Capítulo 2 #2
En los últimos ocho meses me habían gritado, me habían llorado y había servido como desahogo emocional por culpa de ese hombre. ¿Y así se comportaba en las citas? ¿Así trataba todo nuestro duro trabajo? ¿Nuestras ochenta horas semanales de trabajo?
¿Por qué narices ninguna mujer había dicho nada?
La rabia me atravesó el pecho mientras le dedicaba a Jackson una sonrisita sarcástica.
—Entonces, ¿en cuántas de estas ha participado?
Enarcó una ceja.
—¿Perdone?
—De estas citas —dije en tono seco y cortante—. Yo llevo con Charmed seis meses y todavía no he tenido suerte. Parece que no aciertan, ¿no?
Volvió a entornar los ojos. ¿Podían hacer algo más que eso o, por así decirlo, esa era toda su personalidad?
—¿Qué? ¿No está de acuerdo? —dije cuando no respondió.
—¿Qué estás haciendo?
Jackson abrió un poco la boca como si estuviera a punto de decir algo, pero la volvió a cerrar cuando apareció Henry otra vez acompañado de otro camarero.
—Ostras belón con una delicada salsa mignonette para empezar. —Colocó dos platos bien presentados frente a nosotros, además de mi martini—. El chef Russo recomienda acompañarlas de una copa de Domaine Raveneau Blanchot Chablis de 1996 para apreciar todos los sabores del plato.
Jackson asintió a modo de aprobación y el segundo camarero descorchó la botella.
— Bon appétit.
Apenas presté atención a nada. Tenía la mirada clavada en el hombre sentado en la otra punta de la mesa.
A su cita, Grace Lambton, le gustaba casi todo. Porque de no ser así, a Jamie Paquin le hubiera costado muchísimo memorizar sus gustos. Sin embargo, había una sola cosa apuntada en la lista «Comida que detesto» de su expediente: el marisco.
Grace Lambton odiaba el marisco.
A Jamie le encantaban las ostras, pero a Grace le provocaban ganas de vomitar.
Así que, o bien nadie de su equipo se había leído la información que les habíamos enviado, o bien…
—Joder. El muy… hijo de puta está saboteando la cita a propósito, ¿no?
Estábamos a punto de descubrirlo.
—¿Algún problema? —preguntó Jackson con soltura, mientras una sonrisita de satisfacción se le iba abriendo paso por la comisura de los labios.
—En absoluto.
No pareció sorprendido cuando estiré la mano para coger la primera ostra. De hecho, parecía que lo estaba esperando, haciendo girar el vino con delicadeza mientras me observaba. El cabronazo arrogante estaba acostumbrado a que la gente hiciera todo lo posible por impresionarlo, ¿verdad?
Lo que le mudó el gesto, sin embargo, fue que me lancé directa a por la segunda ostra después de la primera. Se habría esperado al menos un poco de vacilación, tal vez algo de resistencia.
—Madre mía, están increíbles —dije, tirando por la borda todos los buenos modales en la mesa cuando fui a por la tercera.
Frunció el ceño y entreabrió la boca despacio, mientras detenía la copa de vino a medio giro.
No podía saborear una mierda por la rabia amarga que me revolvía las tripas. Si por mis papilas gustativas fuera, podría haber estado metiéndome cucharadas de arena húmeda en la boca.
Cuando acabé con las ostras, me terminé el martini. Y luego la copa de vino.
Ya notaba un ligero cosquilleo bajo la piel que avivaba el fuego que me recorría las venas.
—¿No va a comer? —le pregunté a Jackson. Lo único que había hecho en los últimos cinco minutos era mirarme fijamente—. Cuanto antes terminemos de comer, antes se acabará la noche. La verdad es que no quiero quedarme la hora entera si podemos evitarlo.
— Jamie, rebaja el tono.
Jackson parpadeó despacio y me repasó el rostro con esos ojos claros tan extraños, como si le estuviera costando interpretar mis gestos. Algo bastante raro, ya que yo no estaba haciendo nada por ocultar el desprecio absoluto que sentía hacia él. Debía de llevarlo escrito por toda la cara.
—¿Quiere acabar la cita antes de tiempo? —preguntó con cautela.
Madre mía, esa voz grave me fascinaba. Y ese leve acento acariciaba cada palabra lo justo para dotarla de un encanto sutil.
Qué rabia.
—Sí —respondí—. La verdad es que sí.
Ya teníamos toda la información que nos hacía falta. Si Jackson estaba intentando sabotear las citas a propósito, no había nada que pudiéramos hacer. En resumen, había malgastado ocho meses de nuestra vida y estaba a punto de costarnos nuestro empleo.
A esas alturas, pasarme los siguientes cuarenta minutos con ese hombre me apetecía tanto como que me depilaran las pestañas con cera con sonidos ASMR de gente masticando de fondo.
Ni siquiera nos hubiera servido que confesara a cámara que estaba saboteando las citas porque, de todas formas, nos despedirían por engañar al cliente y traicionar su confianza. No teníamos escapatoria.
—¿No quiere acabar cuanto antes? —le pregunté, cruzándome de brazos.
Me estudió durante un buen rato y luego levantó una mano, seguro que para evitar que el personal de sala sirviera el siguiente plato.
—A ver, está yendo bastante mal, ¿no está de acuerdo? —insistí cuando no respondió—. Sé que Charmed tiene esa regla de que la primera cita dure una hora, pero no diré nada si usted tampoco lo hace.
Lo que me estaba confundiendo es que él parecía confundido. ¿Le parecía que estaba yendo bien? ¿O era solo que no esperaba que lo dijera en voz alta?
En serio, ¿cómo es que ni una sola persona había mencionado ese terrible comportamiento en las reuniones de seguimiento que teníamos después de las citas? ¿Y cómo es que ese hombre había conseguido pasar por sesenta y siete cenas sin que al menos una persona lo dejara plantado?
Tenía ganas de hacerlo yo.
Muchísimas ganas.
Ya había movido los pies, ya había agarrado el bolso de mano de mi regazo con los dedos y con cada segundo de silencio que pasaba, la necesidad se hacía más imperiosa. Hasta que no pude aguantarlo más.
—Destripador —dije.
Jackson pestañeó.
—¿Qué?
—Vale —me susurró Alice—. Sí, márchate. Supongo que ya tenemos la respuesta. Podemos empezar a buscar trabajo mañana mismo.
Me puse de pie antes siquiera de que hubiera terminado la frase, sin tener en cuenta cuánto alcohol había consumido en tan solo quince minutos. De pronto me pareció que se movía el suelo y empecé a tambalearme.
Jackson se levantó deprisa y me intentó coger del brazo, pero resultó contraproducente de una forma catastrófica.
No tenía claro cómo había ocurrido exactamente. En un instante me aparté por instinto de su mano y al siguiente los tacones se me habían enredado con el vestido, y cuanto más intentaba recuperar el equilibro, peor se ponía la cosa.
— Eh, ¿qué coño está pas…?
No escuché el resto de la frase por culpa del atronador sonido del agua golpeándome en los oídos.