Capítulo 1 #2
Sus parejas nunca se quejaron de nada sobre la cita, y a la mayoría no les sentó bien cuando les dijimos que Jackson no quería volver a quedar con ellas.
¿Otra cosa que compartía gran parte de nuestra clientela? No estaban acostumbrados al rechazo y algunos no sabían cómo gestionarlo.
Vivian asintió de nuevo y, por primera vez desde que nos había asignado esa pesadilla infernal, me pareció como si tal vez nos estuviera haciendo caso.
—Vale —dijo—. Entonces, ahí lo tenéis. Ese es vuestro siguiente paso.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál?
—Tenéis que descubrir lo que pasa en realidad en esas citas.
Solo se me ocurría una forma de hacerlo, pero no le iba a parecer bien.
—Tal vez podríamos asistir a una de tus reuniones con Minerva y ver si ella tiene alguna idea de…
—Descartado.
Entonces me había quedado sin ideas.
Mitch se empujó las gafas de montura de metal, por fin decidido a intervenir.
—Vivian, de verdad que no exageramos. Ni siquiera acepta una llamada de cinco minutos con nosotros. Y como no ha autorizado el Inmersivo, no es que podamos enviar a alguien para que analice las citas… —Se calló cuando Vivian empezó a menear la cabeza.
—No —dijo—. Volvedlo a intentar. No va a ceder en lo de su agenda. Pensad en otra cosa. Os hacen falta datos. ¿Cómo los conseguiréis sin su cooperación?
—Llevamos ocho meses intentándolo. No… —Alice se calló de golpe, con la mirada perdida, y soltó un breve suspiro—. Oh.
«¿Oh?».
«Oh, ¿qué?».
Pero antes de que pudiera preguntar, Vivian carraspeó y se alisó el vestido plisado que llevaba.
—Resolvedlo, y pronto. No me importa lo que tengáis que hacer para obtener resultados. A Minerva se le está acabando la paciencia, y si decide contratar a otra agencia, la mitad de nuestros clientes se irá con ella y eso supondrá despidos. Punto final.
Le lanzó una última miradita cargada de intención a Alice al salir, deslizando la puerta de cristal esmerilado tras ella.
—Joder —soltó Mitch, desplomándose sobre la mesa—. Vaya par de huevos que tienes, Alice.
Lo fulminó con la mirada.
—La próxima vez que decidas masacrarme a pataditas por debajo de la mesa, no lo hagas. Casi me rompes las medias con la última.
—Trataba de salvarte de ti misma. Parecía que Vivian estaba dispuesta a despedirte en el acto cuando has empezado a replicarle.
Alice puso los ojos en blanco.
—Nos va a despedir a los tres de todas formas. Sabía muy bien el caos imposible que iba a ser todo esto desde el principio. ¿Por qué si no nos asignaría a tres consultores júnior un cliente tan importante en vez de encargarse ella misma?
—¿Porque somos jóvenes, ambiciosos y estamos dispuestos a dedicarle todas las horas que el caso requiere? —probó a decir Mitch.
—No. Porque somos jóvenes, inocentes y prescindibles.
—Eso es muy deprimente —dije.
—Es la realidad.
Me repantingué en la silla con un suspiro.
La verdad es que no quería perder ese empleo, no después de haber trabajado tanto y durante tanto tiempo para conseguirlo.
Charmed era la élite de las empresas de búsqueda de pareja, así que a cualquier sitio al que fuera después de allí sería como retroceder diez pasos en mi carrera.
Digamos que no era lo mejor que me podía pasar.
Antes de Jackson Sinclair, mi vida profesional era perfecta. Me encantaba el trabajo, la gente, el equilibrio con mi vida personal, e incluso Vivian no era tan mala cuando no la decepcionábamos todo el rato.
Me giré en la silla.
—¿Sabéis…? Si nos despiden y tenemos que buscar otro trabajo, vamos a tener que explicar por qué no fuimos capaces de encontrar pareja para un Sinclair. —El sector era reducido y la gente hablaba. Era inevitable que se supiera—. Todo el mundo va a preguntar.
Mitch se pasó su áspera mano por el pelo.
—Me preocupa mucho más lo de mañana por la noche. No tenemos a nadie para la cita fija de Jackson y dudo de que seamos capaces de encontrarle a alguien en menos de treinta horas. Si tenemos que pasar otra noche en vela y dormir aquí, me voy a volver loco. No puedo más.
—Además, ¿cómo espera que consigamos información fiable sobre las citas? —Los miré a los dos—. ¿Con drones? ¿Hackeando las cámaras de seguridad?
—Tengo una idea para resolver ambos problemas —dijo Alice—. Pero creo que no te va a gustar.
—No. Ni de puta coña. —Ni hablar. De ninguna manera iba a hacer eso.
Alice se inclinó, apoyando los brazos en la mesa.
—Vengaaa. No será tan horrible.
¿Iba en serio?
—¿Quieres que vaya a una cita con el puto Jack el Destripador y crees que no será tan horrible?
—No es como si fueras a ir de ti misma —razonó—. Irás de infiltrada.
—¿Cómo es que eso no te parece mil veces peor?
No era solo una malísima idea que sin lugar a dudas nos acabaría estallando a todos en la cara, es que además yo era la peor opción posible para ese trabajo. Odiaba mentir. Me revolvía por dentro, y mantener la mentira me estresaba demasiado como para que mereciera la pena.
—No le des vueltas —dijo—. Te pondremos un equipo de vigilancia discreto y te prepararemos un perfil falso sólido. No pasará nada.
—De verdad que no sabes lo que estás diciendo —le comenté.
—Estoy de acuerdo. —Mitch golpeó con los nudillos en la mesa—. Podrían salir mal demasiadas cosas. Además, nos meteríamos en un problema muy serio si Jackson se entera.
Eso. Justo eso.
—Por no mencionar que no cumplo ninguno de sus requisitos sobre el físico.
Era rubia, uno setenta de altura y veintiocho años.
Jackson Sinclair solo salía con morenas de entre treinta y treinta y seis años, y que midieran como mínimo uno setenta y siete de altura.
Su última cita (la sesenta y siete) había ganado Miss Mundo y actualmente era la CEO de una importante empresa de relaciones públicas.
Me echaría un vistazo, se daría la vuelta y se marcharía.
Igual que ocurrió con Allison Park (la número veintinueve), que luego se pasó una hora gritándome por teléfono como si hubiera sido de algún modo culpa mía.
Después de aquello, Vivian había llamado a Minerva para que le pidiera a Jackson que al menos respetara la condición de Charmed de dedicar mínimo una hora en todas las primeras citas, cuyo objetivo era garantizar que todos nuestros clientes dieran a sus posibles parejas una oportunidad de verdad.
Alice se encogió de hombros.
—Te pondremos una peluca y tacones con plataforma, y un vestido que te cubra los pies. Además, llegarás pronto para estar sentada cuando él aparezca. No se dará ni cuenta.
—Si es así de fácil, ¿por qué no lo haces tú? —la provoqué.
—Soy cinco años más joven que tú y mido cinco centímetros menos, Jamie.
Incluso aunque me pusiera unos tacones lo bastante altos como para llegar a su estúpido requisito de altura, no sería capaz de andar con ellos.
Además, tú llevas mucho más tiempo que yo haciendo esto, tienes muchísima más experiencia en el trato con los clientes y se te da de maravilla leer a las personas.
Chorradas.
—Te recuerdo que Ria era mi amiga desde hacía diez años antes de que conociera a tu hermano y no me había dado cuenta de que se le hinchaba la nariz cuando mentía hasta que él lo advirtió.
Ahora estaban casados, su hermano y mi mejor amiga. Así es como conocí a Alice. Era culpa mía. Yo le había conseguido ese trabajo desastroso.
—Ria y tú estabais demasiado unidas. Ese es tu punto débil, pero no se aplica con Jackson.
—Puedo ver su cara igual de bien en la pantalla si llevas una cámara —dije—. Y seguro que él no se da ni cuenta de lo de la altura si estás sentada…
—No —soltó Mitch de golpe—. No, eh, eso no… Debería hacerlo Jamie. Voto por Jamie.
Alice le frunció el ceño.
—¿Qué es lo que te pasa?
—El tronco —respondió.
—¿Perdona?
—Tu… eh, está relacionado con lo de la altura. Incluso aunque estés sentada, se dará cuenta… por la parte superior de tu cuerpo. Es… corta —explicó con gran elocuencia.
Alice lo fulminó con la mirada durante todo un minuto en el que se mantuvo impávida y en silencio antes de dirigirse de nuevo a mí.
—Ahí lo tienes. No puedo ser yo, tengo el tronco corto.
A Mitch se le enrojeció todo el cuello.
—No me importa. No voy a hacerlo —dije—. Ni hablar.
—Vale. —Alice soltó un largo suspiro—. Entonces supongo que tenemos que volver a la pizarra.
Sí. Bien. Genial.
Ya se nos ocurriría algo. Como siempre.
—No es que sea malo. Solo que es compacto.
Le volvió a lanzar otra miradita como preguntándole «a ti qué coño te pasa» antes de ponerse en pie.
—Voy a por café. Nos va a hacer falta.
Mitch se desplomó en cuanto se fue, golpeando la mesa con la frente con un triste bum.
—Muy sutil —dije.
—Cierra el pico.