Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2)
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Capítulo 1
—Sesenta y siete citas sin éxito. Sesenta y siete.
Sabía que iba a pasar. Pese a ello, me estremecí cuando la carpeta de piel dio un golpe en la mesa de reuniones de madera de roble.
Cualquiera diría que a esas alturas debería estar acostumbrada. Parecía que tanto Alice como Mitch lo estaban.
—¿Cómo es posible que no hayáis sido capaces de encontrar una sola persona apropiada para el único cliente que de verdad nos importa, joder? ¿Cómo? ¿Para qué cojones os pago a vosotros tres?
Era una trampa. No tenías que responderle.
—Que alguno me responda. Ya.
Clavé la mirada en el regazo, todo un error. Lo único que Vivian Hale odiaba más que un empleado incompetente era uno cobarde.
En efecto, en cuanto me encogí de miedo, su atención apuntó hacia mí y tiró del cuello hacia atrás como una víbora preparada para el ataque.
—Jamie —soltó—, hoy estás muy calladita. ¿Te gustaría aportar algo?
Ni lo más mínimo, para nada. ¿Qué sentido tenía si ella no estaba dispuesta a escuchar?
Aun así, levanté la barbilla y me puse recta. Para entonces ya me sabía de memoria lo que iba a responder. Solo tenía que decirlo de carrerilla.
Ahí estaba el problema: en realidad, Vivian no quería que le explicáramos por qué nuestro equipo no había conseguido resultados en los últimos ocho meses.
En realidad, no quería escuchar por qué nos estaba costando tanto encontrar una pareja adecuada para el soltero más codiciado (algo discutible) de Norteamérica y su cliente más importante (algo indiscutible).
Si Vivian hubiera querido respuestas de verdad, nos habría hecho caso hacía medio año, cuando la avisamos de que eso podía llegar a pasar.
Lo único que la CEO de Charmed Elite quería escuchar era otra mentira sobre el Riguroso Plan de Acción que teníamos preparado para abordar El Problema y que estábamos muy cerca de obtener resultados.
Porque, al fin y al cabo, no lograr encontrar pareja para Jackson Sinclair perjudicaría de forma irreparable la reputación que se había labrado durante veintitantos años, la que la había llevado a ser considerada la mejor especialista en búsqueda de parejas del mundo.
El sector era reducido y los Sinclair eran…
, bueno, eran los Sinclair. Una de las familias más ricas y con mayor influencia del país.
El dinero manda y el boca a boca lo era todo en ese negocio.
Si fracasábamos, se extendería el rumor de que Vivian había perdido su toque y nuestros competidores empezarían a acechar como buitres a nuestros clientes, a la espera del inevitable éxodo que sin duda llegaría si Minerva Sinclair decidiera buscar los servicios de otra empresa.
¿Y lo más divertido de todo? Vivian, simple y llanamente, no quería verlo.
No quería aceptar que ya habíamos fracasado, que era por lo que Alice, Mitch y yo nos habíamos pasado los últimos días actualizando nuestros currículos en vez de trabajando.
Porque cuando toda esa historia acabara estallando, Vivian buscaría a alguien a quien culpar. Que nos despidiera era algo inevitable.
Me aclaré la garganta, le dediqué una sonrisa tranquilizadora y…
—No es culpa nuestra.
Cerré la boca de golpe y abrí los ojos de par en par para mirar a Alice.
Vivian giró el cuello muy deeespacio en su dirección, con una mirada asesina.
—¿Qué?
—No es culpa nuestra, Vivian —repitió Alice con calma. Demasiada calma. Casi parecía aburrida—. Es él.
Mitch y yo intercambiamos una mirada inquisitiva mientras Vivian se quedaba en silencio, retándola a seguir hablando.
Pero Alice no se achicó. En vez de cerrar el pico, levantó un hombro sin rubor y lo dejó caer. No era la primera vez que pensaba que ella no sentía el miedo como el resto de nosotros. Quizá por su educación.
Yo también me sentiría invencible si tuviera esa red de seguridad financiera.
—Es imposible. —Le aguantó a Vivian la mirada con una despreocupación absoluta—. Jamie trató de avisarte de que ocurriría esto hace seis meses, pero no quisiste escucharla.
Mitch se movió incómodo a mi lado y, por lo que noté, le dio una patada a Alice por debajo de la mesa. Ella lo ignoró.
Alentada por la actitud de «me importa una mierda» de Alice, me senté un poco más recta. Puede que hubiera llegado el día. Puede que entonces Vivian nos escuchara.
—Viv, hay menos de cien mujeres solteras en toda Norteamérica que cumplan sus requisitos y, hasta ayer, ha rechazado a sesenta y siete.
—¿Y?
Creí que había quedado bastante claro, pero, vale, de acuerdo, podía explicárselo.
—No sé qué más quieres que hagamos. Mitch y Alice han estado trabajando noches y fines de semana para encontrar parejas compatibles para las citas periódicas y yo me he quedado hasta tarde para solucionar el caos de lágrimas de rabia y egos resentidos que ha ido sembrando a su paso. Estamos agotados.
—Es bastante probable que nos quedemos sin candidatas antes de encontrarle pareja. No somos nosotros, es él —repitió Alice—. Jackson Sinclair no necesita una experta en parejas, necesita un milagro. Y un buen psicólogo, para ser franca.
Mitch se encogió un poco en la silla.
—¿Y? —presionó Vivian—. ¿Qué plan tenemos? ¿Cómo vamos a esquivar estos obstáculos…?
—No lo hacemos. Lo despedimos —replicó Alice sin más.
Entonces Mitch dio un respingo y esa vez sí que consiguió darle una patadita con la fuerza suficiente como para ganarse una mirada irritada de Alice.
Vivian crispó los labios con una mueca de desprecio y se acercó a la mesa. Se me revolvió el estómago.
—¿Lo que propones es que despidamos a Jackson Sinclair como cliente?
¿Te haces una idea de lo que supondría para nuestra reputación?
La mitad de nuestras cuentas activas llegaron después de que Minerva anunciara el acuerdo en una comida que organizó.
¿Qué crees que ocurrirá si contrata los servicios de otro?
Que se encontraría con los mismos problemas que habíamos tenido nosotros. Me mordí la lengua, Alice no.
—Como te he dicho, ya te avisamos de que pasaría esto, justo después de que enviara a uno de sus ayudantes para hacer la entrevista inicial en su nombre —dijo—. Ni siquiera lo hemos conocido en persona todavía.
Vivian hizo un gesto con la mano para quitarle importancia y se puso a caminar de un lado a otro de la sala otra vez.
—No aceptarlo como cliente no era una opción. Y despedirlo ahora está descartado. Lo que necesito de vosotros tres es una solución.
—Ahí está el problema, que no la tenemos —dije—. Lo hemos intentado todo excepto el Inmersivo, y solo porque él no lo ha aceptado.
Aunque, en mi opinión, menos mal. No es que tuviera la experiencia necesaria como para que me consideraran para ese tipo de servicio, pero no me podía ni imaginar estar pegada a Jackson Sinclair de ese modo durante todo un mes, sabiendo lo que sabía por su expediente.
El paquete de Asesoramiento Inmersivo se solía reservar para nuestros clientes más complicados.
Se les asignaba un consultor de relaciones y citas a tiempo completo que se pasaba cuatro semanas estudiando su día a día, rutinas, comportamientos y hábitos, y luego utilizaba todos los datos recabados para encontrarles una pareja adecuada. Era todo muy intenso.
El consultor encargado tenía incluso que asistir a las citas y observarlos desde la distancia para poder «asesorar» al cliente después en caso de ser necesario (lo que, nueve de cada diez veces, si la situación del cliente era tan crítica como para justificar el Inmersivo, entonces, sin lugar a dudas, dicho asesoramiento era más que necesario).
—Opino como Jamie —dijo Alice—. A menos que esté dispuesto a ceder en alguno de sus criterios y a dedicarnos un poco de su tiempo, nos hemos quedado sin ideas.
Vivian se cruzó de brazos, pero, en lugar de replicar, nos dedicó un movimiento firme con la cabeza.
—De acuerdo. Admito que su estricta agenda y los requisitos que busca en una pareja complican más este trabajo de lo que nos gustaría, pero no es imposible. No lograrlo no es una opción, para nada. Tenemos que encontrar la forma de resolverlo.
Y ahí estaba de nuevo, la negación.
Me desplomé otra vez en la silla, pero Alice se mantuvo firme. La renuencia de Vivian a ver las cosas tal y como eran solo la encendió aún más.
—Hemos hecho todo lo posible con la información que se nos ha dado.
Sesenta y siete mujeres cumplían de forma milagrosa sus requisitos y ni una de ellas fue capaz de conseguir una segunda cita.
Ni una. Debemos tener mal los datos para que ocurra eso, pero, de nuevo, se niega a participar en persona en nuestras evaluaciones, así que no podemos hacer nada más que trabajar con lo que tenemos.
Todas las pruebas, cuestionarios y entrevistas las completó alguien de su equipo y simplemente no está funcionando.
Hay un motivo por el que no hubiéramos permitido esas excepciones con cualquiera que no llevara su apellido, Viv.
Estaba casi segura de que Jackson, en realidad, no quería encontrar pareja, pero no me entraba en la cabeza por qué entonces malgastaba el tiempo y los recursos de todos, incluidos los suyos.
La cuota inicial de Charmed era una cantidad considerable que alcanzaba las siete cifras, por no mencionar el nivel de compromiso inicial que requerían nuestros programas.
La empresa atendía a la crème de la crème , y si había una cosa que nuestros clientes tenían en común (aparte de su absurda riqueza) era que no les gustaba malgastar su propio tiempo.
Justo por eso nos contrataban, para hacer todo el trabajo duro y de selección por ellos.
—¿Por qué? —preguntó Vivian, recorriéndonos con esa mirada afilada a los tres—. ¿Por qué no han conseguido una segunda cita con él?
—Sabemos lo mismo que tú —dije.
—¿Qué quieres decir?
Me incliné hacia delante en la silla.
—La información que nos ha facilitado su equipo ha sido vaga y confusa, así que en realidad solo contamos con la versión de las mujeres. Pero eso no nos sirve, porque necesitamos saber por qué cree él que las citas no funcionaron.