Capítulo 4
Parecía como si Vivian quisiera arrancarse el pelo y estrangularme con él.
Y lo cierto es que no podía culparla, pero no hacía falta. Ya me estaba asfixiando.
Los tres estábamos de pie en su despacho, con la cabeza gacha como si fuéramos una panda de niños a los que reprendían.
Bueno, excepto Alice. Mientras que yo me había encogido para adoptar una postura defensiva, ella seguía recta como siempre, y juro que empezaba a desconectar de puro aburrimiento.
Lo más probable, porque ya llevábamos allí media hora escuchando a Vivian gritar y tirar cosas sobre su escritorio.
Para ser del todo honesta, la reacción de Vivian no me parecía justa. A ver, nos había dicho que no le importaba cómo consiguiéramos resultados, siempre y cuando los consiguiéramos. Esas habían sido sus instrucciones.
Empezaba a creer que Alice estaba en lo cierto con sus observaciones. Cada vez era más evidente que, para Vivian, nosotros tres no éramos nada más que chivos expiatorios.
Si triunfábamos, ella se atribuiría encantada todo el mérito.
Si fracasábamos… bueno, eso. Lo estábamos viviendo en ese momento.
Nos había presionado para hacer algo arriesgado hasta el extremo de pura desesperación y ahora estaba a punto de despedirnos por ello.
Después de que aquello saliera a la luz, Alice, Mitch y yo no seríamos capaces de encontrar otro empleo en el sector en la vida, pero eso no le importaba a Vivian.
Mientras la culpa se la llevaran otros, el daño para su reputación profesional no sería demasiado grave.
Al fin y al cabo, la mayoría de nuestros clientes estaban con nosotros para trabajar con ella directamente. Seguro que lo tergiversaba todo para parecer la víctima. Se le daba bien hacer eso. Las relaciones públicas eran su punto fuerte.
Aun así, la persona complaciente que había en mí, la que buscaba con desesperación la aprobación de su jefa, estaba llorando. Y no sabía cómo pararlo.
—¿En qué cojones estabais pensando? —Seguía caminando de un lado a otro sin parar. Había formulado la pregunta para que pareciera que se dirigía al grupo, pero me estaba taladrando el cerebro con los ojos—. ¡Jamie! ¡Te he hecho una pregunta!
Por norma general, me habría obligado a mirarla a los ojos y responderle, pero en ese momento no me veía con fuerzas.
No había dormido en toda la noche, me dolían los pies y tenía ampollas por haber vuelto renqueando hasta casa en esos malditos tacones, y ocupaba gran parte del cerebro en tratar de resolver cómo íbamos a conseguir catorce mil dólares en una semana nosotros tres.
Porque eso era lo que costaba el vestido hecho trizas y los zapatos mojados y ensangrentados: 13.921,32 dólares. La factura vencía el viernes siguiente.
Ah, y ahora solo podía recibir llamadas en el móvil con el altavoz puesto, así que también tendría que comprarme otro. Pero al menos había logrado encenderlo. Dejarlo metido en arroz toda la noche había servido de algo.
Alice se había ofrecido a pedirles el dinero a sus padres, pero yo sabía lo muchísimo que quería evitarlo. El objetivo de mudarse aquí había sido empezar a valerse por sí misma.
Vivian se mofó cuando me quedé callada.
—¿Nada? ¿No tienes nada que decir después de haber arruinado la reputación de esta empresa?
¿Después de echar a perder todo el trabajo duro, la sangre, el sudor y las putas lágrimas que he dedicado a levantar esta marca desde cero?
—Se detuvo un instante, se colocó las manos en las estrechas caderas y abrió la boca para atacarme de nuevo.
Pero la interrumpió una serie de golpecitos suaves en la puerta.
—¿Qué? —gritó.
Laury asomó la cabeza con cautela.
—Lamento mucho interrumpir, pero han llegado los Sinclair. Su coche acaba de parar frente al edificio.
Miré a mi izquierda, con el pulso acelerado. Mitch y Alice estaban tan sorprendidos como yo.
¿Los Sinclair estaban ahí? ¿En plural? Había supuesto que Jackson enviaría a alguien de su equipo (tal vez un abogado) para hablar con Vivian en su nombre.
El semblante de Vivian mudó por completo. Dejó caer las manos de las caderas, las cerró en un puño y subió un poco la cabeza al tiempo que tragaba saliva. Nervios. Vivian Hale estaba nerviosa.
—Bien —dijo con voz cortante—. Me reuniré con ellos en la sala Rosé ahora mismo.
Lo que significaba que podíamos retirarnos por fin. Necesitaba con urgencia un café y llorar a gusto en el baño. Pero en cuanto empecé a darme la vuelta con los pies doloridos, Vivian chasqueó los dedos y me señaló con uno.
—Tú —dijo—. Tú vienes conmigo.
Me puse tensa y se me revolvieron las tripas.
Alice fue alternando la mirada entre Vivian y yo, frunciendo el ceño.
—¿También tenemos que ir nosotros?
—No. Vosotros dos vais directos a la sala White y esperáis. Jamie y yo iremos allí después de la reunión.
—Pero…
—Ahora, Alice. Antes de que llame a seguridad y les pida que os escolten hasta allí.
Alice me lanzó una miradita antes de obedecer, aunque no tenía muy claro lo que me quería transmitir.
El estrés y la falta de sueño habían destrozado mi capacidad de comprensión.
Casi no era capaz de pensar y ahora me tenía que enfrentar a los Sinclair y volver a repetir todo ese infierno de reproches.
En ese momento, que me despidieran habría sido un alivio.
La tía de Jackson era, por decirlo de alguna manera, todo un torbellino.
Minerva Sinclair era una mujer alta y esbelta, con el pelo del todo cano y rasgos afilados, y su look característico consistía en un traje pantalón rojo cereza, gafas de sol cat-eye retro y zapatos de tacón de aguja.
Según la documentación que teníamos de ella como cliente, tenía el número de su tarotista personal (Imogen) en marcación rápida y llevaba contra su huesudo pecho a su arrugado gato egipcio (Harry) allá donde fuera, siguiendo las indicaciones de su consejera espiritual (Velma).
La verdad, si su sobrino no fuera tal grano en el culo, me habría parecido bastante increíble.
Tenía ese rollo de la gente con pasta y sin filtros a la que era imposible no admirar.
Además, había llamado a su gato sin pelo «Harry», que sonaba como «peludo» en inglés, y no creía que lo hubiera hecho a propósito.
Pero, a pesar de todo, me fijé de inmediato en la figura que se alzaba tras ella.
Entró en la habitación como si le perteneciera todo el edificio y la gente que había en él. Su presencia acaparaba toda mi atención, con esa imponente altura y el traje negro a medida impecable.
Me sacaba de quicio, más de lo que cabría esperar. Me hirvió la sangre cuando esos ojos fríos se cruzaron con los míos, entornándose.
¿Ves? Lo sabía. Esa era toda su personalidad.
Puse los ojos en blanco antes de poder evitarlo y quedó bastante claro que Minerva me había pillado, por cómo enarcó las cejas canosas por encima de la montura de las gafas de sol.
—Minerva. —Vivian dio dos rápidos besos al aire, sin rozar las mejillas de su clienta, que no aceptó el peloteo y no respondió al gesto—. Qué bien volverte a ver. Adelante. Sentaos, sentaos. Ya viene Laury con el té. Y, señor Sinclair, es un honor poder conocerle al fin…
—¿Es ella? —la interrumpió Minerva. Su voz sonaba tajante con un acento no identificable, una mezcla de francés, alemán e inglés británico, quizá.
Vivian se puso recta y le palideció un poco la sonrisa.
—Esta es Jamie Paquin, la empleada sobre la que hemos estado hablando por teléfono esta mañana. Así es.
—Jack.
Jackson Sinclair ladeó la cabeza, mofándose.
—No estoy seguro —dijo despacio—, no es que tuviera unos rasgos memorables.
Me invadió la rabia y noté un calor intenso por todo el cuerpo.
—Dice el hombre con la personalidad de un huevo duro.
Se hizo un silencio sepulcral.
Para que conste, no había querido decirlo en alto.
Vale, era mentira. Claro que había querido decirlo en alto.
—¿Disculpe? —Entornó los ojos hasta convertirlos en carámbanos de hielo. Ya no lucía esa sonrisita de superioridad.
Me pregunté hasta dónde tendría que llegar para lograr que los cerrara del todo. Seguro que no me costaba demasiado.
—Vaya, lo siento, ¿es duro de oído, señor Sinclair, o solo le gusta malgastar el tiempo de la gente? —le contesté con rabia.
OK.
Vale.
Igual con eso había ido demasiado lejos.
Tenía que recular. Se lo merecía, en mi opinión, pero Vivian me miraba boquiabierta como si le hubiera estampado una rata de cloaca en la cara.
Así no era como se suponía que debía comportarme.
Me había llevado allí para servir de cabeza de turco. De las que no replicaban.
Quizá fuera eso lo que trataba de decirme Alice con su miradita. Me había intentado avisar.
Me recorrió una oleada de irritación que acabó por enconarse en mi garganta. Era una sensación muy vívida y nueva. No estaba acostumbrada a ese nivel de frustración. Quería lanzar algo por los aires. Mandar a la mierda a todos los de esa sala. Llorar.
Minerva Sinclair se quitó las gafas de sol despacio y me observó con atención con esos ojos penetrantes.
—Lo siento —murmuré hacia ella, y solo a ella, mientras apretaba los dedos—. Me dijo eso mismo anoche. Fue del todo innecesario y bastante grosero.
Enarcó la ceja derecha.
—¿Antes o después de que se enterara de su verdadera identidad?
—Antes —dije, aunque Vivian me miraba como diciéndome «cierra la puta boca».
¿Qué es lo que iba a hacer? ¿Despedirme?
Jackson estiró la cabeza hacia delante como si no se pudiera creer mi osadía.
—¿Esa es su puta versión de una disculpa?
Apreté los dientes y me clavé las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza como para hacerme sangre.
—Perdió la oportunidad de recibir algún tipo de disculpa en cuanto me echó de su apartamento en medio de la noche sin ropa y sin móvil.