Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Era una pesadilla. Una pesadilla terrible de lo real que parecía, pero una pesadilla al fin y al cabo. Tenía mucho más sentido.

Lo positivo era que ahora que me había dado cuenta de que estaba soñando, estaba un paso más cerca de despertarme.

Lo más probable, justo después de que me hubiera ahogado.

Podía ver la cálida luz de los farolillos propagándose por la superficie de la piscina, pero no parecía capaz de llegar hasta ellos por mucho que me impulsara con las piernas o los brazos.

De hecho, en vez de acercarme, parecía que cada vez me hundía más y más.

Casi como si algo me estuviera arrastrando hasta el fondo.

Me di cuenta en cuanto toqué con los tacones el fondo de la piscina.

Entré en pánico.

El vestido.

No solo tenía un montón de capas de tela que me impedían darme impulso; además, pesaban como cincuenta kilos más porque estaban mojadas. Era como tener un ancla en torno al cuerpo.

No era un sueño. Estaba a punto de ahogarme de verdad.

Solté el bolso y me busqué la espalda con las manos. Pero por mucho que me revolviera y buscara a tientas, mis dedos no parecían encontrar el pequeño tirador de la cremallera.

Ria me iba a asesinar cuando descubriera que me había muerto mientras ella estaba de luna de miel. Iba a cabrearse un montón. Me lo recordaría eternamente, sobre todo si lo del más allá resultaba ser cierto. Me perseguiría en cuanto llegara allí.

Hacía ocho años habíamos hecho un pacto para morir mientras dormíamos, juntas, de la mano, en la residencia de ancianos en la que habríamos pasado toda una década liándola parda. Como una versión caótica y con mejores amigas de El diario de Noa .

Y Tobigote se iba a pensar que lo había abandonado. Aunque, para ser justos, lo más probable es que lo superara bastante rápido. Ria lo adoptaría, y como el muy mimoso no se podía resistir a los arrumacos de su marido, seguro que se olvidaría enseguida de mí…

El triste hilo de mis pensamientos se detuvo de golpe cuando un par de manos me rodeó la cintura desde atrás. Lo siguiente que supe fue que me levantaban más y más y más…

Solo para volver a hundirme de nuevo. Tenía los pulmones ardiendo.

¿De qué coño estaba hecho ese estúpido vestido? ¿De hormigón?

Me di la vuelta (con muchísimo esfuerzo) cuando volví a tocar el fondo con los pies, solo para encontrarme cara a cara con un Jackson Sinclair cabreadísimo. El hombre había perfeccionado el arte de fruncir el ceño con gesto furioso.

Meneé la cabeza en su dirección, haciendo gestos hacia el vestido. Pero antes de que pudiera señalar la cremallera de la espalda, enganchó los dedos por debajo del escote corazón de esa estúpida trampa mortal y lo rasgó por completo hasta la mitad. Como si fuera una puñetera hoja de papel.

Mostró los dientes y apretó los músculos bajo su camisa blanca mientras rasgaba la tela, antes de ayudarme a salir de ella. Me hubiera quedado bastante impresionada si no tuviera los pulmones en llamas.

Salí disparada hacia la superficie, con el pecho chillando, gritando, suplicando socorro.

Y casi lo consigo. Estaba tan tan cerca, a escasos centímetros de las luces ondulantes, cuando me cedieron los pulmones con un espasmo.

Inhalé y me atraganté, y mi cuerpo intentaba expulsar el agua cuando algo me agarró de la cintura y me levantó hacia las luces.

Salí a la superficie con un grito ahogado.

Casi no veía, y mis pulmones se esforzaban por hacer acopio de tanto oxígeno como fuera posible a pesar del violento ataque de tos.

Me sacudí, pataleé, tratando de encontrar algo a lo que sujetarme a través de la cegadora neblina provocada por las lágrimas, el agua de la piscina y el miedo.

Fui ligeramente consciente de que una fuerza externa me giraba justo antes de poder agarrarme con los dedos a algo cálido y sólido.

Me colgué de ese algo temblando con desesperación mientras no dejaba de toser y atragantarme y, antes de darme cuenta, rozaba de nuevo el fondo de la piscina con los tacones. Pero esa vez, tenía la cabeza y los hombros por encima del agua.

—¡Bensen!

Ese algo cálido y sólido al que ahora me aferraba con fuerza vibró cuando la voz grave y ronca rugió la orden.

—Ya nos hemos ocupado, señor. El personal está de camino y he enviado a alguien a avisar a las señoritas Harrison. Estarán esperándolo.

—Llame al doctor Santos. Ha tragado un montón de agua.

—Ahora mismo, señor.

Quería secarme con la mano la humedad de los ojos, pero mis dedos se negaban a abrirse.

Mis puños agarraban la camisa de Jackson como si mi vida dependiera de ello.

Porque de verdad que me parecía que mi vida dependía de ello.

Mi cerebro, preso del pánico, estaba convencido de que si lo soltaba, caería en picado hasta el fondo de la piscina de nuevo.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí, pero fue suficiente como para que se me empezara a aclarar la vista, disminuyera la tos y comenzara a tranquilizarme bastante como para asimilar el hecho de que estaba casi desnuda.

El vestido llevaba copas integradas, así que ahora mismo no llevaba puesto nada más que un par de zapatos y las bragas.

Ah, y seguía pegada al pecho de Jackson Sinclair.

Me obligué a abrir los dedos, me separé y me agaché hasta que el agua me cubrió hasta el cuello, rodeándome de forma protectora con los brazos el pecho desnudo.

No es que importara demasiado. Jackson dirigía la mirada hacia el cielo, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo. Me había soltado en cuanto llegamos a la zona menos profunda de la piscina. Era yo la que lo sujetaba a él.

—¿Puede salir sola del agua? —le preguntó a las estrellas con los dientes apretados.

—Sí. Claro. Gracias.

—Bensen.

—Ya está, señor.

Volví la cabeza hacia la voz. Un hombre con lo que parecía el típico uniforme de mayordomo estaba de pie junto a la piscina, con las manos enguantadas cruzadas con cuidado en la espalda, girada en ese momento hacia mí.

—Madame, cuando esté lista, encontrará un juego de toallas limpias en un perchero a su izquierda. Hay dos mujeres del personal esperando por si necesita más ayuda.

—Eeeh, de acuerdo. —El color me tiñó las mejillas mientras subía con torpeza por las escaleras, con los brazos aún rodeándome el pecho. Casi corrí hacia las toallas, chapoteando y claqueteando con los tacones.

—Ya estoy bien, gracias —dije en cuanto me envolví en una toalla.

Bensen no se volvió, pero Jackson se movió y salió con esfuerzo del agua con pasos largos y furiosos. En vez de acercarse a por la otra toalla, me lanzó una mirada asesina.

—Sígame.

En primer lugar, no entendía por qué estaba tan cabreado. No era como si me hubiera caído a la piscina a propósito. En segundo lugar, no me iba a ir a ningún lado con él. Tenía que sacar mis cosas del fondo de la piscina y marcharme antes de que la noche empeorara todavía más.

—No, gracias. —Fui chapoteando y haciendo ruido con los tacones hasta el otro extremo de la piscina. Por mí, el vestido se podía pudrir ahí abajo, pero tenía que recuperar el bolso, donde estaba mi móvil (aunque lo más probable es que se hubiera muerto) y el carnet…

Se me paró el corazón cuando lo vi: un destello de castaño caoba asomando por debajo de un gran charco de tela negra.

La peluca.

La peluca estaba en el fondo de la piscina.

«Joder».

«Joder joder joder joder joder».

Me quedé paralizada, con los ojos clavados en el agua y el cerebro frito. Contemplé mi reflejo en el agua: los rizos rubios recogidos en un moño en la nuca y el maquillaje todo corrido.

Era el karma. Había ido a por mí.

—El personal recuperará sus pertenencias —dijo Jackson.

Al menos ya sabía por qué estaba tan furioso.

—No hace falta —dije, sin valor para mirarlo—. Puedo, eh, recuperarlas yo misma.

Hubo un segundo de silencio antes de que dijera:

—¿Cree que le voy a permitir que se meta otra vez en el agua?

Qué pena que no dependiera de él.

—¿Se puede dar la vuelta? —No quería saltar al agua con la toalla y de verdad que no quería soltarla mientras él siguiera mirando.

Seguía notando el calor de su mirada fulminante sobre la piel, lo que significaba que todavía no se había dado la vuelta. Y algo me decía que no iba a hacerlo.

—Madame, si me permite —dijo Bensen con calma—.

Personal cualificado ya viene de camino con el equipo adecuado para recuperar sus pertenencias y le puedo garantizar personalmente que se las devolverán enseguida.

Si sigue al señor Sinclair, la acompañará hasta su ático, donde las responsables del servicio doméstico, la señorita Harrison y la señorita Harrison, están esperándola con ropa limpia.

A menos que prefiera que la lleven a casa en su estado actual, lo que, de ser así, puedo organizar.

Bensen tenía razón.

Por mucho que no quisiera entrar en la guarida de Jackson Sinclair, era imposible que me dejaran meterme en un taxi solo con zapatos, una toalla y en ropa interior.

—¿Madame?

Un amargo pesar me subió por la garganta y el corazón me empezó a latir con fuerza en el pecho.

—De acuerdo —murmuré—. Gracias.

Jackson seguía con las manos apretadas cuando me acerqué a él haciendo un ruido molesto con los tacones con cada paso.

—No sabía que hacían tacones así de altos —señaló con amargura mientras me clavaba la mirada en los ojos, juzgándome.

Abrí la boca como para responderle, pero me quedé bloqueada. Cuando no dije nada, Jackson puso los ojos en blanco, se dio la vuelta y se puso a andar con fuertes pisadas.

Tuve que trotar incómoda para mantenerle el ritmo y los tobillos se me doblaban y torcían cada dos pasos. Tenía las piernas demasiado largas.

Uno noventa y ocho era más de lo que había creído. Su requisito de altura mínima tenía cierto sentido. No estaba justificando su comportamiento ni nada parecido, pero entendía que tal vez ese requisito era un poco más razonable que el resto.

Eso y lo de la edad. Tenía treinta y cinco años, así que supongo que era normal que no quisiera salir con veinteañeras.

Pero el resto de su lista era ridícula e inaceptable.