada.

—Con todo el respeto, la información que nos ha proporcionado su equipo es tan escasa que hay…

—Jamie. Ya basta.

La queja quedó sepultada bajo la frialdad del tono de Vivian y empecé a pensar en una disculpa.

Pero me mordí la lengua. Ella sabía que Jackson no había participado en persona en ninguno de los cuestionarios ni pruebas.

Lo mencionamos en las innumerables reuniones que tuvimos.

Entonces, ¿cómo es que Minerva se acababa de enterar?

Habían tenido dos reuniones fijas al mes para hablar de nuestro progreso, ¿cómo es que no se le había ocurrido mencionarle algo tan importante durante las dieciséis reuniones que habían mantenido hasta la fecha?

Tal vez Minerva hubiera podido ayudarnos.

Tal vez podría haber convencido a Jackson para que al menos se sentara un rato con nosotros.

No habíamos dejado de trabajar durante ocho puñeteros meses seguidos ¿y ella no había sido capaz de hacer una sola cosa para ayudarnos?

Mi frustración fue en aumento hasta que me llegó a los ojos. Pero no iba, de ninguna manera, a llorar delante de esas personas.

—Te puedes retirar —dijo Vivian.

«Con mucho gusto».

Pero no pensaba esperarla en la sala White.

Iba a marcharme directamente, meterme en la cama con una botella de pinot y medio litro de helado de chocolate y volver a ver todos los episodios de la séptima temporada de Guerra de chefs - Edición internacional (el hoyuelo de la barbilla de Daniel Omori y la golden retriever de tres patas eran como un bálsamo para mi alma marchita).

A la mañana siguiente enviaría a Vivian mi renuncia sin preaviso y empezaría a buscar otro trabajo.

No sabía qué narices iba a hacer con lo del dinero que debía por el vestido y los zapatos, pero ya se me ocurriría algo.

—En realidad, no —dijo Minerva justo cuando empecé a renquear hacia la puerta del despacho de Vivian. Jackson se fijó durante un instante en mis pies, tensando la mandíbula.

No solo eran sus extraños ojos incapaces de ofrecer más de una sola mirada, el hombre en sí solo era capaz de experimentar una única emoción.

Lo que yo decía. Con la personalidad de un huevo duro. Con, por ejemplo, salsa picante o algo. Pero no en el buen sentido.

—¿Disculpa? —Vivian hizo lo imposible por mantener un tono despreocupado aunque por dentro hervía de rabia.

¿Cómo me atrevía a no comportarme como la cabeza de turco emocional que quería que fuera cuando me llevó a la reunión?

¿Para qué otra cosa si no le servía yo, la empleada prescindible de la que se había estado aprovechando la mayor parte del año anterior?

—Me gustaría que se quedara —dijo Minerva, que seguía mirándome mientras acariciaba distraída a su gato sin pelo Harry.

Era monísimo. Feo hasta decir basta, pero adorable.

Y el collar de diamantes que le colgaba flojo alrededor de ese cuellito arrugado probablemente costaba más de lo que yo iba a ganar en todo el año.

Vivía a cuerpo de rey y era consciente de ello, a juzgar por cómo me miraba parpadeando despacio con total indiferencia y aburrimiento.

—No creo que sea buena idea, Minerva —probó a decir Vivian.

Minerva apenas se dignó mirarla.

—¿No me habías ofrecido un té? ¿Por qué no vas a buscarlo mientras esta jovencita y yo charlamos un poco? ¿Qué té suele tomar, señorita… Paquin?

—Jamie.

En el cuello y el rostro de Vivian empezaron a aparecer un montón de peligrosas manchas rojizas.

—Mi asistente ya está preparando…

—¿Sabes cómo le gusta el té a Jamie? —preguntó Minerva despacio, rascando con cariño con esas uñas de color vivo el largo cuello de Harry.

—No creo que haga falta que se quede a la reunión —se metió Jackson.

Me mordí la lengua.

—Tonterías. La reunión va sobre ella, se merece que la escuchen. Vivian, trae a la pobre chica una manzanilla o algo. No quiero tener que volver a pedírtelo. Es evidente que está angustiada y, por lo poco que la he escuchado decir, no me extraña.

Vaya, qué amable.

Jackson no parecía estar de acuerdo. Se puso un poco más recto, tratando de tragarse una réplica que sabía con toda seguridad que no le hubiera servido para ganar la discusión.

Vivian salió de la sala sin decir nada más.

—Sentaos —nos ordenó Minerva.

Yo la obedecí, Jackson no. Se quedó de pie, alzándose imponente sobre nosotras como una de esas terroríficas gárgolas que adornaban las fachadas de las catedrales medievales.

Pero solo hasta que su tía le dirigió una mirada afilada que le hizo apretar la mandíbula. Se sentó en la silla junto a su tía.

—Bien —empezó a decir Minerva—, cuéntame lo que ocurrió anoche.

Jackson repiqueteó con los pies en el suelo.

—Esto es una pérdida de tiempo. Ya te he explicado…

—Chitón. Ya he escuchado tu versión de los hechos. Te has pasado toda una hora dándome la lata con eso esta mañana. Le toca a ella.

Se puso tenso.

—Es una mentirosa y un fraude, Minerva. ¿Cómo puedes creer una sola palabra…?

—O te callas, Jackson, o le vas a ayudar a Vivian con el té.

«Chúpate esa».

Una sensación de placer triunfal se me clavó en el pecho, relajándome los hombros. Decidí justo en ese preciso momento que, a pesar de sus desafortunados lazos de sangre con el hombre más frío y malhumorado del planeta, me caía bien Minerva Sinclair. Y le iba a contar la verdad.

Al fin y al cabo, ya no tenía nada que perder.

—Lo llamamos Jack el Destripador —le dije.

Ese era, sin lugar a dudas, un buen punto de partida.