Un té verde con jazmín (Un té con amor 1) 13. UNA NOVELA
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13. UNA NOVELA

A l final de su segundo trimestre de embarazo, Fátima pudo hacerse por fin las pruebas de paternidad.

Nada sabía del tercer candidato, por lo que en una cuestión de pura lógica si el niño, que es lo que esperaba mi amiga, no era hijo ni de Carlos ni del enfermero, sería el resultado del calentón de un momento fugaz.

Sentadas en las duras sillas de espera de plástico esperábamos que la doctora nos dijera que podíamos pasar a su despacho para darnos el resultado.

—Fátima, puedes pasar.

Le hice una señal de ánimo a mi amiga, al bebé no le iba a faltar ni cariño ni amor.

Pasara lo que pasara en los próximos minutos, eso era algo de lo que las dos estábamos seguras.

Con manos temblorosas, Fátima cogió el informe que le tendía la doctora, al leerlo un suspiro de alivio salió de sus labios.

—Carlos —dijo mirándome. Al final la inconsciente de mi amiga había tenido suerte, y la protección no había fallado en sus escarceos.

Al salir de la consulta, el futuro padre estaba esperándonos en la puerta. Me alejé para dejarles algo de intimidad. Fátima me contó después la conversación que habían mantenido.

—¿Y? —preguntó Carlos.

—Es tuyo —Una sonrisa iluminó su rostro haciéndola sentir una vez más culpable de todo lo que había sucedido y lamentarse por lo que podían haber tenido y habían perdido.

—Quiero estar en su vida, Fátima, es mi hijo.

—Lo sé —afirmó Fátima asintiendo con la cabeza—. La semana que viene tengo una ecografía, ven conmigo y luego podemos ir juntos a comprar cosas para el bebé. Necesitará una cuna.

—Dos, en realidad, custodia compartida. En mi casa tendrá su cuarto también.

—Espero que nos hagan descuento —dijo Fátima haciendo que los dos rompieran a reír.

Esa tarde mi amiga me acompañó a buscar un vestido de gala que necesitaba para esa misma semana.

Mi editor había decidido presentar mi novela a un premio del grupo editorial al que pertenecía la editorial que publicaba mis libros y era finalista.

No creía que fuera a ganar, pero el ser finalista ya era un buen empuje para mi novela, y atraería la atención de la prensa.

La otra finalista era una periodista con un programa de radio con mucha audiencia y estaba segura de que se llevaría el galardón.

Tras muchos titubeos encontré un vestido precioso y no demasiado caro, que mi economía era ajustada.

La noche de la entrega de premios, hacía frío. La primavera no se había enterado de que por calendario ya tenía que estar aquí, y el invierno todavía campaba a sus anchas. Fátima me dejo un abrigo largo de satén muy bonito, que iba muy bien con el verde de mi vestido. Estaba muy nerviosa.

—Estás preciosa, voy a tener que espantar a todos los moscones que se van a acercar a mi sexi chica.

—Zalamero…

—Solo digo la verdad —sonrió Julián dándome un beso. Él sí que estaba guapo con su traje de gala.

Me despedí de mi amiga que había venido a ayudarme a peinar y se quedaba de niñera de Fátima, haciéndose compañía. La niña había sacado todas sus muñecas para jugar con ellas.

Los premios se entregaban en el transcurso de una cena, a los postres.

No podía comer nada, los nervios atenazaban mi estomago.

El encargado de leer el nombre del premiado era el ganador del año anterior, un escritor al que admiraba y del que tenía todos sus libros.

Me contuve para no parecer una histérica fan y no asaltarle pidiéndole un selfie y un autógrafo.

En mi caso, no era lo suficientemente conocida como para que se acercara nadie a pedirme nada salvo la hora.

Entonces lo escuche, alto y claro. No había dicho mi nombre.

Poniendo la mejor de las sonrisas aplaudí a la ganadora soñando con ser la que un año subiera al escenario a recoger un premio.

A pesar de todo, los siguientes meses fueron una locura, había sido finalista así que me sumergí en una vorágine de entrevistas en radio, televisión, prensa escrita y digital, firmas de libros en librerías y ferias.

No podía ver a Julián y a Vega todo lo que me gustaría, pero fueron compresivos y se adaptaron a mi ritmo de vida.

Sabíamos que, pasados unos meses, el foco se centraría en el ganador de otro premio o en algún famoso que hubiera escrito un libro y atrajera la atención sobre él.

No todo era negativo, también disfrutamos de fines de semana en ciudades que no conocíamos y podíamos hacer algo de turismo.

Julián gustaba de pasear por calles de ciudades hasta entonces desconocidas, descubriendo edificios cuya arquitectura le atraían sin remedio.

Vega y yo preferíamos perdernos en tiendas y cafeterías.

Siempre que sus turnos se lo permitían, Fátima nos acompañaba y hacía de ocasional niñera.

Éramos una peculiar familia formada por los nexos del afecto y del amor, y no por los lazos de sangre.

Faltaba un mes para que Fátima diera a luz, tuvo que aceptar a su pesar el consejo de su médico de reposar esas últimas semanas.

Su madre se había ofrecido a vivir con ella los días previos a que saliera de cuentas, pero mi cabezota amiga declinó la oferta.

Cuando naciera el bebé estaría bien contar con ayuda, de momento no necesitaba a nadie por casa.

De modo que aquella tarde lluviosa de verano estaba dormitando en el sofá.

Me había llevado a Vega a la piscina y Julián estaba en mi antiguo piso terminando los planos de un centro comercial.

Al principio pensó que era un aire que se había ido por mal camino, pero cuando una punzada de dolor la partió en dos supo que había llegado la hora.

Estaba nadando cuando me llamó y no escuché su llamada, tuvo que llamar a Carlos para que la llevara al hospital y él avisó a Julián, que a su vez me avisó a mí.

El parto fue largo, más de ocho horas en las que Carlos y yo nos fuimos turnando para no quedarnos sin manos por lo fuerte que nos la apretaba Fátima cuando tenía contracciones, ni sin oídos por sus gritos.

No sabía que mi amiga tenía un vocabulario tan colorido.

Era poco más de la una de la madrugada, cuando el pequeñín, que desde el primer momento adoraría como si fuera uno más de mis sobrinos, vino al mundo.

—No lo hicimos tan mal —afirmó un emocionado Carlos.

—Es el mejor error de mi vida.