12. NAVIDADES #3
La Nochevieja y el Año Nuevo lo celebramos con la familia de Julián que, igual que había hecho la mía con él, me había abierto los brazos.
En su caso, Vega era la única nieta, de modo que era el centro de atención en las reuniones.
Sus hermanos eran menores que Julián y no estaban casados.
A la cena vinieron también sus tíos y algún primo que sí tenía niños con los que Vega jugó hasta cansarse.
Con sus pequeños ojos cerrándose por el ajetreo del día, escuchó adormilada las campanadas del reloj de la puerta del Sol en brazos de su padre.
Esa noche, de un modo natural, cuando regresamos a nuestras casas decidí que la pasaría con él.
No hubo un acuerdo ni fue necesario hablarlo, ellos eran ahora mi hogar y mi lugar estaba junto a ellos.
Seguiría conservando mi piso como lugar de trabajo, pero ese mismo primer día del año empecé a llevar mis cosas al piso de arriba.
El día de año nuevo fuimos a comer a casa de la abuela de Julián que, a sus más de noventa años, le gustaba seguir reuniendo a toda la familia a su alrededor.
Vivía con un tío soltero de Julián, pero el resto de hijos y sobrinos la visitaban a diario.
De hecho, se había negado a que lleváramos comida, ella quería supervisar la elaboración de la comida de año nuevo.
Menuda vitalidad tenía la buena mujer. Sin tapujos, Julián nos presentó como pareja y hablaba sin pudor de «nuestra casa» y de «nosotros».
He de reconocer que tenía miedo a la reacción de Vega, el cariño era mutuo y lo pasábamos bien juntos.
Sin embargo, yo era alguien que iba a irrumpir en sus costumbres y que, a sus ojos, podía amenazar la relación entre ellos dos.
Como siempre la chiquilla me sorprendió, cuando me vio aparecer con la maleta y las dos bolsas cargadas hasta los topes, me dijo:
—¿Te gusta el rosa?
—Sí —respondí titubeante sin saber muy bien a qué venía la pregunta.
—Te dejo mis toallas, las de papá son marrones, muy feas. El rosa es mejor.
Y, sin más, se puso detrás de la maleta a empujarla con sus manitas, canturreando feliz villancicos.
***
Apiñados en el balcón de Pilar, una amiga que tenía una oficina en la Avenida de Mirat, por donde pasaba la cabalgata, nos dispusimos a verla.
La emoción era palpable, cada uno teníamos nuestro rey mago favorito.
A Vega y a mí nos gustaba Melchor, Julián era más de Gaspar, y Fátima de Baltasar.
Estábamos bien en el balcón, pero podía ver cómo Vega miraba a los niños de la calle con sus bolsas de plástico listas para recoger caramelos.
Con ojos similares al gato con botas de Shrek miramos las dos a su padre, intentando en una súplica silenciosa conmoverle y que accediera a que bajáramos a la calle.
—¡Venga, vamos! —exclamó Fátima cogiendo a Vega de la mano y tirando de mi brazo.
—¿Dónde vais? —preguntó Julián.
Por toda respuesta tiré a mi vez de su brazo, y los cuatro terminamos en la calle, agitando los brazos y reclamando la atención de cada uno de nuestro rey favorito cuando veíamos que su séquito y el trono se acercaban.
Vega estaba encaramada en los hombros de su padre, y Fátima y yo pasábamos más tiempo por el suelo peleándonos por caramelos que viendo las carrozas.
Julián nos miraba alucinado, pero Vega nos vitoreaba feliz cada una de nuestras adquisiciones.
Al final, el recuento fue más que favorable: dos bolsas llenas a rebosar.
¿Para quién era la segunda? Para la misma que estás pensado, para Fátima.
Según ella el embarazo le había provocado antojos de caramelos.
Después del frio pasado, nos resguardamos en una cafetería con un trozo de roscón delante acompañando una taza de té o de chocolate, según las preferencias.
Esa noche Vega estaba demasiado emocionada para dormirse, pero después de que le dijera lo que me decían a mí se fue a la cama sin protestar.
—Si estás levantada y despierta cuando lleguen los Reyes Magos, no te dejarán regalos.
—Papi, me voy a la cama.
Y, sin más, corrió a su dormitorio metiéndose de un salto en su camita.
—Vega ¿te has lavado los dientes? —le preguntó Julián desde el quicio de la puerta.
—Estoy dormida, no puedo hablar —respondió la niña.
Tuve que escabullirme al salón a reírme con ganas. Era lista y espabilada la sabandijilla . Estaba metida en su cama, que era lo que su padre quería, y no podía llevarla al baño.
—Tú no te rías, que eres peor que ella —me dijo Julián siguiéndome al salón—. Nunca había visto a dos adultas responsables peleándose con los niños por caramelos como habéis hecho Fátima y tú. Os podían haber dado un golpe en un ojo. Los lanzaban con ganas, en el balcón de tu amiga estábamos mejor.
—Pero ¿y la emoción, la aventura, la diversión?
—Ya te daré yo emoción cuando terminemos de envolver paquetes. Entre mi familia y la tuya vais a malcriarla, hay juguetes para un regimiento.
—No seas cascarrabias —le dije aproximándome, mimosa—. Vega crecerá y entonces añorarás las noches como las de hoy. El tiempo pasa y estos momentos quedan en el corazón para siempre.
—Qué poética te has puesto —afirmó besándome el cuello.
Si seguía por ese camino no terminaríamos de empaquetar los regalos con sus papeles de colores y sus lazos. Teníamos los juguetes escondidos en mi casa, había que bajar a por ellos y subirlos sin que nuestro guisantito se enterara.
—Um… ¿y si me das ahora un poco de esa emoción que dices y luego nos ponemos con los regalos?
—Luego, te lo prometo.
Dándome un último beso promesa de muchos más, cogió la llave de mi piso y se marchó a por los juguetes, tuvo que hacer dos viajes.
Cuando quisimos terminar con los regalos, que bien mirado Julián tenía razón y nuestras respectivas familias se habían pasado, era bien entrada la madrugada y decidimos dejar las emociones para el día siguiente.
***
Para dar la noticia a nuestras familias de que ya vivíamos juntos decidimos organizar la comida de Reyes en la que ahora era nuestra casa.
Aunque tal vez decidir no fuera la palabra más adecuada.
Con mis escasas dotes culinarias me entraron los siete males al oír la idea de Julián, pero mirándome a los ojos y agarrándome por los hombros me dijo:
—Respira. Podemos hacerlo. Saldrá bien.
—De acuerdo —dije con un hilo de voz.
Por supuesto, Fátima estaba también invitada a la comida; es más, nos ayudó con la elaboración de los platos.
Bueno, en realidad ayudó a Julián, yo me limité a hacer lo que me pedían porque, como Fátima no se cansaba de recordar, se me daba tan bien la cocina que había quemado el pescado cocido en el microondas.
—Pero, Maca ¿qué hiciste? —me preguntó riendo Julián.
—Dos veces, lo ha quemado dos veces —respondió Fátima ante mi vergüenza.
—A mí nadie me dijo que hubiera que poner agua —repliqué enfadada.
—Y tampoco te había dicho nadie que para freír pescado hay que rebozarlo primero. Como no se lo has visto hacer nunca a tu madre… —continuó Fátima con las carcajadas de coro de Julián.
La mañana de Reyes había empezado como es habitual en todas las casas en que hay niños.
—Maca, Maca —decía una vocecita en mi oído despertándome a las siete de la mañana.
—Vega, es muy pronto —dije somnolienta.
—Ven conmigo al salón. Me da miedo ir sola, a lo mejor no me dormí rápido anoche y no me han dejado nada —me explicó nerviosa haciéndome sentir culpable por lo que le había dicho.
Desperezándome, me levanté recordando mis años de infancia en que los tres hermanos de la mano íbamos al salón temerosos de que algún Rey Mago rezagado continuara allí todavía.
Sabía que Julián estaba despierto por sus caricias en mi espalda pero, conmovido por que Vega hubiera buscando mi apoyo aquella mañana, continuó haciéndose el dormido, aunque sabía que no tardaría en seguirnos.
Juntas de la mano fuimos de puntillas al lugar donde el árbol estaba colocado.
En un piso por encima del nuestro se oían las carreras por el pasillo para ir a descubrir que habían dejado los Reyes Magos esa noche.
Por de pronto, en nuestra casa los platos de leche para los camellos y la botella de vino para los Reyes estaban vacíos.
Un sinfín de paquetes de diversos tamaños llenaban el salón, en un santiamén los papeles estuvieron rotos y las cajas abiertas desvelando su contenido.
Muñecas, cunitas, juegos, libros, una cocinita, una bicicleta con todos los protectores pertinentes y alguno más junto con algo de ropa se amontaban alrededor de Vega.
Para Julián, que nos espiaba desde la puerta divertido, habían dejado un reloj y una tablet .
De mí también se habían acordado: una pulsera y unos pendientes a juego eran mis regalos.
Desde luego, los Reyes habían sido muy listos y sabían mis gustos.
Como no los tenía cerca, decidí darle los besos de agradecimiento a Julián que los supo apreciar en su justa medida.
Después de desayunar, Vega, su padre y Fátima se enfrascaron con los últimos detalles para la comida y recogieron papeles y demás envoltorios.
Por mi parte, decidí bajar a mi casa a buscar un par de cosas que quería llevarme a mi nuevo hogar.
El trasiego de cajas continuaría aún varios días, aunque en realidad nunca terminaría del todo. La ropa que no utilizábamos según la temporada y la que se quedaba pequeña para Vega acababa en mi piso junto con los juguetes con los que ya no jugaba, esperando que Fátima los necesitara para su bebé.
Poco a poco y sin sentir, las en apariencia largas vacaciones navideñas llegaron a su fin.