Capítulo 3 #2
Nos guio hacia un rincón escondido detrás de un enorme montón de helechos, donde dos hombres en uniforme nos saludaron al unísono con un movimiento de la barbilla y una medio sonrisa amable antes de abrir la doble puerta.
Me fui mordiendo el interior de la mejilla mientras cruzábamos un elegante pasillo, tratando con desesperación de inventar una excusa para lo del pelo.
—Las colecciono —dije al final—. Las pelucas, quiero decir. Las colecciono y las utilizo todo el rato.
No respondió.
Solo siguió caminando con firmeza.
—Soy consciente de que es un hobby bastante peculiar, pero todo el mundo tiene sus rarezas. A algunos les gusta coleccionar animales muertos y disecarlos, a mí me gusta coleccionar pelo muerto y… usarlo.
Nop. No debería haberlo enfocado así. Esa decisión me provocó un nudo en la garganta como si quisiera regurgitar las palabras en otro orden. Todavía podía arreglarlo. Podía…
Jackson se detuvo tan de golpe que casi me di con la nariz contra él, lo que hubiera sido una desgracia para mí, porque el hombre era tan blando como una pared de ladrillo.
Cinco breves pitidos después, una puerta maciza de caoba se abrió con gran teatralidad y Jackson entró hecho una furia y desapareció de inmediato como si se muriera de ganas de alejarse de mí.
Vale, bien, no era como si a mí me encantara su compañía. Solo porque me había salvado un poco la vida no significaba que lo hubiera perdonado por arruinármela.
Jackson gruñó algo ininteligible desde las profundidades de su guarida, y antes de que pudiera cambiar de opinión y decidir volver a casa andando medio desnuda, dos mujeres corpulentas idénticas, con caras idénticas, cabello encrespado idéntico y uniformes negros idénticos con delantales blancos idénticos aparecieron por una esquina.
Abrieron los ojos de par en par cuando me vieron.
—Ay, querida. Ay, no, no, no, no —insistió la de la izquierda, meneando la cabeza en señal de desaprobación.
—De verdad, niña, va a pillar un resfriado —dijo su gemela con el ceño fruncido. Una mano suave y cálida me rodeó el brazo enseguida y me metió en la estancia antes de que pudiera pronunciar siquiera un breve «hola».
Debían de ser las responsables del servicio doméstico que había mencionado Bensen.
—Sabía que esto iba a pasar —dijo una de las señoritas Harrison mientras me guiaba por el elegante apartamento. Había mucho gris. Todo de un aspecto muy caro y muy muy gris.
—Le hemos dicho a ese chico, se lo hemos dicho en no pocas ocasiones, lo peligrosa que es esa piscina —afirmó la otra señorita Harrison.
—Son las malditas curvas. Lo mínimo que podía hacer es cubrirla cuando recibe visitas. Pero no es de los que escuchan, ¿verdad?
—Le cuesta muchísimo escuchar lo que no quiere, al señorito Sinclair. Desde siempre. Incluso cuando era chiquitín.
—Aunque «chiquitín» tal vez no sea la palabra adecuada, ¿no? Es más alto que nosotras desde que se le cayó el último diente de leche. Aunque la verdad es que tardó bastante. No quería caerse. Cabezota hasta los dientes, el señorito Sinclair.
—Creo que no se dice así, Mabel.
—¿Ah, no?
—No.
—Ella sabe a lo que me refiero, ¿a que sí? Incluso sus dientes son tercos, querida. Eso es lo que trato de decir.
No se me dio la oportunidad de responder.
—Al final tuvimos que encargarnos nosotras de darle un empujoncito.
—La señora Sinclair nos habría matado si se hubiera enterado, pero él nunca se lo contó. Leal hasta lo indecible, el señorito. Una vez que te ganas su confianza, no te abandona nunca, ¿no es así?
—Es preocupante, eso es lo que es. Hay gente que se aprovecharía de eso, ya sabes.
—Una manzana podrida puede echar ciento a perder.
—Aunque al señorito no es fácil engañarlo, ¿verdad?
—Bueno, no podría ser de otra forma. No tal y como lo educaron.
—Uno aprende rápido cuando tanta gente lo decepciona a esa edad.
—Nació en una cuna de diamantes el pobrecito.
—Creo que tampoco se dice así, Mabel.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Y cómo es, entonces?
—Cuna de oro. No de diamantes.
—Bueno, supongo que, si cambias la expresión, no tiene el mismo impacto, ¿verdad? Aunque no tengo muy claro adónde quería llegar con esto, de todas formas. He vuelto a irme por las ramas un poco, ¿no, Molly?
—Las dos, me temo.
—¿Por qué no dice nada, querida?
Me miraron las dos, expectantes, esperando a que respondiera. Parpadeé con la boca abierta.
Me había quedado sin palabras.
Había estado tan absorta (y confundida e impresionada) por su fluido diálogo que no me había fijado por dónde habíamos girado para llegar al gran dormitorio en el que ahora nos encontrábamos.
Todavía tenía una mano sujetando la toalla alrededor de mi cuerpo y la otra sosteniendo un montón de cosas que me habían ido dando: más toallas, ropa limpia, sandalias, artículos de aseo.
Mabel (si me había enterado bien) se puso las manos en sus rollizas caderas y le frunció el ceño a su hermana.
—Míranos, Molly. Ni siquiera le hemos ofrecido una taza de té en todo este rato, ¿verdad? ¡Y sigue empapada!
—¿Le apetece un té, querida? Tenemos una tetera de té oolong preparada. Bueno, en realidad es una mezcla de oolong y pu erh. El señorito Sinclair se queja cuando ponemos el pu erh solo.
—Afirma que huele a establo sucio.
—Desde luego que a nosotras también nos llevó un tiempo acostumbrarnos al olor. Pero sienta de maravilla, ¿a que sí?
—Y él no se queja demasiado, nunca lo ha hecho.
—Así que, cuando lo hace, prestamos atención.
—Tampoco se lo bebe nunca. Por mucho que le intentemos explicar todos sus beneficios, las palabras siempre caen en saco sordo.
—No se dice así, Mabel.
Madre mía, no, por favor. No podía volver a entrar en ese bucle.
—Lamento interrumpirlas —dije justo cuando Mabel iba a responder—. ¿Podría tener un poco de privacidad mientras me cambio? Gracias por la ropa, por cierto. Han sido muy amables.
Me sonrieron a la vez, todo hoyuelos y mejillas sonrosadas.
—No hay de qué, querida.
—La esperaremos fuera, entonces. Avísenos si necesita algo. Y el doctor llegará…
A Molly la interrumpió un fuerte bam cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe y chocó contra la pared.
—¡Por todos los santos, Jackson! ¡No puedes irrumpir en un cuarto ocupado a tu antojo! —se quejó Molly, apretándose el pecho con la mano.
Pero él no le estaba prestando atención. Esos ojos de un extraño azul pálido estaban clavados en mí y parecían… letales. Esa era la palabra. Parecía como si lo único que quisiera hacer Jackson Sinclair fuera estrangularme allí mismo.
—¿Me estaba grabando? —rugió, lanzando un montón de cosas a la cama.
Me dio un vuelco el corazón cuando me di cuenta de lo que eran. El auricular y la cámara que habíamos cosido al vestido. Supongo que tendría que haberlo visto venir. Por algún motivo, pensaba que no encontraría la cámara. Era pequeña y estaba bien escondida.
Molly y Mabel soltaron un grito ahogado, con aspecto de estar bastante escandalizadas mientras nos miraban con esos ojos redondos e incrédulos primero a mí, luego a Jackson y luego de nuevo a mí.
—Oh, querida.
—Oh, no.
Lo de la peluca era una cosa. El pinganillo era una cosa. Por separado, podía llegar a explicarlo. Pero si le añadías la cámara y lo juntabas todo, no tenía excusa. Todo era muy inculpatorio y no se me ocurría una sola mentira razonable que pudiera arreglar las cosas.
—No es lo que parece —probé a decir. Quizá creyó que era un cliente que…
bueno, no lo tenía muy claro. Tenía el corazón a mil, los nervios a flor de piel y se me estaba ofuscando el cerebro, lo que significaba que estaba a unos segundos de empeorarlo todo.
Eso es lo que solía pasar cuando entraba en pánico.
Pero antes incluso de tener la oportunidad, Jackson lanzó el resto de las cosas que sujetaba a la cama: el bolso, el móvil y mi tarjeta de acceso. Del trabajo.
Esa en la que aparecía mi nombre completo, una foto y el logo de Charmed Elite. Me la había llevado conmigo porque se suponía que iba a ir directa a la oficina después de nuestra «cita». También porque era una idiota. Claramente.
—Salga. De mi puta. Casa —dijo con rencor—. Ahora mismo, señorita Paquin.
—Está… está desnuda, querido.
—Al menos permítele… ¡Oh!
Agarré mis cosas, agaché un poco la cabeza y salí corriendo de allí vestida solo con una toalla y nada más.