Capítulo 2
—No me puedo creer que os haya dejado convencerme para hacer esto.
Sudaba, me picaban el cuello, las rodillas y la cabeza, y era muy probable que fuera a vomitar antes de llegar a la mesa.
— Tranquila —me dijo Mitch por el pinganillo—. Va a salir todo bien. Solo cíñete al plan.
—Tengo un mal presentimiento con todo esto, chicos. —Tragué saliva y examiné la azotea del altísimo edificio de apartamentos.
Estaba decorada con buen gusto, había que reconocérselo.
La piscina de mosaico y líneas curvas estaba bordeada de farolillos, en cada esquina que miraras se podían ver jarrones ornamentales repletos de rosas y en medio de todo habían preparado una mesa con velas.
Si a eso le añadías el despejado cielo nocturno y las extraordinarias vistas al perfil de la ciudad, el conjunto era de un romántico abrumador.
— Buena o mala, es la única idea que tenemos —señaló Alice— . Lo vas a hacer genial. Te conoces el perfil al dedillo, sabes qué información nos hace falta y qué preguntas hacer para conseguirla, y estaremos contigo en todo momento. Solo cíñete al plan, como ha dicho Mitch, y no le des más vueltas.
Eso no me hacía sentir mejor. Y no solo porque estuviera demasiado ocupada tratando de no pisarme la larguísima falda del vestido (que en esencia era un vestido de gala) como para prestar atención a lo que estaba diciendo.
Los tacones eran altos hasta rozar el absurdo, y no me hagas hablar del calor y de lo que me picaba la peluca…
— Llegando .
Me quedé paralizada con el corazón a mil en la garganta mientras echaba un vistazo a mi alrededor.
Llegaba pronto.
¿Por qué llegaba tan pronto?
Según lo que nos habían contado sus citas, nunca se presentaba antes de tiempo. Siempre llegaba a las ocho en punto y daba la cena por finalizada a las nueve en punto.
Todo lo demás que nos habían contado se había cumplido: alguien del personal me había recibido abajo y acompañado hasta la azotea mientras me daba charla trivial y luego me había informado de que el señor Sinclair llegaría enseguida antes de excusarse y salir de allí.
¿Por qué narices llegaba pronto esa noche? ¿Sabía que pasaba algo raro? ¿Ya la habíamos cagado de algún modo?
—No veo a nadie —susurré después de girar sobre mí misma tres veces.
— Mierda. Lo siento. Solo era tu reflejo en la piscina —dijo Mitch—. Estoy tan concentrado o lo que sea, que tu vestido negro me ha parecido un traje… —Se calló con un suspiro de dolor antes de que se cortara el audio.
—¿Hola? —Me dejé llevar por el pánico cuando no respondió nadie—. ¿Alice? ¿Mitch?
— Lo siento. Mitch ha perdido el privilegio de utilizar el micro, de momento. Son las 7.57 y todavía te quedan tres minutos hasta que llegue. Vas bien.
—Vale. Gracias.
— Pero deberías sentarte. Aparte de lo de la altura, podría parecer un poco raro si te pilla de pie junto a la piscina mirando de un lado a otro como si alguien te persiguiera.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes que estoy mirando de un lado a otro?
—Se te siguen moviendo las tetas.
Vale. Habíamos cosido la cámara al vestido, disimulándola bien entre todas las cuentas cosidas a mano. Entre las cuentas y las múltiples capas de tela, esa cosa pesaba casi tanto como yo. También era de alquiler y costaba más que mi coche.
Pero, ya sabes, tenía que cumplir con las apariencias para meterme en el papel. Ninguna de las posibles parejas de Jackson aparecería en esas citas con un vestido de serie de cincuenta dólares.
Inspiré hondo y apreté las uñas recién arregladas en mi bolso de mano mientras tomaba asiento en la mesa.
— Menos de un minuto, Jamie —dijo Alice en bajo—. Deberías dejar de respondernos ya, solo por si acaso. Y nosotros hablaremos solo lo necesario para que te puedas concentrar.
Asentí, aunque no podían verme.
— Quince segundos.
Me alisé el vestido y me armé de valor para lo que se avecinaba mientras se me volvía a acelerar el pulso. Mi instinto me decía, me gritaba, que huyera.
— Tres.
Me mordí el labio inferior, respirando de forma cada vez más irregular y entrecortada. Debería haberme tomado ese chupito de tequila que me había ofrecido Mitch antes de montarme en el Uber.
— Dos.
No debería haber sugerido lo de la cuenta atrás. No me estaba ayudando.
— Uno.
Contuve el aliento.
Un poco más.
Y un… poco… más.
Se me escapó el aire de los pulmones con un zumbido cuando me di la vuelta en la silla para mirar hacia la puerta doble por la que había llegado.
— ¡Qué raro! Todas dijeron que siempre llegaba a en punto.
Me encogí de hombros por inercia.
—Solo han pasado quince segundos, puede que…
Solté un grito y casi se me sale el corazón del pecho cuando me giré y vi a un gigante, tal cual, alzándose imponente sobre la mesa.
—¡Mierda, lo siento! Has tapado la cámara con el brazo cuando te has girado. No lo he visto entrar.
Y yo no lo había oído llegar.
Había aparecido de la nada.
—Hola —resollé, pestañeando hacia el fornido, malhumorado y enorme hombre al tiempo que me presionaba el pecho agitado con la mano—. Lo siento. No, eh, no le he oído llegar.
Arrugó aún más el ceño y entrecerró con recelo esos ojos fríos de un azul pálido.
—¿Con quién hablaba?
Su voz era, para mi sorpresa, grave y agradable. Me recordaba al whisky inglés ahumado con miel.
¿Sabíamos que Jackson Sinclair tenía un leve acento británico? Porque no aparecía en mis notas. Me hubiera acordado.
—¿Disculpe? —pregunté como una tonta.
—Hablaba con alguien cuando he llegado.
—Hummm… aquí no hay nadie.
Entrecerró los ojos todavía más.
—Ya lo veo.
Me aclaré la garganta y pestañeé para evitar la intensidad de su mirada mientras me apartaba la mano del pecho y la frotaba con discreción en el vestido. Luego se la tendí.
—Soy Grace —dije, obligándome a sonreír con timidez—. Grace Lambton. Y usted debe de ser Jackson Sinclair.
Echó un vistazo a mi mano tendida, buscando… no sé qué, la verdad. Era solo una mano. Cuando por fin la estrechó, curvó la boca en una mueca de disgusto obvio.
Fue tan descarado y asqueroso que al momento sentí la tentación de retirar la mano. En vez de eso, apreté los dientes y aguanté la sonrisa mientras esa enorme y suave mano me envolvía ligeramente la mía. Durante menos de un segundo.
Luego se sacó un pañuelo blanco del bolsillo y se limpió los dedos, uno a uno, como si se los hubiera llenado de mugre.
Abrí la boca y mi sonrisa forzada palideció al tiempo que Alice soltaba un ruido ahogado en mi oído.
—¿Acaba de… ?
Tal cual.
Y lo hizo mientras clavaba los ojos en los míos, casi como si esperara que yo me ofendiera y le echara en cara su comportamiento. Levantó la mirada hacia el cielo nocturno cuando me quedé callada.
¿Iba en serio? ¿O se estaba riendo de mí en mi puta cara?
Un camarero trajeado apareció de pronto tras de mí y empezó a llenar las copas tipo flauta con agua con gas.
—¿Quiere algo de beber, madame?
—Un martini —dije justo cuando Jackson se sentaba—. Por favor.
— Sí. Te va a hacer falta. ¿Por qué te mira así? ¿Qué narices le pasa?
No tenía ni idea. Me estaba esforzando por evitar fijar la vista en la mirada penetrante que me dedicaba desde la otra punta de la mesa.
Yo tenía razón. Ir ahí había sido una idea terrible.
El plan era esperar a que Jackson hablara primero para que yo pudiera ver cómo solía romper el hielo, qué preguntas hacía y cuánto interés demostraba al principio en su cita. ¿La única posibilidad que no habíamos contemplado? Que no dijera nada. Ni una sola palabra.
Me quedé ahí sentada, jugueteando sin parar con los delicados anillos de mi dedo corazón, esperando.
Y esperando.
Y esperando.
Hasta que consideré que el silencio era asfixiante.
—Bueno —solté de golpe—, hábleme un poco de usted, Jackson.
Me dio vergüenza en cuanto lo dije. Incluso el tono parecía sacado de una entrevista de trabajo.
Entonces cometí el error de mirarlo a los ojos, que ahora mostraban mucho menos enfado y muchísimo más aburrimiento. Echó un vistazo a su reloj, soltó aire por la nariz con impaciencia y dijo:
—¿Qué es lo que aún no sabe?
Pestañeé.
—¿Disculpe?
Inclinó un poquito la cabeza hacia un lado, burlándose.
—¿Es dura de oído, señorita Pennington, o solo le gusta malgastar el tiempo de la gente?
El único motivo por el que me percaté de que se me había abierto la boca fue porque posó sus fríos ojos en ella antes de volverlos a entrecerrar. Incluso Alice se quedó sin palabras.
—Eh, es Lambton. Grace Lambton —lo corregí con delicadeza—. No Pennington.
No le dio vergüenza. Ni se disculpó por el error.
Me moví en la silla.
—Perdone, ¿he hecho algo que lo haya ofendido?
El calor me inundó las mejillas cuando volvió a mirar el reloj. Y de pronto me di cuenta de la realidad, que me cayó ardiente e incómoda directa en el estómago.
¿Ese era el hombre por el que llevaba los últimos ocho meses consolando a mujeres? ¿Por ese hombre habían estado llorando? ¿Por él?
Nunca en mi vida me había abalanzado tan rápido a por una copa. Ya tenía el martini en la mano incluso antes de que el desprevenido camarero lo hubiera posado en la mesa. Se lo quité de la mano enguantada con un breve «gracias» y me lo bebí de un trago.
—¿Podría traerme otro, por favor? —le pedí a Henry, como comprobé en su placa identificativa.
Si a Henry le sorprendió, lo disimuló muy bien.
—Por supuesto.
— Jamie —me avisó Alice en bajito. Habíamos quedado en una copa para calmar los nervios. No más.
Crucé las manos en el regazo mientras me apoyaba en el respaldo de la silla.
Había una larga lista de preguntas que se suponía que tenía que hacerle a Jackson.
Nos habíamos pasado medio día preparándolas, elaborándolas de tal manera que nos permitieran obtener el máximo de información posible en la hora con la que contábamos.
Información que necesitábamos no solo para ayudarnos a nosotros, sino para ayudarlo a él.
Eso era antes.
—¿Qué haces? ¿Por qué no dices nada?
Ocho meses.